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  La Leyenda del Ermitaño (Juan Piedrahita)
 

 

 

LA Leyenda del Ermitaño

Juan Piedrahita

I

«LA CAZA DE LA LOBA»

ALLÁ en lejanas edades que hasta los más ancianos de la aldea van olvidando, vivía en el Santuario del Cerro de la Cruz un santo ermitaño.

Era un ermitaño de imponente traza y pergeño venerable, como esos peregrinos que todavía cruzan hoy los caminos de Castilla, con su pardo capotón de estameña, del que cuelgan profusión de cruces y conchas milagrosas; con su tosca cantimplora de calabaza, parda y untosa como el capotón, mitigadora de la sed durante las ardientes caminatas interminables, y su pesado bordón simbólico, que les unge de noble catadura.

El viejo Santuario tenía una triste leyenda, que era toda la historia de su ermitaño.

¡Qué curioso sería saber las historias de esos viejos peregrinos patriarcales, de enmarañadas y luengas barbas, que cruzan las veredas y los pueblos castellanos, sin que sepamos nunca de dónde vienen ni a dónde se encaminan! No sería aventurado decir que vienen del desengaño y que van hacia Dios por los caminos del arrepentimiento.

Las historias de estos hombres misteriosos deben ser sorprendentes. ¿Qué sucesos ocultos y terribles les empujan y lanzan a ese eterno caminar errante, por todas las sendas? ¿Dónde terminarán sus días estos hombres enigmáticos, sin hogar ni familia, que siguen, inexorables, la derrota de un místico ideal, hacia metas quizá incomprensibles para nosotros?

 

"¿Y sabe por ventura

el peregrino,

en qué triste recodo del camino,

esperándole está la sepultura?"

 

Oíd la historia del ermitaño del Cerro de la Cruz:

Cuentan que este ermitaño, antes de retirarse a su Santuario, había sido un hombre muy valiente y temible en toda la comarca. Cazador furtivo en sus mocedades, hombre montaraz, de costumbres selváticas, valeroso y fuerte, se refieren de él, todavía, famosos sucesos.

Cazaba los oseznos en sus guaridas, arrancándolos del seno de la madre con una sangre fría imponderable.

Una vez había cogido una cría de lobeznos. Los lobos padres estaban furiosos por la pérdida de sus hijos. Acometían a los rebaños en pleno día, y se pasaban las noches aullando, lúgubres y feroces, junto a las majadas, como si desafiaran al fiero cazador que les había arrebatado sus hijos. No había hato de ganado seguro en trasponiendo el sol la alta cumbre de la montaña.

Los mastines, los nobles y valientes mastines, guardadores del rebaño, huían acobardados a refugiarse en las majadas, a la vera de los chozos, al primer barrunto de las feroces alimañas. Sobre todo la loba madre, al decir de los medrosos zagales, estaba "descaradísima". No tenía miedo ni a los mastines ni al cayado del viejo rabadán, y, rastreando por entre los matorrales, con la barriga pegada al suelo, las orejas empinadas, erizado el lomo y la cola metida entre las patas, llegaba hasta las mismas puertas de los chozos, haciendo huir a los perros más valientes.

Los pastores estaban verdaderamente acongojados. Imponía el aullido lastimero y temible de aquella loba, en su furiosa desolación de madre a la que han arrebatado sus hijos.

Algunos rediles de mansas ovejas habían sido asaltados por los lobos carniceros. Había que poner coto a aquellos desmanes, y los pastores acordaron encargar a Juanón, el valiente cazador furtivo, para que "despachara" de una vez a la furiosa pareja de feroces alimañas, que no les dejaban un momento de tranquilidad.

Una sola condición puso Juanón para rematar la faena que se le encomendaba:

-Si queréis -les dijo- que dé pasaporte a la pareja, tenéis que dejarme a mí solito. No quiero "compaña" "pa" despachar a esos bichos.

Hubiera sido una mengua para su fama de valiente dejarse acompañar de nadie.

Y, solo emprendió el camino de la serranía, con su enorme escopetón, cargado hasta la boca con postas loberas. Llegó a lo alto de la montaña cuando ya cerraba la noche, lúgubre y temerosa, y se emboscó en un espeso matorral, al acecho.

Conocía bien su oficio Juanón. Se había trazado una treta para atraer a la loba, que no le podía fallar.

-Veréis, veréis -les había dicho a los pastores- cómo esta misma noche "dobla" la indina.

Metido entre la ancha faja de estambre se había subido un lobezno de la cría. Y cuando ya la noche había borrado los horizontes, sumiéndolos en espesa negrura; una de esas noches anubarradas, sin luz de luna ni resplandor de estrellas -una terrible noche, que imponía pavor en el ánimo mejor templado-, sacó de entre los pliegues de la faja el caliente y negruzco cachorro, le ató de una pata, fuertemente, a un piorno, a pocos pasos de su escondite, y a esperar.

