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  Las X Chuminadas de la que se Esnucó por Vérselo (Caranva Romero)
 

 

 

Las x chuminadas de la que se esnucó por vérselo

(Divertimento erótico-humorístico)

Caranva Romero

 

I

En la calle, rito perrillero

Aquella resplandeciente y calurosa tarde de junio, padre e hijo, enfrascados cada uno en su lectura favorita, "El caso" y una novela del Oeste respectivamente, descansaban sentados en el poyo de la parte delantera de su casa con el porrón entre ambos.

Poco antes habían descargado y metido bajo techo el último carro de hierba, la cual formaba parte del sustento de los animales durante el invierno. Con ello habían dado fin a una de las duras recolecciones del campo: segar a dalle los prados, mantenerlo a punto a golpes de martillo y pizarra con objeto de que cortara bien, dar repetidas vueltas a los hilos hasta que la hierba estuviera adecuadamente seca y, por último, el acarreo, siempre pendientes del cielo esperando que no lloviera.

Tras un nuevo tiento al porrón, el padre miró hacia arriba, y viendo que la tarde, cual pura y casta doncellita aunque todavía muy tímidamente se dirigía a su diaria cita con su amante, plegó el periódico e, incorporándose con "El Caso" en una mano y el casi vacío cristalino recipiente en la otra, dijo, al tiempo que se lo alargaba al joven:

-Anda, Honorio, hijo, suelta las vacas y llévalas a la dehesa un par de horas que yo voy al lavadero a ayudar a tu madre a subir los calderos de ropa.

Honorio, hijo único (rara cosa en el pueblo) y en los umbrales de la mocedad, cerró la novela, apuró el porrón, se lo devolvió y con un lacónico "voy", se dirigió hacia la cuadra.

Con las dos vacas de la yunta y otra que estaba criando, atravesó casi todo el pueblo por la calle de Abajo en dirección a la dehesa comunal próxima al mismo. Las metió y tranquilamente, bien tieso, con el pecho fuera, marcando paquete y con las manos en los bolsillos -"con trazas de chulo putas", que solía decir su padre cuando le veía caminar así-, comenzó a desandar el camino.

Mientras regresaba, sus oídos se abrieron sin trabas al paisaje sonoro de la tarde. En la lejanía, el dolondón de cencerros, ladrido de perros, mugidos de algún ternero llamando a su madre, gritos de niños (que alegre y ruidosamente se divertían)...; en las cercanías, saludos, el grito de algún adulto, el crepitante rodar de carros y más cencerros, cantos y piar de pájaros, cacareo de gallinas...

Al desembocar, Honorio, en una recoleta placita donde las mujeres, sentadas a la sombra de unas acacias o al solete -según época y tiempo- acostumbraban a darle con gusto y por igual a lengua y aguja, las cuatro que allí había no le dejaron ni saludar. Era obvio, lo habían planeado -seguramente alguna de ellas lo vio pasar con las vacas y se lo propuso a las demás-, pues en cuanto le vieron asomar, abandonaron con inusitada celeridad y a la par sus labores y se abalanzaron sobre él, gritando: "A contarle los perrillos".

En aquel instante su paisaje sonoro se redujo, exclusivamente, a cuatro voces que, como los mejores coros, interpretaron a la perfección para su vergüenza pero para goce y disfrute de ellas la tradicional canción del bautismo de la mocedad.

Lo derribaron, y mientras una le sujetaba las piernas, abrazada a ellas, dos se encargaban de los brazos en tanto que la Tomasa, sin el más mínimo rubor, le desabrochaba la bragueta. Por fin había llegado el momento de rendirse, cual oveja ante su esquilador, a aquella tradición paralela a la "oficial" y que, precisamente por serlo, escapaba en ocasiones al único control posible, que era el del sentido común, pero cuya espontaneidad y frescura compensaban los inevitables excesos en su cumplimiento y en cualquier sentido.

Aunque fuera inútil, al principio intentó resistirse, cosa que, como era lógico, enardeció aún más a aquellas cuatro mujeres casadas y todavía jóvenes -porque casadas habían de ser las que dieran en representación de todas las demás su visto bueno al "nuevo mozo"-, anticipándose, como siempre sucedía, al reconocimiento como tal por parte de todos los mozos del pueblo durante una buena merendola convenientemente regada y que corría a cuenta del pobre neófito, o mejor dicho, de los neófitos de aquel año.

En cuanto que la Tomasa, la más joven y osada, consiguió sin excesivas dificultades abrirle "la sacristía", como ellas decían, los gritos y las risas resonaron triunfantes en la tarde veraniega. "sácale el cura, que lo veamos todas", decía una. Y la Tomasa: "que no se lo encuentro". Y otra: "a ver si no tiene..." "Sí, sí, aquí lo tengo; ¡y vaya, vaya!..., exclamó la Tomasa. "A ver, a ver...", clamaban las otras.

Cuando ya su encogido y desmayado "cura" estuvo suficientemente expuesto, la Tomasa apuntó: "Para que un cura pueda decir bien la misa son necesarios los dos monaguillos, ¿no?" "¡Venga, abre de par en par la sacristía, sácaselos también y que los veamos todas!" -pidieron las otras.

Así lo hizo. Y después de contemplar las cuatro a sus anchas las vergüenzas del pobre Honorio, la Tomasa, sin el menor reparo, empuñó el caído badajo y con un movimiento de abajo hacia arriba, animó a las demás: "Venga; a contarle los perrillos; que cada una diga uno". Y comenzó ella misma repitiendo el vaivén: "Por la Luna del tío Garranchito". Y continuaron las demás.

Se trataba de propinarle un tirón nombrando a la vez un perro del pueblo y a su amo, como a las orejas en los cumpleaños, pero con ganas. "Por el Sol del Tomelosé"... "Por el Madero del Churris..." Por la Chata del tío Matraco..."

Los respectivos tirones y consabidas frases iban acompañados de procaces comentarios, unas veces de elogio y otras de burla: "Poco pelo tienes, así que poca alegría..." "Te tiene que crecer un poquito más el badajo, amiguito..." "Pero a lo ancho no, que ya está bien..." "No está mal el conjunto, ¿verdad?"...

La enumeración de perros y amos era fluida porque el pueblo contaba con muy pocos habitantes; y dado que era tanto o más ganadero que agrícola, abundaban los perros, siendo tan importantes que todos los conocían por sus nombres como a sus propios amos. Además, en razón de las adras (prestaciones personales, gratuitas y por turno para el bien común) se había establecido un orden de los vecinos que todos conocían desde niños, por tanto, no tenían más que seguirlo.

El final del pequeño tormento llegaba con el tirón cuarenta porque, según se decía, "el que a los cuarenta es mozo, hasta la muerte solo". Y con ello se pretendía, primero, ahuyentar, con ayuda de los perros invocados, los malos espíritus de la soltería y, después, que al menos uno, si se quedaba soltero, le hiciera compañía hasta su muerte, por ser el perro el mejor amigo del hombre.

Mientras duró el "pitorreo", Honorio permaneció en silencio sin responder ni a sus atrevidos comentarios ni a sus malintencionadas preguntas. Inmóvil y en tensión mantuvo los ojos cerrados, en un vano empeño por sustraerse a las burlas y a su propia vergüenza, hasta que se percató de que a partir de la segunda o tercera ronda, la Tomasa se daba muy buena maña en alargar su turno cambiando estirón por caricia. Cuando se decidió a mirarla, disimuladamente, vio en sus ojos un brillo desconocido para él y en sus labios una sonrisa que dejaba entrever el juguetón pico de su lengua.

Con un simple "hala, mozo; que tengas una buena mocedad y un mejor casamiento", dicho a coro después de haber contado el último perrillo, acabó todo. Lo dejaron en el suelo con la bragueta abierta de par en par y regresaron a sus interrumpidas labores. La Tomasa lo hizo la última diciéndole algo que no entendió.

Se incorporó, y sin atreverse a mirarlas, aunque al parecer se habían desentendido de él, se recompuso torpemente y se marchó de allí a la francesa, sin prisas y tratando de no hacer ruido, temeroso de atraer de nuevo la atención de aquellas cuatro mujeres y la de posibles silenciosos mirones.

No habría recorrido más allá de cincuenta metros, cuando Honorio oyó a sus espaldas unos apresurados pasos y una voz que le decía:

-Honorio: espera un momento.

Se volvió con fuego en la cara porque había reconocido la voz: era la Tomasa, la cual, ya a su altura, prosiguió:

-Si no tienes prisa, ven un momento a mi casa, que Mi marido no está y me urge cambiar de sitio unos sacos y yo sola no puedo.

 

 

II

En la escalerita, manos obedientes

Emparejados, pero guardando entre ambos una prudencial distancia, recorrieron el corto trayecto hasta casa de la Tomasa charlando animadamente:

-Qué, ¿ya habéis metido la hierba? -preguntó la Tomasa.

-Sí, hace un rato que descargamos el último carro -respondió tímidamente Honorio sin girarse hacia ella porque conservaba muy viva en la memoria aquella brillante mirada de los grandes y espléndidos ojos negros de la mujer clavados en los suyos y aquellas disimuladas caricias a su desmayado badajo.

-Pues a nosotros aún nos queda un par. Esperemos que no le dé por llover y nos fastidie la cosa.

-No, no tiene pinta.

Cuando llegaron, Honorio percibió que el fuego de su cara habíase ido desplazando, concentrándose ahora en su entrepierna. A duras penas consiguió evitar que su badajo repicara a gloria en la campana del deseo anunciando a la Tomasa, con un invisible pero palpable pendón enhiesto, la orgiástica fiesta que se desarrollaba en su interior.

Franquearon el umbral de la puerta, tan sólo entornada como era costumbre de la mayoría en el pueblo cuando no abiertas de par en par, atravesaron el portal y entraron en la espaciosa cocina. Una vez allí, la Tomasa, señalando el porrón que esperaba ávido de caricias en el centro de la mesa, le invitó a darle unos toquecitos mientras ella iba a hacer unas cosillas.

Así pues, a solas, Honorio dispuso de algunos minutos para calmar sus ardores fijando su atención en los elementos que lo circundaban: una redonda mesa con su limpio hule a cuadros, un par de sillas, un banco ante el hogar con la lumbre apagada, la campana de la chimenea con distintos botes de cristal en la repisa que la rodeaba, una alacena, la cantarera, una pila de fregar, un calendario clavado en una pared...

-¡Ya estoy aquí! -dijo la Tomasa sobresaltándolo y arrancándole de su observación-. Ven, Vamos a la cuadra que te mostraré lo que quiero que hagas y que no se trata, exactamente, de trasladar unos sacos.

Honorio, asintiendo con un ligero movimiento de cabeza, la siguió mientras, al contemplarla por detrás a sus anchas y sin miedo a ser visto, se decía para sus adentros: "¡Rediós, qué culo tiene! ¡Y, Recristo, qué piernas, y además no lleva medias! ¡Joder, qué carnes más prietas y tan bien repartidas por ese cuerpo ágil, fuerte y sin pizca de grasa"! Está para que no sólo el León, su marido, la goce, sino otros muchos animales de la selva humana, pero...

No pudo reprimir que, de nuevo, en su sacristía se agitaran cura y monaguillos ante la perspectiva de celebrar misa de fiesta mayor. Así que entre lúbricas perturbaciones mentales proyectándose sobre el cuerpo en ardorosas corrientes, oyó próxima y a la vez lejana la voz de la Tomasa que le explicaba nada más entrar en el establo:

-Mira, ¿ves este arcón? Está dividido en dos compartimentos: uno con cebada y el otro con trigo. Como mide un metro y pico y ya hay poco grano, tengo que poner esta escalerita para, inclinándome, llegar hasta él y sacarlo a canastos e ir llenando el costal que ves aquí en esta silla. Cada vez que intento sacar uno corro el riesgo de caer de cabeza dentro, por tanto, anda, sujétame que comienzo la tarea.

