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  Ley de Vida (Jack London)
 

 

 

Ley de Vida

Jack London

El viejo Koskooh escuchaba atentamente. Aunque había perdido la vista, su oído continuaba muy agudo y el más ligero sonido alcanzaba en seguida la inteligencia, oculta tras su marchita cabeza, que ya no se preocupaba por las cosas de este mundo. Se trataba de Sit-cum-to-ha, que insultaba a los perros mientras les unía el arnés. Sit-cum-to-ha era la hija de su hija, pero estaba demasiado ocupada para pensar en el inválido abuelo, sentado solo en la nieve, olvidado e indefenso. Tenían que levantar el campamento. Les esperaba un largo camino, mientras que el breve día no iba a mantenerse durante mucho tiempo. Era la vida la que la llamaba, junto con los deberes de la vida, y no la muerte. Y el viejo estaba muy próximo a la muerte.

Al pensarlo, al anciano le invadió un ligero pánico, extendiendo una temblorosa mano, que palpó la seca leña apilada a su lado. Tras comprobar que seguía allí, la mano volvió a refugiarse en su traje de pieles y continuó escuchando. Un sordo crujido le indicó que habían desmontado la tienda del jefe y que la estaban cargando en los trineos. El jefe era su hijo, alto y fuerte, primera autoridad de la tribu y un gran cazador. Mientras las mujeres recogían el equipaje, resonó su voz, censurándolas por su lentitud. El viejo aguzó el oído. Era la última vez que la oía. Ya habían desmontado la tienda de Gee-how. Y ahora la de Tusken. Siete, ocho, nueve; sólo debía quedar la del shaman. Le oyó gruñir, mientras la ponían en otro trineo. Un niño rompió a llorar y una mujer quiso calmarle, con suaves y acariciadores sonidos guturales. EL pequeño Joo-tee, se dijo el anciano, un niño irritable y no muy fuerte. Quizá muriese pronto y entonces abrirían con fuego un agujero en la tundra

helada, colocándole encima muchas piedras para que no le devorasen los lobos. ¿Y qué importaba? Unos cuantos años más y, en el mejor de los casos, lo mismo daba tener el vientre vacío que lleno. Al final, esperaba la muerte, hambrienta, siempre hambrienta.

¿Qué era aquello? Los hombres ataban los trineos e iban asegurándose de la firmeza de los nudos. El viejo escuchaba, seguro de que no iba a oírlo nunca más. Los látigos restallaron entre los perros. ¡Cómo gemían! ¡Cómo odiaban su trabajo y el continuo viajar! ¡Ya habían partido! Un trineo tras otro, fueron arrancando hacia el silencio. Se habían ido. Salieron todos del ámbito de su vida y el anciano se dispuso a enfrentarse, a solas, con su última hora. La nieve crujió bajo unos mocasines. A su lado, había un hombre. Una mano se apoyaba amorosamente sobre su cabeza. Esto demostraba lo bondadoso que era su hijo. Recordaba a otros ancianos, cuyos hijos no habían esperado cuando se fue la tribu. Pero el suyo lo había hecho. Se remontó al pasado, hasta que la voz del joven le devolvió al presente.

--¿Todo bien?

El viejo respondió:

--Todo bien.

--A tu lado tienes la leña -continuó el joven- y la hoguera está encendida. La mañana es gris y ha comenzado el frío. Pronto nevará. Ya caen algunos copos.

--Sí, caen algunos copos.

--Los hombres de la tribu van de prisa. Su equipaje es pesado y tienen los vientres planos por falta de comida. El viaje es largo y marchan de prisa. ¿Todo bien?

--Todo bien. Soy como una hoja del año pasado que aún se aferra a la rama. Al primer soplo de aire, me desprenderé. Mi voz parece la de una vieja. Los ojos ya no me muestran el camino de mis pies, las piernas son torpes y estoy cansado. Todo bien.

