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  Caracolerías (Fernando Pulín Moreno)
 

 

 

Caracolerías

Fernando Pulín Moreno

Era el caracol más gracioso del bosque. Bueno, la verdad es que ser el caracol más gracioso del bosque no tenía mucho mérito, porque todos los caracoles del bosque eran unos plastas de mucho cuidado capaces de aburrir a las ovejitas del nacimiento.

Él era un caracol normal, como todos, sólo que se sabía un chiste, y lo contaba de vez en cuando. Y no creáis que lo contaba así, de cualquier manera, al pasar. No. Lo anunciaba antes.

Tenía un amigo escarabajo al que se le daba muy bien pintar con spray, que días antes -bastantes días antes de la actuación- le colocaba un letrero en el caparazón. Algo así como:

"Atención. El día dieciséis de este mes (y estábamos a día uno) voy a contar el chiste en la piedra plana al lado de la tomatera bajita, a la derecha del camino de la izquierda de los dos que bajan al río desde la peña grande que está al lado del roble ese en el que cayó un rayo el verano antepasado".

-¿Por qué no ponemos "donde siempre"? -preguntaba el escarabajo, preocupado por toda la pintura que tenía que gastar. Porque lo cierto es que el caracol contaba siempre el chiste en el mismo sitio.

-No, no. Hay que dar las señas, porque imagínate que haya gente que no sepa dónde es "donde siempre" y se quede sin escuchar el chiste.

-Bueno, bueno, lo que tú digas, pero esto es una pasta de pintura...

Días antes de la actuación -tres o cuatro-, el caracol sólo comía hojas tiernísimas de flores, para aclararse la voz, y hacía gimnasia de cuernos a fin de estirarlos y encogerlos con destreza y prontitud, y así reforzar sus palabras con gestos. Luego, se metía en su caparazón a meditar y repetir el chiste para no equivocarse, y así se pasaba las horas.

Si éste era el caracol más gracioso del bosque, podéis daros una idea de cómo eran los demás.

Al fin llegaba el gran día. Se levantaba temprano, al amanecer, y salía hacia la peña, lugar astutamente elegido, porque estaba al lado de su casa y llegaba enseguida, y allí se quedaba, a la sombra de la tomatera, escuchando los comentarios.

-¡Anda...! ¡Si hoy es cuando cuenta el chiste! ¿Vas a venir?

-Creo que sí. He venido las últimas doce veces, y ya le estoy cogiendo la gracia.

Y el caracol, desde la peña, se estremecía del gusto que le daba ser el centro de la atracción.

Como en el anuncio no ponía hora, y como, además, para encontrar un reloj en el bosque hacía falta una suerte tremenda, los caracoles iban llegando poco a poco, cuando buenamente les apetecía, en grupos o solos, y se iban encaramando a la piedra plana. Si hacía mucho sol, la piedra se iba calentando según avanzaba el día, y los últimos caracoles en llegar intentaban, sin mucho éxito, avanzar a saltitos para no quemarse la tripa. Decían "¡Uff...!", "¡Puff...!" y cosas por el estilo, y tomaban un gracioso color rosa, que admiraba a sus conocidos.

-Qué, ¿de la playa...? -les preguntaban los otros.

-Ca..., de la piedra -respondían ellos.

Cuando el caracol consideraba que el público era suficiente, se estiraba, levantaba los dos cuernos rectos todo lo alto que le era posible, y lanzaba un par de tosecillas:

-Ejem, ejem...

Se escuchaban voces:

-¡Que empieza. .. !

-¡Callaos, que va a contarlo...!

-¡Venga, venga!

Y luego se hacía un silencio tan grande como sólo pueden hacerlo los caracoles.

Y él empezaba:

-¿A que no sabéis...?

Y, dejando un cuerno estirado, bajaba el otro hasta la horizontal, señalando al público.

-¿A que no sabéis...?

Repetía y, con el cuerno bajado, describía un arco de izquierda a derecha, lo encogía y lo elevaba de nuevo, al lado del otro.

-¿A que no sabéis cuál es el animal que no se sabe si viene o si va?

Y, con una habilidad increible, conseguía hacer un signo de interrogación con un cuerno. Sólo un momento, porque incluso a él mismo le parecía que aquello era pasarse un poco. Así es que volvía a estirar el cuerno y colocaba los dos en V, como si fuera una antena de televisión. Y continuaba:

-¡La caracola ! ¡Cara-cola !

Se escuchaba un murmullo entre los caracoles, que iba en aumento, hasta que algunas voces reclamaban:

-¡Que lo explique! ¡Que lo explique !

Y él lo explicaba:

-Cara-cola. Que tiene cara de cola, así es que cuando se la mira, como no se sabe si es la cara o es la cola, no se puede saber si viene o si va.

-¡Absurdo! -protestaba siempre el mismo caracol, que todas las veces se daba por aludido-. ¡Absurdo! No teniendo cuernos en la cola, nadie puede confundirse.

-¡Es un chiste...! -se desesperaba el caracol-. ¡Entiéndelo...! Caracola, cara-cola... ¿No te hace gracia. .. ?

-¿Cómo me va a hacer gracia que me digan que tengo cara de cola? ¡Suena fatal.. .!

Y no era sólo eso. Luego intervenía, también siempre, el mismo caracol:

-Y digo yo. Supongamos que hubiera una caracola que tuviese marcha atrás. Aunque admitamos que pudiera tener cara de cola, no podríamos asegurar nada acerca de si iba o venía, porque ¿y si venía marcha atrás? Aunque le viésemos la cola, venía. ¿Y si se iba marcha atrás? Aunque le viésemos la cara, se iba.

Al caracol le daban ganas de llorar y abandonar aquello.

-¡Es un chiste...! ¡Sólo eso...! Cara-cola. Caracola. Cara de cola. ¡Un chiste... !

-Siempre dice lo mismo, pero al final siempre hay lío -comentaba un caracol gordo, bajando con dificultad de la piedra plana.

Aquel año se terminó lo de los chistes del caracol. Harto de que le pusieran verde, decidió inventar otro.

-¿A que no sabéis...?

Hizo lo de los cuernos para arriba, para abajo y en signo de interrogación.

-¿A que no sabéis cuál es el animal que parece un vegetal?

Hizo un par de gracias más con los cuernos, y dio la solución:

-El caracol. Cara-col. Cara de col.

Silencio de sorpresa. Murmullos. Voces.

-¿La col es eso de hojas verdes, grandes y jugosas?

-Sí. Eso.

Silencio. Luego, una voz:

-Pues si os fijáis bien... El caracol contempló horrorizado, cómo todos los espectadores se dirigían hacia él, relamiéndose. Dio la vuelta y huyó corriendo como no había corrido en su vida.

En el bosque donde vive ahora encuentran que es buena gente, pero un poco soso.

 

 
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