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  Esperanseta (Miguel Gila)
 

 

 

Esperanseta

Miguel Gila

La honestidad sirve a muchas personas como antifaz para ocultar el veneno que les produce su inferioridad.

Frente a mí estaba el armario, alto, estrecho, con su espejo turbio en una de sus puertas, y yo estaba en el espejo, con mi cara que ya se afeitaba dos veces por semana desde hacía más de cuatro meses y mi ropa oliendo a humo y a pólvora. En cierto modo, mi niñez se había quedado en la buhardilla de la calle de Zurbano y el primer paso para llegar a hombre lo había dado al entrar en aquel cuartel improvisado, donde me dieron un fusil, ciento cincuenta balas y dos granadas de mano. Pero ahora, en este instante iba a ser un hombre en toda la extensión de la palabra. Lo iban a certificar aquellos brazos gruesos de mujer.

Se levantó, apagó la luz del techo y mi imagen quedó en el espejo, iluminada solamente por la luz de la mesita de noche.

--Va, chiquet...-- Y se metió en un pequeño cuarto, cerrando la puerta de cristales. Oí el agua de un grifo. Servía de acompañamiento a una cancioncilla. De vez en vez, se interrumpía la canción y tras una pequeña pausa la reanudaba de nuevo. Yo seguía de pie, esperando el momento, nervioso. Ignoraba las normas del acto sexual y trataba de adivinar la forma de proceder ante un amor alquilado para un instante. Recordé la naturalidad con que había oído a otros contar sus aventuras amorosas y pensé que también ellos habrían pasado por este momento, y recordé mis novias de niño, los besos ocultos, dados en algún rincón de la escalera, el temor de ser visto por algún vecino, la despedida con voz velada por el pudor y la vergüenza del encuentro, al día siguiente.

En la puerta de la habitación sonaron unos golpes. Luego una voz de mujer:

--¡Esperanseta...!

Esperanseta cerró el grifo y salió. Ahora, totalmente desnuda, sujetándose con las manos mojadas los pechos enormes, más blancos que sus brazos. Pechos acariciados por manos callosas de feriantes de ganado y manos duras de marinos. Unos pechos que por grandes y manoseados tenían una gran obediencia a la ley de la gravedad.

Esperanseta me sonrió al pasar. Luego entreabrió la puerta y una mano asomó con una toalla. Esperanseta tuvo que soltar uno de sus pechos para alcanzarla, y le cayó, pesado, grande, sobre su carne envuelta en olor a perfume barato.

Cerró la puerta. Dio media vuelta a la llave y me besó en la cara, cerca de la boca. Luego se metió en la cama.

--Ché... quin fret fa.-- Y se tapó con la colcha. Una de esas colchas doradas, llena de moros a caballo que amenazaban con alfanjes a mujeres implorando con los brazos en alto.

--Ya... chiquet.

Yo ni siquiera me había quitado el tabardo. Ella me miraba y sonreía.

--Qué fas...? Vindran els avions i encara no habrem comen&at. ¡Va!

Hacía sólo unas horas que habíamos llegado de Segorbe, después de casi un mes de combates continuos. Lo recordé cuando estaba a punto de quitarme el pantalón, y pensé en mis rodillas sucias, en mis tobillos, en mi cuerpo todo. Ni siquiera había podido ducharme. Sentí una gran vergüenza. Saqué del bolsillo algún dinero, con toda seguridad más del acordado en el trato.

--Toma...

--Qué fas... cullons...¿

Salí a la calle por un pasillo estrecho. Enfrente de mí estaba el Mercado Central con sus puertas cerradas y una larga fila de mujeres de todas las edades, esperando la mañana para pelearse por unos cuantos pescados con sabor a cieno y algunos gramos de carne, seguramente de borrico.

...llovía, menudo. El agua fría se colgaba de nuestras pestañas. Detrás de nosotros quedaba Nules. Ni una sola casa en pie. Sólo columnas de humo y escombros. A nuestra derecha el mar y a nuestra izquierda los naranjos sin fruto, sólo alguna naranja seca, luchando por mantenerse en las ramas, y delante otro frente de batalla.

Cuando se hizo de noche, acampamos a los lados de la carretera. No pudimos encender ninguna hoguera por no dar pistas a la artillería enemiga. Nos limitamos a cubrirnos con las mantas húmedas.