Da miedo pensar que en aquella soledad imponente de la alta sierra, lejos de todo auxilio, un hombre solo, con la sola defensa de una vieja escopeta lañada, de un solo caño, aguardaba impasible la llegada de una fiera, acuciada por su sed de venganza. Era aquel un desafío a muerte entre dos bravos corazones salvajes.

Juanón aguardaba impávido. Ni el más ligero temblor sacudía sus nervios. Sus músculos de acero, en fuerte tensión, estaban prontos al ataque.

El lobezno, herido por las recias ligaduras que le sujetaban al matorral, e incitado por el hambre, elevó sus tiernos quejidos, que el viento arrastraba de loma en loma y de barranquera en barranquera, por la amplia sierra. Aullaba como los perrillos cuando se les separa de la madre, lastimeramente.

Pronto llegó su eco plañidero a oídos de la amorosa loba madre. ¡Oh, cómo acudiría la pobre loba en busca de su perdido cachorro! ¡Cómo saltaría sobre las matas, horadando los negros y espesos escobares, para atajar la distancia que le separaba del hijo amado!

Juanón escuchaba los más leves ruidos, que el imponente silencio de la noche hacía desmesurados y miedosos, en espera de la loba para dispararla. Acostumbrado a aquellos acechos, en seguida distinguió la lumbre de unos ojos feroces que se acercaban a su escondrijo.

Y el lobillo seguía llorando, llorando, su hambre y su soledad. La madre, la loba madre, aullaba también de dolor y de ansia por llegar al lado del hijo amado.

Juanón amartilló la escopeta. ¡Con qué ansia esperaba el momento de tenerla a tiro para disparar! ¡Cómo reconcentraba su atención toda en la llegada de la terrible loba, para -como él decía- zumbarla a tenazón en "metá" del brazuelo, "ande" no se revolviera siquiera!

Sacó a media vaina su recio cuchillo de monte, dispuesto a luchar, cuerpo a cuerpo, si erraba el tiro.

Pero la loba madre, con su agudo oído y su fino olfato montés, había sentido la presencia del hombre. ¡Con qué zozobra, con qué angustia quedaría detenida en su loca carrera, prevenida contra el presentido enemigo!

Juanón se dió en seguida cuenta de haber sido descubierto por la fiera. Se agazapó, cauteloso, en su escondrijo, esperando despistar a la loba; pero la astuta ya había vuelto sobre sus pasos, barruntando el peligro.

¡Qué momentos, Dios santo, aquellos, para el cazador y para la fiera! ¡Qué terribles angustias pasaría la pobre loba madre, incitada por el quejumbroso aullar de su lobezno y detenida al mismo tiempo por la presencia de su enemigo!

¡Qué ansiedad pasaría el arrojado cazador al verse sorprendido! Espiando los movimientos de la fiera, cuyo ataque quizás esperaba, aguzaba su fino oído montaraz, escudriñando la espesura de los matorrales, en busca de la lumbre imponente de aquellos ojos iracundos y fieros.

Y el lobezno seguía llorando su hambre y su dolor con redoblado ahínco. ¿Habría barruntado la presencia de la madre? Posiblemente, porque cada vez arreciaba más en sus lamentos desoladores. Si pudiéramos traducir a nuestro lenguaje el tierno quejido del lobillo, tendríamos que hacerlo con palabras parecidas a éstas: "¡Mamá, mamita, corre a buscarme; llévame contigo al caliente vivar de la canchalera, que aquí tengo mucho frío y mucha hambre; corre por mí!"

Y la loba madre, que seguramente comprendía las quejas de su cachorro, volvía,, tras muchos titubeos, en busca del hijo, que no cesaba en sus dulces gañidos de queja. Arrastrándose, pegada a las matas, hurtándose a la mirada de Juanón, llegó, al fin, junto al lobezno.

¡Qué instantes aquellos para la pobre loba madre, queriendo atraer hacia sí al hijo querido! Y el lobillo gruñía amoroso, como diciendo: "¡Ven, ven; corre a librarme; llévame contigo!" Juanón conocía bien el lenguaje íntimo de los bichos montaraces; y se previno, alerta para disparar. Sabía bien que la madre no podría resistir a las tiernas llamadas del hijo amado. Tenía bien meditada su treta, estaba seguro de que le "entraría" la loba, a la que podría tirar a quemarropa desde su escondite.

Ya habían descubierto los expertos ojos de Juanón, hechos a la negrura de la noche, la presencia cercana de la loba; pero quería asegurarla del primer disparo, pues sabía muy bien lo peligrosa que podría ser una lucha con la terrible loba, si la dejaba herida. ¡Y con lo rabiosa que debía estar! Sólo un corazón como el suyo, acostumbrado a todos los peligros, podía aguantar impávido aquel trance.

