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  La Última Vez (Marina Mayoral)
 

 

 

La Última Vez

Marina Mayoral

D. Wenceslao de Osorio cierra la puerta de la nevera con cuidado, apoya la botella de agua fría contra su frente y con un suspiro se dispone a conquistar a su mujer. Lo ha hecho cincuenta y cinco veces. Cincuenta y seis si se cuenta aquélla primera en la plaza del Obradoiro, cuando, venciendo su timidez y sus temores, consiguió recitarle a Alicia de corrido la declaración que había preparado mejor que ningún tema de Derecho Civil. Medio siglo largo y lo recordaba aún perfectamente: el cardenal Arriba y Castro abría la Puerta Santa y, mientras eran arrastrados por una multitud enfervorecida entre la que se perdía doña Emilia, tía y carabina de Alicia, don Wenceslao había utilizado para conquistar el corazón de Alicia los recursos oratorios que más tarde le proporcionarían honores académicos y sociales. Aunque, para ser exactos, aquello había sido sólo el brillante broche final de una larga etapa de un año y cuatro meses de miradas, sonrisas furtivas y roces de la punta de los dedos al ofrecerle agua bendita en misas, novenas y trisagios. Una etapa coronada por aquel minuto y cuarenta y cinco segundos en los que había conseguido informar a Alicia de sus planes de opositor a la cátedra de Derecho Civil, de la seriedad de sus pretensiones respecto a ella y de la hondura de sus sentimientos. Don Wenceslao esperaba resistencia, alusiones veladas a la situación económica de su familia, a la juventud de los dos... y llevaba preparadas las réplicas: un minuto diez, o un minuto treinta, según se decidiese por un tono tajante o uno más suave y persuasivo. Pero Alicia había cerrado gloriosa e inesperadamente su etapa de pretendiente con una breve frase: Te esperaré todo el tiempo que sea necesario, Wences... Una frase acompañada por aquella maravillosa e inigualable sonrisa que ni el tiempo ni la enfermedad habían conseguido destruir. Y sin dejar de sonreírle se había alejado de él para reunirse con su tía, mientras don Wenceslao, pasmado, se repetía mentalmente: Te esperaré, Wences... Te esperaré.

Don Wenceslao había repasado su propia declaración para comprobar que él la había tratado de usted y de señorita Alvear, y había llegado a la conclusión de que las mujeres eran seres desconcertantes y misteriosos, idea en la que se había ratificado varias veces a lo largo de su vida con Alicia. Pero aquello no había sido un obstáculo para que fuesen un matrimonio feliz a lo largo de cincuenta años.

Había sido su sonrisa la que lo había enamorado. Se había fijado en ella porque era graciosa y más bien bajita. También porque era la heredera de las dos fortunas más sustanciosas de la ciudad: hija única y sobrina única. Pero eso para don Wenceslao era un inconveniente. Aunque estaba convencido de que su talento y sus esfuerzos devolverían a los Osorio su pasada grandeza, el deterioro en que se encontraba entonces su casa solariega y la sencillez, casi pobreza, de sus costumbres, le hacía temer que su aproximación a la rica heredera pareciese interesada, y eso aumentaba su reserva. La dignidad de don Wenceslao rayaba en orgullo y por ello se había limitado a observar a distancia a la jovencita menuda y alegre con la que coincidía en veladas recreativas y fiestas benéficas. Hasta que Alicia le sonrió. Don Wenceslao había olvidado el motivo exacto de aquella primera sonrisa. Sólo se recordaba a sí mismo haciendo una inclinación de cabeza ante Alicia y de pronto envuelto en un resplandor, en un aura mágica que lo convertía en el mejor de los Wenceslaos posibles, no sólo en el jurista brillante y admirado que estaba seguro de llegar a ser, sino en un hombre bueno, generoso y magnánimo; incluso se sentía alto y guapo. Don Wenceslao había tomado entonces la firme decisión de conquistar aquella sonrisa y no dejársela arrebatar, porque la necesitaba para llevar a buen término todo lo que quería hacer en la vida. Así lo había hecho y no va a tirar ahora la toalla. Las cosas hay que acabarlas bien.

Don Wenceslao coge una bandeja del aparador y coloca sobre ella la botella de agua fría y un vaso. Se siente cansado y le gustaría entrar en el cuarto de Alicia y comentar con ella los incidentes del día; como antes, como tantas veces a lo largo de losaños. Pero lo más seguro es que Alicia se niegue a que la acompañe.