Abatió la cabeza satisfecho, hasta que se apagó el último rumor de nieve pisoteada y supo que su hijo se encontraba más allá del sonido de su voz. Entonces extendió la mano, con angustia, hacia la leña. Era lo único que se interponía entre él y la eternidad que le rodeaba. La duración de su vida podía medirse por un puñado de ramas. Una tras otra, irían alimentando la hoguera y, de este modo, paso a paso, la muerte acabaría por asaltarle. Cuando la última astilla se hubiera consumido, la helada iba a adquirir mayor fuerza. Primero, las manos; luego, los pies. La insensibilidad se le extendería lentamente, por todas las extremidades del cuerpo. Abatiría la cabeza sobre las rodillas para descansar. Iba a ser sencillo. Todos los hombres deben morir.

No se lamentaba. Así era la vida y, además, era justo. Nació pegado a la tierra y pegado a ella había vivido, por lo que aquella ley no le resultaba una novedad. Era la ley de la carne. No se preocupaba de esa cosa concreta a la que llaman individuo. Su único interés lo constituían las especies, la raza.

Esa era la sola abstracción que cabía en la mente bárbara de Koskooh, pero se aferraba a ella con firmeza. La veía destacarse en todos los detalles de la vida. El nacer de la savia, el florecer del brezo, la caída de la hoja, todo contaba la misma historia.

Sólo una tarea le encomendaba la naturaleza al individuo. De no cumplirla, moría. Si la cumplía, moría igualmente. A la naturaleza no le importaba. Había muchos que se mostraban obedientes y era, tan sólo, la obediencia en esa materia, aunque no quienes la obedeciesen, lo que vivía para siempre. La tribu de Koskooh era muy antigua. Los viejos, a quienes conoció de niño, habían conocido, a su vez, a otros ancianos. Por tanto, era cierto que la tribu vivía, que lograba mantenerse a través de la obediencia de todos sus miembros, desde un remoto pasado, cuyos lugares de origen nadie sabía.

No contaban; constituían simples episodios. Habían pasado, igual que las nubes de verano. También él era un episodio e, igualmente, iba a pasar.

A la naturaleza no le importaba. A la vida, sólo le encomendaba una tarea. Sólo le prescribía una ley.

La tarea de la vida era perpetuarse; su ley, la muerte. Una doncella resultaba algo agradable a la vista, fuerte y de robustos senos, con la primavera en su caminar y una luz en los ojos. Pero la tarea estaba por hacer. Se volvía más brillante la luz de sus ojos y su paso más vivo, mostrándose unas veces descarada con los hombres y, otras, tímida, como para transmitirles su propia inquietud. Resultaba más y más agradable a la vista, hasta que algún cazador, incapaz de contenerse por más tiempo, se la llevaba a su tienda, para que le cocinase y fuera la madre de sus hijos.

Y, cuando éstos llegaban, perdía todo atractivo.

Sus miembros se marchitaban, debilitándose, sus ojos perdían el brillo y sólo los niños muy pequeños encontraban placer en la arrugada mejilla de una anciana squaw, junto al fuego. Había cumplido su tarea. Pero pronto, al presentarse la primera amenazade hambre o la primera larga emigración, la abandonarían, tal como a él acababan de abandonarle, solo en la nieve, con una pequeña reserva de leña. Tal era la ley.

Colocó una rama en el fuego y reanudó sus meditaciones. Lo mismo ocurría con todas las cosas. Los mosquitos desaparecían con la primera helada. Las ardillas huían para morir. Cuando la edad se abate sobre el conejo, se hace lento y pesado, de manera que no puede escapar a sus enemigos. Incluso los ojos se volvían ciegos y pendencieros, de modo que los jóvenes acababan por matarles.

Koskoosh recordaba haber abandonado a su padre en un lugar del Klodike, el invierno antes de que el misionero llegase con sus libros que hablaban y su caja de medicinas.

Con frecuencia, Koskoosh se había relamido los labios al recordar aquella caja, aunque ya no se le humedeciese la boca. El "mata dolores" era especialmente agradable. Pero el misionero resultó una carga para el campamento, pues no traía comida y, en cambio, lo devoraba todo, de manera que los cazadores se quejaban. Acabó con los pulmones helados, junto al Mayo y, luego, los perros escarbaron en su tumba, peleándose por sus huesos.