Ya se disponía a disparar; pero advertida, sin duda, la loba de sus movimientos, se lanzó rápida sobre el lobillo, lo agarró con sus fauces vigorosas y lo arrancó con furia de sus ligaduras, llevándoselo entre los dientes.

Disparó Juanón su escopeta cuando ya la loba huía con la amorosa presa. La pobre loba madre, en su ansia de amor, había arrancado al lobezno de sus ataduras tan violentamente, que la mitad de su tierno cuerpecillo se había quedado unida a la cuerda.

Rápido como una centella saltó Juanón de su escondrijo, con el cuchillo cachicuerno en la mano, para rematar a la loba, a la que creía herida; pero ésta había huido ya con los sangrientos despojos del hijo entre las fauces.

La desesperación del cazador fué enorme. Su treta, tan bien urdida, le había fallado inopinadamente. Intentó seguir el rastro de la loba; pero inútil. Golpeando los piornos con la culata de su escopetón, regresó a la aldea verdaderamente rabioso.

 

II

«EL CAZADOR FURTIVO»

¿POR qué se hizo Juanón, el cazador furtivo, santo ermitaño? Os lo contaré:

Pero antes de contároslo he de deciros, forzosamente, algunas cosas y circunstancias de la vida de Juanón, porque son de todo punto necesarias para llegar al final de este relato.

Ya hemos dicho que Juanón era un "terrible cazador furtivo". No sabéis vosotros lo que es eso, ¿verdad? Furtivo, dice el Diccionario que es lo que se hace a escondidas. Por eso se llama hoy cazadores furtivos a todos los que cazan sin licencia, metiéndose en los vedados y cotos de caza, por lo que los guardas jurados y la Guardia Civil les persiguen, por hallarse fuera de la Ley.

Claro es que a Juanón, en aquellos tiempos, no le estaba vedada la caza, ni había entonces guardas jurados, ni siquiera Guardia Civil que persiguiera a los cazadores furtivos; pero le llamamos así: terrible cazador furtivo, por su osadía enorme y su valor tremendo, que le llevaba a acometer las empresas más audaces sin miedo a perder su vida en sus luchas con las alimañas montaraces.

¿Que cómo y dónde vivía Juanón?

Juanón vivía en una casuca rústica, de traza primitiva, porque se hallaba edificada -si se nos permite usar este verbo urbano- aprovechando la concavidad de unos canchales enormes de la sierra, por lo que venía a resultar mitad cueva, mitad rústica choza, que no merecía ni los honores de llamarse casuca. Era una vivienda casi troglodita, como las de los hombres de la prehistoria, propia del espíritu primitivo y salvaje de su morador.

Vivían con Juanón, formando una verdadera familia, íntimamente unidos, con indestructibles lazos de amor: su mujer-una mozancona recia de cuerpo y brava de alma, como las lobas errabundas y hambrientas-; un hijo de cortos meses, que él, Juanón, llamaba su cachorro; lindo como una clavellina y gordo como una nutria; un sufrido jumento -que en nada tenía que envidiar al famoso de Sancho Panza en lo pacífico y humilde-; un magnífico y fiero mastín barcino -que lo mismo "hacía a pluma que a pelo"-, y un hurón sinuoso y carnicero, que era el espanto de las madrigueras.

Esto y un enorme escopetón, con categoría de trabuco bandolero, eran todo lo preciso, y aun lo superfluo, para Juanón, hecho a todas las inclemencias y crudezas de la vida montaraz.

¡Brava vida la vida de Juanón!... El monte lo era todo para él. Inagotable vivero de toda suerte de caza mayor y menor, le proporcionaba, asimismo, leña para el hogar, donde preparaba la mujer el cotidiano condumio, y abundantes piezas de volatería e inocentes gazapillos, que vendían, allá en la villa cercana, traduciéndolos en unos menguados cuartejos con que "mercar" el modesto ajuar familiar. Verdaderamente, no necesitaba más para el sustento de los suyos.

Los "suyos" eran: la mujer, el hijo y el perro; porque el asno tenía todo el campo a su placer y a su pacer, sin otro coto para sus golosinas que aquel que le imponía su miedo a las alimañas, de las que era tan previsor.

¿Y el hurón sinuoso y carnicero? ¡Ah! El hurón tenía siempre abundante provisión de... ¡Repugnancia nos da decir cuál era el alimento del asqueroso bicho! Juanón le había aficionado, para acrecentar su saña, ya de suyo tremenda, contra los tímidos gazapos, a alimentarse de los ojos de los conejos, que él mismo arrancaba, haciéndoles saltar de sus cuencas con la punta de su cuchillo cachicuerno.

