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  A Mi Edad el Braille Ha Cambiado Mi Vida (Teresa Bornez Abascal)
 

 

 

A Mi Edad el Braille Ha Cambiado Mi Vida

Teresa Bornez Abascal

Sí, digo a mi edad porque soy muy mayor, una anciana. Tengo 88 años y dentro de un mes cumpliré ¡89! y el código de lecto-escritura braille ha cambiado mi vida.

Nací el 26 de abril de 1922, dentro de un mes será mi cumpleaños, ¡y espero llegar!

He tenido una vida rica en experiencias y avatares. El primer hecho relevante y trascendente es que a los 14 años viví la terrible guerra civil española; mi mayor sufrimiento fue dejar de ir al colegio, dejar de estudiar para trabajar en un taller de costura haciendo capotes. En cada puntada que daba dejaba una lágrima; cada capote acabado llevaba una historia: ¿Cómo sería el soldado que lo vistiera? Fantaseaba construyendo relatos que guardaba en las gotas de sangre que derramaba al pincharme, la tela de los capotes era durísima, hoy noto todavía su aspereza en mis manos y tenía 14 años, y además, ni papel había. Lloré mucho. No quería hacer ese trabajo, no quería contribuir a la guerra cosiendo los capotes; y un día que me enfrenté a mi madre, (mi padre estaba en el frente) diciéndole que no volvía al taller, me dio tal bofetada, que desde entonces empecé a perder audición. Sí. Supe del hambre, de la angustia, del frío, del miedo, del miedo, del miedo; mucho, mucho. Pero el no seguir estudiando, aprendiendo era lo que más me hacía sufrir. Bueno, tal vez exagero un poco, pero sí era un sufrimiento añadido a tanto desatino. ¡maldita guerra! Ya está lejos, aunque a veces me vienen recuerdos y me entra congoja.

Tras acabar la guerra me casé, mi marido, Leandro, hoy tiene 87 años, pero está peor que yo. He tenido tres hijos, dos viven. Y muchas cosas, pero voy a hablar de este presente que puedo, gracias a ti Luis, escribirlo en braille.

A los 88 años creía que ya no tenía nada que aprender. Bueno, tal vez esta forma de expresarme no es la correcta. Lo que quiero decir es que, dado el poco tiempo que me queda de vida con lucidez y energía, ¿qué iba a aprender? ¿quién querría enseñar algo a una anciana casi ciega y casi sorda? Y siendo honesta, (me da vergüenza decirlo) y que además quede escrito, pero apenas me interesaba nada: dormir a gusto, hacer algo de ejercicio), poco, porque me duelen los huesos, y comer sano y en plato de postre y así de esta manera comer menos, y no discutir con Leandro.

Como es lógico, mis facultades físicas están en declive, muy mermadas; he perdido oído, la gente se impacienta si les hago repetir y entonces yo me retraigo y es un círculo vicioso: Como no les oigo no me hablan. Como no me hablan cada vez estoy más aislada? y a esto se une lo poco que veo, me daba miedo salir a la calle y me encerraba en casa. El día a día me resultaba frustrante, mucha soledad; sin radio, sin televisión. Sin libros y sin poder escribir. ¿qué hacer? ¿admitir mi ceguera? Sí. Decir: soy ciega y ¡tengo que pedir ayuda! ¡hay que seguir! Y el 25 de mayo de 2007 así lo consideraron los oftalmólogos. Era ciega ya oficialmente. Y a la ONCE acudí, porque lo que me quedaba si no, era morirme de asco. Hacia la ONCE fui a pesar de estar tan torpe y disminuida. Cómo me alegro hoy 26 de marzo, que me falta un mes justo para cumplir 89 años y es todo bien distinto a ese 25 de mayo de 2007.

¿Qué encontré a mi edad en la ONCE? Gracias a son savoir faire, acogen tanto a jóvenes como a mayores indiscriminadamente, y además proporciona los recursos necesarios para que la ceguera sea más llevadera. En mi caso, y tras el proceso de rehabilitación, donde aprendí a manejar el bastón, me dirigieron, dada mi edad provecta, al ?salón del mayor?, lugar de encuentro con personas más jóvenes que yo pero de más de 60 años, de mi edad ninguna; donde desde la empatía, se nos acoge con calidez. Allí se organizan charlas, tertulias, debates, cineforum, y ¡también hay café! Pero yo quería seguir leyendo, apuntar mis teléfonos (como oigo poco no me sirven los programas de voz), hacer la lista de la compra, pasar al braille muchos relatos que a lo largo de mi vida he escrito para ahora, desde la perspectiva de los años releerlos, identificar una medicina, ahora vienen etiquetadas en braille, ser autónoma en un ascensor? ¡yo quería aprender braille!, no depender de mi marido, de mis hijos, que viven lejos y vienen de tarde en tarde a casa o de cualquier vecino de buena voluntad. Y por supuesto que aprendí braille.

Sí. Me ha costado bastante, incluso algún llanto de impotencia, para que negarlo; he tenido que ser persistente, leer mucho, poco rato y muchos ratos (como dice mi profe), y ser muy tenaz. ¿Y lo he conseguido!

Gracias a la tecnología, ¡bendita sea! Scaneé mis textos, y de ahí, con una impresora braille, al braille en papel, ¡y los he vuelto a leer! gracias al código de lecto-escritura braille, gracias a ti, Luis Braille, que emprendiste la maravillosa batalla de alfabetizar a tantos ciegos, ¡yo puedo volver a leer mis relatos!

¿El caracol? ?se me amontona las ideas? ?la cesta de flores? y tantos y tantos. Esto que me pasa de poder volver a leer y a escribir, escribir mis recetas de cocina, pastel de salmón, que la tenía casi olvidada, es algo parecido a la felicidad. Puedo resultar simple pero sentarme por la tarde con Soledad Puértolas, o Pérez Galdós, es mi ambición y mi afán y lo que llena mis días. Por eso Luis, te agradezco, de verdad, desde este corazón cansado por haber gritado tanto y que tiene también tanto callado, que legaras a la humanidad este maravilloso código de lecto-escritura.

 

 

 
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