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  L'Arrabiata (Paul Heyse)
 

 

 

L’Arrabiata

Paul Heyse

No había despuntado aún el sol, y sobre el Vesubio flotaba un ancho banco gris de niebla, que se extendía hasta Nápoles, ensombreciendo las pequeñas aldeas del litoral. El mar estaba en calma. Pero en el barrio marinero, situado en una estrecha ensenada bajo los altos acantilados de Sorrento, bullían ya los pescadores, con sus mujeres, afanándose por arrastrar a tierra las barcas, atadas con larguísimas maromas, en las que se distinguían las redes, colgadas fuera de aquéllas para pescar durante la noche. Otros preparaban el aparejo de sus embarcaciones, arreglaban el velamen y sacaban los remos y pertrechos de las grandes cuevas excavadas profundamente en la roca, que, bajo su bóveda enrejada, almacenaban durante la noche los útiles de pesca. Nadie había ocioso o desocupado; hasta los más ancianos, los que ya nunca se hacían a la mar, se incorporaban también a la larga fila de los que arrastraban las redes; y aquí y allá, alguna abuelita devanaba el huso sobre uno de los lisos terrados, o se ocupaba en cuidar del nietecito, mientras la hija ayudaba al marido en la faena.

-¡Eh, Rachela, mira! ¡Ahí viene nuestro padre curato -dijo una anciana, dirigiéndose a una chiquilla no mayor de diez años, que agitaba su pequeño huso junto a ella-. Ahora mismo sube a la barca; Antonino le llevará a Capri. ¡Maria Santissima, el buen señor está todavía adormilado!

Tras estas palabras hizo señas con la mano a un minúsculo y risueño sacerdote que, al pie mismo de ellas, acababa de acomodarse en la barca, después de haber doblado cuidadosamente su manteo, extendiéndolo sobre uno de los bancos de madera. Los que se hallavan en la playa interrumpieron un instante su tarea para ver partir a su párroco, que saludaba cariñosamente a derecha e izquierda.

-¿Por qué tiene que ir a Capri, abuela? -preguntó la niña-. ¿Es que no hay allí párroco y tienen que pedirnos prestado el nuestro?

-No seas simple -dijo la vieja-. Allí tienen más que suficientes, y también muchas iglesias bonitas, y hasta un ermitaño, cosa que nosotros no tenemos. Lo que sucede es que allí vive una signora muy principal, que vivió mucho tiempo aquí, en Sorrento, y estuvo una vez tan enferma, que el padre tuvo que llevarle el Santísimo más de una vez, porque pensaban que no pasaría de esa noche. Pero la Santísima

Virgen se apiadó de ella, de manera que se puso otra vez sana y buena, y hasta pudo bañarse de nuevo en el mar todos los días. Cuando se fue de aquí para Capri regaló un buen montón de ducados a la iglesia y a los pobres, y dicen que no quiso marcharse hasta que el padre le prometió visitarla allí donde vive ahora para confesarse con él. Es asombrosa la estima en que le tiene la señora; y podemos estar bien contentos de tener por párroco a una persona que tiene prendas de sobra para ser arzobispo, y a quien consultan los señores importantes. ¡Que la Virgen le acompañe!

Y diciendo esto agitó la mano en dirección al bote, que se preparaba en aquellos momentos para desatracar.

-¿Tendremos un día despejado, hijo? -preguntó el sacerdote. Y miró con expresión dubitativa hacia Nápoles.

-El sol no ha salido todavía -replicó el muchacho-. Cuando salga terminará, sin duda, con este poco de niebla.

-Pues date prisa, para que lleguemos antes del calor.

Antonino acababa de aferrarse a uno de los largos remos con objeto de dejar la barca en completa libertad, cuando se detuvo de pronto y escudriñó las alturas del escarpado sendero que llevaba desde la villa de Sorrento hasta el barrio marinero.

Apareció en lo alto una esbelta figura de muchacha, que bajaba apresuradamente por el pedregoso camino y hacía señas con su pañuelo. Traía un bulto bajo el brazo y su atuendo era bastante pobre. Sin embargo, tenía un gesto casi aristocrático, aunque un poco salvaje, cuando echaba hacia atrás la cabeza, y sus negras trenzas, que llevaba atadas en círculo por encima de ésta, parecían una diadema.

-¿A qué esperamos? -preguntó el párroco.

-Viene a la barca alguien que también querrá ir a Capri. Con su permiso, padre; no nos retrasaremos por esto, pues se trata de una muchacha de apenas dieciocho años.

En aquel momento se acercaba ésta corriendo a lo largo del muro que bordeaba el sinuoso sendero.

-¿Laurella? -dijo el párroco-. ¿Qué tendrá que hacer en Capri?

Antonino se encogió de hombros. La muchacha se acercaba con paso ligero y parecía abstraída y recelosa.

-¡Buenos días, Arrabbiata! -alzaron la voz algunos jóvenes marineros.

Y habrían dicho más cosas, si la presencia del cura no les hubiese infundido respeto, pues la orgullosa mudez con que la muchacha acogió su saludo pareció excitar a los impertinentes mozos.

-Buenos días, Laurella -dijo también el sacerdote-. ¿Qué tal?

¿Vienes también a Capri?

-Si me lo permiten, padre.

-Pregúntale a Antonino, que es el patrón del barco. Cada uno es dueño de lo suyo, y Dios lo es de todos.

-Aquí hay medio florín -dijo Laurella, sin dirigir la mirada al joven barquero-. Si pudiese ir por esta cantidad...

-Tú lo necesitarás más que yo -gruñó entre dientes el mozo.