¡Cómo perseguía el fiero bicho a los inocentes gazapillos en lo hondo de sus vivares,en espera del sabroso manjar que le aguardaba a su salida de las madrigueras, como premio y estímulo de su saña cruel!

Y mientras el noble y valiente "Canelo" -que así se llamaba el alano- tenía que contentarse con las inmundas entrañas de las víctimas, a él, al mimado hurón, le estaban reservadas las viscosas pupilas de los gazapillos, como preciada golosina.

¿Pensaréis por esto que Juanón era un desalmado, un cruel? ¡Qué disparate! ¿Qué sabía él de delicadezas, criado en aquel vivir de lucha salvaje, en donde la única ley era la del más fuerte? Estamos seguros, y así lo afirman con nosotros todos los que conocen esta historia, que Juanón era un buenazo, un pedazo de pan, como decían de él sus coterráneos, incapaz de hacer mal a nadie, al menos a sabiendas. Si cometía aquellas crueldades eran sin darlas la menor importancia, con la misma indiferencia y tranquilidad de espíritu que la cocinera da muerte a un inocente pichón apretando su corazoncito entre las manos.

Juanón tenía un alma sensible, como lo prueba, sin dejar lugar a la más mínima duda, su afecto entrañable pasional por su esposa; sus arrebatos amorosos con su cachorro -como llamaba siempre, cariñosamente, al hijo- y hasta sus delicadas atenciones y solicitudes con el pacífico borriquillo manso como un recental y trabajador y útil como todos los de su especie.

El dulce borriquillo era, de todos los colaboradores de aquella familia, quizá el más querido del cazador. Y en verdad que se lo merecía como ninguno por su inigualada bondad y porque, además, era el más sufrido para el trabajo.

"Arre, "Piñón", arre", decía Juanón, cariñosamente, al jumento cuando éste,

"ajinado" y sudoroso se detenía en su marcha repecho arriba de la alta sierra, para tomar alientos. Y "Piñón" sacudía perezosamente sus grandes orejas peludas, como si agradeciera el dulce trato de su amo. Y arre que arre, el pobre "Piñón" subía las más empinadas cumbres con el pesado bagaje que Juanón cargaba sobre sus lomos, con sus provisiones de boca y guerra, a veces para varios días.

¡Y qué sustos pasaba el pobre borriquillo cuando Juanón lo abandonaba en aquellas fragosidades serranas, nido de lobos y osos y campo propicio para sus hazañas carniceras! Y menos mal cuando este abandono no se prolongaba más allá de la puesta del sol. Con frecuencia ocurría que, enfrascado Juanón en exterminar un bando de perdices o en perseguir, sierra arriba y sierra abajo, alguna manada de cabras monteses, se alejaba tanto del pobre "Piñón", que ya era noche cerrada cuando volvía a su encuentro.

¡Oh! ¡Cómo celebraba el borriquillo la llegada de su amo! Con las orejas tiesas, tremando de gozo el cuerpecillo rechoncho y estoposo, lanzaba al aire sus mejores rebuznos, que atronaban toda la sierra con su alegre trompetería regocijante, como si quisiera con ellos demostrar su profundo cariño y agradecimiento.

Oír los rebuznos de "Piñón" y salir el noble y valiente mastín disparado, como un loco, a su encuentro, era todo uno. La amistad de "Canelo" y de "Piñón" era, verdaderamente, entrañable. Llegaba "Canelo" junto al borriquillo saltando de gozo a su alrededor, y le ladraba con dulces regaños cariñosos, como si quisiera decirle: "Pero, cobardón, ¿creías que te íbamos a dejar solo toda la noche? ¡Qué más hubieran querido esos pícaros lobos! ¡Menudo festín se hubieran dado contigo, los ladrones...!" Y daba con su húmedo hocico en el hocico de "Piñón", y se metía ladrando juguetón, por debajo de la redonda panza, mordiéndole de mentirijillas, en las patazas.

¡Cómo agradecía el jumento las fiestas de "Canelo"! ¡Con qué mansa mirada de gozo y de bondad recibía las palabras de su amo, cuando éste le acariciaba la humilde cabezota de enmarañada pelambre, reconviniéndole sus alborozos!

-Pobrete, pobrete -le decía Juanón, aludiendo a sus rebuznos-; quien canta, sus miedos espanta. Y le daba amplias palmadas en las redondas ancas carnosas.

Pero de todos los amores de Juanón, ninguno que mayores ternezas le inspirara como el amor de su cachorro. Para su hijo tenía Juanón guardado todo el tesoro de sensibilidad que se encerraba dentro de aquel enorme y tosco corpachón de atleta. ¡Con qué ansias volvía a la choza, tras una larga y áspera brega serrana, persiguiendo al hirsuto jabalí o la ligera corza huidiza!