Diciendo esto, se encaramó en lo alto de la escalerita y con el recipiente en la mano se dobló para llenarlo.

-Acércate y abrázame la cintura. Así, así. Aprieta pero lo justo para que no me caiga.

En cuanto la Tomasa introdujo cabeza y pecho en el arcón, estirando al máximo el cuerpo, Honorio notó, para su placer, que sus brazos y manos se deslizaban hacia abajo con lo cual éstas percibían nítidamente el vientre plano de la mujer, en tanto que aquéllos abrazaban el rotundo trasero que ella movía en un vaivén que propiciaba el roce con el cuerpo del mozo.

Cada vez que extraía un canasto, el cuerpo de la Tomasa recuperaba su extensión normal; con ello ascendían brazos y manos hacia las duras peras al cuarto que le ponía en el dorso de aquellas. Después de vaciar el grano en el saco, vuelta a lo mismo.

Tras unas cuantas excitantes bajadas y subidas, sin que Honorio se atreviera a ir más arriba, más abajo o apretarse más, oyó decir a la Tomasa:

Un momento, un momento, deja que me tome un respiro y relaje los brazos.

Y a renglón seguido, sin pedir que la soltara, puso el culo en pompa, apoyó el canasto en el borde del arcón sujetándolo con una mano, mientras que bajaba la otra rozando como por casualidad la bragueta de Honorio. Éste, que no esperaba tal movimiento, contuvo la respiración y el respingo, expectante.

La mujer, lenta y suavemente fue moviéndola de izquierda a derecha, de arriba a abajo percibiendo, con absoluta claridad, la agitación del enhiesto badajo de Honorio a punto de repicar a gloria.

La mano de la Tomasa sí que fue más allá. Diestramente descorrió botón a botón el frágil cerrojo de la sacristía hasta dejar a los celebrantes expuestos, ahora sí, al exclusivo manoseo de la mujer, que volviéndose hacia Honorio le dijo con cálida voz y entre suspiros:

-Anda, guapo, mete tu mano debajo de mi falda y acaríciame el culo y el coño, que yo voy a masajear este duro tronco hasta que expulse la última gota de su savia.

Honorio, seca la garganta, temblorosas las manos y con los ojos haciéndole chirivitas, no se hizo repetir el ruego u orden. Procurando no interferir en la placentera actividad de la mano femenina, bajó los brazos para que sus manos buscaran el borde de la falda, la alzaran y descubrieran que las bragas brillaban por su ausencia, con lo cual gran parte del paraíso femenino se le mostró en todo su esplendor.

Inexperto, instintiva y tímidamente fue deslizando sus manos por el culo, el vientre, la parte exterior de los muslos, la interior..., demorando acercarse al centro del edén. Entretanto, y ronroneando cual gata en celo, la Tomasa hábilmente acariciaba la cabeza de la culebra de Honorio, la descapuchaba, bajaba hasta las bolas, las envolvía, las apretaba con suavidad, peinaba su vello púbico..., hasta que, empuñado el mango de la bandera de la Santa Tradición, comenzó a subir y bajar por él, primero lentamente y después acelerando el ritmo. El joven, repentinamente, se quedó quieto, cerró con fuerza los ojos, y por mucho que lo intentó, no pudo impedir que entre convulsiones la culebra tiñera de blanco la pared del arcón y alguna parte de las piernas de la Tomasa.

-¡Hooostias! ¡Jodeeer! ¡Me he corrido! -Exclamó Honorio con reprimida rabia.

-No te preocupes -dijo ésta-. Ya verás qué pronto, orgullosa, vuelve a mirar para arriba. Tú, suave, lentamente sigue, sigue... Así, que vas bien. Ahora mete tu dedo pulgar en mi húmeda cueva. ¡Ahí, ahí, ahííí! Con los otros dedos, acaricia el mullido césped de mi montecito. ¡Qué bueno, qué bueno! Y ahora, busca un bultito. Sí, ése, ése, y frótalo. ¿Ves? Ya se te está poniendo dura otra vez. Mete y saca el pulgar. Más rápido, más rápido, así, así, al mismo ritmo que yo te la sobo y te la voy sacudiendo. Con la otra mano sube despacio acariciándome el vientre, el estómago y recréate en mis tetas. ¡Así, asííí! ¡Mete el dedo más adentro y muévelo. ¡Dale, dale, dale...! ¡Venga, venga, que me voy!

Los suspiros, los gemidos y la frenética actividad de sus obedientes manos dieron paso, por fin, a un prolongado aaaaahhhh, oooh y otras placenteras interjecciones de ambos, así como a un posterior tembleque y agarrotamiento de las mismas. Tras ello, Restablecido el orden, al pie del arcón de la preconcebida excusa, dejaron vacío el deseo y medio lleno el saco de grano.

En silencio salieron de la cuadra y en silencio entraron en la cocina. A continuación, la Tomasa, al tiempo que le ofrecía el porrón, advirtió a Honorio:

-Mira, muchacho, Ten cuidado; que ni por casualidad se te ocurra comentar con nadie lo que ha sucedido aquí. Yo lo negaría, e incluso te acusaría de que has intentado abusar de mí. Y ya sabes cómo se las gasta mi marido. Lo hemos pasado bien, y ya está. No me busques para repetir la experiencia y mucho menos para ir más allá. Échate un traguito de vino a nuestra salud, y adiós muy buenas.

-Adiós -respondió Honorio después de un prolongado trago y depositando el porrón suavemente sobre la mesa-. Pierde cuidado. Soy y seré una tumba.

Y se marchó muerto de ganas de seguir adentrándose y explorando el frondoso bosque del deseo.

 

 

III

En el río, lenguas de fuego

La Tomasa, ya a solas, mientras se relamía de gusto al rememorar paso a paso lo acontecido, sonreía pensando en Antolín, el próximo mozo que pasaría por la pila bautismal de sus deseos. Antes, no obstante, tendría que ordeñar a su marido bien en la cama o donde les cuadrara cuando éste metiera las ovejas en la majada y cenaran, pues el recipiente estaba siempre dispuesto y a mano para acoger, tras placenteros revolcones, el cálido chorro de ese bonito tubo que tanto le gustaba exprimir y que hasta entonces había saciado a plena satisfacción su celosamente escondida sed ninfomanística.

"No sé qué me sucede últimamente, pero el caso es que la caldera de mi mente ha convertido mi cuerpo en un infierno: los labios, los verticales y horizontales apenas pueden retener la permanente erupción de mi volcán y los botones de mis tetas, se yerguen, ardientes, reclamando caricias y más caricias. Por eso, la lava de mi pasión amenaza con asolar aquellos cuerpos que se interpongan y me apetezca abrasar. Sin perjuicio de imprevistos deseables, tengo que trazar con todo cuidado y al detalle mi itinerario -susurró-. "A ver, a ver; mañana en el río...".

Antolín, al igual que Honorio, aquel año estrenaba mocedad. Era el mayor de cuatro hermanos. Tímido, cuadriculado y muy trabajador poseía las luces justas y necesarias para ser un buen labrador. Como la precaria salud de su padre no se lo permitía, con el asesoramiento y ayuda de éste, la de su madre y la de alguno de los hermanos más pequeños, a efectos del campo y sus tareas se había convertido en el jefe de la familia.

-La hierba ya está en casa -se dijo satisfecho-. A ver si con la cosecha de cereales tenemos la misma suerte. Encima este año viene cojonudamente. Bajaré al río y me pegaré un buen baño.

Dicho y hecho. Informó de ello a sus padres, y cuando la tarde, al son de cantos de grillos y croar de ranas, perdía su identidad adoptando el nombre y apellidos de la noche, se dirigió hacia el río como solía hacer al final de cada jornada laboral durante el período veraniego.

Esos baños, que suponían para él todo un relax después de las duras tareas, los prefería realizar en solitario. En consecuencia y para evitar compartirlos con otros mozos o cualquiera otra persona, acostumbraba a bajar bastante tarde.

Como cada día, fue al mismo lugar: un remanso custodiado por unos cuantos álamos y un poquito más allá algunos prados cercados de piedra o alambre.

Al pie del álamo de siempre dejó los pantalones, la camisa (y una vez verificado que no había moros ni moras en la costa) se despojó también de los calzoncillos y... ¡al agua tal cual su madre lo trajo al mundo!

A través de un adecuado agujero de la empedrada pared de uno de esos cercanos prados, un par de brillantes ojos preñados de lujuria no perdían detalle del cuerpo y sus abluciones.

Achaparrado, moreno, sin una pizca de grasa, Antolín no era guapo, pero tampoco feo. A la Tomasa le ponía a tono pensar que ella, convertida en santa Juana la Bautista, tendría el privilegio de bautizar en alguna de las variantes sexuales y a orillas de este desconocido Jordán, a un insignificante mesías de la timidez. Por tanto, aprovechando un momento en que Antolín de pie y completamente desnudo en medio del poco profundo remanso miraba hacia el cielo, le comenzó a chistar.

En un principio, Antolín, tratando de localizar la procedencia del sonido, deslizó la mirada en derredor. Imposible ubicarlo, pues el chistador o chistadora, escondido probablemente tras el muro de uno de los prados aledaños, no lo repitió. Por consiguiente, a continuación, sabiéndose observado, no vaciló en salir de najas, chapoteando, hasta la orilla y, posteriormente, correr hacia el álamo donde dejara la ropa con la intención de vestirse o taparse, al menos, sus partes íntimas lo antes posible. Mas, cuando estaba a punto de llegar, descubrió, para su sorpresa, a la Tomasa que, tan campante y con los brazos en jarras, salía del prado por la puerta como mandan los cánones.

El joven se quedó paralizado. La mujer, como si pasara casualmente por allí y como si el traje de Adán no le atrajera lo más mínimo, se le fue acercando con los ojos clavados en los suyos que, a duras penas, pudieron sostenerle la mirada durante unos pocos segundos. Al cabo de los cuales, no se sabía si la película líquida que cubría su cuerpo era producto del agua del río o del sudor.

Hasta la nublada mente de Antolín llegó la voz de la Tomasa.

-Tranquilo, tranquilo, hombre, que no pasa nada. Quédate así, de pie y deja que esta espléndida luna llena, las brillantes estrellas y mis ojos se recreen en tu cuerpo.

Antolín, sin saber cómo ni por qué, obedeció incapaz de articular palabra ni dar un paso atrás ni adelante. Cuando sintió la mano de la Tomasa en su hombro, experimentó un ligero estremecimiento que le hizo emerger del trance y percatarse de que seguía completamente desnudo y con un tremendo ardor que recorría todo su cuerpo.

La mano de la Tomasa fue deslizándose suavemente por los hombros y espalda de Antolín. A éste comenzó a gustarle la cosa, hasta tal punto que su rigidez cedió como por ensalmo propiciando que su mente y cuerpo anhelaran que la extremidad femenina, ampliando el campo de reconocimiento, arribara al frondoso pubis y alrededores. Fue entonces cuando la blanca paloma que incubaba un hermoso par de huevos, principió a levantar el vuelo para anunciar que el mesías de la timidez estaba a punto de ser bautizado.

Y cuando, asombrado hasta no decir basta, Antolín vio que la Tomasa, primero, de pie ante él, sellaba los labios a los suyos, después el pico de la lengua se los acariciaba, más tarde se los abría para jugando con la suya llevarlo casi al éxtasis, y, por último, se ponía de rodillas ante el altar de su sexo en pie de guerra santa, oyó gritarse en silencio: ¡Ésta es mi polla amada; en ella tengo todas mis complacencias!

Y vaya si las tuvo; pues Mientras las bolas descansaban en la bandejita de la palma de la mano de la mujer que cálida y sutilmente las envolvía, ésta, descapullándolo, circuncidaba aquélla con la lengua, se la introducía poco a poco en su boca hasta hacerla desaparecer.

-Me voy a correeer, me voy a correr -gimió apretando los dientes.