Apartó unas cestas de naranjas para dejar sitio libre. Las llevaba para venderlas en Capri, porque la rocosa isla no producía suficientes para el consumo de sus muchos visitantes.

-No quiero ir gratis -dijo la muchacha, y sus negras cejas se contrajeron.

-Anda, niña, ven -dijo el sacerdote-. Antonino es un buen muchacho y no pretende enriquecerse con tu miseria. Ven aquí, salta -y le tendió la mano-, y siéntate a mi lado. Mira, ¿ves?, ha extendido su chaqueta para que te sientes con más comodidad. Conmigo no ha sido capaz de hacer eso. Pero la gente joven es así; por una mocita se afana más que por diez religiosos. Vamos, vamos, no necesitas disculparte, Tonino. Está dispuesto así por Dios: cada uno se preocupa por sus iguales.

Entretanto, Laurella había saltado dentro y se había acomodado sin decir palabra, después de haber apartado a un lado la chaqueta. El joven barquero esperó a que hubiese terminado, mascullando algo entre dientes. Luego empujó con fuerza en el muelle, y la pequeña barca se deslizó libremente por las aguas de la bahía.

-¿Que traes aquí, en este paquete? -dijo el sacerdote, mientras ella contemplaba fijamente el mar, que resplandecía ya bajo los primeros rayos del sol.

-Seda, hilo y un pan, padre. La seda la venderé a una mujer de Capri, que se dedica a tejer cintas y cordones, y el hilo, a otra.

-¿Devanaste tú misma la seda?

-Sí, señor.

-Si mal no recuerdo, tú aprendiste también a tejer cintas.

-Sí, señor. Pero mi madre está otra vez peor y no puede salir de casa; además, no podemos pagar un telar útil y de buena calidad.

-¿Está peor tu madre? ¡Vaya por Dios! Pues cuando estuve a veros por Pascua, estaba levantada.

-Sí, pero la primavera es la peor estación del año para ella. Desde que tuvimos los grandes temporales y los terremotos ha tenido que permanecer echada, a causa de los dolores.

-No dejes de rezar y de pedirle a la Santísima Virgen que interceda por ella, hija mía; y sé buena y animosa, para que tu oración sea atendida.

Después de una pausa añadió:

-Cuando te acercabas por la playa te gritaron: «¡Buenos días, Arrabbiata!». ¿Por qué te llaman así? Ése no es un nombre digno de una chica cristiana, que debe ser siempre dulce y paciente.

El moreno rostro de la muchacha enrojeció y sus ojos relampaguearon.

-Se burlan de mí porque no bailo, ni canto, ni doy tanto palique como otras. Que me dejen en paz; yo no me meto con ellos.

-Sin embargo, tendrías que ser amable con todos. Que bailen y canten otras, cuya vida es más regalada que la tuya. Pero dar una palabra amable también es conveniente para una persona afligida.

Ella bajó los ojos y frunció el ceño, como si quisiera ocultar así su negra mirada. Bogaron en silencio un buen rato; el sol resplandecía, magnífico, sobre las montañas, y la cumbre del Vesubio sobresalía por entre los jirones de la niebla que envolvía aún sus laderas, mientras las casas de la llanura de Sorrento deslumbraban de blancura entre los verdes naranjos.

-Laurella, ¿no has vuelto a saber nada de aquel pintor, aquel napolitano que quiso casarse contigo? -preguntó el cura.

Ella negó con la cabeza.

-Entonces comenzó a pintarte un cuadro. ¿Por qué le rechazaste?

-Y ¿para qué querría él hacer eso? Hay otras mucho más bonitas que yo. Y después, quién sabe a lo que hubiera llegado; mi madre dijo que podía hechizarme con eso y perjudicar mi alma, o incluso llevarme a la muerte.

-No creo que fueran cosas tan lamentables -dijo gravemente el sacerdote-. ¿No estás siempre en manos de Dios, sin cuya voluntad no caerá ni un solo cabello de tu cabeza? Y ¿ha de ser más fuerte que el Señor un hombre con un cuadro? Además, bien podías ver que te quería bien. De otro modo, ¿cómo hubiera querido casarse contigo?

Ella callaba.

-¿Por qué le rechazaste, di? Era un buen muchacho, un chico como Dios manda, y hubiera podido sosteneros a ti y a tu madre mucho mejor de lo que tú puedes ahora, tejiendo y devanando seda.

-Nosotras somos pobres -dijo con vehemencia-, y mi madre está enferma desde hace mucho tiempo. Habría sido una carga para él. Además, yo no valgo para casarme con un señorito; cuando sus amigos hubiesen ido a verle se habría avergonzado de mí.

-¿Qué estás diciendo? Yo te digo que era un hombre muy cabal. Y por si fuera poco, quería mudarse a Sorrento, para vivir allí. No, no volverá tan pronto una persona así, como caída del cielo, para ayudaros.

-¡No quiero marido, nunca, jamás! -sentenció ella, tercamente y como ensimismada.

-¿Es que has hecho voto, o quieres entrar en un convento? Ella negó de nuevo con la cabeza.

-Tienen razón las personas que te echan en cara tu terquedad, aunque el nombre que te han puesto no sea muy bonito. ¿No se te ocurre pensar que no estás sola en el mundo y que con esa testarudez haces más dura la vida de tu madre enferma y agravas su misma enfermedad? ¿Qué motivos de peso puedes tener para rehusar la mano honrada y sincera que quiere sosteneros a ti y a tu madre? ¡Contesta, Laurella!