¡Con qué fuego de amor estrujaba entre sus enormes garras de Hércules el tierno cuerpecillo del hijo adorado! ¡Con qué brusca pasión le besuqueaba, hasta arrancar su llanto, apretujando la débil carita -nieve y rosa- contra el áspero rostro de aborrascada pelambrera!

Para que juzguéis hasta dónde llegaba el cariño de Juanón por su hijo, os voy a contar un suceso de su vida de cazador que, como él mismo decía, nunca se había podido explicar bien, y que revela la ternura de alma del terrible Juanón.

Así lo cuentan los pastores en las majadas, junto al amoroso rescoldo de los hogares, en los rústicos chozos; traduciendo las mismas palabras del cazador:

-Llevaba aquella tarde cerca de seis horas, interminables, de trocha en trocha y de barranquera en barranquera, por lo más intrincado de la sierra, sin haber topado con un mal chivato montés sobre quien descargar la escopeta, cuando al coronar una portilla, adonde desembocaba "la canal" por donde yo subía, vi, allá abajo, en lo alto de un canchal de la otra vertiente, a unos veinte pasos míos, una cabra montés con sus chivos chiquititos.

¡Era una buena pieza! ¡Qué escopetazo tenía la indina! Estaba a bocajarro, "mesmamente". ¡Por fin iba a terminar bien la tarde, córcholis!

Me eché la escopeta a la cara, y estaba ya con el dedo en el "gatillo" para disparar, cuando, sin saber por qué,me detuve, aflojé la mano, dejé caer la escopeta y me quedé mirando, alelado, a la cabra.

Ni me había sentido siquiera la pobrina.

Con la nariz al viento, el animal olfateaba, recelosa, en todas direcciones, pronta a poner en salvo a sus chivos al menor barrunto de peligro.

¡Y qué cuadro más majo hacían encima del peñasco! Me agaché cuanto pude detrás de una carrasca, y me quedé contemplándolos, no sé cuánto rato. Ni un momento dejaba la cabra madre de otear el horizonte a todos los vientos. Erguida sobre el canchal, parecía talmente una estatua.

Los chivos, que no habían dejado un momento de triscar, jugueteando a su alrededor, llegaron a su lado, se arrodillaron, graciosamente, junto a la henchida ubre de la madre, a ambos lados de las patas, y comenzaron a hocicar en ella con delectación. La pobre cabra parecía extasiada de placer: esparrancada, entregó a los chivillos la ubérrima fuente, que los glotones chuparon hasta hartarse.

¿Por qué -decía Juanón- me acordé entonces de mi cachorro? Pues ni lo sé siquiera; lo cierto es que se me vino al majín el recuerdo de mi choza, donde tal vez en aquel momento mi cachorro estaría también hartando sus ansias de hambre y de amor, colgado del pecho de su madre.

Ya no pensé, ni por asomo, en disparar contra la pobre e indefensa montés, que a boca de jarro tenía al alcance de mi escopeta.

De pronto, sin duda porque debió llegar al fino oído de la cabra algún ruido imprudente que yo hiciera, se agitó nerviosa de un lado a otro, enderezó las orejillas graciosas y olfateó el aire, como si se le quisiera sorber.

Pa asustarla na más, me levanté de la carrasca y la di unas cuantas voces, sujetando al mismo tiempo al pobre "Canelo", que me arrastraba en su afán por perseguirla. ¡Cómo se extrañaría "Canelo" de mi tontuna al dejarla escapar!

En el primer impulso del miedo saltó la cabra, huyendo del peñasco, como un relámpago. Pero los chivos, como si no fuera con ellos la cosa, se quedaron allí clavaos, tan campantes. ¿Qué sabían ellos, pobrecillos, del peligro que corrían?

Daba gusto ver a la pobre cabra. ¡Qué ajetreo de bajar y subir al peñasco, para arrancar tras de ella a los chivillos! Pero los chivos, que si quieres, tan tranquilos, sin moverse de la canchalera. ¡Era divertido los apuros de la pobre cabra! Yo la daba voces y voces y "Canelo" ladraba furioso, tirando de mí, como diciéndome: "Pero, tonto, ¿qué haces? ¿No ves que se escapa?" Subía, bajaba del peñote; los corneaba dulcemente para hacerlos partir. ¡Estaba frenética la pobre!

Cuando, por fin, arrancó con ellos carrasquera abajo, ¡me dió una alegría más grande el no haberla matado! ¡Pobres chivillos! Nunca abracé con mayor gozo a mi cachorro como aquella noche, cuando volví a la choza, sin haber cobrado ni una sola pieza.

¡Tontunas, comentaba Juanón, que a veces le dan a uno!

Así quería quitar importancia al trance el bueno de Juanón.