Y, en efecto, eyaculó para satisfacción de la Tomasa, pero no en su boca, pues Su simiente, tras el veloz retroceso de la cabeza femenina, surcó el aire para mezclarse después con la húmeda tierra.

-Anda, cachorrito mío, ven -dijo la mujer, agarrándolo de la mano-. Vamos al río a darnos un agua.

En tanto que Antolín se sumergía en el río, diluyendo en sus aguas grumitos de leche en polvo, la Tomasa, alzándose las faldas, mostraba al joven y al claro cielo nocturno un maravilloso conejo a punto de ser sometido al efecto purificador del agua.

-Ahora -volvió a hablar la Tomasa-, vamos allá -y señaló el prado del que surgiera cual turbadora y masturbadora aparición minutos antes, añadiendo-: No te vistas, que me gustas más así.

Obediente como niño que tiene la certeza de que algo maravilloso le espera, se dejó conducir. Al traspasar la carcomida puerta, en un rincón, Antolín divisó una manta extendida hacia la que se dirigieron.

-Ponte de rodillas -le pidió la Tomasa ya al borde de la misma-, que vamos a escribir, a grabar en esta esponjosa manta, a la magnífica luz de este brillante firmamento, el "dividinoso" número de la humana Biblia: el 69.

A continuación, vestida de Eva, se tumbó sobre la manta cara al cielo, bajo el arco del triunfo del joven y con sus piernas dibujando el máximo ángulo agudo posible.

-Ahora -le exigió: "Bésame, bésame mucho como si fuera esta noche la última vez". Así, asííí... Vamos, sigue, sigue... Ponme en solfa y a musicales lamidos las tetas. Baja, baja... Cómete a mordisquitos y lametazos mi conejo al horno en salsa de río. Y, por último, deja que mis manos acaricien esta fina pescadilla recién salida de ese mismo río y me la trague poquito a poco.

-La lengua fue siempre compañera del imperio del sexo. Por eso, las dos bocas y lenguas de fuego de aquel Pentecostés veraniego, iluminaron las mentes y achicharraron los cuerpos hasta convertirlos en cenizas de suspiros, jadeos, gemidos y un prolongado grito que abrió las compuertas del líquido que apagaría, a la postre, el devastador incendio.

Compuestos, sin novia y con marido, tras la firme y consabida advertencia de la Tomasa de guardar el secreto, primero la una y después el otro, abandonaron el prado y regresaron a sus casas, no sin antes comprometerse Antolín: "No temas. Mi lengua se la ha llevado el río, aunque el fuego del sexo no se ha extinguido en mí, sino que duerme en rescoldos que alguien reavivará".

 

 

IV

En el campo, culos de buen asiento

La Tomasa llegó a su hogar más contenta que unas pascuas y, aunque parezca mentira, con ganas de dar su diaria ración de conejo a León, su insaciable marido, el cual lo ensartaría a puros huevos con su duro y enorme vergajo para ponerlo a las brasas del fuego devorador de su amor.

Aunque satisfecha, relajada y ya al borde del reparador sueño, su libidinosa lucecita siempre latente, todavía le permitió vislumbrar en el puntito mental de un deseo por satisfacer, la figura escuchimizada de Filiberto el Cuatrochichas, el menor de cinco hermanos, pastor del rebaño de cabras de los vecinos del pueblo y que aquel año también se abría a la mocedad.

Con un "a ver cómo me las apaño con este mariconcete", llamando repetidamente a las puertas de sus oníricos aposentos que por entreabiertos ventanucos proyectaban hacia un cercano futuro el deseo sexual de una nueva experiencia, se durmió profundamente.

Filiberto el Cuatrochichas era un mozo que a duras penas rebasaba el metro y medio. Poquita cosa -pero con una salud de hierro-, con modos y gestos más propios de moza educada y finolis que otra cosa y desde pequeño muy leído, con objeto de sustraerse a las burlas de jovencitos y no tan jovencitos, cuando a los 14 años salió de la escuela decidió, con el beneplácito de sus padres, presentar su candidatura al puesto de cabrero, vacante por aquellos días al haber emigrado el anterior de la noche a la mañana al Pacífico debido a un cólico miserere.

Se lo concedieron. Y desde entonces vivía más en el campo que en el pueblo, aunque no por ello renunciase a mantener sus buenas y agradables conversaciones con sus gentes, si bien procuraba eludir ocasiones propicias a chanzas acerca de su más que evidente -para la mayoría- aberración, desvío, desgracia... sexual. Sin embargo, ¿quién sabía a ciencia cierta si le gustaba dar, recibir, las dos cosas exclusivamente con y por los Adanes, o si, inclusivamente no hacía ascos a las Evas de este jodido paraíso del que no puede ni podrá expulsarnos ni Dios?

"La del alba sería" cuando león exhaló el ruidoso bostezo de cada día, desperezó sus casi dos metros de cuerpo y la Tomasa puso en danza el suyo. Al son de los chorros de sus respectivas fuentes esbozaron el reparto de las tareas de la jornada: mientras León se encargaría de meter la hierba que quedaba, la Tomasa pastorearía las ovejas.

Desayunaron juntos, y juntos realizaron los preparativos de sus específicas actividades que, en el caso de la mujer, iban hasta llevarse un ovillo, las agujas de hacer punto y el jersey de lana que estaba tejiendo a su marido, y que por ser de tales dimensiones, tenía que aprovechar cualquier rato perdido si quería que lo estrenara el próximo invierno.

Sin zalemas de ningún tipo y olvidadas sus entrepiernas, con un simple "hasta la tarde", cada uno se fue a lo suyo.

Ya habían comido las ovejas y ya amodorradas descansaban después de una mañana con el continuo ir y venir en busca del pasto, cuando la Tomasa divisó no lejos de allí que el rebaño de cabras pastoreado por Filiberto hacía otro tanto.

-Ésta es la mía -pensó enardecida-. A pesar de la chicharrina que está cayendo y que hace sestear a cualquier bicho, excepto a las moscas, incluidas las cojoneras, si no consigo que el pájaro del Cuatrochichas levante el vuelo, no soy nadie.

Y tras ordenar al perro que vigilara el rebaño, se dirigió hacia el lugar donde se hallaba el joven cabrero, al pie de un enorme roble, a la sombra del cual y apoyado en su tronco, absorto leía un libro.

-Qué, Filiberto, ¿es bonito el libro? -preguntó la Tomasa ya junto a él.

El mozo dio un respingo.

-¡Vaya susto! -exclamó-. No te he oído llegar -y agregó: No está mal.

-¿Cómo se titula?

-Dafnis y Cloe.

-¿Y de qué va?

-De dos pastores... -y le hizo un breve resumen de lo que hasta entonces llevaba leído.

-Pues ¿qué te parece si nos tumbamos aquí como ellos y me lees un poco?

-De acuerdo.

"... Al día siguiente llevaron el ganado a pacer, y al verse, se besaron, lo cual nunca habían hecho antes, y se estrecharon las manos y se abrazaron. Con el tercer remedio, con el de acostarse juntos desnudos, era con el que no se atrevían, sin duda por requerir mayor atrevimiento que el que cabe, no ya sólo en doncellicas ternezuelas, sino también en cabreros de corta edad. Aquella noche estuvieron tan desvelados como la anterior, y ya con recuerdos de lo hecho, ya con pesar de lo omitido, decían en sus adentros: "Nos hemos besado, y de nada aprovecha; nos hemos abrazado, y tampoco hemos tenido alivio. Por fuerza, el único remedio de amor ha de ser acostarse juntos. Menester será ponerlo por obra. Algo ha de haber en ello más eficaz que el beso".

En tales discursos acabaron por dormirse, y sus ensueños fueron amorosos: besos y abrazos. Aún lo que no habían hecho despiertos, lo hacían soñando: se acostaban juntos desnudos.

Despertáronse luego con el alba más prendados que nunca, y se apresuraron a salir a pastorear, impacientes de renovar los besos. No bien se vieron, corrieron con blanda sonrisa hasta juntarse; se besaron y se abrazaron; pero el tercer remedio no se empleó. Ni Dafnis se atrevía a proponerlo, ni Cloe quería tomar la iniciativa. El acaso hubo, pues, de disponerlo todo.

Sentados estaban ambos junto al tronco de la encina, y gustaban del deleite que hay en el beso, y no lograban hartarse de su dulzura. Ceñíanse con los brazos para que la unión fuese más apretada. Una vez, como Dafnis apretase con mayor violencia, Cloe se cayó sobre un costado, y Dafnis, siguiendo la boca de Cloe para no perder el beso, se cayó también. Reconocieron entonces en aquella postura la que en sueños habían tenido, y se quedaron así durante mucho tiempo, como si estuviesen atados. Sin adivinar lo que había después, creyeron haber tocado al último límite de los gustos amorosos, y consumieron en balde la mayor parte del día, hasta que al llegar la noche se separaron maldiciéndola, y recogieron el hato. Quizás hubieran llegado pronto al término verdadero, a no sobrevenir un alboroto en aquel rústico retiro...".

-Para, para, Filiberto -interrumpió la Tomasa-, ¿a ti quién te pone más cachondo, ese Dafnis o la Cloe?

El mozo no sólo no rehuyó la pregunta, sino que con toda tranquilidad y sin un ápice de vergüenza que dejó boquiabierta a la mujer, respondió:

-Indudablemente, Dafnis. Aunque, realmente, lo que me excita es la pugna del amor inocente por abrirse camino, por adentrarse en el maravilloso y sabio mundo de la naturaleza de dos cuerpos fundidos en uno.

-Y si yo te metiera mano, te empalmarías?

-No sé. Si lo deseas, prueba a ver. No tengo ningún inconveniente.

Sorprendida ante tal desinhibición, la Tomasa se sentó lentamente, miró el pequeño cuerpo (antítesis del de su marido) extendido, inmóvil y aparentemente relajado, esperando. Se inclinó hacia él, y despacio, despacio sus labios buscaron los del joven, que cerrados no respondieron a la caricia que, por otra parte, no era impelida por el fuego devorador del deseo, sino por el frío de un experimento con cuerpo pero sin alma.

-¿Qué sientes? -le preguntó la Tomasa.

-Absolutamente nada -respondió Filiberto-. Es como si me hubiera besado mi madre. Sigue intentándolo si quieres.

La mujer, considerando que si ella no entraba en ebullición, difícilmente podría cocinar tan dura carne, decidió intercambiar los papeles. Se tumbó, cerró los ojos y le invitó:

-Bésame, bésame tú, Filiberto.

-Bueno -aceptó él, indiferente.

La Tomasa, entonces, requeteconcentrada esperó el beso. Éste se demoró algunos segundos en llegar. Cuando lo hizo, la delicadeza de los finos labios y la de una pequeña lengua que se paseaba por los suyos pidiendo con extrema sutileza permiso para entrar en su boca, la cautivó.

La dejó entrar. Le presentó la suya y, entrelazadas, sin prisas y sin brusquedades compartieron, sin gemidos, el tiempo necesario para que su cuerpo comenzara a caldearse. A fin de subir la temperatura, la Tomasa le invitó a cambiar de lugar, pues sus tetas esperaban ansiosamente que sus manos, boca y lengua tomaran posesión de ellas.

Filiberto obedeció sin decir palabra. Y sin decir palabra se entregó a atizar la estufa. Y tan maravillosamente lo hizo, que la mujer no necesitó que sus placenteros instrumentos fueran más abajo.

-¿Quién te ha enseñado a manejarte tan diestramente en estos menesteres -interrogó La Tomasa, ciertamente sorprendida.

-El sentido común y el deseo de complacer -contestó el mozo.

-Pues ahora me toca a mí. Túmbate de nuevo.

