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  El Trozo de Madera (Alberto Gil)
 

 


  El Trozo de Madera

  Alberto Gil

  Aquel invierno estaba siendo, en almudaina del Río, , una estación especialmente atípica, extraña. El frío, menor de lo acostumbrado, era sustituido por un cielo opacado. Otrora, esa atmósfera presagiaba nieve y, sin embargo, ahora no terminaba de extender su lienzo blanco sobre las calles y plazuelas de la población.
  Y llegó la inevitable época de cambiar los pequeños escaparates, vestir las puertas y ventanas, mudar sus fríos órdenes por el brillo de sencillos adornos navideños. ¿Quién podía resistirse al ritual?
  Sí, un niño había perdido su único juguete, aquél que le regalara el rey Baltasar, hacía ya casi un año. Los demás chicos y chicas de la escuela se habían reído de él porque sólo hubiera tenido ese mísero trozo de madera. Pero, qué quieren, a él le gustaba porque le ayudaba a soñar. Y ahora no lo tenía, no sabía qué podía haber sucedido, si siempre estaba pendiente de él. Corría para llegar a casa y mecerlo, le deseaba buenas noches, se levantaba fijando la mirada en él, lo sentía cerca, era su confidente, su amigo.
  Su padre siempre estaba ocupado en el campo y su madre apenas tenía momentos para Luisito, entre sus siete hijos, su marido y las visitas al lavadero para ganarse unas perras extra.
  ¿Dónde podía estar? ¿También eso le iban a robar? Ya era bastante que se burlasen de su timidez, de su tardío desarrollo, de sus harapos, pero que le hurtasen a su Cabriolo, eso no podía ser.
  Si no lo recuperaba, en él, ese año no habitaría la Navidad. Sentía que esa gelidez que en Almudaina faltaba se refugiaría, toda ella, en el hueco más secreto de su alma. Nadie sabría esto, total por un simple tosco trozo de tabla, un pedazo de tronco de chopo. ¿Qué podía importar eso a nadie?
  Nadie se percataba de la zozobra del niño, empeñados en envolver Almudaina de lucecitas, campanillas o estrellitas de papel.
  -Dicen que Romualdo, el señor alcalde, ha contratado no se sabe a quién para que inaugure la zambomba de este año.
  Así dijo la Rosa al resto de comadres que estiraban la ropa con manos azuladas en la era.
  -Bah, ese hombre siempre con ínfulas de gran señor. Total para qué. Si con nuestra hoguera, nuestras músicas hechas de botellas de anís y caramillos no nos hace falta más -apuntó la Bernardina.
  -Bueno, bueno, hija; a lo mejor hasta resulta y tó. Escuchemos al Abelardo a ver qué pregona.
  -S'hace saber que el día 24 a las 4, en la plaza del pueblo, tendrá lugar la representación del romance "La castañera presumida" pa luego prender la gran fogata. No falte naide, s'asegura el pasarlo de rechupete dándole al moquete.
  -Ya te daría yo moquete, ya -refunfuñó la Paula.
  -Vamos Luisito, venga que llegaremos tarde y no veremos ná. ¡Ay, este mocoso, siempre hacendo mala sangre!
  -Madree, no quiero ir, quiero quedarme a esperar a mi Cabriolo. Vendrá y no me encontrará. ¿Dónde estará?
  -Venga, a que te zurro el culo. A callar y pa fuera. Ponte la bufanda y el pasamontañas, no te vayas a enfriar, encima. ¡Dios, qué cruz, qué hijo!
  Francisco, el ciego, se acerca al pueblo. Va montado en un carricoche, tirado por una tordilla conducida por su mujer, la Andrea; y Chispa, el perrillo que siempre le ha guiado bien, aunque ya sea viejo, brinca y mueve la cola espectante, contento siempre. Ah, qué animal más fiel y qué dócil; desde que aquella lejana primavera se acercara a lamerle la mano. Y eso que entonces él lo había visto como un estorbo en sus cuentos. Otra boca más a alimentar, si apenas no les llegaba pa ellos solos, después de que una maladada bala de metralla le hubiese devorado la vista. Quiso morirse, total qué iba a hacer si ya no podría llevar a su moza a los bailes de los domingos ni atender el negocio de su padre. Igual hasta la Andrea le abandonaría y él lo entendería. ¿Quién iba a querer maridar con un inútil ciego? Dijeron que le darían una pensión pero nunca le llegó. Mas su chica había querido seguir a su lado, hacer futuro juntos, fuera como fuese.
  Idearon deambular de aldea en aldea, hacerse presentes en las fiestas y aprovechar la inventiva de Francisco y la maña que se daba ella con el carboncillo. Una pizarra, un gorro, un tamboril y pa lante. No les había ido mal. Dios no les había dado hijos, pero sí felicidad, calor, afecto. Esto sí, nunca les faltó. Y lo demás, ¿qué importaba?
  Y luego ese animal del demonio. Chispa le habían puesto, que le venía que ni pintao. Se habían acostumbrado a su compañía, a sus muecas, a sus gracias. La gente, se notaba, disfrutaba con ellos y se lo recompensaban como podían, en un tiempo de pobreza.
  Como era su costumbre, dejaron el carro y la mula en un corral cercano. Se bajaron, cogieron los trastos y se dispusieron a entrar en otro pueblo más. ¿Y Chispa?
  Volvieron atrás, allí estaba entretenido con algo.
  -¿Qué hace este bichejo? -preguntó Francisco.
  --está royendo una tabla entre matojos y cantizales.
  -Vamos, Chisppi. No nos hagas perder tiempo, que venimos justos y con este frío.
  El perro obedeció a regañadientes, negándose a soltar su presa. La llevó a la mano de su amo y se la entregó. Éste la cogió, le dio una suave caricia al cogote de su amigo y sintió algo desconocido, un impulso a no deshacerse de aquello. Lo guardó en el morrarl, ¿para qué?
  -¡Ya vienen! -voceó el pillastre del tomás-. ¡Un ciego, una guapa moza y un perrillo!
  Cada uno hizo su papel. A los almudainenses les gustó aquel romance de ciego, un pliego de cordel con amoríos, tragedia y música. Los actores recibieron una sustanciosa recompensa y Chispa se entretuvo con un hueso que le lanzara la carnicera. ¿Y Luisito? Sólo él estuvo triste hasta que.
  Nuestro ciego abrió su morral para guardar la paga y se topó con algo. Lo sacó para hacer sitio.
  Un niño abrió los ojos. Gritó.
  -¡Es mi querido Cabriolo, mi tesoro!
  Francisco había estado tentado de arrojar al montón de leña aquel pequeño pedazo de madera, pero no había podido hacerlo y ahora un niño reía con la voz. Se le había abalanzado para atraparlo, pero él no lo soltó. Preguntó qué era aquello. El muchacho, entre sollozos, contó su historia. Y Francisco le abrazó, le entregó el objeto y más aún. Dijo:
  -tu amiguito no puede irse solo. Mi Chispa lo encontró y yo quiero darte algo para él: sacó una peonza, también de madera y se la regaló.
  -Para que juegues con ella y te acuerdes de mí.
  El alcalde, ajeno a ello, encendió el fuego y unas traviesas llamas rojo púrpura comenzaron a elevarse hacia el cielo. Parecía que quisieran acariciar. Una cara de luna se asomó y pareció besarlas.
  Ahora sí, el ambiente, el pueblo, se llenó de luz y magia. Todos eran felices, incluido el pequeño Luisito.

 


 

 
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