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  La Colmada Soledad (Ester de Izaguirre)
 

 

 

La Colmada Soledad

Ester de Izaguirre

De vez en cuando me acuerdo todavía de aquella mañana en que me despertó un inocente escozor en el ojo derecho. Me levanté apresurado porque era mi primer día de trabajo efectivo y les demostraría a mis compañeros de vivienda que yo también podría desempeñarme como ellos, como Iturbide, que todas las noches frente a su botella de vino y a su lámpara siempre exangüe, contaba hasta quedarse dormido los pesos que le había entregado el capataz de Cargel.

Por un momento pensé en ir hasta el Santa Lucía -otra vez había ido allá a sacarme una esquirla que se me clavó mientras ayudaba al dueño de la pensión a realizar un trabajo en el torno- pero no podía llegar tarde, y nada me hacía suponer que un simple prurito en un ojo tuviera serias consecuencias. Me refresqué en la pileta del patio y corrí para alcanzar el colectivo en el que, como siempre, fui un muñeco más, zangoloteado por los barquinazos y luchando por mi magro lugar en el estribo.

A media mañana se me volvieron insoportables los alfilerazos en el ojo derecho; me pareció menos tolerable el calor, la transpiración y el olor a cereales húmedos y descompuestos que me sofocaba las raíces. Después, todo se baraja en mi propia tiniebla. La memoria se resiste a recordar la transición, pero en mis puños han quedado las señales de tanto golpear inútilmente contra el muro de oscuridad.

Ahora ya todo es diferente. Ciego, me tengo menos lástima que la que me inspiraban los ciegos cuando yo veía. Me parecían vegetales sorbiendo del aire o de la tierra lo estrictamente necesario para sobrevivir. Los que observan la desgracia de los demás, la magnifican, la imaginan despojada de la resignación que sólo se logra cuando se madura desde adentro el dolor irrenunciablemente propio. Además, a mi modo, yo puedo ver, porque si falta el rey de los sentidos, los otros que eran súbditos se vuelven repentinamente caudillos en una soberbia anarquía. No necesito de los ojos para comprobar la irrupción de la noche, porque mi piel, mis oídos, mi olfato son los minuteros de un reloj infalible. Cómo no reconocer la madrugada en la frescura serena del aire y en la creciente algarabía de los gorriones que despiertan en los paraísos y en los talas. Cómo no reconocer el mediodía en el calor vertical del sol, y a las horas de la siesta, por el letargo de la tierra.

Al sentirme un hombre distinto quise rodearme de naturaleza y me alejé de la ciudad. En este pequeño pueblo creo que soy el único que tiene su parada en el portal del Señor de la Exaltación, y como sólo hay tres misas a la semana, los domingos hago también mis incursiones a la salida del cine Roma o al Remolino, balneario sobre el Arroyo de la Cruz.

Desde que estoy aquí he tenido la impresión de que para la gente del pueblo no tengo más espíritu, más humanidad que el santo de piedra de la iglesia centenaria. Todo lo que me diferencia de él es que yo extiendo una gorra o un platillo y pronuncio algunas frases de agradecimiento, en ocasiones de los mismos quilates que tienen las limosnas que me arrojan: monedas de centavos o tapas de gaseosas.

Hace unas cuantas semanas comenzó para mí una temporada de estrecheces económicas. Sergio, un chico huérfano, el único que algunas veces me habla cuando nos encontramos por la calle, quizás porque él también añora un interlocutor, me iluminó acerca de la posible causa de mis negocios fallidos: se había corrido la voz de que yo tenía una fortuna escondida en mi camastro. Resignado y con lo poco que me quedaba seguí yendo por un tiempo al bar de la estación a comprar mi ración de pan y fiambre, hasta que tuve que empezar a pedir que me fiaran, cosa que no me resultaba embarazosa cuando eran los muchachos los que me atendían, pero sí cuando el padre era el que me hacía comer las migajas con un "haragán" o un "aprovechador"que bien visto, no sé si merecía.

Así las cosas, algunos días ni me animaba a enfrentar la aventura diaria y me quedaba en mi jergón dormitando. El hambre, que podía localizar en un lugar de mi cuerpo revelaba su escasa hondura frente al apetito -que últimamente me acuciaba- de hablar, de tener una larga conversación con alguien de mi nivel espiritual. Vaya, no es para reírse. Charlar con un hombre -no me disgustaría si fuera mujer- que comprendiera muchas cosas sin haberlas leído o habiendo leído sólo cuatro o cinco cosas fundamentales.