La primera vez que ella dejó de reconocerlo, don Wenceslao reaccionó con una indignación que ahora le parece irracional, aunque comprensible. Que olvidase a los amigos, que confundiese a los hijos unos con otros o con los abuelos tenía incluso cierta lógica: Alfonso, el primogénito, se parecía cada vez más a su abuelo materno, tanto en lo físico como en la forma de pensar y actuar. Cuando Alicia le llamó "papá" y con todo respeto le pidió permiso para ir al concierto, estaba manifestando, aunque de forma exagerada, algo que ellos dos habían comentado a solas. Y Elisa, la mediana, era el vivo retrato de su tía Emilia, incluso en la soltería. Pero que lo borrase a él de su vida era ilógico, no tenía ninguna explicación, y además era injusto: los hijos se alejan, los amigos van y vienen, pero él llevaba cincuenta años a su lado, día a día, noche a noche, y cuando Alicia le dijo: "Caballero, haga usted el favor de salir de mi cuarto", don Wenceslao perdió los estribos.

Alicia no estaba acostumbrada a verlo así y se había asustado, empezó a gritar e, incluso, intentó arrojarse por la galería. Aquello dio pie a que los hijos interviniesen y se llegase a hablar de internarla en un sanatorio. Pero don Wenceslao había recuperado enseguida las riendas de la situación.

No era difícil. Con la ayuda de la enfermera durante el día se arreglaba bien, porque Alicia seguía siendo en su enfermedad la persona dulce, alegre y de buen conformar que siempre había sido. Aunque en los últimos tiempos algo que no podía comentar con nadie añadía amargura al dolor de don Wenceslao: la duda de si Alicia había sido realmente feliz con él, si en el fondo no había deseado a otros hombres y otra forma de vivir. No se trataba tanto de una sospecha sobre su fidelidad sino del temor a que su aparente alegría fuese sólo la impenetrable fachada de una mujer honesta y sacrificada.

Don Wenceslao levanta el vaso en el aire y lo mira al trasluz. De un cajón saca una servilleta pequeña y la coloca también en la bandeja tras pasarla de forma maquinal por el borde del vaso. Era absurdo que la desconfianza y los celos amargasen sus últimos días con Alicia, pero no podía evitarlo. Y no eran celos infundados. Alicia había afirmado con toda seriedad que estaba casada con Federico Monterroso. Sin nombrarlo, pero no cabía duda de que se refería a él. No sé si es correcto que esté usted aquí en ausencia de mi marido, había dicho Alicia, y don Wenceslao le había preguntado: ¿Y quién es el afortunado que la tiene a usted por esposa?, esperando que, como otras veces, Alicia contestase: Es un hombre excepcional; sin duda lo conocerá usted. Es catedrático jubilado de Derecho Civil y uno de los juristas más importantes del país... Alicia había empezado, en efecto, como siempre, con lo de excepcional y sin duda, pero a continuación había añadido: Ha sido campeón de equitación muchos años y medalla de oro en varias olimpiadas... Don Wenceslao había saltado sin poder contenerse: ¡Tu marido ese cretino de Federico Monterroso...! Y Alicia, indignada, lo había defendido con calor: ¡Salga inmediatamente de mi casa! Mi marido es un hombre maravilloso y lo que usted tiene es envidia... ¡Envidia de aquel vago que no había hecho otra cosa en la vida que montar a caballo y gastar la fortuna de su familia! Alicia se ponía muy nerviosa si se le llevaba la contraria, pero aquella ocurrencia había sacado de nuevo de sus casillas a don Wenceslao, que aún remachó antes de salir a buscar a la enfermera para que se ocupase de ella: ¡Siempre habías dicho que era un presumido y un tonto...!

Enseguida la indignación había dado paso a la curiosidad y la curiosidad a los celos. En las largas conversaciones en las que Alicia lo trataba como a un desconocido había podido constatar que ella no desdeñaba tanto como él había creído a aquel antiguo pretendiente, favorito de su tía Emilia. Alicia opinaba que encarnaba nada menos que el ideal clásico de mens sana in corpore sano.