Cuando lo tuvo otra vez, inmóvil, extendido y aparentemente relajado, la Tomasa alargó su mano hasta la bragueta y comenzó a desabrochar los botones. Con el último, que era el primero, y desabrochado también el cinturón, ante la imperturbabilidad de Filiberto, tiró hacia abajo de pantalones y calzoncillos exponiendo el nido armoniosamente confeccionado por obra y gracia de la naturaleza. A continuación, se los quitó, incluidas las albarcas, e inició la sesión de masaje, olvidada de su cuerpo y concentrada en el del joven, que de momento no respondía a sus estímulos. Sin abandonar la delantera, en la que una mano persistía tenazmente en hacer sonar la flauta y los cascabeles, la otra procuraba arrancar del escurridito pandero las notas que habrían de componer la universal canción del sexo.

Por fin, cuando, expuesta al calor del sol la parte inferior del cuerpo de Filiberto, el diestro y pertinaz manoseo de la Tomasa, acompañado de frenéticos lametazos y de cualquier palabra estimulante que se le ocurría, dio sus frutos, ésta se enardeció.

-¿Qué quieres que te haga?, ¿qué te apetece? -preguntó jadeante por el esfuerzo y por un desenfrenado deseo.

-Espera -pidió Filiberto-. Y gateando, con el culo en pompa, se acercó al morral, extrayendo del cual un diminuto botecito y un instrumento que entregó a la Tomasa, ordenándole: Ponme en el culo una miajita de vaselina y méteme esto poco a poco.

Antes de satisfacer la solicitud del joven, la Tomasa observó maravillada el artilugio. Era una perfecta reproducción de un pijo de madera, hábilmente trabajada y refinada con gran sutileza.

-¿Lo has hecho tú? -interpeló la mujer.

-Sí, sí, en mis muchos ratos libres, mientras pastoreo. Con él, para que lo sepas, de vez en cuando me pongo un placentero supositorio. Anda, métemelo ya.

Cumplió tan bien y diestramente la orden que, al cabo de unos cuantos mete y saca con esprín final, los cascabeles transportaron deliciosas notas hacia la flauta, que al ritmo de un pandero con gran destreza golpeado, esparcía por la tierra las blancas melodías del celeste placer.

-Y ahora, mi querido Filiberto -dijo la Tomasa-, hazme tú a mí lo mismo. Si en el proceso te vuelves a empalmar, imagínate que soy un hermoso mancebo, porque permitiré que tu culebrina de carne duerma una reparadora siesta en el seno de mi virginal culo.

Antes de separarse y que cada uno volviera a fijar la atención en su respectivo rebaño, acordaron, por el bien de ambos, que esto se repetiría, dando y tomando por allá, pero tomando por aquí, por acá y por allí las máximas precauciones.

 

 

V

En la iglesia, confesiones y penitencia.

La Tomasa, doblemente jodida por detrás, pero enteramente satisfecha de la nueva experiencia vivida, mientras encerraba en la majada las ovejas, rumiaba para sus adentros que si la picha artificial era toda una obra de arte, la de carne y sin hueso pero dura como un palo, era preferible, y que si la metían por delante, mucho mejor.

Con éstos y otros lubrificantes pensamientos, llegó a su casa, donde su León, bien comido, bien bebido y desde el día anterior no jodido, la esperaba rugiendo de deseo.

Y el rugido se convirtió en ronroneo nada más verla traspasar el umbral de la puerta de casa, impregnada de un sutil pero penetrante y enardecedor olor a hierba seca, a oveja, a cabra, a morueco y macho cabrío en ebullición sexual.

-ven acá, cordera -ronroneó el león transformado en manso gato.

-Aquí me tienes, Leoncito mío, a tu entera disposición sonriendo amplia y verticalmente -repuso dócilmente la ovejita.

Y diciendo esto, se fue hasta su marido, sentado cómodamente en una silla, tiró de él hasta incorporarlo, lo dejó en marianos en un santiamén, de palabra y obra hizo que se sentara de nuevo, y sin más preámbulos, remangándose las faldas, se ensartó en la enhiesta verga del hombrón, que comenzó el proceso inverso pasando del suave ronroneo al descontrolado rugido de placer, que culminaría en uno largo e intenso, a la par que regaba a entrecortados latigazos de la verga el casi permanentemente húmedo valle de su fogosa Tomasa.

Distendidos los músculos y calmado el temblor de piernas y manos, realizaron las últimas tareas domésticas de la jornada, y a la cama a descansar. Pero antes de refugiarse en los acogedores brazos de Morfeo, la Tomasa convocó mentalmente al grupito de nuevos mozos, y, apartando a los ya bautizados a su gusto y placer, echó el lazo del deseo al cuerpo de jota de Amador.

Amador, hijo del alguacil y sacristán del pueblo, era el guapo del lugar. Alto, espléndidamente proporcionado (y cual exótica flor transplantada a aquellos remotos lares) lucía un refulgente pelo rubio, finos y apetecibles labios y unos cautivadores ojos verdes que como potentes imanes atraían, sobre todo, a las mozas, hasta tal punto que a más de cuatro de ellas y en ocasiones varias, se les humedecían los horizontales y verticales labios.

Consciente de su atractivo físico, complementado por una innata simpatía, coqueteaba (siempre que se le presentaba la oportunidad) con toda mujer susceptible de levantarle el cautivo estandarte de su hombría y que dejara entreabierta la posibilidad de ir en peregrinación hacia la ermita o iglesia del sagrado corazón del sexo.

Y a la iglesia del pueblo se dirigía Amador a dar el diario toque de oración, cuando se encontró con la Tomasa que, saliéndole al paso como por azar, se le unió preguntándole entre pícaras sonrisas y con seductora voz:

-Qué, ¿a agitar el badajo?

-Sí, claro, como cada día -repuso el joven simulando fastidio.

-Si quieres te echo una mano.

-¿A qué?

-A qué va a ser, a agitar el badajo.

-Bueno, pues si así lo deseas, vamos allá.

Llegados al templo y una vez dentro del mismo, la Tomasa cerró la puerta y, a continuación, sumergió fervorosamente sus dedos en la pila del agua bendita, y tras dibujar una cruz en la frente de Amador se los pasó suavemente por los labios, que éste abrió mordisqueándolos y chupándoselos con delectación.

-¡Ufff! En vez de apagar la sed, esta bendita agua me la despierta -dijo Amador más que satisfecho.

-Toma, toma un poquito más -ofreció la mujer-. Y- volvió a repetir la operación. Seguidamente le selló los ardientes labios con los suyos hasta dejarlo sin respiración ante la cándida mirada de un par de angelitos negros y una joven Virgen blanca que los contemplaban, sonrientes, desde el pequeño altar situado frente a la puerta.

-¡Buf! -resopló Amador-. ¡Aire, agua, que perezco!

-Y el badajo, ¿qué tal está? -inquirió la mujer a tono y en el tono que demandaba el santo lugar.

-A punto de tocar a oración -contestó Amador de igual modo..

-Pues no le privemos de cumplir con su cotidiana obligación. Y uniendo acción y palabra, enlazó la mano del mozo y lo condujo hasta las dos cuerdas de las campanas de la torre que pendían justo al lado del confesonario.

-Procede -rogó fervientemente la Tomasa-, que mientras yo, de rodillas, como así lo exige el lugar y el momento, procedo a mi vez. Dicho lo cual y en tanto que Amador tañía las campanas, ella le abría la bragueta y empuñando el badajo lo hizo mover al ritmo que sonaban aquellas. Y ese día los habitantes del pueblo oyeron al final del toque de oración que las campanas repicaban muy aceleradamente.

-Concluido el toque y recogida la blanca ofrenda, la Tomasa expuso y propuso:

-Me he portado muy mal, por tanto deseo confesarme. Anda, métete en el confesonario y ejerce de cura bonachón.

El joven obedeció musitando un simple así sea.

Una vez dentro, se sentó, metió la mano en el nido, extrajo su revoltoso pájaro, y con él en la mano se dispuso a confesar a la pájara pinta, que esperaba arrodillada de nuevo cual afligida pecadora frente a la rejilla.

-ave María purísima -dijo el mozo reprimiendo la risa.

-Sin pecado concebida -replicó en un susurro la Tomasa.

-¿De qué se acusa, hija?

-Me acuso, padre, de tener unos labios ávidos de sellarse a los del hombre y una lengua ansiosa de trabar apasionada conversación con la de él; de acunar entre mis brazos dos delicadas tetas anhelantes de ser acariciadas por manos y lenguas hasta coser sus duros botones al libidinoso placer; de conservar casi permanentemente encendido mi horno, esperando con impaciencia que la varonil pala penetre en él con la masa necesaria para convertirse en exquisitos bocados que sacien el hambre de mi deseo. Me acuso, en fin, de poseer una cocina económica por cuerpo que precisa tanta y tanta leña, que amenaza con devastar el bosque del pueblo, si bien, de momento, por un determinado orificio sólo la mete mi marido.

Mortales son tus pecados, hija, porque matas, aunque sea de gusto y placer; por tanto, te impongo como penitencia, y bajo el estricto secreto de confesión, que me lleves al fuego del infierno y al gozo y éxtasis de la gloria. Para ello, tal como Dios me trajo al mundo me extenderé al pie del altar mayor con los brazos en cruz e inmolándome ante ti, por ti y para ti ofreceré mi cuerpo a tu refinada capacidad de martirio que a través del sublime y arrebatador placer nos llevará no ya a las puertas del cielo, sino al centro mismo de la gloria. Ego non te absolvo in nomem Eros, fileo y espíritu ancho y largo en forma de rábano. Amén.

Tras haber descendido al infierno y subido al cielo con el íntimo ascensor del goce corporal y mental, éste los depositó, exhaustos, en la tierra en la que ambos se comprometieron, una vez realizado el examen de conciencia, sin dolor de los pecados ni propósito de la enmienda, a confesarse al menos una vez al año, cumplir la penitencia, comulgar entre ascuas floridas y no ayunar ni abstenerse de comer carne como lo manda la Santa Madre Iglesia del deseo.

 

 

VI

En el trayecto y en la dehesa, animaladas

Gracias, precisamente al Dios que venera esa Iglesia, la Tomasa llegó aquella noche a su hogar con pocas ganas de fiesta mayor ni siquiera menor (tal había sido la dureza de la penitencia) por lo que, ante los requerimientos de su León, no tuvo más remedio que echar mano de reglas matemáticas y no matemáticas para resolver el problema que se le venía encima. Y no sólo eso, sino que su mente, a punto de entregarse al más que merecido descanso, no convocó a ningún mozo. Sin embargo, ya de buena mañana, con la concupiscencia renovada y al son del toque de diana de la trompeta de su marido, se abrió con gusto y en canal para él.

Ordeñados marido y vacas, el primero cargó el morral a la espalda, cogió la cachava y con un lacónico "hasta la tarde" se marchó a soltar las ovejas para pastorearlas como cada día; mientras que las segundas serían conducidas un poco más tarde por la Tomasa a la dehesa comunal.

Realizadas algunas de las habituales tareas domésticas (hacer la cama, fregar el par de cacharros, comprobar el estado de cántaros y botijo, rellenarlos si fuera preciso, barrer la casa...) decidió que ya era hora de sacar las vacas.

Con ellas por delante, emprendió el corto trayecto hacia la dehesa. Durante el mismo y, con posterioridad ya dentro de aquella, el sol y las circunstancias se encargaron de calentarle sesera y sexera porque, ¡coññño!, cómo caía, y... ¡jodeeer!, qué bien se lo pasaban los animales obedeciendo sus naturales instintos.

Al trasponer la primera esquina, la Tomasa vio a un gallo que tenazmente corría en pos de una gallina. Alcanzada y dominada, se encaramó sobre ella y picando con pasión su cresta, unieron sus partes en un todo: la vida. Alzó, entonces, los ojos al cielo en éxtasis sexual, y reparó en que lo propio hacía volando una pareja de pájaros.

