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  El Braille, Ni Mil Palabras (Alberto gil)
 

 

 

EL BRAILLE, NI MIL PALABRAS

Jesús Alberto Gil Pardo

 

No bastan. No son suficientes ni siquiera mil palabras. Claro que igual con una sería bastante Una o mil, qué sé yo.

Mil palabras para expresar mi gratitud a aquel muchacho francés y por aquellos puntitos cómplices que nos legó.

Sí, siempre fueron cómplices para mí, desde que nos encontramos, mejor dicho, desde que se encontraron con las yemas de mis dedos. Cálidos, acariciadores, sencillos, certeros, plenos.

Tanto que se hicieron amantes, como sólo los enamorados de novela saben enamorarse, o los de película, que tanto da.

Y en su historia de Amor cupieron otras historias como las de Miguel Strogoff y Nadia, la de Alonso Quijano y Aldonza Lorenzo o la de Isidora de Aransis y Juan Pez. Claro que, acaso cupiera también la mía.

Sí, cómplices puntos de las yemas de mis dedos que les enseñaron la marca del vino Ribera del Duero que pretendía descorchar para acompañar los manjares de la cena en la que me declararía a la musa de mis creaciones.

Y cómplices puntos, aquéllos que me traían noticia del programa musical de mi primer concierto de clásica en el Auditorio Nacional. Tocaba y escuchaba. Títulos de sonatas y romanzas, sonidos de chelos y violines. Cómo si no me habría enterado que Chopin no era Mozart ni Verdi, Puccini. Sí, ya sé. Mi amada musa podría habérmelo contado pero entonces su voz me habría distraído de la música elevándome a los cielos susurrados del Paraíso, ausentándome de las evocadoras melodías.

Cómplices puntos que hoy me llevan hasta ti, puntos traviesos y juguetones que corren para dejar sola a la a, que se ríen cuando sólo la s pide silencio o que se ruborizan cuando la b besa la boca de la bella bribona.

¿Qué haría yo si ellos dejaran viudas las yemas de mis dedos?

Los imagino yéndose con otras más jóvenes o más suaves o más sabias. Los imagino siendo rozados por los dedos del hortelano después de haber cogido naranjas o higos o melocotones, qué bien deben de oler para que la h se prenda de ellos y los huela. ¿Y cuando furtivos se encuentren con la mozuela morena? La m mirará; la n, negará; y la r, ruborizará.

Sí, eso sucederá. Ah, pobres yemas de mis pobres dedos viudos de puntos. No podrán saber ya que la c tiende el puente entre los enhiestos pechos de mi musa golosa y que la j baila alegre al son del laúd y las castañuelas. Como tampoco podrán saber que llorar se escribe con ll, como si de las columnas derribadas del templo de Salomón se tratara o que al pañuelo perfumado si le quitas la ñ se queda sin la hebra del hilo dorado que tejió el hada del bosque al pie de la lumbre.

Y con la urdimbre que sólo ellos saben urdir compondré breves versos y robados relatos a las estrellas porque aquella noche en la que con el tinto vino la musa de mis creaciones se prendió de deseo, me auguró que siempre que colocara la f y la z delante y detrás daría en ser feliz porque delante los puntos son luciérnagas titilantes que iluminan y detrás hacen los huecos en los que, como cuevas secretas, caben los reversos de la noche.

Me faltan palabras, me sobran sentimientos. Los puntos danzan en requiebros y volteretas para juntarse y mezclarse y revolverse y volverse a juntar. Para hacer la g y sumar para pasar a la q, para acentuarse en multitud y engendrar la coma o los suspensivos puntos. Giran y danzan y coquetean para enredar a las yemas de mis dedos, haciendo que estas se enojen, cuando se les escabullen, o que se emocionen, cuando los atrapan.

Y punto a punto, desde la escalera que es la t hasta la flecha que es la o se confabulan para que yo escriba estas y otras líneas. Líneas que para los no iniciados son laberintos infinitos por los que se pierden sus mientes pero que para los que de ellos somos adeptos, resultan hilos de Ariadna con los que regresar al principio de todo. A aquello que comenzaba con "Érase una vez..." tras haber llegado al "colorín colorado esto se ha acabado".

Así que yo, después de todo esto, con ese hilo de oro que el hada convierte en ñ para ser pañuelo perfumado y el duende lo hace nudo de roble en cuya corteza se esconde el cuento de los cuentos, tejo el siguiente verso:

A es amar sin importar la soledad,

B es besar un punto sobre otro sin pesar,

C es acariciar sin fin al caminar,

D es despertar la sed de mi dueña claridad.

E es enebrar en diagonal,

F es festejar hasta en el mar,

G es gratificar al par,

H es huir al espacio sideral.

I es iniciar mi cantar,

J es, en fin, jugar a, algo de ti, adivinar.

Oh, sí, de ti con los traviesos puntos que tú un día escribieras. Adivinar qué escribías al elegir seis granos de arena de aquella playa a la que íbamos de niños y que me decías te los habían dejado las caracolas en espumeantes olas.

Acaso, cuando ya viejitos volvamos a aquella playa entonces comprenderé que lo que, en realidad me querías decir con aquellos seis granos de arena fuera que no eran tales, si no estrellas bajadas del cielo para iluminarme en mi ceguera. Seis estrellas cada una con su nombre de número.

Estrellas o granos de arena o protuberancias de grueso papel, qué más da si gracias a ellos supe tanto.

Sí, tanto supe que hoy puedo contar. Y cuento hasta sesenta y cuatro y con ello llego, exhausto, hasta las mil palabras del principio para concluir en que sí, con una era suficiente. Bueno, no, con una no, con dos: ¡gracias, Louis!

 

 

 
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