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  Las Miradas (Eduardo Mendicuti)
 

 

 

Las Miradas

Eduardo Mendicutti

EXTENDIÓ LA mano hasta tocarle el hombro y allí la dejó, como si no hubiera en el mundo un lugar más acogedor y cálido. Enseguida notó entre los dedos el roce tibio y levemente espinoso de la barbilla de Pedro. Pedro había girado la cabeza, sin duda, y sonreía. Antonio notaba perfectamente la sonrisa de Pedro. También él giró la cabeza y deseó con todas sus fuerzas que en aquel momento, en medio del gentío, hubiese alguien mirando cómo se miraban.

-Contramano -dijo entonces un muchacho, una voz joven, a espalda de ellos, y todo alrededor se llenó de palmas que seguían el ritmo exultante de la música que había empezado de repente a zarandear, con jubilosa energía, el aire caldeado de la tarde.

También a Antonio le entraron ganas de acompañar la música con sus palmas, pero con una mano sujetaba el bastón y la otra la tenía posada en el hombro de Pedro. Miró al frente y distinguió un juego de bultos multicolores que se agitaban alegremente al ritmo de aquella canción que se parecía tanto a un capitán despertando sin contemplaciones a sus soldados ante una inminente batalla. Al oírla, daban ganas de incorporarse allí mismo al batallón y ponerse en primera línea de combate; eso pensaba Antonio, emocionado, cuando Pedro empezó a tocar las palmas con tanto entusiasmo que a veces perdía el ritmo, y Antonio se echó a reír de pura felicidad. Pedro habría dejado el bastón apoyado sobre su cadera, o lo sujetaría bajo el brazo, mientras tocaba las palmas; eso pensó Antonio. Pedro giró otra vez la cabeza, y volvió a rozar con su barbilla mal afeitada los dedos de Antonio, y Antonio se esforzó por adivinar la mirada llena de afecto de alguien que quizás en aquel momento también rozaba con la barbilla la mano de su amigo.

-Contramano es siempre lo más -dijo, arrebatado, el chico que estaba detrás de ellos.

La carroza de Contramano era, por lo que acababa de decir aquel chico, la más espectacular, a lo mejor la más escandalosa, seguramente la más divertida, sin duda iba llena de travestis despampanantes y muchachos guapísimos y muy bronceados que bailaban como si estuvieran entrando en el paraíso terrenal. Lo que Antonio podía distinguir era una especie de nube multicolor que palpitaba como el corazón acelerado y feliz de un corredor de velocidad que se dejase llevar un poco en el momento de entrar triunfador en la meta, pero le emocionaba saber que su mirada y la mirada de Pedro coincidían en aquel instante con la de aquel gentío entusiasta y con ganas de divertirse y de exigir sus derechos ante las miradas de todo el mundo.

ANTONIO LLEVABA meses tratando de convencer a Pedro de que fueran una noche a Contramano. Allí, sin duda, también les mirarían todos, pero eso no les preocupaba en absoluto. Lo que les preocupaba era tener que caminar tan tarde por unas calles que, por lo visto, volvían a ser poco seguras; eso sin contar las zanjas interminables que el Ayuntamiento abría constantemente, a tontas y a locas, por todo el barrio. Pero seguramente habría un portero que se ofrecería a buscarles un taxi, mientras ellos dos esperaban en la puerta de aquel bar gay, a sabiendas de que les miraban. Antonio estaba de pronto ansioso de que les mirasen, a los dos, juntos, cogidos de la mano o con su mano sobre el hombro de Pedro, con la barbilla mal afeitada de Pedro rozándole los dedos, con sus dedos acariciando el cuello de Pedro.

Habían salido de casa a media tarde, con el tiempo suficiente, precavidos: en la radio acababan de oír que estaría cortado a la circulación todo el centro, desde Colón hasta Neptuno, desde la Puerta de Alcalá hasta la esquina de Gran vía con Montera y hasta Ópera. Desfilarían mas de veinte carrozas y los organizadores de la Manifestación del Orgullo Gay esperaban que participasen en la marcha alrededor de 200.000 personas. Antonio, ahora, se sentía rodeado por aquel gentío que coreaba las canciones peleonas y excitantes que salían en estampida de las carrozas cargadas de chicos radiantes y semidesnudos. Lo sabía de otras veces: contaban cómo era cada carroza, describían a las drag queens llenas de plumas y lentejuelas, a los muchachos musculosos en taparrabos, algunos embadurnados en purpurina. Antonio miraba sabiendo lo que había que ver. Habían elegido un sitio al azar, sin preocuparse de estar cerca de una calle por la que se pudiera salir cómodamente. Querían llegar hasta la Puerta del Sol, apretujados, abrazados, mirados. Antonio habría sido capaz de dar cualquier cosa a cambio de que las 200.000 personas les mirasen.

Ellos ya no eran tan jóvenes, vestían de un modo corriente, llevaban años yendo del brazo por la calle, pero seguro que nadie les miraba por eso; se ayudaban el uno al otro, eso pensarían todos. Siempre habían llevado cada uno su bastón y aquello subrayaba la idea de que eran dos amigos que quizás acababan de encontrarse y, cogidos del brazo, caminaban juntos durante un rato. Nadie pensaría que vivían juntos, que eran pareja, que se amaban. Por eso aquella vez, en plena Gran Vía, cuando Pedro tropezó con algo y Antonio le sujetó para que no cayese, y ambos hicieron a la vez un gesto muy claro, muy obvio, inconfundible, un mutuo gesto de amor, de pronto se quedaron inmóviles, inseguros, y se sintieron tan desamparados como hacía tiempo que no se sentían, víctimas de aquella sensación tan dolorosa, la sensación de sentirse mirados sin poder ver a quienes les miraban, una sensación que desde hacía años creían olvidada para siempre. Ahora, en cambio, cogidos del brazo, caminando juntos, entre más de 200.000 personas hacia la Puerta del sol, a Antonio sólo le faltaba gritar:

-¡Miradnos!

LA TARDE parecía a punto de reventar. Caminaban despacio, al ritmo que les imponía la muchedumbre que se iba desplazando lentamente, calle Alcalá abajo, en paralelo a la manifestación. Sintió sobre él una lluvia de papelillos que estarían tirando desde la carroza que ahora estaba junto a ellos, atascada por la concentración en Sol, o desde alguno de los balcones bulliciosos del trayecto. Algunos papelillos se le enredaron a Antonio entre los dedos de aquella mano que aún llevaba sobre el hombro de Pedro. A veces, por la fuerza de la costumbre, hacían sonar sus bastones contra la acera, pero no estaban impacientes, Antonio se sentía seguro y relajado y conocía muy bien la impaciencia de Pedro. Pero, de pronto, tuvieron que pararse en seco. Ya no podían avanzar más. Antonio escuchó, al fondo de la plaza, la voz vigorosa y peleona del encargado de leer el manifiesto. Y entonces alguien dijo frente a ellos.

-Soy un fotógrafo de prensa. Por favor, puedo haceros una foto.

Antonio sonrió y dijo que sí con la cabeza, y notó que Pedro hacía exactamente lo mismo. Risueños, los dos giraron la cabeza a la vez y se quedaron mirándose muy cerca el uno del otro, casi rozándose los labios sonrientes. Luego, se besaron. Y Antonio sintió sobre ellos las miradas de todos como una bendición.

 

 

 

 
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