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  Peripecias de un Perito (Enrique Labarta)
 

 

 

Peripecias de un Perito

(Episodio disparatado)

Enrique Labarta

EN una ciudad de Galicia, aunque no sé en cuál de ellas a punto fijo, vivían frente por frente (de esto hace ya muchos años) un perito listo y trabajador, y un indiano que, cumpliendo a la letra el divino precepto, había hecho una más que regular fortuna con el sudor de su rostro, ejerciendo las funciones de mozo de cordel en los apartados climas de América.

Tenía el tal indiano, una hija tan horriblemente fea, que cuando por las mañanitas del estío se asomaba al balcón con objeto de tomar el fresco, las beatas madrugadoras al pasar por delante de ella con dirección a la iglesia, santiguábanse temblorosas, en la creencia de que era el enemigo y confirmándolas más en su opinión el saber de buena tinta, que éste, parodiando a la necesidad, tiene a veces cara de conejo; y su vecino el perito, en más de dos ocasiones corrió también las cortinillas de la ventana de su cuarto a fin de librarse de tan pavorosa visión. Mujer en fin, a la que no bastarían a darle un solo atractivo, no digo el caudal en pleno de su papá, sino todas las minas de California. Tan fea, que sin exageración, el mismísimo diablo bien arregladito, los cuernos limados, el rabo recogido, afeitado y en traje de hembra, puesto a su lado, aun le haría desmerecer.

En este estado las cosas, sucedió que cierto día un chusco desocupado que vivía en la misma calle, -no teniendo a costa de quién divertirse, forjó la malévola idea de tomar como blanco de sus bromitas al pacífico indiano y al inofensivo perito.

Escribió al efecto una carta al indiano, que firmó con el nombre del perito, y la cual estaba concebida en estos términos:

-Muy señor mío: Yo, aunque pobre, soy activo y trabajador, y aprovechando estas dos buenas cualidades, me tomo la libertad de pedir a usted la mano de su hija, a quien amo con frenesí, quizás por ese extraño sentimiento de simpatía que profeso a todos los objetos raros".

-Enemigo de perder tiempo, mañana a las cuatro de la tarde iré a casa de usted, a fin de saber su resolución definitiva".

"Soy de usted ... etc.".

Terminada esta carta, y después de solazarse con su lectura, escribió acto continuo, firmándola con el nombre del indiano, otra al perito, y cuyo contenido era el siguiente:

"Muy Sr. mío: Poseo en las afueras de esta población, una finca de cincuenta y ocho hectáreas de sembradura y titulada Mí hija la cual quiero que se mida y tase sin pérdida de tiempo, con objeto de arrendarla.

"Por consiguiente, si usted quiere encargarse de dicha operación, sírvase pasar por esta su casa mañana a las cuatro de la tarde".

S. S. etc.".

Terminado que hubo la segunda carta, selló las dos, y enviándolas ambas por correo interior, sin encomendarse a Dios ni al diablo, aquella misma noche llegaron a poder de los interesados.

Abrió la suya el indiano y después de leerla y volverla a leer con todo detenimiento, exclamó: - Pues señor, el chico no me disgusta, toda la vecindad asegura que es activo, honrado y trabajador, y un yerno así, la verdad, me conviene; pues el que trabaja todo lo merece, y trabajando, he reunido yo ni¡ fortuna. Pero, ¿qué querrá decir en su carta con eso de objetos raros? ¡No lo comprendo! ¡Vamos, sí, alguna galantería! Llamaré a mi hija y tomaré su parecer. ¡¡Cornelia!!

-¡Voy! - contestó una voz fuera del orden natural de las voces, una voz que no parecía ni de habitante de este mundo ni del otro; una voz ... más espantosa que la voz de la conciencia; y detrás de aquella voz, apareció un macaco con faldas como esos que pintan los niños con tiza en las paredes.

-Hija mía - dijo el indiano, a aquel mamarracho semoviente, que más bien que de carne parecía hecho de un trozo de madera- me piden tu mano.

-¿Cuál? - preguntó la niña admirada; pues de advertir es, que su talento no le iba en zaga a su hermosura.

-¡Supongo que las dos! - contestó el indiano aturdido con la pregunta y a fin de confirmar el refrán que dice: "Tales padres, tales hijos". En fin -continuó- nuestro vecino el perito quiere casarse contigo, porque dice que le gustan los objetos raros. ¿Estás?

-Sí, señor.

-¿Y sabes tú lo que quiere decir eso de los objetos raros?

-No, señor.

-¿No, eh? ¡Pues yo tampoco!

-Muchas gracias.