Poco antes de llegar a la puerta de la dehesa, expuestos a los siempre curiosos e indiscretos ojos de la rosa de los vientos, ante los suyos, el perro del Agapito y la perra del Pascasio chingaban a sus anchas, liados por los lazos disolubles de una verga que deshacía su nudo en los cálidos fluidos de la fuente de la vida.

La Tomasa, ennortada, incapaz de apartar la mirada de esa escena -tan común en el ámbito rural pero que a ella siempre la excitaba- percibió que los orientados dedos del deseo comenzaban a encender bombillitas en su mente y hurgaban, cosquilleantes, en su entrepierna.

Estirando con fuerza del imán, logró separarlo del objeto. Después, adelantándose a las vacas, abrió la puerta de la dehesa en tanto que los perros seguían a lo suyo: monte, desmonte y, mirando uno hacia el este y la otra hacia el oeste, unidos por el tronco de la vida plantaban, gozosos, la semilla de nuevas existencias.

Pero nada más meterlas, ¡coññño, jodeer!, uno de los sementales que el municipio tenía para fecundar a las vacas del lugar, cumpliendo rigurosamente con su obligación, acudió presto a recibirlas, cortejando de inmediato a la Chaparra que por lo visto estaba alta y quizá buscara su eventual toro azul, aunque, en un principio y como buena hembra, se hacía de rogar, incluso se volvía con cara de enfadada ante la insistencia del toro que la perseguía con el morro pegado al umbral de la puerta de la gloria bendita.

La Tomasa no perdía detalle. Sus ojos iban de la enorme colgante huevera al colorado pollón a punto de iniciar su placentera jornada laboral, hasta esa puerta en cuyos umbrales el bicho se extasiaba lamiendo y aspirando con ahínco los maravillosos efluvios, sustancias y esencias que debía exhalar el animalesco jardín de Venus.

Cuando, por último, la Chaparra, convencida y sometida a la ley de la naturaleza, y el toro, levantado sobre los cuartos traseros, dejaba caer sobre ella el peso de su poder penetrándola hasta el fondo, la Tomasa exhaló un suspiro y un gemido de placer tal cual si a ella misma la hubiera ensartado.

 

 

VII

En la escuela, pluma y tintero

Con el deseo a flor de piel, el instinto animal en lo más profundo y sin el rabo entre las piernas, la Tomasa regresó a su domicilio. Al amparo de la casa y sus quehaceres fueron desvaneciéndose los ardores.

-Tomasa, Tomasa -oyó que una voz infantil la llamaba.

-Entra, entra -respondió-. Estoy en la cocina.

Era el Cipri, el hijo de su vecina Marcelina, viuda desde hacía un par de años y encargada desde que se casara de la limpieza de las dos escuelas del pueblo.

-¿Qué quieres? le preguntó cuando asomó por la puerta.

-Me manda mi madre para pedirte que si puedes ir tú hoy a limpiar las escuelas porque no se encuentra bien.

 -¿Qué le sucede?

-No sé. Se acaba de meter en la cama porque dice que no aguanta más.

-Espera un momento, que voy contigo.

Marcelina tenía dos pollitos: el Cipri y la Encarna, de 12 y 10 años respectivamente. Con gran suerte para los tres, el Tiburcio, mal padre, mal marido, pero excelente bebedor y fumador, de manos largas y duras, un espléndido día entró en un bendito coma etílico poniendo punto final a su existencia. A lo largo de estos dos años, paulatinamente fue operándose una nada sorprendente transformación física y mental en los tres supervivientes del naufragio de la nave familiar al que los había conducido tan abominable capitán.

Los niños crecían felices, alegres y sin experimentar ya ninguna vergüenza cuando iban con sus amigos, mientras que Marcelina sonreía de nuevo a la vida con una mente liberada y un cuerpo, encogido ayer y distendido hoy, que por detrás parecía de hombre y de mujer en plenitud por delante.

La Tomasa, ya en la alcoba, inquirió:

-¿Qué te ocurre, Marcelina?

-La maldita regla que de tanto en tanto..., vaya, que algún que otro mes se empeña en dejarme unas horas para el arrastre. A ver si se me retira de una puñetera vez.

-Anda, anda, que todavía eres muy joven para eso. ¿Te has tomado algo?

-Sí, lo de siempre: una manzanilla con un chorretón de ginebra. La verdad es que me va muy bien. En unas horitas como nueva.

-¿Quieres que llamemos al médico?

-Ni hablar.

-Bueno; ya sabes dónde estoy. Si me necesitas, llámame. En cuanto a la limpieza de las escuelas, descuida, que ya me encargaré yo.

Antes de marchar, la Tomasa le arregló un poco la cama, le pidió que cerrara los ojos y que intentara relajarse. Dejó en penumbra la habitación, y salió de la misma con la imagen de la viuda totalmente estirada boca arriba en el lecho, cuyas sábana, manta y colcha dibujaban nítidamente en alto y bajorrelieve las femeninas partes de su cuerpo rematado por un anguloso rostro pálido y contraído por el dolor.

Eran las 5 de la tarde cuando la Tomasa se dirigió a la escuela de las chicas. Acabada la limpieza de ésta, se trasladó a la de los chicos. A punto de concluir oyó una voz que desde la puerta saludaba:

-Buenas tardes, Marcelina -y a renglón seguido-: ¡Ah, no! Si eres tú, Tomasa. Le ha sucedido algo a la Marcelina?

El que había saludado era Escolástico, hijo del maestro, el más instruido de los nuevos mozos que estudiaba en la capital y desde hacía unos días ya de vacaciones.

-Nada importante. No se encontraba bien. Cosas de mujeres. Y me ha pedido que hiciera la limpieza por ella explicó la Tomasa, y agregó-: entra, entra y cierra la puerta.

Y Escolástico obedeció como un buen y educado escolar.

-Qué, ¿estás ya de vacaciones?

-Sí, desde el pasado fin de semana.

-¿Y cómo te van los estudios?

-Bien, muy bien. Hay que esforzarse, que mucho les cuesta a mis padres el que pueda hacer una carrera.

-Ya tendrás novia, ¿no?

-No, no; sólo amigas. Soy demasiado joven para compromisos de ese tipo.

-Me parece muy bien -manifestó la Tomasa, y añadió cambiando de tema-: Cuando has entrado ya estaba a punto de acabar. Por favor, Escolástico, mira a ver esto -y señaló una pizarra-. No sé si borrar lo que pone aquí.

-A ver... Sí, sí pásale el cepillo. Por lo que se ve han estado haciendo ejercicios sobre normas ortográficas.

-Pues mientras lo hago, Anda, echa un vistazo a ver si está todo en orden -le pidió la Tomasa reforzando la solicitud con un ligero apretón en el hombro del joven.

-Falta llenar los tinteros indicó Escolástico.

-¡ah, sí! ¿Dónde está el recipiente con la tinta? -inquirió ella ya junto a él.

Como por casualidad, la mano de la mujer se posó levemente sobre el muslo del joven, el cual, sin inmutarse señaló un armario, diciendo:

-Ahí, si no han cambiado el lugar últimamente.

-Tráelo, por favor -rogó ella propinándole una resbaladiza palmadita en el trasero-, y ve llenándolos.

Inclinado y con gran precaución se hallaba vertiendo el mozo la tinta en uno de los tinteros, cuando la Tomasa cruzó por delante de su bragueta el brazo como si buscara algo en el cajón del pupitre, repitiendo la operación varias veces y apretando más y más sus escondidos pluma y tinteros que reaccionaron de inmediato prestos para tomar apuntes.

Percibiéndolo la mujer, le susurró insinuante:

Sentémonos aquí y dame una lección de ortografía. ¿Con qué se escribe cabeza, cabellos...?

-Según Miranda Podadera -respondió el mozo atragantándosele las palabras pero nada dubitativo-, los términos que comienzan por las letras c a y a continuación de las mismas, se escriben con b, excepto caverna, caviar, cavar, cavilar...

-Suspende por unos instantes tus cavilaciones -interrumpió la mujer-, y mirando, mirando mi cabeza, poda debidamente el árbol de tu indecisión ortosexual y con las ramas imbuidas de seguridad y sabiduría natural, acaricia mis rebeldes y alborotados cabellos, mi esbelto cuello, el pabellón de mis orejas y mordisquea débilmente ambos lóbulos. ¡Divino! Ahora alza mi abatida barbilla y busca con tus labios mi boca y bebe en ella, que también -todo eso como beso- se escriben con b de bueno, bonito y barato. ¡Hmmm..., maravilloso!

Entonces, Escolástico, agudo, llano y esdrújulo, tanto se aplicó poniendo el correcto acento en cada uno de sus orales y manuales actos, que obligó a la Tomasa a recurrir al uso de determinados signos de puntuación:

-Por favor, déjame respirar un poquito -musitó jadeante y entrecortadamente-. Coloquemos aquí una coma. Bien, ya está. Prosigamos. ¡Ooohhh! Ahora preciso es ubicar un punto y coma. ¡Hmmm! El ritmo que llevamos, requiere ahora una pausa mayor: un punto y seguido.

-Permíteme, entonces, -dijo el mancebo- que, aprovechando esta pausa, abra un paréntesis y te pregunte: ¿Quieres que abandonemos la cabeza y busquemos en el tronco nuevos placenteros apartados ortográfico-sexuales?

-Claro, claro que sí. a propósito, ¿cómo se escriben hervir, servir y vivir? Porque, justo en este mismo momento, debajo de las clavículas me hierven esas maravillosas y abombilladas protuberancias, cuyos pezones (echando leches) ansían servir de chupete y las dos juntitas vivir en las abarquilladas palmas de tus manos.

-Con v -murmuró el joven reanudando ávidamente los interrumpidos ejercicios de lengua y masaje-. Y añadió: Son las excepciones de los verbos acabados en bir, tales como exhibir, percibir, recibir...

-De vicio nos vienen estos puntos suspensivos, porque Con mi beneplácito y tu peneplácito, bla, ble, bli, blo, blu; bra, bre, bri, bro, bru... Fuera la blanca blusa, abajo las bragas, abramos de par en par la bragueta y vestidos de Adán y Eva en el paraíso, exhibamos nuestros cuerpos, percibamos sus esencias y recibamos sus ofrendas. Tumbémonos a la amable sombra del árbol de la ciencia del bien y del mal y aprendamos en el libro de la naturaleza. Aquí tengo mi tintero aviado para que Mojes en él la pluma y continuemos escribiendo en las hojas que tapaban el delicioso fruto prohibido las normas ortográficas del sexo. Pero ahora conviene Que la movilidad de lengua y manos no cese ante la posibilidad, la probabilidad de contribuir a una completa lección de ortografía. No te prives. Conviértete en bebé y haz del venerado y exuberante busto un divertido y nutritivo "parada y fonda" para el voluptuoso camino.

-Pues sigamos haciendo camino por entre la devastadora selva ortosexual -apuntó Escolástico.

-Escribamos con mayúsculas los nombres propios tales como amor, Coito y Sexo libremente practicado y en cualquiera de sus múltiples variantes.

-Pongamos h de ¡haaala! en la hendidura, el huequecito, el hoyito del ombligo en el cual, siguiendo el hilo de la vida, hundiremos la punta del dedo o de la lengua y en su entorno dibujemos, repetidas, ¡oooooh! de placer.

-Cambiemos de línea, y con la b de ¡buf! bajemos por la barriguita hasta el pubis y con uves unidas peinemos suavemente el vello, el monte de Venus que nos sitúa en la puerta de un escondido y venturoso valle y de un altiva verga rematada por un verdadero capullo en flor.

-Suspendamos ahora, eventualmente, nuestro viaje de arriba a abajo por el gramático-sexual cuerpo, y ya situados al borde del universal centro del placer, desde allá abajo, escribamos con lo que a la mano del deseo tengamos, dobles eles, delicadamente trazadas, en los tobillos, las pantorrillas, las rodillas... Y subiendo, subiendo al paso alegre de la paz, con la i griega del grito de _ya!, proyectemos yacer unidos, cabalgando al ritmo que lleve la yegua, el caballo o el camello del deseo.