No sé cuánto tiempo me había quedado una tarde acostado, cuando decidí salir a caminar sin rumbo. Anduve sin dejarme guiar, conforme lo hacía habitualmente, por señales conocidas como el paredón de la municipalidad, las veredas abiertas de la plaza, los murmullos que llegan hasta el puente viejo desde el campamento gitano, que hace un tiempo se instaló para quitarle el sueño al intendente. Mi rostro se humedecía con el sereno de la noche estival.

Cuando llegué al barrio Lausirica -entre vivienda y vivienda hay un buen trecho de campo- percibí el sonido de mis propios pasos como si fueran ajenos y tuve la sensación de estar desdoblándome: un yo vivía y el otro lo miraba vivir. Luego no ya dos, sino cuatro pasos resonaban sobre la tierra apisonada. De pronto, cuando atravesé el segundo puente llegó hasta mí el silbido del tren, que con su imperio pasó sobre mí apagando con su poderío todo pequeño rumor.

Hecho el silencio quebrado por algún ladrido lejano pude escuchar otra vez la seguridad de los pasos y ya junto a mí la voz desconocida:

-Qué noche estrellada y clara- y en ese hablar casi consigo mismo, me hizo una descripción del paisaje nocturno como si quisiera compartir conmigo el privilegio de asomarse a la vida. Venía de San Pedro. No le pregunté a qué, ni cómo se llamaba. No me importó nada en él todo lo externo que condiciona y señala al resto de las personas. Él era "la" persona, la única que llegué a medir con el cartabón de mis sentimientos.

Nos sentamos en una alcantarilla solitaria y en medio de un crujir de papeles desparramados, sacó alimentos y bebidas que gustamos en silencio y después hablamos largamente. No podría recordar qué le dije, pero debió de ser algo sincero porque esa noche, ya sin hambre de pan ni de palabras, lloré lágrimas olvidadas. Mientras el sueño llegaba blandamente recordé: la mía no era la tensión hacia el padre, hacia el hijo o hacia el amigo. De casi nada de eso supe o me acuerdo ya. Era la armonía entre el creador y su criatura y, aunque comprendí que había algo de misterioso en el encuentro, había también algo que entendía, "ya no estoy solo, puedo verme, sin ver, en el espejo de otra mirada y puedo comprender el lenguaje del mundo, sin palabras".

Al día siguiente, sentado en el banco de la estación del Urquiza hablamos de la gente del pueblo. Conocía a todos y era como si todos lo conocieran a él. Conocía los móviles de muchas actitudes contradictorias: ni Juana Rosa era una mala mujer ni el turco Aníbal robaba en su mercería, y mientras devorábamos el alegre pan compartido, hablamos del tiempo amenazante y de la pesca en el arroyo ancho cerca de las Cinco Bocas.

Cuando ya muy avanzada la noche hallamos a Sergio que atravesaba en diagonal la plaza, le presenté a mi amigo y continuamos caminando los tres, más de dos cuadras.

Esa noche no me permitió conciliar el sueño un persistente mareo y mi insomnio tuvo la incómoda compañía de tristes pensamientos. ¿Hasta cuándo duraría esa amistad que me había hecho un hombre nuevo, que me salvaba de la incomunicación y del hambre? Y otro pensamiento y otro. ¿Cómo sería mi salvador? Podría preguntarle a Sergio, aunque no quería ni siquiera imaginar su rostro, porque el amor y la amistad no tienen rostro; pero lo mismo, al día siguiente cuando encontrara a Sergio...

***

Pero al día siguiente... casi no podía abrir los ojos. Los párpados le pesaban y aunque hacía varios días que, en oposición a la euforia alucinada que había ganado su espíritu, no se sentía físicamente bien, nunca llegó al extremo de no tener deseos de levantarse. Al fin creyó sobreponerse y logró echarse sobre los hombros el saco raído. Apenas pudo llegar hasta la esquina. Allí, como durmiendo sobre la raigambre de un plátano que sobresalía de las desparejas baldosas, lo encontraron muerto. El médico de policía dictaminó "por inanición".

No llegó, pues, ni a preguntarle a Sergio cómo era el rostro de su amigo ni a obligarlo a que inventara una mentira piadosa, porque aquel día del encuentro en la plaza, en varios metros a la redonda, no estaban más que dos hombres, el ciego y Sergio. Al tercero lo había inventado la soledad.

 

 

 
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