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  Fondo Sur (Manuel Vicent)
 

 

 

Fondo Sur

Manuel Vicent

Se alimentaban de la electricidad que generaba el propio grupo al restregarse entre sí en las gradas. Ninguno sabía nada del otro. Los días de partido quedaban en un punto del paseo de la Castellana en medio del río de la gente, se olisqueaban brevemente y luego seguían juntos berreando camino del estadio. Al principio sólo se reconocieron por el hedor adolescente de sus cuerpos o tal vez por sus miradas de goma. Después comenzaron a aullar de un modo peculiar y finalmente se grabaron en la frente la letra distintiva, una B mayúscula, que los hizo miembros de la misma camada en el fondo sur. Llevaban idénticas bufandas, gorros y escarapelas; y escupían pipas de girasol, bebían cerveza caminando sin hacerse preguntas del pasado ni del futuro. Sólo esperaban que esa tarde ganara el Real Madrid. Ni siquiera eso. Tal vez su único deseo era entregarse en las gradas a un espasmo colectivo al margen de lo que ocurriera en el terreno de juego y para eso habían llegado cada uno por separado desde un lugar diferente del suburbio hasta el punto de reunión una hora antes de que empezara el partido. No eran más de diez entre machos y hembras y sin duda las chicas parecían más duras, lucían algún garfio en los vaqueros y ninguna pasaba de los diecisiete años.

Entre ellos había surgido un jefe natural, un bello aprendiz de chapista llamado Berberecho y nadie lo había elegido, pero todo el grupo de forma instintiva lo acató desde aquel día en que el muchacho le aplastó el cráneo a un viejo bujarrón que aprovechaba las olas y avalanchas que se producían en las gradas del fondo sur para sobar de modo voluptuoso a algunos camaradas. Aparte de eso el guapo Berberecho podía aportar un mérito especial: el presidente del Real Madrid le había posado una mano en el hombro en plan amigable y eso era como una consagración, cosa que sucedió en medio de una aglomeración de hinchas al pie del autobús que recogía a los jugadores en el aeropuerto de Barajas. Otra causa de su poder era que mantenía a raya a sus chicas. Durante los entrenamientos en la ciudad deportiva cada una de ellas por su lado podía soltar grititos de histeria cuando las piernas aceitadas de Michel,o de Zamorano pasaban muy cerca, pero en el grupo no permitía querencias amorosas. Entre ellos el sexo no existía. Ante la victoria del equipo sus cuerpos se fregaban en intensos abrazos e incluso podían cabalgarse unos a otros simulando fugacísimas cópulas en el instante de un gol decisivo como hacían los jugadores en el césped. Semejante frotación nunca derivaba en una carga erótica sino sólo en una sucesión de rugidos absolutamente puros e idénticos y ésa era la única energía, ya que el grupo tenía sus carnes de búfalo hermanadas. Por eso el guapo Berberecho se arrojó contra el cráneo de aquel bujarrón con la ferocidad ciega del que defiende una ley fundamental de la banda y esto no lo acababa de entender el juez en el momento del juicio.

-Veamos, relate usted los hechos -le dijo el juez a Berberecho.

-No se puede ir al fútbol a hacer el guarro -explicó Berberecho al pie del estrado dando doctrina.

-¿Qué significa hacer el guarro?

-El tipo era un viejo... Llevaba una peluca colorada... Cuando vi que ese sujeto primero me tocaba el culo sin venir a cuento y después me dio un beso en la boca sólo porque Laudrup había marcado un gol me mosqueé muchísimo.

-¿Y qué pasó luego? -insistió el juez.

-Le di un puñetazo, nada más -contestó el jovenzuelo.

-¿Nada más?

-Bueno, sí. Le arranqué la peluca y le di otro poco en la cresta pelada.

-¿Con el palo de la bandera?

-No. Con el puño.

-¿Y cómo se explica que ese señor llegara al hospital con el cráneo abierto?

-No lo sé. Nosotros no queremos sexo. Sólo nos reproducimos gritando. Con eso tenemos bastante para llegar a la inmortalidad. Yo no tengo la culpa de ser tan guapo -dijo Berberecho pavoneándose.

No quedó demostrado que el muchacho fuera el causante directo de la herida y puesto que aún no había cumplido la mayoría de edad el juez lo dejó suelto de nuevo en plena calle pero este lance judicial creó una aureola en torno al cabecilla Berberecho, si bien lo que más admiraba de él su cuadrilla era que siempre llevaba un puñado de entradas falsificadas que repartía entre los que tenían la señal distintiva en la frente, de modo que bastaba con que moviera una ceja o escupiera por una muela para que los suyos, siguiendo esta contraseña, cerraran filas o se abrieran en ángulo sobre el asfalto camino del estadio.