-Ya que descendiendo y ascendiendo hemos confluido en el orgiástico punto g, j... -cualquier letra es buena si con buena letra vamos y escribimos- herejía ortosexual sería olvidar entre generales y generosos je-je, ji-ji de congéneres y cónyuges bien avenidos no de gusto gemir o rugir con g, con j de jinete no cabalgar sobre crujientes jergones o en el paraje que sea no adentrarnos en el pasaje de la vida y de la muerte, jugando sin ambages ni conjeturas, con ojetes o agujeros y sus follajes hasta recoger el fruto de la imaginación, que teje letra a letra, punto a punto, exclamación a exclamación la alfombra del placer en la que todos nos revolcamos desde la cuna.

-¡Por Dios! -exclamó fuera de sí la Tomasa-. No aguanto más, estas espléndidas y extraordinarias normas " x" tan estratégica y exitosamente expuestas aquí, me excitan de tal modo que me exige ofrecerte con máxima urgencia mi tintero, para que introduzcas en él tu pluma, la mojes bien, la saques y escribas: ¡Aaah!, ¡oooh!, ¡qué bueno! Ahora vuélvela a meter; extráela de nuevo y apunta: ¡Ay, ay, ay...! ¡Ahí, sí sí, ahí...! ¡Ahí vaaa! Otra vez adentro. OTRA VEZ Afuera, y anota: ¡Ufff! Más adentro y más rápido! Me bailan las normas, las reglas, los preceptos...; los ojos me hacen chiribitas..., se me nublan. No te detengas, escribe aprisa y no te importe que la pluma, chorreando, lo emborrone todo. Ya lo limpiaré.

Escurrida la blanca tinta de la pluma y desbordado el tintero, pusieron punto final, con el jubiloso grito de: ¡Lección aprendida!

 

 

VIII

En casa de Marcelina, ducha y masaje

Aquella noche la Tomasa no fue requerida por su marido ni ella lo pretendió. Mientras el pastor dormía profundamente, ella, tendida a su lado con una pierna para España y la otra para Italia y su Costa azul en calma chicha, contaba ovejitas. De súbito, a la puerta de sus sueños vio aparecer a Marcelina llamando insistentemente a golpes de picaporte en forma de yacente mujer sobre acogedor lecho.

La imagen se desvaneció con la oveja 69. Pero como se repitió a la noche siguiente, a la otra y aun a la tercera, ya que según el dicho popular es a la que va la vencida, pues a la tercera, derrotada, sometida, rendida, cedió al reclamo y abrió de par en par la puerta al lésbico deseo. Desde ese preciso momento, a hurtadillas, vigiló, acechó y asedió a Marcelina buscando la circunstancia más propicia para intentar asaltar tan formidable castillo.

La Tomasa, gran estratega sexual y excelente general de las pasiones, no dejó cabo suelto. Por si la capitulación se producía y preciso fuera poner una pica en Flandes, al campo salió en busca de Filiberto para pedirle prestada su arma secreta: su espléndido pene de madera, el cual, en recuerdo de su bucólico y pastoril retozón encuentro, la obsequió con uno que acababa de elaborar y cuyas respetables dimensiones (con tope incluido) hábilmente manejado, auguraban gritos de una total rendición.

Y para corroborar el también dicho popular de que no hay quinto malo, fruto del vientre de la tenaz vigilancia, al quinto día del cerco la Tomasa vio a Marcelina y a sus pollitos acarrear cubos de agua de la fuente. "Hoy es sábado, por tanto, día de baño o ducha -se dijo-. Esta noche antes de irse a acostar (como si lo viera) el baño de los niños y después, ya en la cama éstos, el de ella. A ver qué excusa me saco de la manga o de donde sea para sorprenderla en el momento de su ducha".

Dejó a su León con pan para hoy y hambre para mañana, cogió el nada malo falo de palo y salió de casa a rondar la de Marcelina. Cuando intuyó más que oyó enviar a ésta a sus poyuelos a la cama, esperó unos minutos y, sabiendo que lo último que hacía era echar la llave, empujó la entornada puerta y entró llamándola a media voz a la vez que, sin aguardar respuesta, penetraba en la amplia cocina en la que, efectivamente, se estaba duchando.

Marcelina, que completamente desnuda y de pie dentro de un balde grande con agua se volcaba jarros de la misma por encima, se quedó patidifusa, coñidifusa, tetidifusa, boquidifusa y roja cual la grana, con los ojos clavados en la Tomasa que la repasaba de arriba a abajo con anhelante y manifiesto deseo.

-Perdona -suplicó con fingida timidez la intrusa-. He llamado, pero por lo que se ve no me has oído. Sigue, sigue duchándote, o mejor, deja que te ayude. Dame el jarro.

Y diciendo esto, sin brusquedades se lo arrebató, y comenzó la tabla gimnástica de agacharse y llenarlo, levantarse y vaciarlo sobre el apetitoso y blanquísimo cuerpo de Marcelina que la dejó hacer entre protestas en franco y pronunciado declive.

-Estás en forma, ¿eh? Tienes un atractivo cuerpo -susurraba la Tomasa mientras derramaba el agua con una mano y deslizaba la otra acompañando el líquido elemento-. Ahora te enjabonaré. Así, así... ¿A que te gusta? ¡Vaya madeja! ¡Y qué rizadita! Por cierto, ¿desde que te quedaste viuda no le has dado ninguna alegría a este cuerpo serrano?

-No -respondió en el mismo tono Marcelina- en cuanto la más mínima imagen sexual intenta asentarse en mi mente, mi valle se contrae, se estrecha, y en vez de humedecerse, se seca. Ese cabronazo (que Satanás lo achicharre por los siglos de los siglos) me ha clitorectomizado mentalmente. Desde que, para nuestra suerte, su desaparición soltara la herrumbrosa cadena de su presencia, pensar en un hombre me repele, pues su sombra es larga, muy larga y sigue negativamente cobijándome.

-No me extraña, no me extraña -respaldaba en retaguardia la campeadora y caudilla de liberadoras huestes del deseo-. Pero ahora, relaja la guardia, repliega las defensas y tiende el puente al socorro que te llega.

Y mientras hablaba, sus enjabonadas manos se introducían en las axilas, acariciaban los pechos, pellizcaban sutilmente los pezones, descendían por los costados hasta las rodillas, amasaban los duros jamones y ascendían por la espalda hasta arribar a la nuca, recreándose en los un tanto varoniles hombros y omoplatos de Marcelina, la cual, mojada también por dentro, Inconscientemente Entreabrió las piernas invitando a que la mano amiga enredara en la frondosa mata de su pubis y sus dedos picaran y repicaran en la gran puerta del castillo de Meterás y Sacarás.

-Inclínate hacia adelante, apoya las manos sobre la mesa y saca bien el culo -pidió la Tomasa-. Así, así... ¡Perfecto!

-¿Qué, qué vas a hacer? -tartamudeó Marcelina.

-Nada malo, sino todo lo contrario -respondió firmemente la Tomasa-. En principio voy a invocar a san Matías y san Zacarías, santos bajo cuya advocación se erigió este castillo para defensa y custodia del placer; a continuación, mis diestras manos en el ordeño de vacas, ovejas y cabras, sobarán hasta que gimas esta hermosa y colgante ubre. ¿Qué tal? ¿Suspiras, gimes, reprimes el grito? Ahora verás. Me olvido de portillos y poternas y aquí me tienes ya, en la puerta principal de la superprotegida e inexpugnable fortificación para que este simple dedo (prodigiosa ganzúa) penetre en el agujero de la cerradura, se mueva así y así, y la abra más y más... Aguanta el grito, no claudiques todavía que falta poner la pica en Flandes.

Y enarbolando el nada malo falo de palo, la liberadora hueste, entrando y saliendo en la fortaleza entre jubilosos gritos de victoria, reconquistó para el imperio del placer una plaza asolada, arrasada, devastada por un tirano del cuerpo y de la mente que había vivido en el vicio, por el vicio y para el vicio en un feudo mantenido a fuerza de terror y violencia.

Cuando, acabados ducha, masaje y propina, Marcelina interrogó a la Tomasa acerca de cuál sería el tributo que como vasalla le debía, ésta le contestó:

-Cada vez que nos apetezca habrás de realizar conmigo lo que yo contigo haga. El buen general no debe ordenar lo que él no sería capaz de llevar a cabo. ¡Firmes, art! ¡Descanso! ¡Rompan filas! Que la tropa de los deseos se recupere para que esté siempre a punto y bien dispuesta para la próxima batalla.

 

 

IX

En el Ayuntamiento, baile y frotamiento

Abandonado el campo de batalla del que salió ilesa, victoriosa y proclamada Libertadora del deseo carnal cautivo y mancillado, la Tomasa regresó a su casa íntima y profundamente satisfecha del deber cumplido, pero con renovadas ansias de que su León (intrépido guerrero) se alzara en armas y sin premeditación, sin alevosía y con nocturnidad atravesara el foso de su fortaleza a golpes de flamígera lanza.

Entró, pues, a paso firme en el aposento conyugal, con diestras manos se despojó de todas las prendas y con las que Dios le concediera se introdujo en el lecho donde placenteramente dormía su hombre en pintiparada posición de cuatro en el que encajó su caliente trasero. Al reclamo de los insinuantes movimientos del mismo, el caballero templario, emergiendo por entre los sueños de Jerusalenes conquistadas, inició una nueva cruzada en pos de la terrenal y divina gloria.

Y en la gloria se quedó la Tomasa después de vivir extasiada los gozosos segundos con los que el Dios del orgasmo compensó su precedente samaritanismo lesbiano.

Al día siguiente, primer domingo del mes de julio y último en el que habría baile en el salón del Ayuntamiento, acudió más gente de la habitual a la cita semanal con el picú que, al son, ritmo y compás de música y palabra, propiciaba encuentro, roce y puro disfrute de la danza..

La mayor afluencia se debía a la llegada de algunos veraneantes y a que desde este domingo se abría el paréntesis veraniego en el que las tareas propias de la cosecha lo acaparaba todo, salvo los tres días de la fiesta mayor en honor de la Virgen y San Roque, y que se cerraría el primer fin de semana de septiembre.

Como a la Tomasa, al contrario que a su marido, le encantaba bailar, mientras éste jugaba unas partidas de cartas en la vecina taberna compartiendo porrón tras porrón, ella daba rienda suelta a su danzarín cuerpo echando unos buenos zarrapastreaos.

Ya en el salón, cual si de la feria se tratara, la Tomasa dio una vuelta al mismo. Allí estaban gran parte de los niños y niñas de la escuela, algunas parejas de casados a los que a ambos les gustaba bailar, unas cuantas madres celosas guardianas de la integridad de sus pollitas, unas pocas casadas sin el marido que prefería quedarse en casa o ir a la taberna, solteros y solteras que a punto de pasárseles el arroz buscaban con quién compartir la paella, las mozas en edad de merecer y, por supuesto, los mozos como Honorio, Antolín, Amador, Escolástico... (Filiberto nunca iba) en las típicas y tópicas fases de ojeo,, selección, tanteo, ¿bailas?,, acercamiento, roce y apretura.

Una vez realizada su habitual revisión de los asistentes, saludando a diestra y siniestra con esa alegre sonrisa que tanto la caracterizaba y tanto agradaba a sus convecinos, se propuso alternar el puro disfrute del baile con el de calientapollas. En cuanto sonaron las primeras notas de Volver, el tangazo de Carlos Gardel, se acercó a Gumersindo, el que mejor lo bailaba en el pueblo, diciéndole:

-Venga, Gumer, con permiso de tu Pascuala, echemos un tanguito. Cuando pongan ese de... "Y todo a media luz, os vais al rincón más oscuro y a media luz o a oscuras los dos hacéis vuestras cositas; pero éste concédemelo a mí. Vamos allá.

