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  Tragedia en la Selva (Rex Beach)
 

 

 

Tragedia en la Selva

Rex Beach

Pedro Dobley era un joven trampero que vivía en los yermos de tierras muy remotas, sin más compañía que Príncipe, su enorme perro de tiro, más lobo que can; de largo y tupido pelo gris.

Todos los otoños salía del monte con su silencioso perro, fiel servidor, a proveerse de lo que los dos necesitaban para el invierno y luego volvían a desaparecer. En la primavera, regresaba con las pieles que había juntado durante la estación de caza.

Príncipe era compañero inseparable de su amo, en cuyas penalidades y peligros nunca dejaba de participar. En tanto que Pedro, a quien mucho quería estuviese a su lado, poco le importaba que durmiesen a la intemperie, sin más luz que el firmamento, o, la choza acogedora que les servía de albergue. Sus ojos amarillos miraban a su señor y amigo con un afecto reverente que poco distaba de la adoración. Este sentimiento tierno parecía arder de continuo suavemente en el corazón de Príncipe como una lámpara en un altar, y sólo cuando el peligro amenazaba a su dios, reaparecía el lobo feroz en el apacible perro. Entonces erizaba el pelo, mostraba los colmillos y le brillaban siniestramente los ojos.

Hay perros en cuyo pecho no cabe más que un afecto; perros que no pueden querer sino a una persona; mas el corazón de Príncipe era tan amplio y generoso como su cuerpo era grande y fornido. Así cuando Pedro se casó con Margarita, el noble animal la quiso a ella tanto como a él. La primavera siguiente, cuando llegó Pedrito y había tres personas que cuidar en vez de dos, Príncipe no sólo aceptó con gusto su trabajo y sus nuevas responsabilidades, sino que se mostró jubiloso con la aparición del nene, a quien al punto cobró gran cariño, quizá por ver en él un objeto especial de su solicitud.

Pero los dioses inclementes de los montes del Norte se pusieron celosos. Margarita, lejos de recobrar su salud y sus fuerzas, las fue perdiendo, y las primeras nieves del otoño cayeron sobre una sepultura recién abierta bajo los pinos solitarios, al lado del cual velaban en silencio, un hombre acongojado y un perro gigantesco cabizbajo.

Pedro se dio sus trazas de hacer comprender a Príncipe (aunque Príncipe ya lo supiera) que en adelante éste no podría servir de centinela en las trampas ni participar en las emociones de la caza; pues era necesario que cuidase del nene mientras el amo iba a buscar alimento para todos. Desde entonces, cuando Pedro salía, Príncipe se asomaba a la ventana hasta verlo desaparecer, y luego, lanzando un profundo suspiro, se echaba al lado de Pedrito. Si el chiquillo despertaba o se desasosegaba, siempre encontraba una piel suave y tibia en que hundir las manezuelas o apoyar la cabecita, y sentía las caricias que su fiel guardián le hacía, lamiéndole afectuosamente.

Un día sobrevino una fuerte ventisca cuando Pedro, estaba lejos de la choza. En unos pocos minutos, la nieve cubrió el suelo con un manto que ocultó toda la vereda y aún los árboles que pudieran servir de señales. Brújula en mano, Pedro partió para la choza. Avanzaba lentamente, pues la marcha se hacía difícil sobre manera, y además, incierta; y al fin lo cogió la noche. Con alguna intranquilidad, pensó en Pedrito; mas estaba seguro de que Príncipe lo cuidaría bien y no dejaría que pasara frío.

El huracán cesó al amanecer, y poco después Pedro salió, tambaleándose, del monte al claro donde estaba la choza. Al oírlo llegar, Príncipe saltaba siempre a la ventana lleno de júbilo a dar la bienvenida a su señor y amigo. Pero esta vez Pedro ni vio al perro en la ventana, ni oyó ruido alguno.

Con el corazón helado, se lanzó a saltos por la nieve, dando gritos roncos como para llamar o interrogar al perro. Al fin llegó a la choza, empujó violentamente la puerta, que con sorpresa encontró a medio abrir. Entró con precipitación, fuera de sí, enloquecido.

La camita del nene estaba desocupada. Las mantas estaban teñidas de sangre y el suelo cubierto de manchas rojas. Mientras Pedro contemplaba la escena horrorizado, Príncipe salió arrastrándose de debajo de la cama. Tenía el hocico ensangrentado, y el pelo del pescuezo salpicado de rojo. No miró a Pedro ni trató de acercársele, sino que permaneció tendido en el suelo, cabizbajo y con los ojos vagarosos que parecían rehuir los del amo.

Con la rapidez del relámpago, Pedro formó en su imaginación un cuadro cabal de lo que había ocurrido. "Este bruto fue lobo" se dijo a sí mismo, "y aún lo es. El hambre despertó en él los instintos feroces de sus progenitores". Y lanzando un alarido de ira alzó en alto el hacha que llevaba en la mano, y con toda su fuerza la descargó sobre la ancha cabeza del perro.

De repente oyó el lloriqueo que parecía salir de detrás del cadáver de Príncipe. Poniéndose en cuclillas, estiró el brazo tembloroso y sacó al nene de debajo de la cama. Pedrito tenía la ropa rasgada y cubierta de sangre, pero estaba perfectamente ileso. Desconcertado y casi loco, Pedro escudriñó con los ojos el resto del aposento, en el que antes no se había fijado y vio en un rincón oscuro un lobo muerto con el pescuezo desgarrado y un jirón sangriento de la piel de Príncipe entre los dientes.

 

 

 
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