No se conocían de nada. Tampoco sus pequeñas hazañas contra el Código Penal les había unido hasta entonces. Cada uno por separado en un lugar distinto del extrarradio solía tener algún encuentro con la policía o había experimentado el tedio final que precede al estallido de huevos o de ovarios junto a un muro de cemento, en el terraplén de cualquier paso a nivel o en el mugriento vestíbulo del Instituto. Berberecho era aprendiz de chapista. Otro estudiaba informática. Otro repartía telepizzas. Otro no era nada. Otro llevaba la cabeza rapada. Una había sido novia de un atracador callejero. Otra era cajera de un supermercado. Otra solía pintarse la boca reflejándose en el tubo de escape de las motos de gran cilindrada antes de bailar el rock. Nadie sabía la historia que cada uno arrastraba ni tampoco hablaban de sus deseos para el lunes siguiente. En el camino hacia el estadio se encontraban, chocaban en el aire la palma de la mano, comían pipas de girasol, escupían y bebían cerveza. Durante el partido rugían, se fregaban los cuerpos, lanzaban insultos y terminado el encuentro se diluían entre la multitud dando algunas patadas a las papeleras si el Real Madrid había perdido, seguían vociferando a coro y finalmente se despedían sólo con la mueca concertada. Después de dos temporadas de haber fundado la camada en el fondo sur ninguno de ellos conocía el nombre del otro, salvo que todos pronunciaban con mucho respeto el apodo del jefe Berberecho y su letra inicial era el signo distintivo que el grupo llevaba inscrito en la frente con un lápiz de labios.

Uno de ellos, tal vez el que estudiaba informática, fue el primero en darse cuenta de que una de las chicas faltaba desde hacía mucho tiempo a la cita del Bernabéu y cuando lo dijo nadie parpadeó por eso. En ese momento Buyo acababa de realizar una magnífica parada y todo el grupo se unió en un abrazo que había liberado una gran energía. En realidad la chica se llamaba Yolanda. Se había matado con la moto en compañía de un tipo que había conocido en una discoteca y hacía varios meses que estaba enterrada. Tampoco advirtió nadie la ausencia durante todo el invierno del repartidor de telepizzas, pero éste se volvió a incorporar a la reata después de haber cumplido con el tribunal de menores cuando robó el tercer coche y ninguno del grupo le preguntó nada. Él se limitó a pintarse la inicial de Berberecho en la frente y luego se puso a berrear en el estadio. Una pareja también había causado baja porque se había enamorado y eso era algo que el jefe no permitía. Tan pronto descubrió Berberecho que aquella chica comenzaba a doblar el cuello en el hombro de otro de la banda fue muy tajante.

-No me gustan los pichones. Esto no es un palomar. No quiero veros más la jeta.

Lo dijo con gran autoridad sin escupir siquíera y la pareja de tórtolos se esfumó para aparearse durante un tiempo, pero otros hinchas adolescentes muy similares iban sustituyendo a los que causaban baja por muerte, cárcel, sexo, amor o cansancio y nadie era capaz de distinguir a los hinchas antiguos de los nuevos. Sus berridos eran idénticos, tenían el mismo cuerpo, olían igual, llevaban los mismos granos en la cara, la pelusilla del bigote y exhibían las mismas escarapelas, gorros y bufandas. También la marca en la frente se la pasaban unos a otros. Sólo Berberecho no se repetía nunca. Un recién llegado a la cuadrilla, que iba de punki claveteado, se atrevió a expresar sus dudas a los demás mientras accedía al estadio con una entrada falsificada en el último partido de la temporada.

-¿Y ése por qué manda?

-Porque un día logró invitar a Zamorano a una ración de berberechos.

-¿Y sólo por eso es el jefe? -insistió el punki apartando el imperdible que tenía engarzado en la nariz para que se entendiera bien.

-También se fajó con un bujarra, ha roto cinco escaparates y se ha empatado con un guardia a caballo. Además de todo eso lo han absuelto en un juicio.

-¿Por qué delito?

-Un tipo con peluquín le metió la lengua en la boca después de que Laudrup marcara un golazo y Berberecho se mosqueó.

-¿Está prohibido besarse? -preguntó el punki atusándose la cresta color cereza.

-Berberecho no tolera que lo bese nadie si no lleva su marca en la frente.

-Otros dicen que Berberecho manda porque es el más guapo y el único de nosotros que no ha muerto -exclamó una chica con la bandera del Real Madrid puesta como un refajo.

-¿Tú también has muerto alguna vez?

-Sí, alguna vez -contestó ella entre los aullidos del público que saludaba la salida del Real Madrid al terreno de juego.

En ese momento comenzó el partido final de la Liga en que iba a decidirse el campeón. El estadio aparecía rebosante de carne con cemento y banderas, pancartas, alaridos y gritos a coro que imitaban los cantos guerreros de los vikingos.