Antes de hacerse de día, llegó el camión de los víveres. Nos repartieron unas latas de carne rusa y unos puñados de castañas. El pan se había deshecho con la lluvia. Aún así, algunos lo comieron. El furriel se acercó a mí.

--He visto a Esperanseta. Dice que te fuiste sin hacerle nada. ¿Qué te pasó...? Cuando le dije que era la primera vez que ibas a eso, se le pusieron los ojos así de grandes. Está loca preguntando por ti.

Pasaron varios días y tuve que ir de nuevo a Valencia. Había que aprender el manejo de un nuevo tipo de ametralladora importada de Checoslovaquia, y para aprender el manejo eran necesarios cuatro días.

El camión nos dejó a la entrada del cuartel. Una hora más tarde salí a la calle, limpio, feliz. Me había duchado y me había cambiado de ropa interior.

Llegué hasta el café Martí. No vi a nadie conocido. Bajé por la calle de las Barcas. Aún había escombros del último bombardeo. Pregunté a un hombre que estaba desatando un fardo de periódicos del transportín de una bicicleta.

Sí. Fue ayer por la tarde. Los barcos. El Grao como siempre ha sido el que "més a cobrat".

Recorrí varios cafés. Tenía que encontrar a Esperanseta. Esta vez iba preparado para ser hombre.

Llegué al callejón del Gato y entré en "Casa Pepet", una pequeña taberna en la que tenían pimientos fritos y vino bueno. En esa taberna paraba el furriel. Cuando entré aún no había llegado. Llegó más tarde, con dos mujeres, una de ellas desconocida para mí, la otra una vendedora de flores con los párpados rojizos a la que llamaban "dens de ferro" porque al abrir la boca enseñaba cinco dientes de acero inoxidable. Primero gritaron de júbilo, luego se pusieron serios.

--¿Sabes que ha muerto Crespo...? En el bombardeo de ayer... en el puerto.

Llegué al hospital de San Pablo. Un hombre de edad me acompañó hasta el depósito. Avanzábamos por un largo pasillo, iluminado por la luz que penetraba por unas ventanas estrechas, que había casi en el techo. Pregunté al hombre:

--¿Hay... muchos...?

Temía entrar al depósito y encontrarme mujeres o niños, tan distinto a los soldados muertos en combate.

El viejo me preguntó con voz chillona, desafinada:

--¿Cómo dice...?

--¿Que si hay muchos...?

--Sí... fill meu... muchos - y se cambió de lado para colocarse a mi derecha. -Del oído derecho oigo mal.

Buscamos en el silencio de aquella sala, fría. Allí estaba Crespo, al parecer sin ninguna herida. Como si durmiera. Sólo un pequeño agujero de metralla en la nuca, mortal. Tenía el pantalón arrollado hasta cerca de las rodillas, descalzo. Me impresionaron las ligas de goma roja que rodeaban sus tobillos. Las había cortado delante de mí, hacía muy poco tiempo, mientras me decía: "Tienes que aprender a conducir y enchufarte. ¿Ves yo? En la retaguardia... Tengo dos niños y no puedo andar con leches..."

El sordo echó una manta por encima de Crespo. Salimos. Al final del pasillo le di cincuenta pesetas. Me dio las gracias con su voz chillona, desafinada. Luego dijo:

--Es el destino... fill meu... El destino.

A mí me parecía una burla del destino al recordar la frase de Crespo: "Tengo dos niños y no puedo andar con leches...".

Durante el tiempo que estuvo en el frente fue uno de mis mejores amigos. Yo mismo le anime a que solicitara su ingreso como chófer del teniente pagador. Y ahora...

Volví a las trincheras. Sentado en la parte trasera del camión, con mi mano apretada en el cañón de la nueva ametralladora. Pensé en Crespo y pensé en Esperanseta. él había dejado dos niños; ella un hombre sin hacer, y sentí un escalofrío en mi cuerpo limpio.

Tampoco esta vez pude darle la oportunidad de hacerme hombre entre sus robustos brazos. La muerte de mi amigo Crespo mató también mis deseos sexuales. El instante que tanto había deseado murió dentro de mí, y la cama de Esperanseta la imaginé tan fría como la dura piedra donde quedó Crespo.

 

 

 

 
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