-Tengo un motivo -repuso ella en voz baja y titubeando-. Pero no puedo decirlo.

-¿Que no puedes decirlo? ¿Ni siquiera a mí, tampoco? ¿Ni siquiera a tu confesor, a quien te confías en todo lo demás, y que sólo busca tu bien?

Ella esbozó un gesto con la cabeza.

-Descarga tu corazón, niña. Si tienes razón, yo he de ser el primero en dártela. Pero eres joven y conoces poco el mundo; y te arrepentirías luego, tardíamente, si echaras a perder tu felicidad por culpa de unos pensamientos infantiles.

Ella arrojó una mirada furtiva y recelosa sobre el muchacho, que remaba afanosamente, sentado en el otro extremo del bote, con su gorrilla de lana calada hasta las orejas. Tenía la mirada clavada en el mar y parecía totalmente abstraído en sus pensamientos. El sacerdote captó la mirada e inclinó el oído hacia ella.

-No ha conocido a mi padre -susurró, y sus ojos se ensombrecieron.

-¿Tu padre? Creo que murió cuando tú tenías apenas diez años. ¿Qué tiene que ver tu padre (Dios le tenga en su gloria) con tu testarudez?

-Usted no le ha conocido, padre, y no sabe que sólo él es el culpable de la enfermedad de mi madre.

-¿Cómo puede ser eso?

-Porque él la maltrató; le pegaba y la pisoteaba. Aún me parece estar viendo las noches en que regresaba a casa enfurecido. Ella no le replicaba ni una palabra y hacía todo lo que él mandaba; pero él le pegaba de tal modo, que el corazón quería saltarme en pedazos. Yo me cubría la cabeza con la sábana y fingía dormir, pero me pasaba la noche llorando. Y él, cuando la veía tirada en el suelo, se transformaba súbitamente, la levantaba en brazos y la besaba de tal modo, que ella gritaba que la iba a ahogar. Mi madre me prohibió decir una palabra a nadie; pero todo esto la ha consumido y debilitado tanto, que nunca más ha vuelto a tener salud desde que murió él, hace ya muchos años. Y si mi madre se muere antes de tiempo (no lo permita Dios), yo sé bien quién es el que la ha tronchado.

El curita meneó la cabeza y parecía indeciso sobre el problema de hasta qué punto debía dar la razón a su joven penitente. Finalmente, dijo:

-Perdónale, como tu madre le ha perdonado. No fijes más tus pensamientos en aquellas tristes escenas, Laurella. Ya vendrán mejores tiempos para ti, tiempos que te harán olvidar todo lo anterior.

-No puedo olvidarlo -dijo ella, con un estremecimiento-. Y sepa usted, padre, por qué quiero permanecer soltera; para no tener que estar sometida a nadie que me maltrate primero y luego me acaricie. Ahora, si alguien quiere pegarme o besarme, yo sé defenderme; pero mi madre no podía defenderse, ni evitar las palizas ni los besos, porque estaba enamorada de él. Me niego a querer a nadie por cuya causa llegue a verme algún día enferma y en la miseria.

-Eres una criatura y hablas como quien no sabe nada de lo que pasa en la vida. ¿Son, acaso, todos los hombres como tu pobre padre, que se entregan por completo a cada capricho y pasión, y se portan mal con sus mujeres? ¿Es que no has conocido tú muchos hombres como es debido entre los vecinos del pueblo, y mujeres que viven en paz y concordia con sus maridos?

-Nadie sabía tampoco cómo era mi padre para con mamá, pues ella se hubiera muerto mil veces antes que decírselo a nadie, o quejarse de algún modo. Y todo esto, porque le quería. Si con el amor ocurre que le tapa a uno la boca cuando se debe pedir auxilio y deja al desamparado frente al criminal en situación que éste pueda matarle si se le antoja, no quiero entregar mi corazón a ningún hombre.

-Te digo que eres una criatura y no sabes lo que dices. Cuando te llegue tu hora, el corazón te preguntará si quieres amar o no, y entonces, de nada te servirá todo lo que tienes ahora en la cabeza.

Prosiguió, tras una pausa-: Y el pintor aquel, ¿le creías también capaz de maltratarte ?

-Él ponía los mismos ojos que yo veía poner a mi padre cuando pedía perdón a mamá y quería abrazarla para decirle otra vez palabras tiernas. Conozco bien esos ojos. Puede ponerlos muy bien una persona que lleva dentro del corazón la idea de golpear a su mujer, que no le ha hecho daño alguno. Me horroricé cuando vi otra vez esos ojos.

Después de esto se sumió en un obstinado silencio. El sacerdote también calló. Reflexionaba en los muchos buenos consejos y máximas que hubiera podido oponer a las ideas de la muchacha. Pero la presencia del joven barquero, que desde el término de la confesión se había tornado visiblemente desasosegado, selló sus labios. Cuando, tras un viaje de dos horas, arribaron al pequeño puerto de Capri, Antonino transportó en brazos desde la barca al reverendo señor, por encima de las últimas olas, y le depositó respetuosamente en tierra.

No quiso esperar Laurella a que vadease de nuevo el agua para recogerla. Tomó su chal, cogió sus pequeños zuecos en la mano derecha, el paquete en la izquierda y chapoteó ágilmente hasta tierra.

-Hoy me quedaré en Capri bastante tiempo -anunció el padre-y no es preciso que esperes por mí. Quizá vuelva a casa mañana por la mañana. Y tú, Laurella, cuando regreses, saluda a tu madre de mi parte. Os visitaré esta misma semana. ¿Sin duda, volverás antes del anochecer?