 

III

Y SE HIZO ERMITAÑO

YA es hora, Verdad?, de que os cuente el gran suceso, el triste suceso de la vida del pobre Juanón, el "terrible cazador furtivo", que le movió a hacerse ermitaño de la Santa ermita del Cerro de la Cruz, en donde terminó sus días en olor de santidad, tras una vida ejemplarmente cristiana

Podríamos contar todavía centenares de sucesos de la vida de Juanón, dignos todos de ser relatados, y que seguramente os habrían de gustar. Las atrevidas hazañas en su lucha brutal contra los lobos y los osos feroces se hicieron famosas en toda la comarca, a muchas leguas a la redonda, y corren aún de boca en boca, sirviendo de tema en los hogares, en las largas noches invernales, cuando la nieve congrega en las cocinas aldeanas a los sencillos zagales, a oír, de labios del rabadán, viejas consejas memorables.

¿Qué diríamos de sus tretas y de sus ardides ingeniosos para atrapar a sus víctimas, venciéndolas, superándolas en astucia y habilidad?

Nadie igualaba a Juanón en preparar una disimulada trampa, en la que el más viejo y avispado zorro gallinero caía como inocente pazguato. Nadie, en fín, como él para conocer y usar las artimañas propias de su oficio, ni nadie con mayor sangre fría, ni corazón mejor templado, para llevar a cabo todas sus atrevidas empresas.

Justo es confesar que Juanón tenía, como ya hemos dicho muchas veces, dos magníficos colaboradores: el noble y valiente "Canelo", el mastín barcino que lo mismo hacía a pluma que a pelo, y el hurón sinuoso y carnicero, que tan abundantemente se proveía de inocentes gazapos.

¡Oh, el hurón! El maldito hurón fué la causa de la más tremenda desgracia de la vida del pobre cazador, convertido más tarde en Santo ermitaño, de la ermita del Cerro de la Cruz.

La desgracia cayó sobre Juanón, como viene siempre la desgracia a nuestras vidas, inesperadamente, y cuando mayor y más segura juzgaba él su dicha. Tan de improviso le pilló el golpe tremendo, que parecía -y así lo pensaba él después con resignada santidad- que Dios hubiera querido castigar su soberbia, humillándola.

Cuantas veces, cuando, andando el tiempo, el Santo ermitaño rememoraba aquella desgracia, decía, consoladoramente: "¡Dios, que me hirió en el más grande amor de mi vida, lo hizo sin duda para salvarme! ¡Los sufrimientos terrenales preparan la ancha vía eternal para la bienaventuranza de las almas!"

¡Dios le hirió en el más grande amor de su vida! Y el mayor amor de su vida era su cachorro -nieve y rosa fundidas-, cuyo recuerdo detuvo un día el fuego de su escopetón ante la escena cautivadora, emocionante, de unos chivillos chiquitines mamando voraces, con ansias de hambre y de amor, de una cabra salvaje, en lo alto de un peñasco.

Juanón adoraba al hijo entrañablemente, con la salvaje vehemencia de su alma primitiva y rústica, virgen de todo otro falso amor que no fuera el santo amor del hijo y de la esposa.

Con sus propias manos había fabricado la rústica cunita del hijo, tejiéndola con mimbres sin descortezar, flexibles y recias, que la asemejaban a un enorme nido de buitre carnicero. La amante esposa había acondicionado el hondo cuenco de aquel nidal con amoroso instinto de madre, mulléndolo con blancas pellejas de borrega merina, que formaba un blando y caliente lecho primitivo, que en nada tenía que envidiar al de un príncipe.

Allí, en la rústica cunita, blanda y tibia, quedaba el tierno cachorro, durmiendo a pierna suelta sus inacabables siestas, en tanto que la hacendosa madre cuidaba de los quehaceres de la casa, que no por sencilla: y pobre dejaba de darle su trabajo.

Allí quedaba el cachorro, horas y horas, sin rechistar siquiera, repleto el cuajo de la savia materna, mientras la pobre madre corría presurosa a la cercana villa para vender en ella la caza "cobrada" por Juanón y subirse, de paso, los "avíos" del yantar cotidiano: rubio pan casero de trigo candeal, y sal y aceite para los frugales condumios.

Una de aquellas tardes -¡fatídica tarde que destruyó un hogar feliz!- ocurrió el triste suceso que empujó al pobre Juanón a las austeridades rigurosas de su ermita sin que jamás volvieran a sonar en la pobre choza ecos de amor ni alientos de vida.

Y marchó la madre a la villa cercana, como tantas otras tardes dejando al cachorro acomodado en el tosco nidal de su cunita.

Antes de partir, ¿por qué le besó con más fuerza que nunca? ¿Por qué corrió, estreciéndola, aquel calofrío nervioso por el recio corpachón de la pobre madre? ¿Por qué sintió, durante su ausencia, aquel inexplicable desasosiego de congoja?