Koskoosh colocó una nueva rama en el fuego, sumergiéndose aún más en el pasado. Hubo aquella temporada de hambre, cuando los viejos se agrupaban en torno al fuego, con los estómagos vacíos, relatando tradiciones de otros tiempos, en que el Yukon corriólibremente durante tres inviernos y, en cambio, quedó helado durante tres veranos. Entonces, acababa de perder a su madre. En todo el verano no pudieron pescar salmón y la tribu esperaba el invierno, que traería el caribú.

Y vino el invierno, pero no el caribú. Nunca había ocurrido nada semejante, según recordaban los más viejos. Pero el caribú no vino y corría ya el séptimo año. Los conejos no se habían reproducido y los perros no eran más que sacos de huesos.

A lo largo de la interminable oscuridad invernal, los niños lloraban y morían y, también, las mujeres y los ancianos. Ni uno entre diez miembros de la tribu vivó para ver el sol, al reaparecer éste en primavera. Fue mucha el hambre que pasaron.

Pero Koskoosh también había conocido tiempos de abundancia, en que la carne se pudría, por no saber qué hacer con ella y los perros estaban gordos e inútiles de tanto comer, épocas en las que dejaban marcharse la caza, sin matarla, las squaws eran fértiles y en las tiendas se apretujaban hombres, mujeres y niños.

Fue entonces cuando los guerreros, con los estómagos llenos, desenterraron viejas querellas y se dirigieron al sur para matar a los pellys, y al oeste, para sentarse junto a las apagadas hogueras de los tatanas.

Recordaba que, siendo niño, durante una de estas épocas de abundancia vio cómo los lobos mataban a un reno. Le acompañaba Zing-ha, que, luego, fue el más hábil de los cazadores y que acabó cayéndose por un agujero del hielo que cubría el Yukon. No le encontraron hasta un mes más tarde, pegado a la sólida corteza, como si fuese a escapar de la trampa.

Pero, volviendo al reno... Aquel día había salido con Zing-ha a jugar a que cazaban, tal como veían hacerlo a sus padres.

En la orilla de un río, descubrieron el rastro fresco de un reno, junto con el de muchos lobos.

--Es viejo -comentó Zing-ha, que era muy hábil en leer las huellas-. Es viejo y no puede seguir a la manada. Los lobos le han aislado de sus compañeros y no le abandonarán.

Y así fue. Era el sistema de los lobos. Día y noche, sin descansar nunca, aullando a sus talones y saltándole a la nariz, le acosarían hasta matarle. ¡Cómo se les encendió la sangre a él y a Zing-ha! ¡El final iba a ser todo un espectáculo!

De prisa, siguieron el rastro del reno, tan claro, que incluso el propio Koskoosh, mal rastreador y corto de vista, hubiese podido hacerlo. Se le fueron acercando, leyendo la tragedia que se escribía a cada paso.

Llegaron al lugar en el que el reno había intentado defenderse. La nieve aparecía pisoteada y revuelta en varias direcciones, por tres veces el tamaño de un hombre. En el centro, se veían las profundas huellas del reno y, en torno a ellas, por todas partes, las más ligeras de los lobos. Algunos, mientras sus hermanos azuzaban a la víctima, se habían tendido a descansar.

La huella de sus cuerpos estaba tan clara como si hubiese ocurrido minutos antes. Uno de los lobos resultó alcanzado por el ataque de su angustiada víctima, que le pisoteó hasta matarle. Unos cuantos huesos, muy limpios, así lo atestiguaban.

Volvieron a detener sus raquetas cuando llegaron al lugar de un nuevo encuentro. Allí, el gran animal había luchado desesperadamente. Por dos veces, consiguieron derribarle, como se leía en la nieve y, por dos veces, se había librado de sus asaltantes, poniéndose nuevamente en pie. Aunque el reno cumplió la tarea encomendada por la naturaleza hasta el final, la vida, pese a todo, seguía siéndole muy cara. Zing-ha comentó que resultaba muy extraño que un reno, una vez derribado, lograse volverse a levantar. Pero, sin embargo, lo había conseguido. Cuando se lo contaron, el shaman vería signos de grandes maravillas.