-Sí, si hay posibilidad -dijo la joven, mientras ponía en orden su falda con lentitud y desgana.

-Sabes que yo tengo que volver también -dijo Antonino, con una voz todo lo indiferente que le fue posible-. Te esperaré hasta la hora delÁngelus. Si a esa hora no estás de vuelta, me da igual; me marcharé de todos modos.

-Tienes que volver, Laurella -intervino el curita-. No debes dejar sola a tu madre por la noche. ¿Tienes que ir muy lejos?

-Hasta Anacapri, en una viña.

-Pues yo, por mi parte, me voy corriendo a Capri. Vete con Dios, niña, y tú también, hijo mío.

Laurella le besó la mano y dejó caer un saludo que debíanrepartirse por igual el padre y Antonino. Éste, empero, no se consideró incluido en él; se quitó la gorra ante el padre y no se dignó mirar a Laurella.

Pero cuando ambos le hubieron vuelto las espaldas dejó ir su mirada breves instantes con el reverendo, que se alejaba trabajosamente por el camino sembrado de grava y guijarros, y se volvió después hacia la muchacha, que había comenzado a ascender a la derecha, con la mano puesta ante los ojos para resguardarlos del riguroso sol.

Antes que el camino se perdiese allá arriba por entre tapias, ella se detuvo un momento como para tomar aliento y volvió la cabeza. El barrio marinero quedaba abajo, a sus pies. En derredor se alzaban las ásperas y escarpadas rocas, y el mar refulgía de esplendente azul; era un espectáculo digno en verdad de contemplarse. El azar dispuso que su mirada, al posarse sobre la barca de Antonino, se encontrara con la que éste había dirigido hacia ella. Ambos esbozaron ese gesto de las personas que quieren disculparse de algo sucedido por equivocación, tras de lo cual la muchacha prosiguió su camino con aspecto sombrío.

Faltaba tan sólo una hora para el mediodía, y ya estaba sentado Antonino en un banco ante la taberna del pueblo desde hacía dos. Algo debió de venírsele de pronto a las mientes, pues saltó de su asiento, echó a andar a pleno sol y escudriñó atentamente los caminos que a derecha e izquierda conducen, respectivamente, a dos pueblecitos de la isla.

-El tiempo está dudoso -dijo a la patrona de la hostería-. Parece despejado, pero yo conozco bien estos colores del mar y el cielo. Precisamente los observé antes que descargase la última galerna, cuando me las vi y me las deseé para poder llevar a tierra a aquella familia inglesa. Lo recordaréis, seguramente.

-No -dijo la mujer.

-Pues hoyos acordaréis de mí cuando cambie el tiempo antes del anochecer.

-¿Hay muchos señores allá? -preguntó la tabernera, después de una pausa.

-Ahora, precisamente, comienza a haberlos. Hasta ahora tuvimos mal tiempo. Los que vienen por los baños prefieren esperarse. -La primavera llega con retraso. ¿Habéis ganado allí más que nosotros aquí, en Capri?

-Si me hubiese dedicado solamente a la barca, no habría tenido ni para comer macarrones dos veces por semana. De cuando en cuando llevar una carta a Nápoles, o dar un paseo por el mar a un señor que quería pescar con caña, esto era todo. Pero ya sabéis que mi tío posee grandes naranjales, y es un hombre rico. «Tonino» dice, «mientras yo viva, no has de pasar penas, y después, también me preocuparé de ti.»

Así he pasado este invierno, con la ayuda de Dios.

-¿Tiene hijos vuestro tío?

-No. No se casó y estuvo mucho tiempo en el extranjero, donde reunió un buen dinero. Ahora tiene en proyecto montar una gran factoría de pesca y quiere ponerme al frente del negocio, para que lo administre.

-Veo que sois un hombre de buen porvenir, Antonino. El joven barquero se encogió de hombros.

-Todos tenernos que llevar nuestra carga -dijo. Se levantó de un salto y miró de nuevo a derecha e izquierda, oteando el tiempo, aunque debía de saber que éste sólo tiene un punto de origen en el cuadrante.

-Os traeré una botella más. Vuestro tío puede pagarla -dijo la mesonera.

-No, no; solamente un vaso. Tenéis un vino demasiado fuerte; mi cabeza está ya ardiendo.

-No entra en la sangre. Podéis beber cuanto queráis. Precisamente llega ahora mi marido, con quien tenéis que sentaros y charlar un ratito.

Venía, en efecto, bajando de la altura el gallardo padrone de la posada, con la red colgada de la espalda y la roja gorra cubriendo los ensortijados cabellos. Había llevado a la ciudad el pescado que le había encargado la noble señora de marras, para obsequiar al párroco de Sorrento. Cuando el joven barquero le divisó, le dirigió con la mano una cordial bienvenida, se sentó a su lado en el banco y comenzó enseguida a preguntar y a contar cosas.

Traía su mujer, precisamente, una segunda botella de legítimo Capri cuando la arena de la playa crujió a la izquierda de ellos y vieron venir a Laurella por el camino de Anacapri. Saludó con un breve gesto y se quedó en pie, encerrada en un indeciso mutismo. Antonino se levantó.

-He de irme -dijo-. Es una chica de Sorrento que vino esta mañana con el señor cura y quiere estar de regreso junto a su madre, que está enferma, antes que sea de noche.

-Bueno, bueno, aún queda mucho tiempo para que anochezca -dijo el pescador-. Tendrá tiempo de beber un vaso de vino. Venga, parienta, trae acá un vaso más, para la chica.

-Muchas gracias, no bebo -dijo Laurella, y volvió a sumirse en su retraimiento.