Y entre risas, sonrisas y pícaros guiños, salieron al medio.

Mientras en perfecta sincronización seguían el marcado compás, con los ojos cerrados y como transportados, entre susurros cantaban el estribillo:

Volver,

con la frente marchita,

las nieves del tiempo

platearon mi sien.

Sentir, que la vida es un soplo,

que 20 años no es nada,

que febril la mirada

errante en las sombras

te busca y te nombra..

Vivir,

con el alma aferrada

a un dulce recuerdo,

que lloro otra vez...

Finalizado el tango, mariposeando en espera de la siguiente canción, fue aproximándose al grupito de mozos que charlaban amigablemente. Nada más comenzar mira que eres linda" de Antonio Machín, ya junto a ellos preguntó sin mirar a nadie en particular:

-¿Quién de vosotros se atreve a bailar con esta vieja? Venga, Honorio, no seas tímido -y tirando de él lo llevó al centro.

Con gran habilidad y guardando las distancias, lo fue conduciendo hacia uno de los rincones donde una de las dos bombillas que iluminaban el salón no alcanzaba. Apretándose primero, frotándose después, logró que el joven se empalmara de inmediato. Cuando notó el bulto contra su vientre, le propinó unos cuantos restregones, mientras cantaba:

Mira que eres linda,

qué preciosa eres;

verdad que no he visto en mi vida

muñeca más linda que tú...

Y recuperando las castas distancias emergieron de nuevo a la luz, musitándole:

-Inspira hondo, suelta el aire. Así. Ahora trata de controlar culebra y pavo porque si no los mirones pensarán mal. -Y continuaba:

Con esos ojazos

que parecen soles...

Para Tres veces guapa, el paso doble de Jorge Sepúlveda que pusieron a continuación, la Tomasa eligió a Nieves, una mocita que lo bailaba primorosamente y con la que sus espléndidos y graciosos giros y el alto vuelo de sus faldas dejaron impresos en golosas retinas algo más que vislumbres de esas zonas reservadas y preservadas para la conservación de la Naturaleza.

Viéndose venir la cosa, Antolín, muy tímido él, pretextando tener mucha sed -que por otra parte era cierto- y alguna olvidada tarea -que no lo era- hizo mutis por el foro.

A tiempo se retiró, efectivamente, porque a la siguiente pieza, la Tomasa volvió a acercarse al grupito para proponer:

-Anticípate a la Navidad, Escolástico, y dame una lección de baile con esta canción de Machín.

Tras breve excursión por el espacio iluminado, se adentraron en el que ni a propósito podía estar más habilitado para incursiones en el más allá.

-Ven más acá -pidió la Tomasa-. Acércate más, y más, un poquito más. Mete tu pierna entre las mías y frota, frota. ¿Ves cómo de tanto frotar las chispitas encienden la reluciente estrella de la Navidad en pleno verano? Canta, canta conmigo:

Navidad, que con dulce cantar,

te celebran las almas que saben amar.

¡Oh, qué triste es andar en la vida

por senda perdida,

lejos del hogar,

sin oír una voz cariñosa,

que diga amorosa,

llegó Navidad!

La Tomasa nunca bailaba dos piezas con la misma persona. Así que, acabada ésta, se dirigió hacia el garito donde el Agustín pinchaba los discos dejando un minutillo entre canciones, para preguntarle cuál sería la próxima.

-Yo vendo unos ojos negros de Nat King Cole -respondió-. Pero a la otra, que será un paso doble, resérvamela -añadió.

-De acuerdo -concedió resignada, ya que sabía que durante tres minutos tendría que marchar salón arriba, salón abajo, marcando la distancia que la longitud de su brazo le permitía para no ser pisada y atropellada por un verdadero asesino del movimiento, del ritmo y del sentido musical.

Antes de que comenzara a sonar, buscó entre las asistentes a la Aurelia, amiga, casada, de la misma edad y con unos ojazos negros tan bonitos como los suyos, para regalar sus miradas a un par de expertos bailarines que las hicieran disfrutar de eso que posteriormente se encargaría de destrozar el bueno de Agustín.

Se aproximaba la hora de pasar por la taberna, tomarse un refresquito con su marido y volver para casa, cuando, anticipándose a su programada y última proposición, se le acercó Amador solicitándole el siguiente baile.

Para no perderse ni un solo instante de la pieza, esperaron en el centro del salón el inicio de la misma. En cuanto empezó a sonar Pepita de Mallorca, al tiempo que entrelazaban los dedos (los de la izquierda de él y la derecha de ella) la diestra de Amador ceñía la cintura de la Tomasa y ésta posaba su izquierda en el hombro del joven. El final del primer estribillo coincidió con su entrada en la incitante penumbra. con ella, los cuerpos, perfectamente acoplados y apretados, se frotaban al ritmo de la canción. Amador, en tanto que con el consentimiento de la Tomasa, la llevaba hasta el rincón más oscuro, deslizaba su mano derecha hasta percibir nítidamente el borde de las bragas de la mujer. A cubierto de miradas indiscretas, ya que el cuerpo del joven ocultaba el de ella, acarició sus duras y bien formadas nalgas. Y mientras cantaba "ay Pepita, Pepita de Mallorca, ábreme la puerta, ábreme la puerta y déjate besar", la Tomasa decidió hacer caso a la letra de la canción.

Pegados a una de las paredes, surgieron desde las sombras tranquilos, correctamente distanciados y prestos a finalizar el baile en el mismo punto donde lo habían comenzado.

En el preciso momento en que se separaban, Amador, tapándose disimuladamente la boca le dijo a la Tomasa:

-Esta noche, sobre las 11, te espero en la ermita de la Soledad.

 

X

En la ermita de la Soledad, excelente compañía

Aquella noche no fue preciso darle alpiste al desganado pájaro de León. Con el vinillo trasegado en la taberna, el porrón que se metió para el cuerpo empujando la cena y el trabajo del día, le hicieron buscar la cama con tanta pasión como el sexo en plena forma y facultades. Cayó en ella cual árbol talado y como un bendito desapareció de este mundo hasta el día siguiente. Por esta vez el conejo de la Tomasa se lo agradeció profundamente, ya que, desde que abandonara el salón del Ayuntamiento, suspiraba por comerse entera la zanahoria de Amador.

Tras cerciorarse de que su marido dormía como un angelote, la Tomasa le dio su agüita con jabón de olor al conejo, al culo y las axilas, y sigilosamente salió de casa cuando el reloj de la torre de la iglesia rasgaba el silencio con 11 vibrantes campanadas.

Haciendo el menor ruido posible y aprovechando las zonas más oscuras, dejó atrás las últimas casas del pueblo, y pronto tuvo ante sí el pequeño pórtico de la ermita. Lo atravesó, y sin la más mínima vacilación, empujó la puerta, que se abrió silenciosamente.

A la mortecina luz de unas cuantas velas (exvotos de la feligresía) vio, sorprendida, esperándola a pie firme en cada lado del altar, a Amador y a Filiberto.

-¿Pero qué es esto? -inquirió la Tomasa.

-Pues que Filiberto desea sumarse a la fiesta -respondió Amador-. Al baile no quiere ir, pero danzar un ratito al son de gaita y tambor con nosotros, no sólo no pone reparos sino que estaría encantado, ¿a que sí?

-Por supuesto corroboró el Cuatrochichas.

-¿Y en qué consistirá la fiesta?

-En principio -informó Filiberto-, para que no haya malos entendidos, aclararte que a Amador, que es mi mejor amigo, sólo le gustan las mujeres. Después, dicho lo cual -continuó-, nosotros dos iremos tapando las imágenes como si fuera Semana Santa porque nos da no sé qué verlas mientras los tres interpretamos algunos de los actos que integran la prístina obra teatral de la naturaleza, titulada La jodienda no tiene enmienda, seguida del concierto para instrumentos varios. ¡Vamos allá!

Y ambos se aproximaron a la Tomasa. Frente a ella se situó Amador y Filiberto a su espalda. Mientras el primero, soldando su boca a la de la mujer y, una vez despojada de la rebequita con la colaboración de la misma, le iba desabrochando los botones de la blusa, el segundo hacía lo propio con los de la falda.

-Espera un momento, Filiberto -pidió Amador haciendo un alto en su intercambio lingüístico-, ve tapando a la Soledad con la rebeca-. Vale. Y ahora prosigamos.

Las manos (lentas y cuidadosas) por cada botón que desabrochaban, se paseaban a ritmo de procesión sevillana por el cuello, los pechos, la espalda, las nalgas. Por fin, desprendida la falda, la Tomasa se quedó en bragas. En tanto que Filiberto cubría con ella parte de la Virgen y regresaba a su puesto, Amador acabó de quitarle la blusa con la que ocultó enteramente a la Soledad.

-Tuya es la espalda, Filiberto -indicó Amador-. Desabróchale el sujetador, que yo me encargaré de las bragas.

La Tomasa, en su jugo, pero entibiado el caldo por el tiempo transcurrido desde que saliera del baile, iba calentándose a fuego lento. Cuando sus prendas más íntimas pasaron a engrosar, temporalmente, las ofrendas que había a uno de los lados del altar y completamente desnuda fue asperjada con agua bendita por delante y por detrás, su temperatura subió algunos grados. Y cuando a cuatro manos y dos lenguas comenzó el concierto corporal del placer, se puso a cien, y más aún después de que ella misma, entre manoseos, hubiera despojado a los mozos de sus camisas y pantalones, que sirvieron para cubrir, con las de Filiberto el Ecce homo y con las de Amador a Jesús amarrado a la columna, y los calzoncillos que se unieron a las suyas en esa temporal ofrenda que los dejó tan vestidos como el falso director de la Sinfónica del Paraíso a nuestros primeros padres por haber cometido el pecado de la originalidad.

En la primera parte del concierto predominaron las tocatas sin fuga y con lenguas de cintura para arriba. Ora la lengua, ora los dedos -andantes, alegres, prestos y dispuestos- recorrían la columna vertebral y la asimétrica línea por delante, los omóplatos y sus opuestas tetas; O, mientras uno, desde la retaguardia, escribía notas en los hombros, la nuca, o el lóbulo de las pequeñas orejas de la mujer, el otro, en su vanguardia, se aplicaba en componer e imprimir sobre el cuello, la barbilla, la boca dulces melodías.

Fue al transcribir manos y lenguas, en hermosa sucesión, redondas, blancas, negras, corcheas, semicorcheas, fusas, semifusas... en la raya separatoria de esas dos partes que forman un todo, cuando la Tomasa, experimentó la primera de sus liberadoras descargas exhalando un hondo suspiro.

La segunda, entre gemidos, se produjo cuando el concierto para boca, coño y flauta en ¡sí, sí, sííí bemol!, tiene bemoles la cosa,, opus 71, idéntica a la 69 más dos dedos en el culo, lo ejecutaron a la perfección en sus sagrados cuerpos la Tomasa y Amador, bajo la experta batuta de Filiberto que con ella marcaba ritmo, entradas, salidas, subidas, bajadas y demás.

Y la tercera, apoteosis final, llegó cuando, tras alternativos brillantes solos de trompeta, gaita y sexofón del Cuatrochichas, éste, transformado en director de orquesta, de teatro y maestro de ceremonias, les ordenó:

-Enjuagad vuestras bocas en agua bendita. Muy bien. Ahora unidlas otra vez; que las lenguas se enreden y penetren, penetren bien adentro. Tú, Amador, acaricia esas maravillosas peras. Tomasa: haz lo mismo con sus hombros y su espalda. Sigue hacia abajo y frota su culo. Así, así. Perfecto. Amador: chúpale las tetas. Bien, bien... Y ahora, ..¡Manos abajo! Una tocata a dos cuerpos, por favor. ¿Estáis muy calientes? Amador, siéntate en esta silla., y tú, Tomasa, encájate sobre y frente a él. Venga, moveos, moveos, moveos. Quiero oír vuestro excelso concierto de suspiros, jadeos, gemidos...