Y no era el único hombre que ella admiraba y que quizá había deseado. Había otro, un artista, que don Wenceslao no había podido localizar. Alicia en sus ratos de extravío no decía nunca nombres, ni siquiera el de don Wenceslao, pero sí daba datos. Y hablaba de un pintor, un hombre también excepcional. Don Wenceslao pudo comprobar con cierta decepción que la excepcionalidad, que él creía exclusiva suya, Alicia la aplicaba a los otros supuestos maridos. El pintor, además, era sensible, refinado, un verdadero artista. ¿Sería el que le había hecho el retrato del salón? Obviamente habían pasado juntos muchas horas mientras ella posaba, y Alicia era entonces muy joven. ¿O sería aquel italiano que había expuesto en el Círculo de Bellas Artes y que le había regalado un boceto de su perfil?

Lo que más le dolía eran los silencios cuando hablaba de él, de don Wenceslao y de su vida en común. Nunca le había hecho un reproche, ni manifestado una queja, pero cuando él le preguntaba si había sido feliz con el eminente jurista, con el catedrático jubilado, Alicia adoptaba una postura que a don Wenceslao le sonaba a lección aprendida: ¡Qué cosas dice usted! Pues claro que soy feliz. Ya le he dicho que mi marido es un hombre excepcional...

Otras veces, ante su insistencia, Alicia se callaba, se quedaba un rato con la mirada perdida y cuando volvía a mirarlo empezaba de nuevo: ¿Quién es usted? ¿Qué hace usted en mi cuarto? Don Wenceslao se sobreponía al desaliento y contestaba con voz tranquila: Si usted me lo permite, he venido a acompañarla mientras llegan su marido y sus hijos...

A pesar del dolor y de los celos que a veces le producían las palabras de Alicia, don Wenceslao tenía la satisfacción de haberla conquistado de nuevo cada vez que ella lo desconocía: cincuenta y cinco veces. Cincuenta y seis contando aquella primera de la Puerta Santa.

Con habilidad, con inteligencia, con cariño, había conseguido que ella le permitiera quedarse a su lado. Con amor. Porque era su amor lo que al cabo Alicia reconocía y aceptaba, y lo que, en ocasiones, la hacía volver a la realidad:

-Aunque yo no sea una mujer joven no me parece correcto que esté usted en mi dormitorio. ¿Qué pensará mi marido cuando llegue?

 

-Pensará que tengo derecho a estar aquí , señora, porque hace cincuenta años que estoy enamorado de usted.

-¿Enamorado? Eso complica aún más las cosas. Debería esperar fuera.

-En absoluto. Mi amor es completamente puro y desinteresado. Sólo le pido que me permita acompañarla hasta que vuelva su marido.

-En ese caso no creo que haya inconveniente... ¿Cómo ha dicho usted que se llama?

-Wenceslao. Wenceslao de Osorio y Arévalo.

-¿Wenceslao? Es un nombre poco frecuente...

Y de pronto, inesperadamente, Alicia sonreía o suspiraba:

-¡Ay, Wences, siempre consigues lo que te propones! Acuéstate ya, anda, que es tarde.

Pero cada vez es más difícil que Alicia regrese a la realidad de los otros, o, al menos, que esté tranquila en su propio mundo. Don Wenceslao respira hondo antes de entreabrir con cuidado la puerta del dormitorio. Si al menos hoy lo reconociese. Hace días que no se levanta de la cama y está tan fatigada y tan débil que teme sobresaltarla.

Al oír sus pasos, Alicia vuelve la cabeza hacia la puerta y pregunta con voz insegura e inquieta:

-¿Quién es usted? ¿Qué desea? Don Wenceslao se aproxima despacio a la cama.

-Le traigo agua para la noche. Está muy fresca. ¿Quiere un vasito?

Alicia niega con un gesto de la cabeza.

-Déjela sobre la mesilla. Y dígale a mi marido que venga.

Don Wenceslao coge el teléfono y finge una conversación.

-Ya viene. Dice que la acompañe yo mientras él llega. ¿Quiere que le lea algo? ¿Que ponga un poco de música?

Alicia se mueve inquieta en la cama. Mira al techo y habla con voz débil.

-Tendría que estar ya aquí, y también los chicos.

Don Wenceslao duda. Quizá debería llamarlos. Alicia tiene muy mal aspecto esta noche. Pero ellos no saben tratarla; lo único que se les ocurre es llevarla al hospital, sin darse cuenta de que eso es lo que más la trastorna. Pero nunca la ha visto tan abatida y a un tiempo tan inquieta. Don Wenceslao no sabe qué hacer.

 

-Voy a poner algo de música.

