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  ¡El tío Borrachooo!, ¡el Tío Borrachooo! (Juan Piedrahíta)
 

 

 

¡El Tío Borrachooo!, ¡el Tío Borrachooo!

Juan Piedrahíta

UNA de las impresiones más fuertes de mi infancia por lo menos una de las que, a pesar de los muchos años que han pasado, la recuerdo como si fuera una viva imagen que se acabara de posar en mi conciencia, fué esta que voy a contaros ahora.

Vivía yo entonces en mi pueblo natal, que tiene para mí la suma de mis gratos afectos.

Mi pueblo es un pueblecito pequeño, de casco recogido, apiñado. Como si las casas tuvieran miedo de ser aplastadas por la imponente montaña vecina, se apretujan unas contra otras, alrededor de la Iglesia, como pollitos al lado de la clueca. Claro que no es para menos su miedo, porque la montaña parece estarles eternamente amenazando con desplomarse sobre ellas y aplastarlas. ¡Pero qué espectáculo el de aquel monstruo rocoso! Arriba, en los altos picachos, que se encrespan enhiestos hasta taladrar las nubes con sus agujas, las nieves ungen a la montaña de un venerable atuendo de ancianidad; más abajo, a media falda, extensas cañadas serradas, eternamente verdes y jugosas, por las que corren cantarines y alegres cien regatos de limpio cristal; y en su inserción con el valle, rodeando el pueblo, una ancha faja de huertos floridos y abundantes, verdaderos vergeles, cuajados de frutales, se extienden y dilatan valle abajo, en amplia alfombra policroma, de perpetua lozanía.

En mi pueblo, como en casi todos los pueblos, la vida de los muchachos discurre en plena libertad, sin la coacción inmediata de los mayores, que nos atosiguen con sus advertencias.

Los niños hacen del pueblo una continuación de la casa. Entran y salen, marchan y vuelven de acá para allá, sin que jamás nadie ponga coto a sus iniciativas y espontaneidades.

Cumplido el deber escolar, dulce o enojoso, según el maestro que nos cabía en suerte, ya no había cortapisas para nuestro albedrío y campábamos por nuestros respetos, como los recentales cuando, ahíto el cuajo, triscan a su antojo por las praderas de esmeralda.

Eso de salir de paseo pegado a las faldas de la mamá, con el constante sermoneo mosconeando sobre las orejas: "Hijo, no corras, que te vas a caer; no te tires al suelo, que te vas a manchar...; que no te sofoques, que te enfriarás luego...", etc., etc., que tan enojoso nos es a los muchachos, confieso que yo no lo padecí jamás, gracias a Dios.

Desde chiquitín campé libremente, sin advertencias inoportunas, pero con pródiga copia de sanos ejemplos de mis padres, que aun cuando entonces quizá no comprendía, más tarde procuré imitar fielmente para mi bien. No quiero decir con esto que hiciera lo que me daba la gana; pero sí os aseguro que la autoridad que sobre mí pesaba era, por lo menos, lo suficientemente disimulada o leve, que yo no me daba cuenta de ella.

No agradeceré nunca lo bastante a mis padres este régimen de disciplina. Quizá nuestra aparente libertad fuese como los movimientos de los muñecos en el Guiñol; sus contorsiones y sus bailes parecen espontáneos, pero unas cuerdas invisibles les mueven, promoviendo sus gracias y sus mohines.

Quizá a ello se deba el inmenso poso de caros recuerdos y de íntimas emociones inéditas que guardo de mi infancia. La viví plenamente, como después ya no se puede vivir ninguna etapa de la vida.

Pero os voy a contar el cuento del tío borracho, que ya es hora de que le demos comienzo, ¡Hablando de mi infancia, ya casi no me acordaba de lo que iba a contaros!

Cuando yo era pequeño -que ya ha llovido desde entonces-, vivía en mi pueblo un pobre hombre que, en el fondo, era un infeliz, un bendito de Dios, una buena persona en toda la extensión de la palabra, incapaz de hacer mal a nadie. Le había dado, sin embargo, por la bebida, y el hombre era constantemente el hazmerreír de todos.

Para los muchachos era una de las mayores diversiones que teníamos, porque, el pobre, era inofensivo. Además, se ponía graciosísimo cuando la "cogía", que era un día sí y el otro también. Le acosábamos materialmente con nuestras bromas y nuestra rechifla.

Le llamaban a nuestro hombre, por mal nombre, el tío "Jarrucha". Y atendía por tío "Jarrucha" mejor que por el suyo verdadero, que, francamente, no nos acordamos cuál era. No hay liga que pegue con mayor fuerza que eso de los motes, costumbre primitiva, sin duda. Pero hay que reconocer que suelen tener gracia muchos de esos remoquetes de los pueblos, pues casi siempre retratan al individuo por alguna de sus debilidades más características, y lo suelen hacer con verdadera sal.

A "Jarrucha" le venía el remoquete de su costumbre de beber el vino en jarra y porque siempre que invitaba a los compinches a una convidada lo hacía con la consabida frase sacramental: "¿Qué -les decía-, vamos a echar una jarrucha?" Y con "Jarrucha" se quedó para toda la vida. Y "Jarrucha" le llamaban a su hijo, y todos sus nietos serán "Jarruchas", por los siglos de los siglos.

