SIÉNTATE CONMIGO
  Una Visita Real (Helena Ríos de Utrilla)
 
 
 
 
  Una Visita Real
 
  Helena Ríos de Utrilla
 
Recuerdo que al llegar a casa me quité los zapatos y metí los pies helados entre las placas del radiador para calentármelos. Todavía permanecían en mi cabeza los alegres villancicos y las mágicas imágenes de la cabalgata de Reyes, cuando mi madre entró en la habitación apremiándome para que me quitase el traje de pastora y me pusiese el pijama. A mis seis años, bueno, la verdad que eran ya casi siete, aún seguía teniendo dificultades para deshacerme las lazadas del delantal, las del refajo y especialmente las del corpiño, cuyos cordones finos se habían empeñado en enredarse como nudos marineros, por eso mamá me tuvo que ayudar a cambiarme. Ella parecía tener mucha, mucha prisa aquella noche, pues quedaban bastantes cosas por preparar; un cubo de agua para los camellos, una bandeja con turrones y tres copitas de anís dulce para los Reyes Magos. Pero yo solo quería disfrutar un rato más de mis ensoñaciones navideñas y cantar los villancicos que había aprendido en el colegio, no tenía ninguna prisa por acostarme, y mucho menos, por cenar.
Con parsimonia, con mucha parsimonia había conseguido acabarme la tortilla de jamón, pero cuando mi madre puso ante mí un tazón de leche con abundantes galletas, me invadió el desánimo. Me sentí incapaz de poder tomármelo, sobre todo después de haber comido algunos caramelos en la cabalgata, notaba el estómago lleno y pesado. Mi madre que debió ver la expresión de mi cara, me instó con autoridad.       
-¡Tómate la leche!
Yo hacía lo que buenamente podía, teniendo en cuenta que desde que tengo uso de razón siempre había preferido soñar y divagar antes que comer. Cucharada tras cucharada iba tragando la leche con galletas como si fuese un horrible engrudo, pero  al rato, el inmenso tazón  tan solo estaba a la mitad.
-¡Vamos, come! -volvió a insistir mamá.
-Ya no tengo más gana. ¿Puedo dejármelo? -pregunté yo con esperanza.
-¡Acábatelo de una vez! -sentenció mamá.
-Es que no puedo comer más -protesté yo con voz lastimera.
-Si no terminas la cena pronto y te acuestas, no tendrás regalos. Los Reyes Magos no dejan nada en las casas donde hay niños levantados.
La leche ya estaba fría y así no me gustaba, pero mamá estaba seria y de nada serviría insistir, con mucha suerte, si no protestaba más y hacía como si comiese, al rato se daría por vencida y me permitiría acostarme antes de que los Reyes llegaran a mi casa. De repente, un largo timbrazo interrumpió mis pensamientos.
-Helenita, ¡abre la puerta! -pidió mi madre. 
Atravesé el pasillo largo y oscuro hasta llegar al recibidor, encendí la luz,  e insegura, pregunté a mi madre.
-¿Abro?
-Sí, abre -respondió ella desde el salón.
Recuerdo que me costó llegar al cerrojo, pero lo que nunca podré olvidar fue lo que pude ver al abrir la puerta, casi se me para el corazón. ¡Eran los mismísimos Reyes Magos en persona! Instintivamente incliné la cabeza, a modo de reverencia, tal y como había visto hacer en las películas. Con un nudo en la garganta y un hilito de voz conseguí decirles.
-No me he acabado la leche pero he sido muy buena en el cole y he sacado buenas notas.
Ellos me besaron y cambiaron mis lágrimas de temor y emoción por una caja de lápices y  por una muñeca de rizos rubios.
Mis ojos de seis años no fueron capaces de ver al mancebo de la farmacia del tío Pepe tras la falsa barba de Melchor, ni al vecino ataviado con la peluca cobriza de Gaspar, ni tampoco al hijo del sacristán con la cara tiznada de betún aparentando ser el mismísimo Baltasar. Por eso cuando las amigas dudaban de la existencia de los Magos de Oriente, yo siempre insistía en que los Reyes existían, que eran de verdad porque yo misma los vi, porque visitaron mi casa después de la cabalgata.
 
Helena Ríos de Utrilla
Almería 6 de febrero de 2018.
 
 
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