Berberecho gobernaba a los suyos en las gradas del fondo sur. Primero toda la camada se limitó a dar saltos para calentar el cuerpo y dentro de la olla del estadio Berberecho sólo era un punto insignificante pero él se sentía inmortal. El Real Madrid comenzó jugando bien desde el principio; parecía un mecanismo capaz de destruir el tiempo y el espacio sirviéndose de una pelota. Ésta era impulsada o atraída por los músculos y el coraje, también por la inteligencia. Ante la primera internada de Raúl, cuyo pase al centro del área fue rematado al poste de cabeza por Zamorano, en las gradas del fondo sur se produjo el primer oleaje al compás de gritos rituales. Todos los componentes de la banda de Berberecho iniciaron la frotación de su carne apelmazada bajo las banderas y pronto se liberó una energía común que tenía el foco principal en el cuerpo de Berberecho. Eran diez entre machos y hembras.

A los quince minutos de partido ya no les interesaba nada de cuanto ocurría en el terreno de juego puesto que el partido se disputaba entre ellos y no participaba su cabeza sino las entrañas de cada uno, de donde salían las canciones, los insultos, los vítores. En un momento dado una de las chicas escupió el chicle contra el pescuezo del espectador que tenía delante y después exclamó:

-Creo que voy a resucitar. Necesito un poco más de impulso.

-Vamos. Hay que ayudarla -gritó Berberecho haciendo oír claramente su voz de mando en medio de los rugidos del público.

- ¡Ahora! ¡Ahora! -volvió a exclamar la chica. En ese instante el árbitro pitó un penalty a favor del Real Madrid e íba a ejecutarlo Michel pero eso nada tenía que ver con el éxtasis que estaba experimentando en las gradas de pie aquella adolescente sin nombre conocido. Cuando Michel ejecutó el castigo un enorme rugido acompañó al gol e impulsado por el sonido terrible de los espectadores el grupo de Berberecho, chicos y chicas, comenzó a copular contra la grupa de la adolescente que había pedido ayuda y los diez formaron brevemente una sola carne de la que salía una extraña energía que no era erótica sino espiritual, capaz de resucitar a los muertos. Esa carga entraba y salía de cada cuerpo mientras el partido avanzaba.

-;Ahora a mí! -gritó otra chica.

-Vamos -mandó Berberecho.

En el último partido de la temporada el tipo del peluquín rojo había vuelto al estadio en busca de amor y ahora avanzaba Amavisca por medio del campo sorteando las tarascadas del enemigo y cuando estaba a punto de entrar en el área la compulsión de la olla fue creciendo hasta producir una avalancha en el fondo sur. En medio del oleaje de las gradas se acercaba a la pandilla de Berberecho el tipo del peluquín rojo. Se acercaba sonriendo a medida que la multitud de adolescentes lo apretujaba. En ese instante Amavisca marcó el segundo gol del partido y hubo dos cañonazos seguidos, el que había lanzado el jugador con la izquierda y el que salió de la garganta de todo el estadio. Bajo esta doble explosión la otra chica fue cabalgada con una velocidad matemática por cada uno de la pandilla hasta que ella gritó llena de felicidad que ya tenía suficiente energía para vivir toda la semana olvidando que existía. Una nueva avalancha acercó al hombre del peluquín rojo un poco más.

Durante dos temporadas todos los elementos del grupo de Berberecho se alimentaron de la electricidad que generaban sus cuerpos al frotarse en las gradas pero ellos no conocían los nombres de sus compañeros ni la parte de la ciudad de donde procedían. El jefe tampoco podía decir nada acerca de aquel camarada que repartía pizzas o del otro que estudiaba informática, ni se había preocupado por el paradero de la cajera del supermercado ni sabía que una de las chicas se había matado y que otro estaba en la cárcel. Los miembros de la pandilla se habían renovado, o tal vez eran los mismos, únicos o distintos, y él repartía entradas falsificadas a los nuevos que iban llegando con la inicial en la frente hasta el lugar de reunión una hora antes de que comenzara el partido, pero ahora el final de la liga estaba a punto de dispersar el grupo hasta después del verano. Ganaba el Real Madrid por dos a cero. Hacia la mitad de la segunda parte fue cuando se produjo el altercado en el fondo sur. Se veían policías corriendo por los pasillos. Otros estaban parapetados contra la valla. La agresión se realizó mientras Zamorano lanzaba una falta directamente a puerta. La pelota entró por el ángulo y mientras sus camaradas se fundían en un abrazo dentro del júbilo, Berberecho sintió que algo parecido a una lengua de fuego le entraba también entre dos costillas. Cayó con la camisa ensangrentada y los gritos de horror se confundieron por un momento con los alaridos que el gol había creado. Junto al cuerpo exangüe permanecía el tipo del peluquín rojo sonriendo. Berberecho falleció de este navajazo ya que la hoja del cuchillo no era de la misma sustancia inmortal que el grito engendrado por la victoria. Cuando el fiambre de Berberecho fue bajado por los camilleros el tipo del peluquín mandó detener la camilla y le estampó un prolongado beso en los labios. El tipo llevaba una señal determinada en la frente pero la navaja que estaba tirada en la grada no tenía huellas ni marca alguna.

(Inédito)

 

 

 
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