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  El Ojo de Cristal, del Libro Kaputt (Curzio Malaparte)
 

 

 

El Ojo de Cristal

(del libro Kaputt)

Curzio Malaparte

-Cuénteme la historia del ojo de cristal -dijo Luise ruborizándose.

-En el otoño de 1941 me encontraba en Ucrania, cerca de Poltava. La región estaba infestada de milicianos. Parecía que habían vuelto los tiempos de las revueltas cosacas de Jmelnitski, Pugachov y Stenka Razin. Grupos de milicianos merodeaban por los bosques y pantanos en torno al Dniéper, disparos y ráfagas de ametralladora salían de improviso de entre las ruinas de las aldeas, los fosos y la maleza. Luego se hacía de nuevo el silencio, ese silencio liso, sordo, monótono de la inmensa llanura rusa.

"Cierto día un oficial alemán pasó al frente de su columna de artilleros por en medio de un pueblo. En el pueblo no se veía un alma y las casas parecían abandonadas desde hacía tiempo. En las cuadras del koljós yacían por el suelo un centenar de caballos, atados todavía por el ronzal a los pesebres. Habían muerto de hambre. El pueblo presentaba ese aspecto siniestro de las aldeas rusas sobre las que se ha abatido la furia de las represalias alemanas. El oficial miraba con cierta melancolía, con una vaga sensación de malestar, casi de miedo, las casas desiertas, la paja acumulada en los umbrales, las ventanas abiertas, las habitaciones vacías y mudas. En los huertos, por encima de los cercados, se asomaban los ojos negros, redondos e inmóviles de los girasoles, inalterables dentro de su corona de largas pestañas amarillas, que seguían el paso de la columna con su mirada triste y absorta.

"El oficial cabalgaba encorvado sobre la crin del caballo, con las manos apoyadas sobre el fuste de la silla. Era un hombre de unos cuarenta años, con el cabello ya cano. De vez en cuando levantaba los ojos hacia el cielo brumoso y luego se ponía de pie sobre los estribos y se volvía hacia atrás para observar la columna. Los soldados caminaban en grupos detrás de los remolques, los caballos hundían los cascos en el camino fangoso, los látigos restallaban en el aire húmedo y los hombres incitaban a las caballerías gritando: "Ja, ja!". El día era gris y el pueblo ofrecía un aspecto espectral en el aire gris del otoño. Se había levantado ventolera y los cuerpos de algunos judíos se mecían colgados de las ramas de los árboles. Del interior de las casas llegaba un incesante bisbiseo, como si una pandilla de chiquillos corretearan descalzos por las angostas habitaciones; un crujido continuo, como si un ejército de ratones pululara por las casas abandonadas.

"La columna hizo un alto en el pueblo, y los soldados estaban ya dispersándose por las callejas entre los huertos en busca de agua para abrevar a los caballos cuando el oficial llegó al trote con la cara muy pálida y se puso a gritar "Weg, weg, Leute!", abriéndose paso a toda prisa y descargando la fusta sobre los soldados que se habían sentado ya en los umbrales de las casas. "Weg, weg, Leute!", gritaba, y en ese momento entre los soldados empezó a circular una voz: "Flecktiphus"; la aterradora palabra se propagó por la columna, llegó hasta la parte del pelotón que se había quedado con las piezas a las puertas del pueblo, los soldados volvieron a sus puestos, la columna se puso otra vez en movimiento, "Ja, ja!", los látigos restallaban en el aire gris y los artilleros, al pasar, lanzaban miradas de espanto a través de las ventanas abiertas hacia el interior de las casas, donde los muertos yacían sobre jergones de paja, demacrados, lívidos, espectrales, con los ojos abiertos de par en par. El oficial, quieto a lomos de su caballo en el centro de la plaza del pueblo, junto a la estatua de Stalin abatida en el fango, supervisaba el paso de la columna llevándose la mano a la frente de vez en cuando y frotándose el ojo izquierdo con un gesto delicado y exhausto.

