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  Pulmones de Piedra (Julio Llamazares)
 

 

 

Pulmones de Piedra (De "Escenas de Cine Mudo")

Julio Llamazares

La primera noticia que tuve de la mina fue la respiración de Luis, el vecino de arriba de mi casa.

Ni siquiera recuerdo ya su cara.

La respiración de Luis era la de un buey cansado. Monocorde y profunda, llegaba día y noche a través de la escalera (aunque a ratos, por el día, los sonidos domésticos la ahogaran) como si, en lugar de un hombre, hubiese un nido de abejas en el piso más alto de la casa. La respiración de Luis era como una gotera: estaba siempre presente y era imposible olvidarla.

Desde mi primer recuerdo, la respiración de Luis sonaba ya en la escalera y a través de las paredes de su casa. Luis y su familia vivían arriba, justo encima de la mía, en la tercera y última planta (salvo excepciones, que yo recuerde, todos los pabellones tenían tres plantas), y nunca salía de casa. Al menos, yo nunca lo vi en la calle. Se pasaba los días sentado a la ventana, sin hablar, sin leer, sin escuchar la radio, sin nada; únicamente mirando. La mujer, que estaba loca y cantaba todo el día (quizá no estuviera loca y si cantaba lo hacía para no tener que oír aquel jadeo angustioso), era la que se encargaba de la casa y de los hijos y de los dos familiares que también vivían con ellos: un cuñado que era el único que trabajaba, y un tío que estaba tonto (al parecer, en la guerra, le habían pegado un tiro mal dado) y se pasaba los días mirando las chicas de los calendarios.

Yo era amigo de los hijos y subía muchas veces a su casa. Jugábamos al parchís o a escondernos por las habitaciones (juegos en los que a veces participaba también la madre) ante la indiferencia del padre, que no dejaba un instante de mirar por la ventana. Ni siquiera nuestros gritos parecían molestarlo. Permanecía absorto durante horas, ajeno a nuestra presencia, como si estuviese dormido o a miles de kilómetros de distancia. Ni siquiera se volvía cuando le decían algo. Se limitaba a asentir o a responder con un gesto -o, como mucho, con monosílabos-, sin dejar de mirar por la ventana. Sólo, de cuando en cuando, abandonaba aquella actitud para toser largamente o para escupir en la palangana que tenía siempre al lado unos esputos tan negros, y tan desesperanzados, que parecían salirle, más que del pecho, del alma. Y así, todo el día hasta que se iba a la cama.

Luis se murió muy pronto (tendría yo siete años) y su familia se fue de Olleros hacia algún lugar del sur del que eran originarios. Nunca se supo más de ellos. La casa quedó vacía hasta que una nueva familia llegó a ocuparla y al poco tiempo no quedaba ya en ella ningún rastro de su paso. Ni siquiera su recuerdo duró más de un par de años: era el tiempo que en Olleros, donde casi todos éramos forasteros, el recuerdo de la gente duraba como máximo. Pero su respiración, aquel jadeo angustioso, como el respirar de un buey, que nunca se detenía y que nunca parecía apaciguarse, siguió sonando durante años en el rellano de la escalera y en la ventana de la cocina desde la que él miraba la calle hasta que los nuevos ruidos y el paso de otros vecinos acabaron por borrarla.

Como Luis, había muchos hombres en Olleros aquellos primeros años. Mineros todavía jóvenes (algunos no llegarían a la edad que yo ahora tengo) que arrastraban su tristeza y su ahogo por las calles y que parecían ya viejos a los cuarenta años. La mayoría de ellos habían entrado en la mina siendo niños todavía y a los treinta o treinta y cinco ya se habían jubilado. Pero, aun así, ya era tarde. Cuando los retiraban, incluso antes: cuando los enviaban al exterior para desempeñar en la bocamina labores secundarias, tenían ya los pulmones llenos de polvo y la muerte grabada en la mirada. A partir de ese día, su único trabajo consistía en esperarla.

Los de la fotografía están sin duda esperándola.

Se nota en su gravedad y en su forma de mirar hacia la cámara: como si nada ya les interesara. Están sentados al sol, mirando a la carretera, a la uerta del bar de La Amistad -curioso nombre para este cuadro-, y yo, simplemente, debía de pasar por delante (se nota en que ni siquiera miro a la cámara). Pero es igual. El fotógrafo me unió a ellos en aquel preciso instante y, mientras la fotografía exista, ya siempre estaremos juntos, ellos mirando al vacío y yo alejándome.

Basta mirarlos para saber que ya están condenados. Se les nota en la mirada y en la palidez del rostro -esa palidez intensa, como de cartón antiguo, que les recorre la cara-, y en la tensión de las venas y de los pechos hinchados. Es el polvo, que les seca los pulmones, la silicosis que avanza como una marea de piedra y que acabará asfixiándolos.

Quizá por eso, dos d ellos están fumando. La mayoría lo hacían, pese a tenerlo prohibido, seguramente porque les daba ya igual que los matara el polbo o el tabaco. Durante años de hecho, yo creí que era el tabaco el que los hacía toser y respirar de aquel modo y pensaba que algún día yo estaría, como Luis, sentado ante una ventana, mirando a la eternidad, con la silla apoyada en la pared y la palangana al lado.

Los de la foto no tienen la palangana al lado, pero sí la eternidad en sus miradas. Están vivos y respiran (si los miro fijamente, aún puedo oír sus pulmones), pero miran a la cámara como si estuvieran ya en un tiempo diferente al de la imagen. Seguramente lo estaban. Seguramente hacía años que para ellos el tiempo ya no era una película en la que los días se sucedían uno tras otro como en el cine los fotogramas, sino una pantalla en blanco, una pantalla infinita en la que ya no había nada. Seguramente, también, era ésa la pantalla que Luis veía tras su ventana y la que lo mantenía absorto durante horas del mismo modo en que, en el cine, al acabar la película, hay personas que se quedan mirando a la pantalla sin darse cuenta siquiera de que aquélla ha terminado. Obviamente, no están viendo la pantalla, sino el recuerdo de la película, que todavía siguen rumiando. Del mismo modo, los de la foto están mirando a la cámara, pero lo que sus ojos reflejan son sus recuerdos, no lo que tienen delante.

Son recuerdos de cocinas muy humildes, de padres que ya no existen, de provincias y de pueblos muy lejanos. Recuerdos de escuelas pobres, de adolescencias fugaces, de maletas, de caminos, de muchachas, de autobuses y de trenes renqueantes en los que llegaron a Olleros cuando todavía eran jóvenes y recuerdos, sobre todo, de esa mina que, junto con su juventud, quemó también sus pulmones y los convirtió en ancianos. El del gorro, por ejemplo, que es al único que recuerdo (los otros tres debieron de morir antes), tenía cuando murió apenas cuarenta años. Se llamaba Germán y vivía en los cuarteles de La Herrera, alrededor de los cuales estaba siempre, en los últimos tiempos ya siempre sentado. Cuando le hicieron la autopsia (Germán se murió en la calle y lo encontró la mujer cuando salió de noche a buscarlo), tenía los pulmones como piedras de tan duros y compactos como estaban. Al menos, eso contaban al día siguiente, a la puerta del bar de La Amistad, sus amigos de tertulia mientras esperaban su turno mirando a la eternidad, que estaba más allá de las montañas, y fumando.

Eso debió de ser hacia 1966 y yo, como en la foto, pasaba simplemente por delante. Tengo la sensación, ahora que pienso en ello, de que eso fue lo único que hice durante todos aquellos años.

 

 

 

 
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