Terminados sus quehaceres en el pueblo, volió la madre, ligera, en busca del cachorro. Y lleqó a la choza desasosegada, nerviosa. Sin embargo, nada anormal ocurría allí, al parecer. Corrió ansiosa de cariño hacia la cuna del niño, al tiempo que, de entre el revoltijo de ropas que envolvían al pequeño, saltó, escurridizo, huyendo, el hurón sinuoso y carnicero.

Con grito de espanto se avalanzó, corriendo, la angustiada madre sobre la cuna. Levantó rápida las mantas que envolvían a su cachorro y lo engarzó entre sus manos para besarlo. ¡Oh, dolor de madre! El bicho maldito, aficionado a las viscosas pupilas de los conejos, había roído, materialmente, los dulces ojos del pobre niño.

Aquel rostro angelical -nieve y rosa fundidas- aparecía con las órbitas vacías, hondas y horribles, que daba miedo.

Cuando el pobre Juanón llegó, ya cerrada la noche, a la choza, con sus ansias de amor paternal, encontró la más desoladora escena que podáis imaginar. La madre, loca; loca de dolor, rota la armonía de aquella razón sencilla. Entre sus brazos robustos -moreno bronce de amor- abrazaba al hijito ciego, con avaras caricias frenéticas.

Huyó Juanón monte arriba, con el enorme escopetón al hombro, seguido del fiel "Canelo". Siniestra y espantable era su catadura; preñada de presagios fatales su actitud. La terrible desgracia, habíale quebrado, sin duda, la razón, y caminaba sin tino ni derrota, sierra arriba, sin otro designio que alejarse de la choza, en donde se había desarrollado tan horrible escena.

La pobre esposa de Juanón hubo de ser recluída en una casa de salud, y el niñito ciego fué llevado por unos pastores de las cercanías, al convento de los padres dominicos de la próxima villa. Los frailes del monasterio acogieron en caridad al cieguito, y allí se crió el pequeño, amamantado por una hermosa cabra, que le sirvió, a un tiempo, de nodriza y lazarillo, en sus primeros pasos por la vida.

Han pasado veinte años desde aquel día en que acaeció la triste escena que hemos relatado. La pobre esposa de Juanón ha muerto sin haber recobrado la luz de su perdida inteligencia. El cieguecito es ya un mozo esbelto. Viste la modesta estameña de un hábito humilde y en la recia testa el cerquillo de la tonsura de profeso.

Con su grueso y tosco bordón, golpeando el pedregoso sendero, va por los caminos sinuosos del valle, de aldea en aldea y de alquería en alquería, a la cobranza del diezmo e implorando la caridad de los buenos corazones cristianos.

Suple la luz de sus ojos vacíos con la luz de su mente iluminada. Ha tenido en la santa Casa de los padres dominicos muy grandes maestros. El padre Juan Hurtado de Mendoza, que supo rehusar el Arzobispado de Toledo, que el propio Emperador Carlos V le ofreciera, "porque no se creía apto para tan gran dignidad", le ha enseñado a ser humilde. Fray Melchor Cano, "cuya fama de santidad y sabiduría era tanta que los Reyes le llamaron a Valladolid para conocerlo; y que, en Valdemoro, saliendo de decir la Santa Misa, a no guardarlo sacerdotes y personas sensatas, le hubiera dejado desnudo la multitud, cortándole pedazos de hábito para reliquias", ha moldeado el corazón del frailecito ciego y le ha instruido, meticulosamente, en los misterios de la religión de Cristo y en la sabiduría del siglo.

El frailecito ciego, como le dicen en toda la comarca, es querido de todos y la fama de su ciencia y virtud le han granjeado el respeto y el cariño de las sencillas gentes aldeanas de todo el contorno.

Desde el alba, cuando el esquilón del monasterio llama a los padres, con su toque de maitines, el hermano ciego deja la austeridad de su celda y corre los caminos en busca de caridad, por el amor de Dios, para la humilde Comunidad dominicana. En pago de la precaria limosna, el cieguecito deja una siembra de consuelo: la ardiente y dulce doctrina de Jesús.

 

En contraste con esta vida recoleta y santa del frailecíto ciego, llegan al convento y se esparcen por las aldeas comarcanas lamentables noticias de Juanón.

Huyendo de su choza, Juanón se había refugiado en la aspereza de la selva, y habitaba, huraño y terrible, en una caverna, antaño guarida de osos, a cuyos moradores había desalojado de su cubil, en terrible y feroz lucha cuerpo a cuerpo.

Su razón no debía estar muy cabal, a juzgar por las tropelías y desafueros que de él se contaban.