"Aunque faltaban todavía varias horas para el ocaso, las primeras sombras de la tarde empezaban a acumularse entre el follaje de los bosques, que poco a poco se tornaba más oscuro, más denso, de un tono azul profundo y opaco. El caballo del oficial estaba inquieto, soltaba coces sobre el terreno fangoso y había momentos en que parecía a punto de encabritarse y salir galopando tras la columna, que a esas alturas ya abandonaba el pueblo. Tras pasar el último armón, el oficial puso el caballo al paso, se colocó al final de la columna y cuando llegó a las últimas casas se colocó en pie sobre los estribos y se volvió hacia atrás. La calle y la plaza estaban desiertas; las lúgubres casas, vacías. Y sin embargo, ese bisbiseo, ese crujido provocado por el viento al raspar con su lengua rugosa los muros de adobe, ese bisbiseo y ese crujido de niños descalzos y ratones hambrientos acompañaban a la columna desde la distancia. El oficial se llevó la mano a la frente y se oprimió el ojo con un gesto hastiado y triste. De repente del pueblo salió un disparo que pasó silbando junto a su oído.

"-Halt! -gritó el oficial.

"La columna se detuvo y una ametralladora de la batería de cola empezó a disparar contra las casas del pueblo. Al primer disparo siguieron otros, y el fuego de los milicianos fue haciéndose poco a poco más vivo, insistente, rabioso. Dos artilleros cayeron heridos. Entonces el oficial espoleó al caballo y remontó la columna al galope, gritando órdenes. Los soldados se dividieron en grupos, abrieron fuego y salieron corriendo campo a través para rodear el pueblo.

"-¡A los cañones! -gritó el oficial-. ¡Arrasadlo todo!

"El fuego de los milicianos no cesaba y otro artillero cayó herido. En ese momento una furia terrible se apoderó del oficial, que partió galopando entre los sembrados, arengando a sus hombres mientras éstos colocaban las piezas en posición para sitiar el pueblo por todos los flancos. Algunas de las casas empezaron a arder. Una lluvia de granadas incendiarias se abatió sobre la aldea, derrumbó paredes, hundió tejados, derribó árboles y levantó nubes de humo. Los milicianos seguían disparando impertérritos. No obstante, al cabo de un rato la violencia del fuego de la artillería es tal que el pueblo se convierte en una pira. Y he aquí que en medio del humo y las llamas sale corriendo un grupo de milicianos con las manos en alto. Aunque hay algunos ancianos, la mayor parte son jóvenes, y entre ellos incluso hay una mujer. El oficial se inclina sobre la silla y los escruta uno por uno. El sudor resbala por su frente y le inunda la cara. "¡Fusiladlos!", ordena con voz ronca, frotándose el ojo con la mano. Su voz suena hastiada, y hasta el gesto de frotarse el ojo denota quizá cierto hastío. "Feuer!", grita el Feldwebel. Tras la descarga de los fusiles, el oficial se da media vuelta, observa los cuerpos de los caídos, hace una señal con la fusta ("Jawohl!", dice el Feldwebel mientras vacía el cargador de su pistola sobre el montón de cadáveres), después levanta la mano y los artilleros vuelven a enganchar los caballos a las piezas, la columna forma en posición de marcha y dando un talonazo reanuda el camino.

"El oficial, encorvado sobre la crin del caballo y con las manos apoyadas sobre el fuste de la silla, sigue la columna a medio centenar de pasos de la última pieza; y ya se alejan los pasos de los caballos, apagándose en el fango de la llanura, cuando un disparo repentino le silba junto al oído. "Halt!", grita el oficial. La columna se detiene, la batería de cola vuelve a abrir fuego contra el pueblo. Todas las ametralladoras de la columna disparan contra las casas en llamas, pero pese a ello, lentos y regulares, los disparos siguen rasgando la nube de humo. "Cuatro, cinco, seis...", cuenta el oficial en voz alta. Los disparos provienen de un único fusil, de un hombre solo. De pronto, una sombra sale corriendo de la nube de humo con las manos en alto.