-Llena el vaso, mujer, llénalo. Le gusta hacerse rogar.

-Déjela -dijo el muchacho-. Tiene una cabeza muy dura, y lo que no quiere una vez, no hay santo que se lo haga aceptar.

Y con esto se despidió con brevedad, corrió hacia la embarcación, soltóla amarra y quedó en espera de la muchacha. Ésta saludó otra vez a los dueños de la taberna y se dirigió hacia la barca con paso lento y premioso. Miró a todos lados, como si esperase encontrar alguien que la acompañase en el viaje; pero el barrio marinero estaba desierto; los pescadores dormían, o habían salido al mar de pesca, con redes y cañas; algunas mujeres y niños se sentaban en los quicios de las puertas, dormitando o haciendo punto, y los forasteros que habían ido allí aquella mañana esperaban la hora más fresca del día para regresar a sus lugares. Laurella no pudo tampoco prolongar mucho tiempo su indagación, pues antes que pudiese pensar en resistirse, Antonino la cogió en brazos y la llevó a la barca, como si fuera una niña. Saltó él detrás, y con pocos golpes de remo se hallaron en pleno mar. Ella había tomado asiento en la proa de la barca, dándole casi la espalda a él, que sólo podía ver su perfil. Sus facciones estaban ahora más serias que de costumbre. Sobre su delicada frente caían espesos los cabellos; las finas aletas de la nariz temblaban en un gesto obstinado, tan característico en ella, y la madura boca, de labios redondos y suaves, permanecía cerrada con firmeza.

Cuando hubieron navegado un buen rato en este silencio se resintió ella del ardor del sol, sacó el pan del talego de lienzo que lo envolvía y se sujetó éste sobre las trenzas. Luego comenzó a comer del pan, pues no había almorzado nada en Capri.

Antonino no pudo ver esto mucho tiempo. Rebuscó en uno de los cestos, que por la mañana había estado lleno de naranjas, sacó dos y dijo:

-Aquí tienes algo para acompañar el pan, Laurella. No creas que las he reservado para ti. Rodaron desde la cesta y las encontré en la barca cuando vine para dejar en ella las dos canastas vacías.

-Cómetelas tú; yo tengo bastante con mi pan.

-Son refrescantes para el calor, y tú has andado mucho.

-Me dieron arriba un vaso de agua, que me refrescó ya.

-Como quieras -dijo él, y las dejó caer de nuevo en la cesta.

Nuevo silencio. El mar brillaba como un espejo y apenas hacía ruido al chocar contra la quilla. Blancas gaviotas, de las que anidan en las grietas de los acantilados, describían sus lentos círculos, acechando su presa silenciosamente.

-Podrías llevar las naranjas a tu madre -recomenzó Antonino.

-Tenemos todavía en casa, y si se terminan, iré y compraré más.

-Llévaselas de todos modos, con un saludo de mi parte.

-Ella no te conoce a ti.

-Puedes decirle quién soy.

-Yo tampoco te conozco.

No era la primera vez que negaba ella conocerle. Un año antes, precisamente cuando el pintor de marras acababa de llegar a Sorrento, se lo encontró ella un domingo que Antonino jugaba, con otros mozos del pueblo, en la ancha plazoleta que hayal final de la calle Boccia. Allí se encontró también Laurella al pintor por vez primera; ella, que traía sobre la cabeza un cántaro de agua, caminaba sin fijarse en él. El napolitano, sorprendido de su aspecto, se detuvo para mirarla; se encontraba en plena acera, en medio del círculo de juego, y con dos pasos hubiera podido salir de él; pero una áspera bola que chocó violentamente contra la articulación de su tobillo le hizo recordar de pronto que aquél no era el lugar más apropiado para perderse en ensueños. Miró a su alrededor, esperando una disculpa. Pero el joven marinero que había lanzado el golpe le miraba silencioso y ceñudo, rodeado de sus compañeros, y el forastero juzgó conveniente evitar un intercambio de palabras y se marchó discretamente. Pero es el caso que en el pueblo se habló del incidente y se volvió a comentar cuando el pintor hizo la corte abiertamente a Laurella.

-No le conozco -dijo ésta, indignada cuando el pintor le preguntó si le rechazaba por causa de aquel mozo insolente y descortés. También habían llegado a oídos de ella esas habladurías. Desde entonces, siempre que se cruzaba con Antonino le recordaba y reconocía bien.

He aquí que, ahora, estaban ambos sentados en la embarcación, como dos enemigos irreconciliables, y a ambos les golpeaba mortalmente el corazón. El rostro de Antonino, por lo demás tranquilo y bondadoso, estaba muy arrebolado. Golpeaba rítmicamente el agua, con tanta fuerza, que la espuma salpicaba hasta él, y sus labios se estremecían como si murmurase entre dientes ásperas palabras. Ella, por su parte, hacía como que no le veía, ponía su gesto más indiferente e, inclinada sobre la borda, dejaba discurrir el oleaje entre sus dedos. Desató luego un pañuelo y puso en orden sus cabellos, como si estuviese completamente sola en la barca. Pero tenía el ceño fruncido con tirantez y se llevaba con frecuencia las manos humedecidas a las ardorosas mejillas, para refrescárselas.

Estaban en alta mar y no se vislumbraba vela alguna en el horizonte. La isla había quedado atrás y la costa yacía en la lejanía,

bañada en el resplandor del sol. Ni una sola gaviota atravesaba la profunda soledad. Antonino miró a su alrededor. Un pensamiento le vino súbitamente a la cabeza; desapareció el sofoco de sus mejillas y dejó que se hundieran los remos. Laurella miró instintivamente hacia él con gesto inquisitivo, pero sin temor.