Eso suele tranquilizarla. La pone muy baja para que Alicia no tenga que esforzarse si quiere hablar. Se sienta a su lado en una silla y reprime el impulso de coger entre las suyas la mano enflaquecida en la que brilla la alianza. Alicia parece adivinarsus deseos y retira un poco la mano. Lo mira con desconfianza.

-¿Quién es usted? ¿Nos conocemos?

Don Wenceslao refuerza con el gesto de la cabeza sus palabras.

-Nos conocemos desde hace cincuenta años.

Alicia suspira.

-Cincuenta años es una vida entera... ¿Por qué está usted aquí en lugar de mi marido?

Don Wenceslao intenta, como otras veces, excitar su curiosidad.

-¿Me promete que no se enfadará, que me dejará quedarme si se lo digo?

 

Esta noche es diferente. Alicia respira con dificultad y su voz suena muy inquieta y temerosa.

-¿Quién es usted? ¿Qué hace aquí? Don Wenceslao se pone de pie. Alicia está tan pálida, sus ojeras se han hecho tan negras. Don Wenceslao no puede impedir que la voz le tiemble.

-¡Alicia, por el amor de Dios! Soy Wences, no tengas miedo.

Alicia intenta levantarse, pero no puede. Sus ojos giran aterrorizados por la habitación y sus manos se aferran al embozo de la sábana. Don Wenceslao se aleja de ella y empieza a hablar al tiempo que se va retirando. Nunca le han fallado sus recursos oratorios y la vejez no le ha hecho perder facultades. No puede fallar ahora. Se trata de repetirlo una y otra vez, con pequeñas variaciones, despacio, con su voz más persuasiva.

-Tengo un grave problema que sólo usted puede resolver, Alicia. Usted siempre ha sido generosa y comprensiva. No quiero molestarla y quizá no es éste el momento más oportuno, pero temo que no me queda demasiado tiempo y sólo usted puede ayudarme. Sé que es abusar de su bondad y le pido disculpas, pero para mí es algo de capital importancia, que afecta a mi vida entera, al sentido de toda mi vida, Alicia, y no hay otra persona que pueda ayudarme, sólo usted puede dar una respuesta a una duda que me atormenta...

Alicia fija en él los ojos y hace un leve gesto con la mano. Habla con fatiga, pero su voz suena más tranquila.

-Siéntese y dígame en qué puedo ayudarle.

Don Wenceslao se sirve agua y bebe unos sorbos. Nunca lo ha hecho, ni en sus actuaciones más comprometidas, pero ahora siente la garganta seca y apretada.

-Hace cincuenta años conocí a una chica. Ella tenía muchos pretendientes: era guapa, simpática y muy rica. Yo, como usted ve, soy bajito y feo, y era muy pobre, aunque de familia noble. A pesar de eso y de la oposición de su familia, ella se casó conmigo y me hizo muy feliz. Toda la vida. Le debo cincuenta años de felicidad. Gracias a ella he podido hacer mi labor, una obra que, sin falsas modestias, pienso que ha contribuido a mejorar la sociedad... Pero ahora me doy cuenta de que he dado por supuesto que ella era feliz ayudándome. Ahora descubro que sé muy poco de ella misma, de lo que deseaba, de lo que hubiera querido hacer con su propia vida... Y tengo miedo de haberla sacrificado a mis deseos, a mi egoísmo... Y me gustaría darle las gracias antes de que sea demasiado tarde, pedirle que al menos me deje acompañarla hasta el final...

La voz es muy baja, como el susurro de una confesión y se quiebra a veces sin que don Wenceslao haga nada por impedirlo. Se da cuenta de que Alicia lo mira con simpatía y sigue hablando, descargando el fardo de sus culpas, de sus temores, de sus celos tardíos. Y le habla de su amor y de su agradecimiento. Alicia levanta la mano y dice con esfuerzo, con palabras entrecortadas por la respiración dificultosa:

-No se apene, usted... Seguro que ella... ha sido feliz a su lado... Tiene usted cara... de buena persona... y de inteligente... ¿Cómo ha dicho... que se llama usted?

-Wenceslao. Wenceslao de Osorio y Arévalo. Siempre a su disposición, Alicia.

Alicia sonríe.

-A las mujeres nos gustan... los hombres de talento... Wences.

Don Wenceslao acaricia su mano y la besa: un beso en el dorso y después en la palma, como la primera vez que ella le permitió besarla: ¿Te acuerdas, Alicia...?

Don Wenceslao llora con la mano inerte de Alicia entre las suyas.

 

 

 

 
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