-¿Con que le das las gracias? ¿Luego sabes lo que quiere decir eso? ¡Las mujeres son el diablo! ¡Todo lo entienden!

¡Ya lo decía yo, que debía ser algún piropo! ¡Picarillo de perito! Y vamos a ver: ¿tú qué dices?

-Yo no decía nada.

-Pero lo dirás. . . ¡y dirás que sí!

-Sí - contestó Cornelia, repitiendo como un eco las palabras de su papá.

-¡Bueno! ¡Somos de un parecer!

Y así diciendo, hizo un cuarto de conversación, y terminando sin otros incidentes la conferencia, tomó asiento el indiano; y con el firme propósito de dar al perito una contestación afirmativa y acordándose a la vez de las respuestas de su hija, murmuró entre dientes: ¡Qué talento natural tiene esta chica!

Mientras esto sucedía en casa del indiano, el perito en la suya, después de leer la otra carta, exclamaba limpiándose las botas: - ¡Este es un buen negocio! ¡El vecino es rico y le aplicaré el arancel! ¡"Mi hija"! ¡"Mi hija"! ¡Qué nombre tan raro tiene esa finca! ¡Y no debe ser maleja! ¡Probablemente me pondrá prisa y necesitaré un ayudante para terminar más pronto la operación, porque al fin son muchas hectáreas! ¡Es necesario también ir a la hora marcada... pues a estos hombres les gusta mucho la puntualidad! ¡Sí, señor; la puntualidad!

Y aquella noche indiano y perito se acostaron con el deliberado propósito de verse al otro día, a las cuatro en Punto de la tarde.

¡Tan! ¡Tan! ¡Tan! ¡Tan! - dijeron a una todos los relojes de la ciudad.

-¡Las cuatro! - exclamó el perito disponiéndose a salir. -¡Las cuatro! - repitió el chusco asomándose a la ventana.

-¡Las cuatro! - masculló el indiano con voz medio dormida y recostado muellemente en un sillón.

Luego, apareció el perito en la Calle, metióse en la casa de en frente, cerró el chusco su ventana, y el indiano levantándose, murmuró:

-"Llaman a la puerta. ¡Es él!- y salió a esperar a su vecino que ya subía las escaleras.

Saludáronse cordialmente los dos burlados, y el indiano, después de conducir al perito a la sala de recibir y obligarle a tomar asiento, díjole con tono confidencial:

-Ya sé el motivo...

-Sí, sí -replicó el perito- ahora espero que usted ...

-Estas cosas requieren calma.

-No. Si eso se hace en un día ... es una operación sencillísima.

-Es usted muy apurado, caballerito. No es tan sencilla como usted cree.

-No; yo estoy a lo que usted ordene ...

-¡La verdad ... que a usted le conviene mi hija!

-¡Ya lo creo! ¿A qué está uno sino a ganarse un pedazo de pan?

-Ya sé, ya sé que es usted activo y trabajador. Tengo muy buenos informes; pero mi hija...

-Debe ser buena tierra ¿eh?

-¿De buena tierra? Sí es del país.

-Pero de primer orden. Me lo supongo.

-Es favor

-¡No, señor, no! Mire usted ... nosotros, a los que están dentro del radio de la población acostumbramos a ponerles una tasa más alta -

-Sí. Tiene usted razón. Están más civilizadas ... llevan una educación más distinguida... hay otros medios ...

-Y sobre todo, que las tiene uno a mano. Además, los abonos.

-¡No! ¡Yo no estoy por los abonos!

-Pues los abonos son el todo.

-Soy de muy distinto parecer. Sólo cuando la compañía que actúa en el teatro es muy buena, puede pasar el abonarse...

-¿Eh? ¿Qué dice usted?

-¡Ah, picarillo... parece que es usted aficionado a los abonos ... y eso ocasiona muchos gastos! ...

-No es del caso entrar aquí en discusión acerca de la utilidad de los abonos...

-Sí, sí ... será mejor dejarlo.

-Y, volviendo a nuestro asunto: ¿hace mucho tiempo que usted la posee?

-Veinte años cumple para abril.

-¡Ya va larga la fecha!

-Ca, hombre. Si por ahora es una criatura ...

-Bien, pues mañana, si usted gusta...

-Voy a serle a usted franco: en vista de los buenos informes que de usted tengo, me conformaré con que usted la. . .

-En ese caso necesitaré un ayudante, porque yo sólo no sé si podré con tanto trabajo.

-¿Qué dice usted? ¿Está usted loco? -exclamó el indiano asombrado.

-No, no... si usted tiene gusto en ello, la mediré yo solo.

-¡Eso es otra cosa!

