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  Emociones, Sensaciones y Paradojas (María Jesús Cañamares)
 



  Emociones, Sensaciones y Paradojas

  María Jesús Cañamares

Hoy me siento confundida. Mis tristezas y mis alegrías se funden en un sólo ser, en un solo día, en un solo momento de mi vida.
El día está semigrís, nubes medias y bajas cubren el cielo de esta tierra manchega, falta de agua de lluvia, y escasa ya en cultivos. los agricultores se afanan en recoger las últimas hortalizas, verduras,  uvas..., y, dentro de nada, veremos la cosechadora, esa máquina estridente y destrozona que arrancará las tortas de girasoles para sacar su pipa, la cual, seguramente, quedará desprendida de la torta pero desparramada en su mayoría por el camino desde la parcela de sembrado hasta el almacén de venta. Es una pena que esto suceda. Antaño, cuando yo era pequeñita, las cosechas se recogían a mano, a golpe de azada, sin que el agricultor dejara una sola espiga de trigo o pipa de girasol, o grano de uva tirado en el camino. todo era recogido con esmero sin destrozar el suelo ni perder nada.
Ahora, las cosechadoras son ligeras como un rayo, todo lo hacen en horas, pero, eso sí: dejan el suelo levantado como si un rebaño de lobos y jabalíes hubieran estado jugando ahí a destrozarse entre sí. Sin contar con lo que antes mencioné, es decir, con el desperdicio de parte de la cosecha desperdigada por los caminos.
El caso es que una servidora, al asomarse a la terraza, tiene una serie de confusiones en el alma.
El profundo olor a tierra mojada, mezclado con el sol tibio que me da en la cara, me hacen sentir como si estuviera en la playa mediterránea, admirar y sentir una pasión incontenible por ese mar al que respeto tanto como adoro.
Pero de repente, mezclado con ese olor a viento de Levante, llegan tufaradas a mi nariz que desprenden olor a hierbas aromáticas propias de esta tierra: jara, tomillo, lavanda, romero, mejorana...., todo mojado por las gotas de lluvia caídas en la tarde de ayer y revividas por los rayos del sol que, aunque con poca fuerza, calientan el campo en esta mañana del 19 de Septiembre, tan linda y tan triste a la vez.
La sensación de tristeza me embarga porque el mar, aunque es una de mis pasiones, estando cerca de él, me deprime bastante, a veces me gustaría alejarme y no oír su ronquido de olas; otras en cambio, pienso que sería dulcísimo acogerme en su seno y dejar que me llevara con él allá donde se le antojara, permitiendo con esto que se acabaran los sufrimientos, las injusticias, los desengaños para mí... Por eso digo que esta mañana en la que todo huele a mar, en la que me entristece no estar bañándome en una de esas playas levantinas tan hermosas y queridas, me siento totalmente confundida, porque a mi vez, siento la caricia del sol, indicándome que aún es bonita la vida, que él es el astro rey que todo lo ilumina y calienta; y siento el olor a hierbas aromáticas que me invitan a cogerlas, a olerlas, a respirar su perfume que embriaga los sentidos del cuerpo y anima el alma.
En este contraste de sensaciones, me faltas tú, mi ser amado, con el que quisiera desesperadamente estar para abrazarte, para dejarme besar por tus labios dulces y con sabor a amor. Quisiera pasear en esta linda mañana contigo de la mano, hablando de mil proyectos en común, acariciando tu piel dejándome acariciar por tus manos tiernas y cariñosas... Quisiera pasear primero por la orilla del mar, mezclando nuestras voces con el sonido de las olas, y formando un coro celestial que cantara la canción que los dos sabemos y que muchas veces hemos cantado juntos riéndonos de nuestra propia voz.
Y tras pasar por esta emoción, volver a casa amartelados como dos tórtolos, comernos una frugal paella, echarnos una horita de siesta, y a la tarde, con el alma llena de amor hacia el otro, prepararnos unos bocadillos de tortilla española con jamón, unos refrescos, e irnos al monte, al campo lleno de hierbas perfumadas, sentarnos a la orilla del río y comer nuestras meriendas compartiendo bocados, y entre éstos, besándonos y diciéndonos todo cuanto lleváramos contenido en el corazón.
Y al anochecer, tras la puesta del sol, volver a casa cogida de tu mano, sosteniendo en la otra el ramillete de flores y hierbas que tú, con todo tu amor y delicadeza, y sin que yo lo hubiera visto, me tendrías preparado para ofrecérmelo cuando yo acababa de recoger los desperdicios de nuestra comida para meterlos en la bolsa de basura que luego tiraría en el contenedor de al lado de nuestra casa.
El contacto de tu mano con la mía a través del tacto; el olor a tierra, aire, mar, hierbas y flores; el zumbido de un mosquito o abejorro que pasa en vuelo fugaz por detrás nuestro, y el sabor dulce de tus labios en los míos, pondrían el colofón a este día inolvidable de amor y de emociones.



 
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