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  Madera de Héroes o El Flecha de Teruel (Antonio J. Onieva)
 

 

 

Madera de héroes

(El Flecha de Teruel)

Antonio J. Onieva

Eran las seis de la tarde de uno de los últimos dias de diciembre de 1937. Las calles de Teruel estaban solitarias; pero el estampido de los fusiles, las ametralladoras y los cañones, ensordecía a los pocos hombres de la España Nacional que en el interior de algunas casas sufrían las consecuencias de una traición abominable.

De pronto se dibujó una sombra al comienzo de una calleja. Era un niño, como de unos trece años, que, saltando montones de cascotes, se deslizaba en silencio hacia una casa próxima.

Llegó al umbral. La puerta estaba cerrada y llamó.

-¿Quién? -preguntaron de dentro.

-Yo, Pepico -contestó el niño.

Abrióse la puerta y penetró el muchacho en el zaguán. El que la había abierto, que era un hombre como de cincuenta años, cerró la puerta, encendió una cerilla y subió con el muchacho al primer piso. En él, y repartidas por algunas habitaciones, había unas cuarenta personas.

-¿De dónde vienes, Pepico?

-De allá, de la parte del viaducto.

-¿Y tu padre?

Pepico bajó la cabeza y murmuró sordamente:

-¡Se lo han llevado los rojos!

-¡Vaya por Dios! ¿Y tu hermano Luisico?

-En casa de la tía Pilar.

-¡Pero si no hay nadie en ella!

-Allí lo he dejado en un rincón sobre un saco. No me he atrevido a traerlo, por si nos pasaba algo en el camino.

Pepico y Luis eran dos hermanitos, huérfanos de madre. El padre, un honrado artesano de Teruel, había tomado las armas desde el primer momento para unir sus esfuerzos a los de los bravos turolenses que durante más de un año mantenían a raya al ejército rojo, ansioso de entrar en Teruel y comido por la rabia, al ver que todas sus acometidas resultaban estériles.

Teruel, la muy noble, ilustre y leal capital del bajo Aragón, reverdecía los laureles de Oviedo, Toledo, Muesca y Santa María de la Cabeza, y daba al mundo el espectáculo de un vivero de héroes que todos los días realizaban el milagro de sobrevivirse.

Una noche los rojos ocuparon una parte de la ciudad. No la conquistaron, no; la ocuparon por el precio de una traición. Los vecinos de la parte ocupada fueron hechos prisioneros, y no todos; porque algunos de ellos rompieron con bombas de mano el cerco enemigo y consiguieron llegar a las posiciones nacionales.

Aún quedaban otros dentro de la ciudad, como aquellos junto a los cuales acababa de llegar Pepico.

Cuando llegó éste, discutíase el modo de salir de aquel infierno de metralla y tomar contacto con las tropas de Franco.

-Aquí no podemos hacer nada -decía un anciano-. Estamos como quien dice rodeados de enemigos, y si nos resignamos a quedarnos, pueden llegar y asesinarnos en cualquier momento.

-Salir... sí, sí; pero ¿por dónde? -preguntó un vecino.

-Claro. ¿Por dónde?-interrogaron otros.

-Eso es lo que hay que estudiar, y pronto, porque la salida tiene que ser esta misma noche -repuso el anciano.

-Tenemos que llegar hasta Concud, que es donde están los nuestros -dijo otro vecino.

-Yo creo -se atrevió a insinuar Pepico-que lo más seguro es bajar por la parte del tajo.

-Para ti, sí, mañico, que tienes buenas piernas; pero para nosotros no sirve.

Largo rato estuvieron los vecinos discutiendo la manera de salir de Teruel, y al fin resolvieron no hacerlo en pelotón, sino en pequeños grupos, y no por un solo lugar para no llamar la atención, sino por dos o tres distintos. Así, pues, se dieron la mano los unos a los otros, y aprovechando los instantes en que los reflectores recorrían el firmamento, fueron saliendo, con toda cautela y avanzando pegados a los muros de las casas.

También salió Pepico, unido al último grupo.

Era noche cerrada. El cañón retumbaba no muy lejos. Se trataba de las baterías nacionales que, por encima de los sitiadores, batían algunos edificios ocupados por las brigadas internacionales.

-Seguidme -dijo en voz baja el hombre que capitaneaba el grupo.

El frío era intensísimo. Los copos de nieve herían el rostro como alfileres que se clavaran en la carne. Pepico, con su pantalón corto y su camisa azul de flecha, tuvo que cruzar los brazos sobre el pecho para que el frío no le atravesase las entrañas.

Justamente habían recorrido cien metros, cuando Pepico exclamó:

-¿Y Luisico? ¡No lo puedo dejar allá! El capitán del grupo se detuvo un momento y exclamó en voz baja:

-¡Es verdad! Mira, Pepico, como aqui no podemos detenernos, porque este sitio es peligrosísimo, continuaremos despacio. Ya sabes por dónde vamos. Coge a tu hermanito y síguenos.

Pepico echó a correr en dirección a la casa de su tía Pilar. Las calles continuaban desiertas. Todo Teruel parecía un enorme cementerio. En una esquina vió un montón de cadáveres cubiertos de nieve.

Entró en la casa, una pobre choza que apenas se sostenía en pie, y se acercó a Luisico, un niño de cinco años, que dormía tranquilamente envuelto en una tela de saco. Lo tomó con cuidado y salió de nuevo a la calle. La negrura de la noche era espesísima.

