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  Mi Escrito sobre el Braille (Cristina Ruiz Carrión)
 

 

 

Mi Escrito sobre el Braille

(Para AS Radio)

Cristina Ruiz Carrión

Aquella mañana de otoño, ella me pidió levantarme a su mesa. No sabía con qué fin me requería, pero nada más acercarme puso un plástico punteado ante mis pequeñas manos y me preguntó:

--¿Cuántos puntos hay aquí?

Más que los puntos, primeramente me atrajo la superficie sumamente sedosa de aquel citado plástico, que no era más que una hoja de papel, hecho de semejante manera, quizá con el fin de ATRAER a sus pequeños lectores.

Por decirle algo, LE RESPONDÖ que había tres puntos, lo cual le llamó bastante la atención, pues, según me explicó después, tras una pequeña porfía por mi parte, solo había uno, el que constituía el principio del alfabeto universal. Tras poner varias formas distintas bajo aquel pequeño dedo y comprobar que no tenía la habilidad suficiente para comenzar a leer, decidió dejar aquel atractivo FOLIO para mejor ocasión, y entrenar el tacto manual mediante objetos lúdicos.

Unos meses después, volvió a ponerme bajo el dedo el punto que anteriormente me hizo perder méritos, y esta vez sí lo reconocí, además de otros con diferentes formas, que me fueron presentando progresivamente, hasta que conocí por completo la fonética y la morfología de nuestra lengua. Era en verdad bonito y estimulante, el tocar aquellas formas tan distintas entre sí, y a la vez tan parecidas, que cabían en un reducido espacio en la escritura,y que aparecían, al principio en una superficie que podría decirse de seda. Pocas cosas tan suaves tocaríamos, durante muchos años después. Era igualmente atractivo poner un folio sobre aquella plancha metálica, encima de la cual, a su vez, poníamos una regleta que contenía estas pequeñas cajas de escritura, y, tras puntear todo el papel, lo estraíamos y leíamos, pudiendo observar nosotros mismos nuestra propia escritura y la forma de llevarla a cabo. Así, si nuestro temperamento era nervioso, aquellos puntos se torcían en la caja, de forma que las letras quedaban deformadas y el papel se rompía en seguida. Por el contrario, los hábitos tranquilos y el dominio del sistema y de nosotros mismos, daban a cada letra una forma perfecta, no tan bonita como la de nuestro primer libro, pero sí más atractiva que la anterior.

Comenzamos a pensar entonces que quizá la única diferencia entre nosotros, que por el hecho de no ver escribíamos y leíamos mediante puntos táctiles, y aquellos que sí poseían el don de la vista, consistía en que estos escribían y leían con las mismas letras y formas, pero, a diferencia de nosotros,ellos hacían aquellos puntos con el bolígrafo, y tras ello, los leían con la vista. Lo peligroso de esta fantasía, no era tanto pensarla como carecer de pruebas que la justificasen, pues ocurría muy a menudo que las compañeras que conservaban alguna cantidad de resto visual tendían a usarlo para leer lo que habían punteado con la pauta, que así se llamaba la plancha de la que antes hablábamos, y en no pocas ocasiones se negaban a realizar este tipo de escritura.

Poco después aprendimos las primeras reglas gramaticales que nos introducían en el buen uso del idioma, y fue así como aprendimos a amarlo, pues encontrábamos la plena justificación de sus preceptos en los libros, que muy pronto entretendrían nuestras horas de ocio, y que, según imaginábamos entonces, algún día estarían escritos por nosotros.

Entre tantas fantasías, propias y trasmitidas, confirmamos, pocos años después, nuestro deleite por los compañeros de aficción de otras épocas y nuestra pasión por la lengua que escuchó nuestros primeros balbuceos y que nos vio crecer y madurar como personas. Comenzamos a imitar a los primeros, a través de largas misivas epistolares que recorrían el mundo entero durante los períodos vacacionales, y más tarde a través de tímidas y ardientes poesías, con algún que otro cuento.

Algo debía de haber detrás de cada punto, una esencia incomensurable e irreemplazable, ya que nada sustituye hoy a esas lecturas tan apasionadas e íntimas, que, incluso en voz alta penetraban en lo más hondo de nuestro ser y nos absorbían al instante, haciendo que los contenidos que a través de nuestras manos entraban se nos imprimiesen de forma indeleble en la mente. Nunca después, ni siquiera mediante las voces menos deshumanizadas, nos ha acaparado y envuelto tan hondamente el placer de leer. Algo mágico y poderoso ocultan esos puntos y esas pequeñas letras, capaces de aislarnos y sumergirnos en mundos totalmente diferentes, cual si de un sueño o viaje imaginario se tratara.

Lástima que los tiempos hayan cambiado y nos hayan robado nuestra esencia, cambiando nuestros amados libros, primero por unas cintas magnetofónicas, seguidamente por unos discos compactos, y finalmente por horrendas voces metálicas. Si este es el precio que nos impone la llamada civilización digital, que constituye la sociedad del primer mundo, quizá sería conveniente hacer un poco de retrospección y considerar si no sería mejor sacrificar parte de estos inventos, para conservar nuestra verdadera esencia y nuestra identidad, la de seres humanos que, pese a no ser perfectos, realizan sus actividades de una forma tan natural como los demás. De no ser así, pronto seremos el reclamo de una tecnología brutal y deshumanizada, y caminaremos por el llamado mundo civilizado cual máscaras que no pasan de ahí, que terminan en sí mismas, sin alma y sin cerebro, fabricadas bajo la dictadura de dicha tecnología. Seremos en fin,entes deshumanizados y muy fáciles de fabricar, como otrora se deshumanizó el arte y hoy muy pocos piensan en una obra auténtica.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
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