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  Siempre Braille (Javier Bernal García)
 

 

 

Siempre Braille

F. Javier Bernal García.

Estaba anocheciendo en la ciudad. Una lluvia infatigable se agarraba a la ruda mano del viento de enero, llamando insistentemente a los cristales de la ventana. La música de Bach inundaba cadenciosa y alegre todos los rincones de la estancia, al cálido abrigo de una pequeña chimenea. Sobre la mesa unos vasos con vestigios de hielo que iban realizando su natural y pausada metamorfosis.

A mi lado, muy cerca de mí, se hallaba un libro de insondables y atrayentes misterios que tal vez tendría que leer en esa noche de invierno pluscuamperfecto. El miedo, la intriga, la incertidumbre, la emoción y también el deseo, se confundían en un cóctel tan espiritual como el que acababa de beber hasta apurar el último sorbo. ¿De qué modo habría de leer ese libro arrebatado sin duda del mismísimo templo de Afrodita y que ahora podía tocar justamente a mi lado?

No sabría precisar el momento exacto ni cómo se inició tan deleitante lectura, pero al fin estaba deslizando mis dedos por la primera página, abierta tras el silencioso e invisible vuelo de un ángel.

A mi mente acudieron como una bandada de pájaros apenas recién salidos del nido, los recuerdos infantiles de mi primera cartilla en el sistema braille, poco tiempo después de que en mis ojos sonara el mandato bíblico al revés: "deshágase la luz". Nunca pude olvidar que tomé aquella cartilla entre mis manos con amoroso cuidado, con la enorme esperanza de que aquellas prominencias extrañas pudieran ser el camino de un luminoso futuro. Arrastré mis dedos índices por unas líneas agudas y penetrantes, con el mimo de quien toca algo que puede desdibujarse o desaparecer bajo la presión de las yemas. Y así fueron surgiendo infinitos puntos que construían una tras otra las letras, luego éstas engarzaban palabras, palabras que encerraban conceptos, y conceptos que eran la representación viva de las percepciones refulgentes en la mente fresca de un niño. "Mamá, oso, luz, agua, casa, color", eran un sobresalto después de cada feliz descubrimiento.

Y allí estaba yo ahora, rememorando aquellos lejanos e inextinguibles recuerdos, al tiempo que trataba de comprender en toda su dimensión aquel enigmático libro, elaborar por enésima vez conceptos a partir de mis manos, construir imágenes desde la miniatura de los diversos relieves rozando la punta de los dedos.

Sí, también mis dedos con aquella primera cartilla, del mismo modo aprendieron a explorar el mundo a mi alrededor, las cosas cercanas y tangibles, todas cuantas se encontrasen al alcance de mis brazos. Los objetos del mundo circundante eran para mis manos como una prolongación de la lectura en el método braille. Mi perro, mi ropa, mi dormitorio, el rostro de mi mejor amigo, eran recorridos por mis dedos, descubiertos de pronto, compuestos mentalmente como si formase una sintaxis material a partir de decenas de ninúsculas señales al compás de mis yemas.

Los latidos de la música de Bach me devolvieron a la realidad del momento. Estaba leyendo entre las hojas de este indescifrable libro de arcanos, todo él repleto de líneas curvas e inclinadas, de diferentes formas y longitudes, de dibujos intrincados, de relieves indefinibles, pero que mi cerebro lograba configurar a partir de secuenciales destellos de abstracción.

La percepción de ese singular polimorfismo de sorprendentes paisajes, de nuevo transportó mi pensamiento a la preadolescencia, a la primera vez que mis manos se hallaron ante un mapa físico espectacular. Sería imposible describir la inmensa emoción que invadió mi ánimo, revisando uno a uno cada milímetro: las líneas zigzagueantes de los ríos, la turgencia de las montañas, los inasibles puntos de las grandes ciudades, era como haber reducido el mundo para que unos pequeños dedos pudieran abarcarlo y abrazarlo, era la verdadera extrapolación del universo braille para que las imágenes más alejadas pudieran ser tocadas allí mismo.

El inicio del tercer concierto de Brandeburgo, me hizo por fin regresar desde los felices recuerdos de la infancia hasta la realidad de aquella lectura cada vez más estremecedora. Había alcanzado el último capítulo y me acercaba a las puertas de un ansiado desenlace.

- Mira, -musité-, todas las cosas del mundo están constituidas por infinitos y diminutos puntos que van formando significados diferentes según su armonioso reparto. ¿Quieres saber de mí en este otro idioma? -Pregunté en voz baja a Isabel, tras leer la última página que no era otra que la que se hallaba escrita en la geografía de sus pies.- Pues bien, -continué-, sólo tienes que hacer lo que voy a decirte: cierra muy bien los ojos, aprieta fuertemente los párpados para sentir la calidez que irradia la oscuridad, imagíname, igual que yo a ti hasta hace un instante, como un libro compuesto de millones de infinitas partículas semejantes a las pequeñas y redondeadas agujas de un libro en relieve, y entonces..., léeme con tus delgados dedos, léeme al ritmo de un amanecer de domingo, y conóceme, ¡conóceme para siempre en braille!

 

 

 
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