Y mientras los animaba, olvidada su refinada batuta, cuando intuyó que el acorde final en mi mayor se aproximaba, se hincó de rodillas detrás de la Tomasa, y poquito a poco, con delicadeza extrema fue introduciendo su enhiesta verga en el sonrosado ojete de la Tomasa, uniéndose al ritmo que presto, prestísimo se fundió en un prolongado acorde-grito a tres voces que preñó la ermita en múltiples reverberaciones.

 

XI

En verano, Postales y resbalón

Vacíos ellos y llena ella por delante y por detrás, apenas recobraron el resuello, rápidamente se vistieron y con el mismo sigilo y discreción con el que los abandonaran, volaron cada mochuelo a su olivo y la lechuza a su nido con la virtuosa ejecución de la espléndida partitura del concierto para coño, culo, dos flautas y acompañamiento, opus número variable, impresa a termoforn en sus cuerpos y en sus mentes.

Sin chistar, ya que en aquellos momentos no tenía el chichi para farolillos, la Tomasa se introdujo en la cama y, guardando las distancias a fin de evitar que su marido se despertara y con ello su revoltoso pájaro se alborotara, se sumió en el profundo y reparador musical sueño que la llevaría, ininterrumpidamente, a entonar, horas después y de nuevo, la inmemorial canción del trabajo diario.

Y trabajando y trabajando, entre esas otras insignificantes cosas como son el comer, beber y si había fuerzas, ganas y con quién, joder, la inexorable marcha del tiempo, sumergió al pueblo durante la segunda quincena del mes de julio y la práctica totalidad del de agosto, en dos acontecimientos: la cosecha y la Fiesta Mayor.

A lo largo de este período, todos sus habitantes anhelaban fervientemente que al cielo no le diera por abrir la espita (y si lo hacía que fueran cuatro gotas) y mucho menos que les soltara los tan temidos pedriscos. Lo ideal era que el firmamento luciera alto, claro y azul allá arriba y con un esplendoroso sol, aunque fuera de justicia. Y ese año, el cielo satisfizo sus deseos.

La Tomasa, cuerpo y mente en combustión sexual latente, se entregó como el que más a las duras y distintas tareas que conformaban ambos acontecimientos, pero siempre atizadora, receptiva y ojo avizor al más mínimo estímulo que incrementara el fuego que la devoraba hasta que éste redujera a cenizas, a polvo el clímax del placer ardientemente perseguido. Se vio, de este modo, inmersa en toda una sucesión de eróticas postales veraniegas.

A partir de cierto día se percató de que ante un hombre, un joven e incluso un adolescente, sus ojos, instintiva, inconscientemente, buscaban su bragueta. Esto le supuso disponer de una magnífica tea con la que, A su luz, podía ver con toda nitidez lo que bullía por sus adentros, así como avivar su fuego particular.

Mientras segaban, aunque en silencio y con tiempo para dar rienda suelta al magín, los hombres, por ella observados, mantenían su cirio apagado. Sin embargo, durante la comida y un corto período de descanso con siestecilla incluida, en varias ocasiones tuvo la oportunidad de contemplar incendios, unos sofocados por inanición y otros por...

* * *

Fulgencio estaba soltero y rondaría los 50 años. Segaba el terreno contiguo al de León y La Tomasa. A la hora de comer compartieron la sombra de un robusto roble del bosquecillo cercano y la bota, pero no la comida. Finalizada ésta, León desparramó su enorme humanidad en el suelo, se medio cubrió la cara con el sombrero de paja y se sumergió en una reparadora modorra, mientras Fulgencio hacía lo propio, o por lo menos eso parecía, en tanto que la Tomasa, guardados en la cesta cubiertos y demás utensilios, con el tronco de un árbol vecino como respaldo, se sentó a leer una de esas novelitas de amor que solía llevar para entretener los ratos perdidos.

Poco tiempo había transcurrido, cuando modificó la recatada posición de su cuerpo en ángulo recto. Cruzadas las piernas a la altura de los tobillos, dobló éstas por las rodillas quedando bien separadas, mientras la falda se deslizaba muslos arriba o abajo.

Dejó pasar un par de minutos, carraspeando y simulando que leía oculta tras el libro, insinuantemente medio vuelta hacia Fulgencio. Otro par de minutos después, por el rabillo del ojo, observó que éste, girado hacia ella, miraba con insistencia hacia la entrada de la tienda de campaña erigida por la mujer. Y por el rabillo del ojo pudo ver, también, que el rabo del hombre se despertaba de su siesta.

Como al descuido, una mano de la Tomasa buscó el borde de su falda, deslizándola lo suficiente para que, rebasadas las fuertes medias que preservaban las piernas de arañazos de rastrojos y otros hierbajos, se entreviera el arranque de sus blanquísimos muslos. Como al descuido, también, la mano de Fulgencio se posó sobre la bragueta tratando de que su rabo no erigiera, asimismo, su particular tienda de campaña.

Resignado al "lo entreverás pero no lo catarás", el hombre, en extremo caliente, se incorporó discretamente y se dirigió hacia el bosquecillo.

-¿Ya te vas? -preguntó en voz baja ella.

-no, no; ahora vuelvo -respondió él en igual tono.

La Tomasa, transcurridos unos segundos, sigilosamente hizo lo propio. Convencida de que Fulgencio buscaría la compañía de la alemanita, decidió presenciar esa amorosa relación. Lo descubrió apoyado contra un árbol, los ojos cerrados y, al más genuino estilo, bajando y subiendo a puño cerrado por una buena verga nombrándola entredientes con tremenda pasión. Instintivamente, ella introdujo su mano por debajo de su falda para frotarse al mismo ritmo. Cuando, tras expeler a latigazo limpio el desperdiciado germen de su hombría y envainársela, regresaba él, la mujer, por simpatía y solidaridad, oculta, quiso darse el mismo gusto, diciéndose para sus adentros: "León mío; en cuanto éste se vaya, antes de reanudar la siega, tú abrirás mi surco con tu poderoso arado".

* * *

Dos días después, acabada la dura jornada de siega, tornaba al pueblo un buen grupo departiendo amigablemente. La Tomasa pasó revista a todas y cada una de las braguetas, descubriendo que un mozo, Arsenio, que conversaba con una moza, la Jacinta, a través de un bulto nada sospechoso le mostraba, indudablemente, lo que se cocía en su interior.

"Tengo que estar pendientes de estos dos, y más, si como se comenta -se dijo- andan tonteando, que lleva consigo el tanteando".

Al poco, los jóvenes, disimuladamente, fueron rezagándose, hasta que la Tomasa los perdió de vista. Entonces, reclamó la atención de su marido:

-Ven, León, que quiero enseñarte una cosa.

-¿Qué es?

-Espera. Sígueme.

El camino se hallaba bordeado, a un lado por una sucesión de prados y, al otro, por un monte. Segura de que los jóvenes habrían buscado el amparo de los árboles, condujo a su marido entre ellos, recomendándole que hiciera el menos ruido posible.

No tardaron en ver a los dos mozos amartelados, besándose y él acariciando sus pechos. Cuando intentaba hurgar por debajo de la falda, ella se oponía:

-No, no. Ahí no quiero que me toques.

-Pero si no pasa nada.

Tras varios intentos, la Jacinta cedió, pero adelantándole:

-No me pidas lo otro. Eso ni hablar. Hasta que no nos casemos o me case.

Silencio... Suspiros... Gemidos...

-Ya que no quieres lo otro, cáscamela que me duelen los huevos. Toma, aquí la tienes.

El matrimonio se olvidó de la pareja. Se adentraron más en el monte, y montándose sobre el desbocado potro del deseo, a galope tendido recorrieron los montes, valles y llanos del placer.

* * *

En la Fiesta, durante los bailes, el voyeurismo de la Tomasa se intensificó. Dando continuas vueltas y al acecho, disfrutaba cosa fina viendo los amartelamientos, los achuchones que se propinaban las parejas al amparo de la multitud; las manos que se movían por regiones vedadas; intentos de ir más allá, atrayendo más acá, y la hembra poniendo distancias; salidas del baile de una parejita, pero no al tiempo para despistar y buscar una mayor intimidad después de haberse puesto a cien bailando...

"A ver dónde van esos jovencitos y hasta dónde llegan. Han estado bailando muy apretaditos. Ella está coloradita y él, vaya empalme lleva" -se dijo.

Y se fue detrás de la chica.

Los vio juntarse en una de las puertas del pórtico de la iglesia. Entraron, y buscando el rincón más oscuro, desaparecieron, según creían, a ojos y oídos indiscretos.

El chico era del pueblo y haría como mucho un par de años que había dejado de ir a la escuela, mientras que ella era del pueblo vecino.

-A ver si nos ven -decía ella asustada.

-Pero si aquí no se ve ni gota -respondió él.

Silencio. Al cabo de unos segundos:

-Dame un beso -pidió él.

Silencio.

-Me gustas mucho. ¡Qué guapa eres! -volvió a hablar él-. ¿Me dejas que te toque las tetas?

Silencio.

-¿Me dejas? -insistió él.

Silencio.

-¡Qué bonitas y qué tiesas las tienes?

Silencio. Suspiro de ella. Jadeos de él.

-¡No; el chocho ni tocarlo! -exclamó ella.

-Sólo tocarlo -suplicó él.

-No -negó con rotundidad ella-. Nada mas que besos y tocar las tetas.

-¿Quieres meterme mano? -preguntó él.

Silencio.

-Ya está abierta la bragueta -informó él.

-¿Qué quieres que te haga? -inquirió ella.

-Cógemela así. Y ahora, sube y baja así. Así, así. Sigue.

La Tomasa abandonó su puesto de observación y, a toda prisa, fue en busca de su León para que devorara su conejo con allioli, tiernecito y bien calentito.

* * *

Pasada la Fiesta, la Tomasa orientó su voyeurismo a ver pollas de 14 años para arriba y verificar cuáles de ellas despertarían su deseo.

El mes de agosto llegaba a su fin. Aprovechando acarreo, trilla, almacenaje de paja y cereales y que en tales menesteres todos, sin mucho recato, meaban donde podían, la colección de penes vistos era considerable. Aquellos que apuntaron directamente al centro de su libido, ya estaban archivados para irlos sacando y metiendo poco a poco. Pero había uno que se le había escapado y que perseguía obsesivamente: el del cura.

Don Restituto, el cura, era un santo varón. No se le conocían aventuras amorosas. Alto, orondo, paseaba su honestidad, honradez y bondad por el pueblo echando una mano a quien la precisara, y siempre con su inseparable y talar sotana.

Mira que lo había intentado, pero la Tomasa, no sólo no le había visto la polla al cura, sino que ni siquiera había apreciado bajo la sotana el bulto de una posible erección.

"A lo mejor no tiene" - se había repetido en multitud de ocasiones-. "Lo que pasa es que esa maldita sotana tapa hasta eso" -justificaba-. Si Dios, como parece no está de mi parte, a ver si el diablo me hace ese favorcito".

Y se lo hizo.

Justo el día 31 de agosto, pasando por delante del cementerio anejo a la iglesia, la Tomasa se asomó casualmente. Vio a don Restituto arrancando algunas malas hierbas. De súbito, se incorporó, y desabrochándose la sotana y después la bragueta, extrajo un descomunal morcillón con el que chorreó una de las paredes. La mujer dio dos pasos hacia dentro, abrió la boca, inspiró un oooh, expiró otro oooh, inclinó su cuerpo hacia atrás, resbaló, cayó y se esnucó (por vérselo) contra el borde de un poyo que había a la entrada del campo santo. Pero antes de exhalar el último suspiro y, en consecuencia, antes de comenzar a enfriarse su ardiente cuerpo y su alma emprender su viaje hacia el cielo, pronunció estas palabras:

"¡Lástima! Te espero en la Gloria".

"Polvus eris et in polvus reverteris". Amén.

 

 

 

 
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