Por último, llegaron a otro lugar donde el reno intentó vencer una colina, para internarse en el bosque. Entonces, sus enemigos le habían saltado a la espalda, hasta que cayó atrás, aplastando a dos de ellos. Resultaba muy claro que muy pronto le iban a matar, pues los lobos habían ignorado aquellas víctimas. Se habían desarrollado otros dos encuentros, de muy escasa duración y muy próximos entre sí.

El rastro se veía marcado de rojo y las largas zancadas de la bestia se hacían cortas y torpes. Entonces, oyeron los primeros rumores de la lucha; no era el profundo coro de la caza sino un breve y seco ladrido, que hablaba de una refriega cuerpo a cuerpo y de dientes que se hundían en la carne.

Contra el viento y arrastrándose por la nieve, avanzó Zing-ha, seguido por Koskoosh, quien, con los años, llegaría a ser jefe de su tribu. Juntos apartaron las ramas bajas de un joven árbol para mirar. Sólo vieron el final.

La imagen, como todas las impresiones de la infancia, se mantenía viva en su mente y sus apagados ojos volvieron a ver aquel final, como en los días lejanos. A Koskoosh le sorprendió esto ya que, en el tiempo que siguiera, mientras fue cacique de sus hermanos y jefe del consejo, había realizado grandes proezas y su nombre llegó a ser una maldición en labios de los pellys, sin hablar de aquel extraño hombre blanco al que matara en un duelo a cuchillo.

Durante mucho tiempo, estuvo pensando en los días de su juventud, hasta que fue muriendo el fuego y el frío le mordió con más fuerza. Lo reanimó, esta vez, con dos troncos, midiendo la duración de su vida por la leña que le quedaba.

Si Sit-cum-to-ha hubiese pensado en su abuelo y reunido mayor cantidad, sus últimas horas serían más largas. No le habría costado mucho. Pero era una muchacha muy descuidada, que ya no honraba a sus mayores, desde el momento en que El Castor, hijo de Zing-ha, se había fijado en ella. Sin embargo, ¿qué importaba? ¿Es que acaso él no había hecho lo mismo en su breve juventud?

Por un instante, escuchó en silencio. Tal vez el corazón de su hijo se ablandase y volviera en busca de su anciano padre, para llevárselo en el trineo hacia el lugar en que abundaban los caribús y disponían de mucha caza.

Aguzó el oído, calmándosele el inquieto cerebro. Ni un sonido, nada. {únicamente él respiraba en medio del gran silencio. Se sentía muy solo. ¿Qué era aquello?

Se estremeció de improviso. El tan conocido aullido rompió la quietud muy cerca. Entonces, en sus ojos ciegos, se proyectó la visión del reno, de un viejo reno, de flancos desgarrados, de la sangre, de su revuelta cresta y de los grandes cuernos, derribados, que se agitaban hasta el final. Imaginó las escurridizas figuras grises, las brillantes pupilas, las lenguas colgantes, las fauces entreabiertas. Y, también, cómo se iba cerrando el inexorable círculo, hasta no ser más que un punto en la blanca inmensidad.

Un morro frío le rozó la mejilla y, a ese contacto, el alma del viejo volvió al presente. Acercó la mano en el fuego para sacar un tizón encendido.

Su instintivo miedo al hombre, hizo que la bestia se retirase, lanzando un profundo aullido para llamar a sus hermanos, que le contestaron en el mismo tono. El anciano escuchaba. Le iban sitiando. Agitó violentamente la mano, despidiendo chispas, pero las bestias no huyeron. De cuando en cuando, uno se atrevía a adelantarse, luego otro y, luego, otro. Pero ni uno solo quedaba rezagado.

¿Por qué se aferraba de aquel modo a la vida?

Al preguntárselo, Koskoosh dejó caer el tizón encendido en la nieve. Allí chisporroteó, hasta apagarse.

El círculo gruñó inquieto, pero no se movió.

De nuevo, el anciano vio el último combate del viejo reno y, cansado, dejó caer la cabeza sobre las rodillas. ¿Qué importaba ya? ¿No era, acaso, la ley de la vida?

 

 

 
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