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  Melancólica Grilladura (Caranva Romero)
 

 

 

Melancólica Grilladura

Caranva Romero

Lenta, silenciosamente declinaba la tarde. Su cielo azul, con rojo brillante de fondo, comenzaba a tornarse oscuro, buscando un íntimo abrazo con la noche, como el espíritu lo busca con el Infinito.

Todo, en medio de la hermosa sucesión de colores vespertinos, respiraba quietud, paz, amor, tristeza; sí, tristeza, porque la quietud, la paz, el amor hacían percibir más claramente aún las miserias en las que el mundo se halla inmerso. Sin embargo, los pocos habitantes del pueblo, quizás por lo normal del fenómeno en estos pagos o tal vez por su incapacidad de experimentar la más mínima impresión ante las más esplendorosas manifestaciones de la Naturaleza, parecían haberse sustraído a la inefable belleza del ocaso.

Dejé atrás, con paso lento, las últimas casas del pueblo, dormido en su indiferente silencio de siglos, de siempre y me senté al amparo de los álamos del río, agitados por suave brisa, rumiando mi insignificancia en medio de la callada infinitud de la tarde.

De pronto, y como por encanto, rompiendo el silencio, hasta mí llegó claro, continuado, algo lejano el canto de un grillo, ¡de uno sólo! Parecía invitar a los demás, escondidos en sus oscuros agujeros, a que se unieran a él, para juntos predicar no sé qué Buena Nueva. Pero ninguno se unió. Entonces, sin inmutarse, prosiguió su canto, solo. Mas al poco, ¡oh Dios de maravillas!, como premiando la perseverancia del solitario predicador, un coro de pajarillos se unió sin reservas al canto: el jilguero, con su dulce melodía; el pardillo, con su infatigable gorjeo; el ruiseñor, tejedor de cantos sublimes; el verdecillo, con su armonioso cascabeleo; el gorrión, con su constante piar, y, hasta una urraca con sarcásticos gritos, participaba de la alegría de los decididos animalitos, que habían comprendido el mensaje del grillo. Pero, de súbito, el portador de tan gozoso mensaje, se calló. Los pajarillos enmudecieron al no oírlo ya; aunque, al poco, algunos reanudaron el canto, mientras los otros, en silencio, levantaban el vuelo.

Unas ranas, presentes en la escena, incrédulas y despiadadas comenzaron a entonar en aquel instante un canto feo, desagradable con su tosco croar, eclipsando el maravilloso canto entonado por los pajarillos, que, poco a poco y uno a uno, fueron callando, hasta que, al unísono, y por virtud de milagrosa coincidencia, un coro de grillos se elevó hacia el incipiente y claro cielo nocturno.

Me incorporé, entonces, perezosamente y con paso lento y cansino volví hacia el pueblo, experimentando, hasta en lo más profundo de mi ser, una suave melancolía sin por qué, una acompañada soledad, una vieja desubicación en el mundo, un imponente caos mental.

 

 

 
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