-Estoy dispuesto a terminar con esto -prorrumpió el mozo-. Ha durado ya demasiado tiempo y me maravilla, realmente, que no haya acabado conmigo. ¿Dices que no me conoces? ¿Es que no has consentido que pasease ante ti como un estúpido, con el corazón rebosante de cosas por decirte? Y tú me despedías con malas palabras y me volvías la espalda.

-Y ¿qué tenía yo que hablar contigo? -dijo ella, cortante-. Bien veía que lo que tú pretendías era liarte conmigo. No quiero andar en boca de las gentes. Y para marido no te quiero a ti; ni a ti, ni a nadie.

-¿A nadie? No dirás eso siempre. ¿Por qué despechaste al pintor? Porque entonces eras todavía una chiquilla. Algún día te quedarás sola, y entonces, insensata como eres, aceptarás al primero que llegue.

-Nadie conoce su porvenir. Es posible que cambie de manera de pensar. ¿A ti qué te importa?

-¿Que qué me importa? -se encolerizó él, y saltó del banco con tal violencia, que la barca se tambaleó-. ¿Que qué me importa? ¡Y aún te atreves a preguntarlo, sabiendo lo que me pasa! ¡Tendría que morir perramente el que te tratase mejor que yo!

-¿Me he prometido acaso a ti? ¿Qué culpa tengo yo de que tú seas un majadero? Y ¿qué derecho tienes sobre mí?

-¡Ah! -exclamó él-. Desde luego, no está escrito; ningún abogado lo ha redactado en latines, sellándolo después. Pero yo sé que tengo tanto derecho a ti como a ir al cielo, si me porto como una buena persona. ¿Crees que quiero contemplar cómo entras con otro en la iglesia, mientras las chicas pasan delante de mí con aire de guasa? ¿Debo dejarme afrentar así?

-Por mí, puedes hacer lo que quieras. No pienso atemorizarme con tantas amenazas. Yo también quiero hacer mi santa voluntad.

-No dirás eso por mucho tiempo -dijo él, y todo su cuerpo se estremeció-, Soy lo bastante hombre como para no dejar que una testaruda así eche a perder mi vida. ¿No sabes que ahora estás en mi poder y tienes que hacer lo que yo quiera?

Ella se estremeció ligeramente y clavó sus ojos en él. -Mátame, si te atreves -dijo lentamente.

-No se debe hacer nada a medias -replicó con voz ronca-. Hay sitio en el mar para los dos. No puedo ayudarte, niña -dijo, con un acento casi comprensivo y como en sueños-; tenemos que hundirnos los dos de una vez, ¡y va a ser ahora mismo! -gritó desgarradoramente, mientras la sujetaba de pronto con ambos brazos.

Pero al momento retiró la mano derecha, de la que empezó a brotar abundante sangre; ella le había mordido con fuerza.

-¿Dices que tengo que hacer lo que tú quieras? -le espetó, apartándole con un rápido empujón-. ¡Mira, pues, si estoy en tu poder!

Tras estas palabras saltó sobre la borda de la embarcación y desapareció en las aguas.

Reapareció enseguida. Su corpiño la ceñía fuertemente y sus cabellos, destrenzados por las olas, se le adherían espesos al cuello. Braceaba con afán, nadando sin exhalar una voz, vigorosamente, alejándose de la barca en dirección a la costa.

El repentino susto parecía haberle paralizado los sentidos al muchacho. Estaba de pie en la barca, inclinado hacia delante, con la mirada fija en ella, como si ante sus ojos se desarrollara un milagro. Después de unos momentos se precipitó a los remos y bogó con energía en dirección a ella, mientras el piso de la embarcación se iba tornando rojo de la sangre que fluía cada vez más de su mano. En un abrir y cerrar de ojos estuvo a su lado, pese a que ella nadaba muy rápidamente.

-¡Por María Santísima -gritó-, sube a la barca! He sido un estúpido. Dios es testigo de que se me nubló la razón. Como un relámpago del cielo me vino a los sesos algo que me carbonizó, y ya no supe lo que hacía o decía. No me perdones, Laurella; sólo debes salvar tu vida y subir otra vez a la barca.

Ella siguió nadando, como si nada hubiese oído.

-¡No puedes llegar a tierra, aún quedan dos millas! ¡Piensa en tu madre! ¡Si te sucediese una desgracia, yo me moriría de tristeza!

Ella midió con una ojeada la distancia a la que se hallaba de la costa. Luego, sin contestarle a él, nadó hacia la barca y asió la bordacon ambas manos. Él se precipitó a ayudarla; su chaqueta, que estaba echada en el banco, resbaló y cayó al agua cuando la barca se escoró con fuerza por el peso de la muchacha. Subió ésta ágilmente y se encaramó en su primitivo asiento. Cuando él la vio a salvo se aferró de nuevo a los remos. Ella retorcía su empapada chaquetilla y escurría el agua de sus trenzas. Al hacer esto miró al suelo de la barca y descubrió entonces la sangre. Dirigió una rápida mirada a la mano, que guiaba el

remo como si fuese insensible al dolor.

-¡Eh, mira ahí! -dijo ella, y le alargó su pañuelo.

Él movió la cabeza y continuó remando. Finalmente ella se levantó, se acercó a él y ató fuertemente el pañuelo alrededor de la profunda herida. Luego le quitó el remo de la mano, aunque él se resistió, y se sentó a su lado, sin dirigirle la mirada; fijó los ojos en el remo, manchado del color de la sangre, y empujó la barca adelante con enérgicos golpes.