"Los soldados apresan al miliciano y a empellones lo llevan hasta el oficial, que, encorvado sobre la silla, lo escruta con detenimiento. "Ein Kind!", dice en voz baja. Es un chiquillo, no más de diez años, delgado, macilento, con la ropa hecha jirones, la cara negra, el pelo chamuscado, las manos llenas de quemaduras. "Ein Kind!" El muchacho miraba al oficial con aire sereno, pestañeando, y de vez en cuando levantaba lentamente la mano y se sonaba las narices con los dedos. El oficial desmonta del caballo, se ata las riendas en torno a la muñeca y se queda de pie frente al muchacho. Parece cansado, hastiado. "Ein Kind!" También él tiene un hijo en casa, en Berlín, en Witzlebenplatz, un muchacho de su misma edad, incluso podría ser que Rudolf fuera un año mayor porque éste no es más que un crío: "Ein Kind!". El oficial se golpea las botas con la fusta y, a su lado, el caballo pisotea la tierra con impaciencia y le restriega el hocico por el hombro. A pocos pasos, el intérprete, un cabo del Volksdeutsche de Balta esperaba en posición de firmes con semblante irritado. "No es más que un niño, ein Kind! Yo no he venido a Rusia para hacerles la guerra a los niños." De pronto el oficial se inclina hacia el muchacho y le pregunta si quedan milicianos en el pueblo. La voz del oficial suena cansina, llena de tedio, y casi se apoya en la del intérprete, que repite la pregunta en ruso con un acento duro e irritado.

"-Niet -responde el muchacho.

"-¿Por qué has disparado contra mis soldados?

"El muchacho se queda mirando al oficial con cara de sorpresa; el intérprete repite la pregunta dos veces.

"-Ya lo sabe, ¿por qué me lo pregunta? -responde el muchacho.

"Su voz es serena y clara; responde sin sombra de miedo, pero también sin indiferencia. Mira al oficial a la cara, y antes de responder se pone firmes, como un soldado.

"-¿Tú sabes quiénes son los alemanes? -le pregunta el oficial en voz baja.

"-¿Acaso no es usted uno de ellos, továrisch officer? -responde el muchacho.

"El oficial da entonces una señal y el Feldwebel agarra al muchacho por el brazo y desenfunda la pistola.

"-Aquí no, llévatelo más allá -dice el oficial, y se da media vuelta.

"El muchacho se aleja con el Feldwebel, camina a paso ligero para no quedarse atrás. En esas que el oficial se da la vuelta, levanta la fusta y grita: "Ein Moment!"; el Feldwebel se gira y se queda mirando perplejo al oficial, luego vuelve hacia él haciendo avanzar al muchacho a empujones.

"-¿Qué hora es? -pregunta el oficial. Y sin esperar la respuesta se pone a caminar de un lado para otro delante del muchacho al tiempo que se golpea las botas con la fusta. El caballo baja la cabeza y lo sigue con la mirada, bufando. En un momento dado el oficial se queda quieto frente al muchacho y lo observa largamente en silencio, hasta que por fin, con una voz lenta, exhausta, llena de tedio, le dice-: Escucha, no quiero hacerte daño. Eres un niño, y yo no he venido a hacerles la guerra a los niños. Has disparado contra mis soldados, pero yo no les hago la guerra a los niños. Lieber Gott, yo no he inventado la guerra -el oficial se interrumpe y luego, con una voz sorprendentemente dulce, añade-: Escucha, yo tengo un ojo de cristal. Cuesta distinguirlo del de verdad. Si adivinas cuál de los dos es el de cristal, dejaré que te marches, te dejaré libre, pero tienes que responder enseguida, sin pensar.

"-El ojo izquierdo -responde el muchacho al instante.

"-¿Cómo lo has sabido?

"-Porque de los dos es el único que tiene algo de humanidad.

Luise jadeaba sin soltarme el brazo.

-¿Y el muchacho? ¿Qué pasó con el muchacho? -preguntó en voz baja.

-El oficial lo besó en ambas mejillas, lo vistió de oro y plata, mandó traer una berlina real tirada por ocho caballos blancos y escoltada por un centenar de coraceros de reluciente armadura y envió al muchacho a Berlín, donde Hitler lo recibió como al hijo de un rey en olor de multitudes y le dio a su hija por esposa.

-Oh! Oui, je sais -dijo Luise-, no podía ser de otra manera.

-Tiempo después volví a encontrarme con ese oficial en Soroca, en el Dniéster. Es un hombre muy serio, buen padre de familia. Un auténtico prusiano, un auténtico Piffke, como dicen los vieneses. Me habló de su familia y de su trabajo. Era ingeniero electrotécnico. Me habló también de su hijo Rudolf, un muchacho de diez años. La verdad es que no era nada fácil distinguir el ojo de cristal del de verdad. Me dijo que en Alemania se fabrican los mejores ojos de cristal de todo el mundo.

-Taisez-vous -dijo Luise.

-Todos los alemanes tienen un ojo de cristal -dije.

 

    

 
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