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  Las Cosas de Nicasio (Caranva Romero)
 

 

 

Las Cosas de Nicasio

Caranva Romero

Cuando Nicasio Maguillas volvió de África, cumplida la Mili con reenganche incluido, todo Gamusinos del Campo llegó en seguida a la conclusión de que al pobre mozo, tan cabal antes, le habían aflojado algún tornillo por aquellas tierras.

Ya el mismo día de su regreso, que coincidió con un Miércoles de Ceniza, el bueno de Nicasio, como la mayoría del pueblo, acudió a la iglesia para cumplir con el tradicional rito religioso, y cuando el cura, imponiéndole la ceniza pronunció aquello de "polvo eres y en polvo te convertirás, pero en latín, dirigiéndose hacia la feligresía allí congregada, exclamó con voz alta, clara y firme: "¡Qué razón tiene! Pero en mi caso mejor hubiera podido decir que de un polvo vienes y a un polvo vas." Y dicho lo cual, salió tranquilamente del templo, ante las reprimidas risas de muchos y la indignación de algunos.

Llegada la Semana Santa, el Viernes Santo aparecieron algunas de las imágenes de la iglesia vestidas con las prendas de oficiar del cura y de los monaguillos. Aunque nunca pudo demostrarse, todos sospecharon que el autor de "semejante sacrilegio", a decir del cura, era Nicasio, dadas sus excentricidades, a las que, en tan poco tiempo, el pueblo ya se iba acostumbrando, incluidos sus propios padres y hermanos.

Ese mismo día, en la procesión del "Entierro", Nicasio, que debía encabezarla portando un pesado crucifijo, se plantó en el umbral de la puerta del templo, apoyó la cruz en el suelo, y mirando hacia el interior exclamó: "¡Ni por aquí ni por allí; por Alá, que la procesión no sale hasta que yo no lo diga!" Antes de que la gente reacionara, alzó de nuevo la cruz y dijo: "Arreando, que se hace tarde." Y la procesión se puso en marcha.

Muchas otras cosas estranbóticas fue sacando Nicasio de su removida sesera, con las que hizo aparecer a menudo la sonrisa incluso en los más agrios de sus paisanos, los cuales, aunque lo intentaron, nunca pudieron mofarse de él, porque de tonto no tenía ni un pelo, ni, en general le tomaban a mal sus cosas, puesto que mal, lo que se dice mal, no hacía a nadie. Hasta que, por fin, transcurrido un año y pico de su regreso, llegó el día de su boda, que había de celebrarse un 24 de junio.

Tres meses antes, con la esperanza compartida por las dos familias de que el matrimonio le ayudaría a sentar definitivamente la cabeza, se había acordado el enlace de Nicasio con Jerónima Rana, moza del lugar, algo simple, pero honrada y trabajadora, que huía del agua como los gatos.

Cuando el cura, en la iglesia rebosante de invitados y curiosos que esperaban anhelantes alguna de las típicas salidas de Nicasio, preguntó a éste lo de "quieres recibir por esposa a...". Al tiempo que con disimulo dejaba caer un papel a los pies de la novia, en una especie de prolongado grito salvaje, que llegó hasta el más apartado rincón del templo, Nicasio pronunció una ininteligible palabra y salió corriendo, sin que volviera a saberse más de él en el pueblo.

Fue tanta la sorpresa y confusión en aquellos momentos, que ninguno de los presentes advirtió que Nicasio había dejado caer un papelito, salvo el maestro, al que todos llamaban Don Papelera", que por estar habituado al sutil vuelo de papeles en la escuela y que en su obsesión por leer, leía hasta las líneas de la mano, no se le escapó el detalle. Recogió, pues, el papel, y al desdoblarlo se encontró con una única palabra escrita con grandes letras: "sogtulakk". Picado por la curiosidad, y convencido de que tal palabra era árabe, comenzó a consultar diccionarios y enciclopedias de diferentes países, sin que lograra dar con el significado de aquella enigmática palabra. Incluso, a cualquier moro que se le ponía por delante, le preguntaba por ella, pensando que podía tratarse de un término coloquial no reconocido. Pero, nada; Que no hubo manera. Consultó al cura, por si él podía orientarle en sus pesquisas; pero éste, nada más leer la dichosa palabra, le dijo que respecto a vocablos de un idioma infiel, él no quería saber nada.

Tras las exhaustivas pero infructuosas investigaciones que había llevado a cabo durante los dos meses de vacaciones de verano Calixto Majuelo, que así se llamaba el maestro, olvidó el asunto y de nuevo se entregó por entero a la gratificante tarea de seguir "desasnando" con la regla en la mano.

Por fin, un día de otoño en que D. Calixto había salido a dar un paseo por el campo, le sorprendió una tormenta de ésas que hacen época. Corrió a refugiarse en una majada cercana y allí se encontró a Simplicio Gállara con sus ovejas. Entabló conversación con él, y hablando, hablando salió, como es natural, el tema de Nicasio. El maestro le puso al corriente de lo del papelito y la misteriosa palabrita, que sólo conocían él y el cura, y de sus investigaciones. Simplicio, entonces, le preguntó:

--¿Y qué palabra es ésa?

--Sogtulakk -respondió el maestro.

--¿Y eso cómo se escribe?

D. Calixto se la deletreó. Entonces Simplicio Gállara, que Dios tenga en su gloria, como buen pastor, con mucho tiempo para pensar y rápido de reflejos, exclamó: "¡Joder! ¡Ya sé lo que significa! Vuelva a deletrearla, hombre, y fíjese bien".

 

 

 
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