Ambos estaban pálidos y silenciosos. Cuando se hallaron cerca de tierra se cruzaron con ellos unos pescadores que querían arrojar sus redes durante la noche; saludaron a gritos a Antonino y lanzaron alguna broma a Laurella, pero ninguno de los dos levantó la vista ni respondió una sola palabra.

El sol brillaba aún bastante alto sobre Procida cuando arribaron a puerto. Laurella escurrió su chaquetilla, casi totalmente seca ya, y saltó a tierra. Allí, sobre la azotea, estaba otra vez la anciana que la había visto partir por la mañana.

-¿Qué te has hecho en la mano, Tonino? -gritó desde arriba-. ¡Cristo bendito, si la barca está llena de sangre!

-No es nada, comare -contestó el mozo-. Me desgarré con un clavo que sobresalía demasiado. Mañana se habrá pasado ya. Esta maldita sangre es sólo de la mano, y parece más grave de lo que es en realidad.

-Voy a bajar para ponerte un emplasto de hierbas, comparello, Espera, que enseguida voy.

-No os preocupéis, comare. Ya ha pasado todo, y mañana estará olvidado. Tengo una piel muy sana, y las heridas me cicatrizan enseguida.

Laurella se despidió con un Addío! y tomó la vereda que conduce monte arriba.

-¡Buenas noches! -gritó el mozo, sin mirarla. Luego sacó los aparejos de la barca, retiró las cestas y subió lentamente los peldaños de piedra de su mísera casa.

Anduvo un buen rato yendo y viniendo por las dos únicas habitaciones de la casa, en las que no había nadie más que él. A través

de los ventanucos abiertos, que tenían por todo cierre unos postigos de madera, corría el aire algo más fresco que sobre el quieto mar, y el muchacho se sintió a gusto en aquella soledad. Se paró ante una imagen de la Madre de Dios y contempló con devoción la aureola de estrellas de papel de plata que la rodeaba. No se le ocurrió rezar. ¿Para qué pedir por lo que nunca más esperaba que sucediera?

El día parecía haberse dormido. Echaba de menos la oscuridad, porque estaba fatigado, y la pérdida de sangre le había debilitado más de lo que quería confesarse a sí mismo. Sintió agudos dolores en la mano y, después de sentarse en una banqueta, desató la venda. La sangre contenida brotó de nuevo, y la mano se veía hinchada y tumefacta. Se lavó la herida cuidadosamente y tuvo la mano algún tiempo en agua, refrescándosela. Cuando la sacó pudo apreciar con claridad la huella de los dientes de Laurella. «Tenía razón -se dijo-. Fui un bestia y no merecí nada mejor. Mañana le devolveré el pañuelo, por mediación de Giuseppe. No quiero que ella vuelva a verme.» Lavó también detenidamente el pañuelo y lo extendió luego al sol. Después se vendó la mano lo mejor que pudo, con la izquierda y los dientes, tras de lo cual se dejó caer en la cama y cerró los ojos.

La luz de la luna le despertó, sacándole de su entresueño, junto con el renovado y agudo dolor de la mano. Saltó de la cama para calmar las sordas palpitaciones de la sangre con un poco de agua fresca; pero le detuvo un rumor en la puerta de entrada.

-¿Quién es? -dijo en voz alta, y abrió. Ante él apareció Laurella.

Sin preguntar nada entró. Se despojó del pañuelo que traía anudado a la cabeza y depositó una cestilla sobre la mesa; después respiró hondo.

-Vienes a buscar tu pañuelo, ¿verdad? -dijo él-. Podías haberte ahorrado la molestia, porque mañana, a primera hora, pensaba haberle pedido a Giuseppe que te lo llevara.

-No es por el pañuelo -contestó ella al punto-. Estuve en el monte para traerte hierbas medicinales, que son muy buenas para la hemorragia. Aquí están -y destapó el cestito.

-¡Cuánta molestia -dijo él, sin aspereza alguna-, cuánta molestia! Ya está mucho mejor; y aunque estuviera peor, me lo tendría muy bien merecido. Pero ¿cómo has venido a estas horas? ¡Si te encontrase alguien aquí! Ya sabes cómo les gusta criticar y andar en chismes, aunque no sepan de lo que hablan.

-No me preocupo de nadie -dijo ella con vehemencia-. Pero quiero ver la mano y aplicarte las hierbas, pues tú solo no podrás arreglártelas

con la izquierda.

-Te digo de veras que no es necesario.

-Déjame verlo, entonces, para que me lo crea.

Y sin más explicaciones le cogió la mano, sin que él pudiera resistirse, y desató los trapos que le servían de venda. Cuando vio la fuerte inflamación no pudo evitar un estremecimiento y dejó escapar un «Jesús, María!».

-Está un poquito hinchada -dijo él-. Pero eso se pasa en veinticuatro horas.

Ella movió la cabeza.

-Así no puedes salir al mar en una semana entera.

-Pienso hacerlo pasado mañana. ¿Qué importa eso? La muchacha buscó una palangana y lavó otra vez la herida, mientras él se quejaba como un niño. Luego puso sobre la herida las saludables hierbas, que le aliviaron enseguida la quemazón, y la vendó con tiras de lino que había traído consigo.

Cuando todo estuvo terminado, él dijo:

-Te lo agradezco de veras. Y escucha: si quieres hacerme aún otro favor, perdóname que me viniese hoy a la cabeza una locura así y olvida todo lo que he dicho y hecho. Yo mismo no sé cómo pudo suceder; tú no me diste motivo alguno, a fe mía que no. Ahora no debes volver a saber nada de mí, porque podría ofenderte.

