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  Candoroso Sueño Caliente (Caranva Romero)
 

 

 

Candoroso Sueño Caliente

Caranva Romero

Entré en la soledad de mi casa como un autómata: tal había sido la impresión que minutos antes, había producido en mí la hermosa criatura que caminaba por la misma acera que yo y en dirección contraria de la mía. No sé si era una preciosa muñeca salida de un escaparate, un ángel caído del cielo y hecho mujer o la misma Virgen en carne y hueso. Lo cierto es que su imagen ocupó por completo mi mente, de golpe, y sin la más mínima oposición.

En un principio, lo que mis ojos captaron fue la extraordinaria armonía del conjunto; luego, la inefable expresión de su rostro, mezcla de inocencia, dulzura, serenidad, risueña alegría y, por último, todo en unos segundos, los detalles físicos.

Cuando se cruzó conmigo, el rayo de su mirada, tropezando con la mía, hirió mi pecho y mi cabeza, mientras su perfume, dulce gas letal que la envolvía impregnando el espacio a su paso, me envenenaba todo el ser.

Ahora, ya por fin en casa, agitado por extrañas sensaciones y tendido boca arriba en la cama tal como mi madre me trajo al mundo (el bochornoso calor del verano era insoportable) dejé que mi mente proyectara sobre el techo su película.

La preciosa muñeca, el ángel hecho mujer, la Virgen en carne y hueso estaba de pie en mi habitación, llenándola con su presencia; y yo frente a ella, con nuestras manos entrelazadas, juntando suave, dulcemente los labios y, separándolos después, para mirarnos, sonriendo, profundamente a los ojos en un cadencioso vaivén de amor que duró algunos instantes, mientras ríos de ternura recorrían las dos almas, llevando sin palabras, mil hondos ¡te quiero!

El vaivén cesó, pero no el amor. Las manos se independizaron, y las mías, como temerosas de romper la más fina joya, acariciaron su larga melena rubia, su pequeño y perfecto rostro, con mi mirada navegando en el lago azul de sus ojos; pero, entonces, mi mente se llenó de estrellas y mi cuerpo de sol abrasador, al tiempo que su perfume aceleró mi sangre. Estreché su cuerpo, que temblaba, contra el mío, y volvimos a juntar extasiados nuestras bocas entreabiertas, dando esta vez rienda suelta a nuestras lenguas.

Mis manos temblaban, también, cuando acariciaron sus bien formados senos; la ropa sobraba. Fueron desapareciendo las prendas lenta, torpemente, pero sin brusquedades. Y nos miramos los cuerpos desnudos, en silencio (Adán y Eva en el paraíso) mi lanza ya estaba lista para el combate: había que defenderlo. Fundimos los cuerpos en un intercambio de fuego, centrando nuestro amor en un largo y apasionado beso; después, la tomé en mis brazos y la deposité suavemente sobre la cama. Yo me tendí a su lado. Eramos las dos hojas del libro abierto de la Sabiduría, que comenzamos a leer y releer con los ojos, con las manos, hasta que el libro se cerró en un virginal coito. Fue, entonces, cuando mi revoltoso animal, atacado por violentas convulsiones y soltando espuma por la boca, puso fin a la película.

 

 

 
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