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  El Primer Hijo (Miguel Gila)
 

 

 

El primer hijo

Miguel Gila

Mientras dormía, alguien estuvo revolviendo dentro de mí. Lo noté al despertar. Me faltaba un pedacito de cada sentido. Instantes después nacías tú.

No sé dónde ni cuándo ocurrió, ni siquiera sé si es o no verdad. Puede que alguien me lo contara, o tal vez lo leí en la sección de sucesos de algún periódico. Recuerdo solamente que el protagonista era un hombre vulgar, uno de esos hombres que están hechos como con un molde, de los que vemos en lugares distantes y distintos. Su nombre no viene al caso, tampoco su apellido. En la gente vulgar, también su nombre es vulgar. Sé que trabajaba en una agencia de publicidad, no como persona de ideas originales, sino como simple auxiliar de caja. Persona de toda confianza para sus jefes. De conducta intachable, honrado, puntual, constante en el trabajo. Lo que se llamaba un empleado modelo. Catorce años de casado y fiel a su matrimonio como a su empleo. Del trabajo a casa, de casa al trabajo.

Faltaba el hijo. Ese hijo que no había querido venir. Ese hijo que esperaba sin reproches, con el deseo hecho silencio. Y el hijo, puede que en premio a la resignación, anunció su llegada en un embarazo inesperado.

él, el hombre insignificante, vivía el embarazo de la esposa sin querer convencerse de que fuera cierto, aunque el médico se lo había afirmado.

Sus trabajos de auxiliar de caja los realizaba ahora con más actividad, como si al llegar aquel hijo, su vida se hiciera más larga. Los compañeros de oficina le gastaban bromas que él eludía con una sonrisa y un rubor de niño grande. Y llegó el día señalado, un miércoles dieciséis de julio, a las cuatro de la tarde, en esa hora absurda en que el sol cegaba a los pocos transeúntes que por obligación tenían que dejar sus huellas en el asfalto blando de la calle.

Cinco minutos después del parto, traído a la oficina a través del teléfono, el Jefe le daba unas palmadas cariñosas en la espalda y le prestaba uno de sus coches.

--Tome, ésta es la llave de la puerta y ésta la del contacto. El depósito de gasolina está lleno.

Y el feliz padre, subió al coche, nervioso, y bajó por la Avenida del Triunfo, como antes lo hicieran los soldados de un ejército victorioso, y se sentía un héroe que había convertido una esposa yerma en una madre feliz. Se había apoderado de él algo así como un ataque agudo de daltonismo. Le eran iguales todos los colores de los semáforos: el verde, el rojo, el amarillo. Por suerte, la gente que cruzaba las calles en aquella hora caliente de la tarde era muy escasa. Sentía ganas de gritar por las ventanillas del coche: ¡Tengo un hijo!

Una mujer alta, empujando un cochecito de niño, comenzó a cruzar la calle. Pensó que también él tendría que comprar uno igual, o tal vez no hiciera falta; entre todos los compañeros de la oficina se lo regalarían. La mujer que empujaba el cochecito llegó a la mitad de la calle. Se dio cuenta tarde, cuando el cochecito saltaba hecho añicos. Oyó el grito de la mujer: "!Mi hijo!".

Acababa de matar a un niño, veinte minutos más tarde de que su mujer diera vida a otro. Miró a través de la ventanilla trasera del coche y vio el grupo de gente que ya rodeaba a la mujer. Aminoró la marcha con intención de volver atrás y hacer frente a su asesinato; pero pensó en su hijo, en aquel hijo que no conocía aún, y se alejó del lugar del crimen. Primero vería a su hijo, después se entregaría.

Ya cerca de su casa detuvo el coche, porque imaginó que ya la policía estaría movilizada. No le darían oportunidad ni de besar a su hijo. Tal vez le habían seguido y no tardarían ni dos minutos en detenerle. Puso de nuevo el coche en marcha y se alejó. Después de recorrer varias calles, abandonó el coche y comenzó a andar, despacio, pensando a cada paso en aquel niño que había esperado durante catorce años, y entre él y este hijo se interponía su crimen. Aún sonaba en sus oídos el grito de la mujer, fuerte, desgarrador, y la imagen del cochecito hecho añicos estaba latente en él.

Le inquietaban los pasos de los transeúntes, y cuando se hizo de noche, las sombras, y perdió el valor y le abandonaron las fuerzas. Ocultándose en la oscuridad, saltando de rincón en rincón, logró llegar hasta muy cerca de su casa. Miró y no vio señal alguna de que nadie le esperara. Recordó que era un asesino y tuvo miedo de salir del rincón oscuro donde se ocultaba. Escuchó la voz de dos hombres que hablaban fuerte, y tuvo que ponerse las manos en las sienes para detener el fuerte latido que le producía el miedo.

Pasaron varias horas. Al hacerse de día salió de su escondite y llegó a su casa. En la puerta le esperaba la policía.

--Le hemos buscado durante toda la noche.

--¿Puedo ver a mi hijo?

Fue todo cuanto se le ocurrió preguntar.

El hombre vulgar, el padre feliz, no era ningún asesino. La policía le había buscado durante toda la noche porque era extraño que habiendo salido de la oficina a las cuatro y veinte de la tarde no hubiera llegado a su casa a las once de la noche. Y no era un asesino porque la mujer que empujaba el cochecito era una pobre loca que paseaba un muñeco de trapo convencida de que era un hijo suyo. Un hijo que nunca tuvo porque la locura se lo impidió.

 

 

 
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