-Soy yo la que debe pedirte excusas -interrumpió ella-. Hubiera podido decirte las cosas de muy distinta manera, de mejor talante, y no enojarte con mi estúpido comportamiento. Y por si fuera poco, la herida...

-Obraste en defensa propia, y fue el preciso momento en que de nuevo fui dueño de mí. Y, como ya te he dicho, no tiene importancia. No hables de excusas, por Dios. Me has hecho un beneficio, y te lo agradezco. Ahora vete a dormir. ¡Ah!, y aquí tienes tu pañuelo, para que te lo lleves.

Se lo tendió, pero ella no se movió de donde estaba y parecía sostener una lucha consigo misma. Finalmente dijo:

-Has perdido la chaqueta por mi culpa, y sé que ahí guardabas el dinero de las naranjas. Me acordé durante el camino. No puedo devolvértelo, porque no tenemos dinero, y si lo tuviéramos, sería de

mamá. Pero aquí tengo la cruz de plata que me dejó el pintor sobre la mesa cuando estuvo en casa por última vez. No había vuelto a acordarme de ella desde entonces y no quisiera tenerla guardada en el armario por más tiempo. Si la vendes (vendrá a pesar un par de onzas, según dijo entonces mamá), te compensaría de tu pérdida, y lo que faltase, ya lo conseguiría yo hilando por las noches, cuando mi madre esté dormida.

-No quiero nada de nada -dijo él con brevedad, y le metió en el bolsillo la bruñida cruz que había sacado de él.

-Tienes que cogerla -replicó ella-. Quién sabe el tiempo que estarás sin poder ganar nada con esa mano. Aquí la dejo y no quiero volver a verla ante mis ojos.

-Pues tírala al mar.

-Si no es ningún regalo lo que te hago; no es más que tu perfecto derecho, lo que te pertenece.

-¿Derecho? Yo no tengo derecho a nada tuyo. Si algún día te tropezaras conmigo, haz el favor de no mirarme, para que no piense que me recuerdas lo que te debo, y la culpa que tengo ante ti. Y ahora, buenas noches por última vez.

Metió el pañuelo en el cestillo, puso encima la cruz y lo cubrió todo con la tapa. Y cuando levantó la vista, el asombro le sobresaltó el corazón: gruesas lágrimas se deslizaban por las mejillas de la muchacha, y ella las dejaba correr sin trabas.

-¡Maria Santissima! -exclamó él-. ¿Estás enferma? ¡Estás temblando de pies a cabeza!

-No es nada -dijo ella-. Me voy ya.

Se dirigió con paso vacilante hacia la puerta. Pero el llanto la venció y, apoyando la frente contra el quicio, rompió en hondos e incontenibles sollozos. Antes que pudiese acercarse él para incorporarla, se volvió de pronto y se arrojó a su cuello.

-¡No puedo resistirlo más! -gritó, aferrándose a él como se aferra a la vida un moribundo-; no puedo oír que me digas cosas amables y que luego me eches de tu lado, con toda la culpa y el remordimiento en mi conciencia. Pégame, pisotéame, maldíceme; o, si es cierto que me quieres aún, después de todas las malas acciones que te he hecho, tómame y quédate conmigo y haz conmigo lo que se te antoje; pero no me despidas así de tu lado.

Nuevos y vehementes sollozos la interrumpieron. Él la retuvo un rato entre sus brazos antes de contestarle.

-¿Que si te quiero todavía? ¡Virgen Santa! ¿Piensas que se me ha ido por la herida toda la sangre del corazón? ¿No le sientes golpear en mi pecho, como si quisiera salirse hasta ti? Si lo dices por probarme, o porque tienes lástima de mí, vete; vete, que también quiero olvidar esto. Pero no debes pensar que estás en deuda conmigo, que tanto sufro por ti.

-No -dijo ella con firmeza. Alzó la vista de su hombro y le miró apasionadamente al rostro con los ojos húmedos-. No; yo te quiero y te diré más aún: he vivido llena de temor por esto y he luchado contra ello. Pero desde ahora voy a ser otra muy distinta, pues no podré resistir el no poder mirarte cuando te acerques por el callejón. Y ahora quiero besarte, para que puedas decirte, si alguna vez dudas de mi amor: Ella me ha besado, y Laurella no besa a nadie, sino a quien quiere para marido.

Le besó tres veces, se separó de él y dijo:

-Buenas noches, amor mío. Anda a dormir y cuídate la mano; y no vengas conmigo, que no tengo miedo de nadie, sino sólo de ti.

Se deslizó por la puerta y se perdió de vista entre las sombras delmuro. Él se quedó largo tiempo observando por la ventana, con la mirada perdida en el mar, sobre el que parecían refulgir todas las estrellas.

Cuando el pequeño padre curato abandonó el confesonario, ante el cual había estado largo rato arrodillada Laurella, sonrió plácidamente para sus adentros. «Quién hubiera pensado -se dijo-que Dios fuera a compadecerse tan pronto de este maravilloso corazón. ¡Y yo que me reprochaba no haber conjurado más fuertemente todavía al demonio de la terquedad!... Pero nuestros ojos son miopes para los caminos ocultos del cielo. El Señor la bendiga ahora, y ojalá pueda llegar yo a ver cómo el primer arrapiezo de Laurella me lleva de viaje por el mar, en lugar de su padre... ¡Vaya, vaya con la Arrabbiata!»

 

 

 

 

 

 
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