En los crudos inviernos, cuando la nieve ahuyentaba de las montañas los animales montaraces y se le hacía difícil el sustento, bajaba Juanón a los poblados e intimidaba a los pobres aldeanos con su espantable aspecto de bandolero. Y aunque nunca le negaban su ayuda, la hosquedad de su pergeño y su triste traza amenazadora, les tenía atemorizados. Su horrible figura fantasmal y su vivir salvaje le habían labrado una triste celebridad, que era la preocupación de aquella pobre gente.

Al frailecito ciego le llegaban, de continuo, los desventurados relatos de las hazañas de Juanón; pero aun cuando había intentado infinitas veces apartar a su padre de aquella vida vagabunda y arrancarle dè aquellas soledades espantosas, nunca pudo lograr sus deseos. Los pastores que habían servido de emisarios descendían de las altas cumbres, desesperanzados y abatidos. Juanón ni siquiera les había querido escuchar, y, a sus insistencias, únicamente amenazas había respondido.

Indecible es el sufrimiento del atribulado hijo. Lleva clavada en la entraña de su alma la espina desangrante, y su filial cariño, arde en ansias de redención de aquella vida extraviada. Y un día, guiado por un zagalillo animoso, práctico en aquellos vericuetos y andurriales serranos, emprende valeroso el camino de la alta montaña.

Va el frailecito cogido de la mano del zagal, que le sirve de lazarillo. La ascensión es penosísima. Jadea, repecho arriba de la sierra. Sus ojos vacíos penetran la oscuridad de las tinieblas. Tras el negro horizonte físico, la luz de su mente iluminada atalaya el Cielo. Camina y reza, pidiendo a Dios la salvación de su padre.

Sus sandalias están ya destrozadas; sangran sus pies delicados, heridos por los guijarros del sendero. El pardo sayal cuelga en jirones, desgarrado por los zarzales espinosos.

Incansable, anda y anda por las quebradas vertientes, solo holladas de las cabras salvajes; cruza pedregosas torrenteras, bordea empinados riscos, sube siempre animoso y risueño, en busca del padre amado. El dulce zagalillo guía sus pasos con amor, advirtiéndole los obstáculos. En la imponente soledad de la montaña, el eco de su bordón, golpeando a tientas el camino, resuena melancólico de cumbre en cumbre.

Al coronar un empinado cerro,la vista perspicaz del muchacho advierte la proximidad de la caverna que sirve de albergue a Juanón, y llama a éste a grandes voces. Su voz angustiosa, emocionada, se quiebra, en ecos múltiples, por las cuencas de la sierra, hasta perderse en la lejanía, como un susurro dolorido.

A las llamadas del zagal, asoma la figura espectral del cazador por la boca de la cueva. Trae amartillado el escopetón, preparado al ataque.

-¿Quién va -pregunta- y qué quieres de mí? -atruena con bronco desafío.

La voz del frailecito ciego, tierna como el balido de un recental, preñada de emociones hondas, le llama con dulzura.

-¡Padre, padre; soy yo, tu hijo, que no puedo ya más con la pena de mi vida!

Y sus brazos abiertos en cruz, como los brazos del Salvador, llenos de amor sublime, eran una irresistible llamada de filial arrobo, padre e hijo, unidos en hondo abrazo, lloran en silencio, emocionados, en congoja irrenunciable.

Atardece. Los dientes rocosos de la cumbre muerden el disco del sol poniente, que va lento, lento, sumiéndose tras la montaña. Sus últimos rayos ponen un nimbo de oro -áurea estela divina- en los brazos de una cruz, que se levanta, gallarda, sobre la cúspide de un empinado cerro. Junto a la tosca cruz, de primitiva factura, hay una rústica ermita. En el portalón de la ermita, sobre un poyo de piedra sin desbastar, un humilde y venerable ermitaño repasa, despacioso las cuentas de un rosario, entre sus manos rudas y callosas. De sus labios brota la sencilla oración con cálidos acentos.

Nadie adivinaría en aquel majestuoso y humilde ermitaño la adusta faz de Juanón, el cazador furtivo.

Dios hizo el milagro, porque Dios siempre escucha la voz del hijo que implora la salvación de su padre.

Han pasado muchos años. La rústica ermita del Cerro de la Cruz está ya desmantelada y rota por la incuria del tiempo y el abandono de su morador. Pero las gentes de la comarca recuerdan todavía con veneración, la triste historia del santo ermitaño que, allá en remotas edades, la erigiera.

Y en la hora solemne y grave del crepúsculo, cuando el sol dora con su última lumbre la cima del cerro, los labriegos y los pastores, al toque de las ánimas, hincan en tierra la rodilla, se destocan ceremoniosos y graves del ancho sombrero haldudo, y rezan con fervor, la oración vesperal, con la mirada puesta en el agudo vértice del cerro.

 

 

 
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