Volvió sobre sus pasos en busca de sus amigos, llegó al punto donde se había despedido de ellos, prosiguió el camino convenido y al volver una esquina tuvo que retroceder y pegarse como un papel al muro. Un grupo de rojos avanzaba por la calzada de la calle. Llevaban el fusil prevenido y hablaban en un idioma que el muchacho no pudo entender.

Pepico, oculto por el muro en sombra, reprimió la respiración. Luisico seguía dormido. Los rojos pasaron cerca de los dos niños y siguieron a lo largo de la calle. El muchacho cerró los ojos y lanzó un suspiro de satisfacción.

-Ahora, adelante -se dijo.

Y continuó su marcha. La nieve caía cada vez más densa. De cuando en cuando se detenía el muchacho para tomar aliento. Trató de embocar varias calles, pero algunas voces lejanas le obligaban a variar de dirección.

Cuando estaba más perplejo sin saber qué dirección tomar, un resplandor cortó las sombras de la noche y un disparo retumbó cerca de él.

-Me han descubierto -pensó Pepico-. No hay más remedio que ir hacia el tajo.

Y decididamente se encaminó hacia la cortadura sudeste de la ciudad.

¡Pobre muchacho! Se acercó a la hendedura y, por un senderito en zig-zag, comenzó a descender. Al fondo se oían mugir las aguas del río, pero no se veía nada.

La carga de Luisico le impedía desenvolverse con holgura. ¡Si al menos estuviera despierto y pudiese ir a horcajadas sobre las costillas! Pero Luisico dormía incomprensiblemente ajeno a la brega de su hermano, y éste tanteaba el sendero con el pie para no irse de cabeza sobre el abismo.

Al fin pudo llegar a la orilla del río por un punto fácilmente vadeable.

Pepico ya no sentía frío, y como la carga de su hermano le sofocaba más de la cuenta, se sentó y colocó a aquél sobre sus piernas. Entonces le miró fijamente. ¡Cosa más rara! Luisico seguía durmiendo y, sin embargo, aquello no parecía sueño. Era una especie de sopor profundo, mal aliviado por una respiración lenta y débil. Pepico le tocó las manos y las piernas. ¡Casi heladas!

-¡Adelante otra vez! -se dijo.

Púsose en pie, cargó con el pequeño y, sin vacilar, penetró en el río. El contacto del agua le hizo el efecto de un machete que le segara las dos piernas. Reprimió un grito de dolor y siguió avanzando. El agua le iba ganando los muslos, el vientre...

-¡Con tal de que no toque a mi hermanico!

Pudo cruzar el río, subió por la vertiente opuesta y siguió su marcha con la nieve hasta las rodillas. En lugar de frío, sentía que sus pies ardían, como si pisara fuego. Ya temía el muchacho no poder seguir caminando, cuando la luz potente de un reflector empezó a extenderse sobre la blancura del campo. Inmediatamente se tiró al suelo. Y para que el cuerpo de su hermanillo no sintiera el contacto de la nieve, lo colocó sobre el suyo, pegada boca con boca.

-¡Luisico! -le llamó con voz delgada como un hilo-. ¡Luisico! ¿Estás bien?

¡Nada!

Como la nieve caía en abundancia, le cubrió con el saco y esperó. El reflector seguía bañando de luz la llanura del sur.

Y así transcurrieron horas, muchas horas, cada una de las cuales parecía una eternidad.

-¡Luisico! -volvía a insistir Pepico-. Tienes mucho frío, ¿verdad? Yo te quitaré la nieve de encima a medida que te vaya cayendo.

Y el desventurado respiraba en la boca de su pequeño para darle calor y aliento, y con la mano libre echaba a un lado la nieve que le caía.

¡Noche espantosa e inacabable, noche de gritos lejanos, de estampidos horrísonos, de lúgubres pesadillas!

Poco antes de amanecer se apagaron las pupilas de los reflectores, y, entonces, Pepico se puso en pie como pudo , se echó al hombro el cuerpo de su hermanito y emprendió la marcha. Una hora más tarde y al punto en que amanecía la gloria de Dios, llegó a las avanzadas de los nacionales, éstos, que vieron a los dos muchachitos, les gritaron:

-¡Por aquí, pequeños, por aquí!

Cuando éstos se acercaron a la trinchera, uno de los soldados dijo:

-Llevadlos a la tienda del jefe y que les den café caliente.

Cuando llegaron a la tienda, Pepico depositó a Luisico en el suelo. Estaba muerto, como un pajarito helado.

-¡Luisico! -gimió Pepico arrojándose sobre él.

-¿Quién es? -le preguntó el jefe de la avanzadilla.

- ¡Es mi hermano! -exclamó con los ojos arrasados en lágrimas.

Pero reaccionando de pronto, se las restañó con las manos, se levantó briosamente y mirando al jefe, dijo:

-Ya no tengo padre, ni hermano, ni nadie; pero no importa. Todavía quedo yo para luchar. ¡Viva el generalísimo Franco! ¡Arriba España!

El jefe, sorprendido por aquel arranque de coraje en un muchachito de trece años, le puso una mano sobre el hombro y exclamó:

-¡Bravo! ¡De tu madera son los héroes!

Este relato, que me impresionó vivamente, recuerdo haberlo leído allá por mis 12 años con el título de El Flecha de Teruel; de ahí que lo haya subtitulado así.

 
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