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  Carta a Don Blas (Roberto Enjuto)
 

 

 

Carta a Don Blas

Roberto enjuto

Querido profe y amigo:

Con el paso del tiempo, el trato entre tú y yo, habría evolucionado hacia el tuteo; pero quiero decirte antes de empezar esta carta, que en ningún caso eso supondría ni un gramo menos de respeto del que te tengo.

Comienzo otra vez: Querido profe y amigo:

Cuando llegaste a mi vida, andaba yo por los 7 años de edad.

Mi primer día en tu clase, no fue especialmente placentero. Tu vozarrón de baturro fumador de tabaco negro, me daba terror. Venía de una no tan buena experiencia con otra profesora y te veía como un terrible dragón. Me senté lo más lejos que pude.

Iban pasando los días, y tú no dabas el más mínimo síntoma de hostilidad; pero no se me pasaba el terror hasta que ocurrió.

Un día, teníamos que ir toda la clase a algún sitio y era costumbre emparejarnos los ciegos totales con los que veían un poco. Yo era el benjamín de la clase con mucha diferencia y me cogiste del brazo sin más. Todo aquel día me lo pasé contigo y tu guía. Hablaste conmigo de un montón de cosas, de todo lo que me concernía, y aquel miedo paralizante se fue disolviendo y se transformó en un sentimiento muy dulce. Te convertiste sin saberlo en un verdadero padre para mí. Te empecé a querer y a admirar.

Después de aquello, tuve otras demostraciones de tu cercanía como padre. No siempre era bueno el ambiente en aquellos internados. Algún cuidador desaprensivo o dejémoslo en con pocas luces, trató de desacreditarme ante ti. Tú siempre me defendiste y te daba las gracias por dentro. Cada una de esas veces, era como una caricia en el corazón.

Sin embargo, déjame decirte que no siempre te manifestabas como un tipo bonachón. Gastabas tus dosis de mala leche y en una de esas, tuve otra oportunidad de percatarme de tu grandeza.

Un día, un compañero no se supo la lección y tú te enfadaste. le castigaste a escribir aquella lección, sin pensar en lo que hacías. Al día siguiente, cuando te fue a entregar el resultado del castigo, ya no te acordabas y preguntaste que qué era aquello. cuando te diste cuenta, te avergonzaste de haberle castigado así y le pediste perdón. Eso era algo impensable para la época. Nadie le pedía perdón a un niño. Aquello aumentó tu valor para mí.

Seguí disfrutando en silencio de tu compañía y de tus clases. Desgraciadamente, cuando uno es pequeño, no es plenamente consciente de las flores que pasan por su vida. No tuve la suficiente visión sobre lo que representaste, para darte las gracias.

Cuando ya con los años me di cuenta de quién habías sido para mí, fue demasiado tarde, porque me dijeron que habías fallecido. Hubo un momento de decepción; pero te confieso que duró poco, porque tengo la sensación cada vez que evoco esos años, de que tú andas por aquí. es como si de un momento a otro, me fueras a dar ese abrazo que yo no te di en su día, para agradecer todo lo que hiciste por mí.

Ahora sin ir más lejos, te sitúo a mi lado y te doy las gracias.

Estoy seguro de que un día, nos encontraremos al otro lado y tú seguirás siendo mi querido profe; pero esta vez ya no me enseñarás acerca de la ceguera, sino acerca de esa luz que intuyo cada día en mi alma y en la que tú resides para siempre.

Aprende mi querido profe, para que cuando yo llegue me lo puedas enseñar todo.

Recibe mi más fuerte abrazo y seguirás en mi corazón.

 

 
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