-Entonces...

-Sí; llamaré a Cornelia para que delante de usted repita lo que ayer ha dicho; porque yo sin su consentimiento no hago nada.

-No veo la razón para que la señorita intervenga ...

-Caballero: yo sin ella no doy un paso.

-Como usted guste - replicó el perito con indiferencia.

-Cornelia- gritó el indiano-. Y a los pocos momentos apareció ante los asombrados ojos del perito aquel ser heterogéneo que nunca tan de cerca él había contemplado.

-Hija mía. ¿Tú estás conforme? ¿No es verdad?

-Es verdad -contestó la niña maquinalmente, como pudiera hacerlo una figura de resorte cuando le oprimen los muelles.

-Tengo la seguridad --dijo el padre a la hija- de que el señor es a propósito...

-Muchas gracias -interrumpió el perito inclinándose.

-Bah, hombre. . ., déjate ahora de cumplimientos. Venid, hijos míos, y abrazadme.

Y el indiano abrió los brazos con tanta destreza que más bien que hombre parecía un molino de viento recientemente construído.

¡Qué hombre tan raro! -pensó el perito para sus batones- Me llama hijo... Me tutea. .

-¿No me abrazas, hombre?

-Ya que usted se empeña...

Y al decir esto, indiano y perito se estrecharon mutuamente.

-Vamos... ¡no seas tan tímido! exclamó el indiano-. ¡Ahora dale un abrazo a Cornelia! ¡Te lo permito!

¡Este hombre se ha vuelto loco! -se dijo el perito.

-Anda, hombre, abrázala -insistió el padre de la muchacha.

El perito no salía de su asombro.

-¡Caballero!

-Hay que abandonar esa timidez. Abrázala pues. ¿Qué te detiene?

Y acompañando la acción a la palabra agarró el indiano con fuerza al perito y a su hija e hízolos chocar el uno contra el otro como si fueran dos bolas de billar.

-Señor mío -gritó el perito perdiendo ya la paciencia-, ¿trata usted de divertirse a costa mía?

-¿Qué lenguaje es ése, señor yerno?

-¡Qué yerno ni qué ocho cuartos! ¿Está usted loco? ¿Para eso me manda usted venir a su casa?

-¿Qué significa esto? ¿No has sido tú el que me has escrito?

-¿Yo?

-¡Sí, tú!

-Pero, caballero, ¿con qué derecho me tutea usted? el que tiene todo padre...

-Caballero. Es necesario que llame usted a un médico.

-Dios mío. ¿Te encuentras mal? Esa falta de hilación en tus palabras ... ese cambio repentino. Yerno, tú te has vuelto loco. Quizás la alegría...

-El loco es usted -replicó furioso el perito-, que me escribe una carta para que le mida una finca y luego...

-¡Qué carta ni qué niño muerto! Carta, la tuya. ¿La ves?

Y el indiano enseñó al perito la carta que el chusco le escribiera, a la vez que el perito enseñaba la suya al indiano.

-Esto es una farsa. Han querido burlarse de nosotros exclamaron los dos a un tiempo leyendo las respectivas cartas.

-Y lo han logrado -agregó el perito.

-Así parece -aseveró el indiano.

-Yo indagaré ...

-Yo averigüaré ...

Y ambos, furiosos y medio corridos por lo pesado de la broma, se despidieron con frases balbucientes y entrecortadas; y al llegar a la escalera el indiano dió un fuerte porrazo contra el llamador y el perito bajó midiéndola hasta el primer descanso, con toda su personalidad, siendo aquélla, según opinión unánime de sus contemporáneos, la primera vez de su vida que efectuó una medición sin cobrar el arancel.

¡Oh pequeñez de las cosas humanas!

Aquella noche el perito soñó que se casaba con un talego de monedas de cinco duros, y al otro día, no encontrando quien le interpretase aquel sueño, lo interpretó él mismo, sacando en consecuencia que el tal talego sería la hija del indiano y que la pasada equivocación bien podía convertirse en realidad.

La chica era fea, pero la necesidad del perito no le iba en zaga, y vale más un diablo vestido que un ángel desnudo.

Además, casándose con ella, ¡qué chasco se llevaría el chusco!

 

Epílogo

 

Seis meses eran pasados desde los anteriores sucesos cuando una mañanita de primavera cruzaba silenciosa por la calle, en dirección a la iglesia una lujosa comitiva, cuyo objeto era ... presenciar la indisoluble unión de dos almas. ¿Quién era el novio? El perito. ¿Y la novia? La hija del indiano. ¿Y el padrino? ¡El chusco de marras!

 

 

 
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