El tío "Jarrucha" tenía además de su conocida afición al traguillo, que él convertía en trago a caño libre, sin diminutivo posible, un gran orgullo: el de considerarse un héroe de la Patria.

En efecto, parece que en sus mocedades sirvió como soldado en la "guerra de Cuba" y ostentaba en su piel señales evidentes que acreditaban sus acciones guerreras, en las que, como buen español, había sabido cumplir con su deber.

Pero para darle broma, y por el gusto de ver cómo se revolvía contra todos cuando ponían en duda su valor, y para buscarle la lengua y oírle sus graciosas ocurrencias, le decían, en guasa, que allí en Cuba había estado siempre de ranchero, encargado de la despensa. Os aseguro que daba placer oírle las cosas que les decía a los que se metían con él.

En cuanto el tío "Jarrucha" se ponía un poco calamocano, sin que su borrachez llegara a la categoría de "jumera" declarada, era cuando había que verle. Comenzaba a echar fuera el pecho y a dárselas de valiente que daba risa verle. Era entonces verdaderamente graciosa su figurilla desmedrada y enteca, con sus aires ficticios de marcialidad y su tono de voz, dando órdenes, a estilo militar, a todos los que le rodeaban.

Como todos le conocían bien y sabían que era incapaz de hacer daño a una mosca, le seguían la corriente, tan sólo por el placer de verle y oírle.

En cuanto los muchachos le veíamos de vena, ya estábamos allí todos, rodeándole y armando jaleo.

"¡Eh, tío "Jarrucha"! ¿Cuántos "mambises" mató usted en la guerra?" Y cuadrándonos delante de él, le saludábamos militarmente.

¿Creeréis que se enfadaba por ello? Pues os equivocáis. Todo lo contrario. Haciendo bocina de las manos, como si tocara una corneta, se ponía a imitar los toques militares, y a darnos órdenes a grandes voces, que alborotaban todo el pueblo.

Nos enseñaba la instrucción entre contorsiones graciosísimas, y nosotros le seguíamos la broma con gran entusiasmo.

"¡Tarariii!... ¡Tarariii!:. ¡Ataque a la bayoneta!", nos mandaba a los chicos. Y todos comenzábamos, alborozados, a ejecutar sus órdenes, con una algazara que ponía las calles y las plazas en pie de guerra.

Y el tío "Jarrucha", con grandes voces de beodo, coreaba nuestra jarana y nos incitaba a pelearnos unos contra otros. Armábamos verdaderas batallas a soplamocos y mandobles entre todos los chicos.

Pocas veces intervenían las personas mayores en estas escenas, seguramente porque conocían bien la bondadosa condición del pobre hombre y le sabían incapaz de nada malo. Se limitaban al papel de espectadores de nuestros alborotos, celebrando sus saladísimas ocurrencias y el pintoresco barullo que formábamos los muchachos y el tío "Jarrucha".

A veces, el pobrecillo, por haber cargado la mano en la bebida un poco más de la cuenta que de ordinario, y siempre era ya de suyo crecida; cuando se cogía una de las gordas, que los chicos llamábamos "terrera", porque el infeliz no podía enderezarse del suelo, terminábamos la juerga haciendo un corro alrededor del tío "Jarrucha" y cantando a coro, cogidos todos de la mano: "¡El tío borrachoo, el tío borrachooo!"

Por fortuna, llegado este trance, siempre acudía oportuno algún vecino compasivo, que comenzaba a repartir cachetes entre nosotros, poniéndonos en dispersión, y, haciéndose cargo del pobre borracho, se lo llevaba a dormir la "mona".

¡Pobre tío "Jarrucha"! Cada vez que recuerdo ahora su vergonzoso vicio me da verdadera pena de él. Porque en realidad no era más que un desgraciado infeliz, que de no haber tenido esta debilidad hubiera sido un excelente ciudadano, honrado y trabajador como nadie.

El tío "Jarrucha" tenía un hijo como de unos once años, que era de la misma traza física que el padre; chiquitillo, endeble; pero que en punto a bondad en nada tenía que envidiar a su padre.

En la Escuela los chicos le llamábamos también "Jarrucha". ¡"Jarrucha" por aquí, "Jarrucha" por allá! Nadie le conocía más que por "Jarrucha".

No sé por qué tenía yo por este chico un afecto entrañable, y como era mayor que él, le defendía siempre contra los demás chicos.

¡Qué orgulloso se ponía el pobrecillo cuando algún muchacho mayorzote no se atrevía a pegarse con él, porque según decía: "Claro, como te libra Fulano!" Y este Fulano era yo, que también me sentía orgulloso de que, por miedo a mis puños, le respetaran al pobre "Jarrucha" hijo.

En todas cuantas ocasiones se me presentaban defendía yo al hijo del tío "Jarrucha".

¿Por qué hube de estrellarme con él, que era precisamente mi más querido amigo? El orgullo, que siempre me perdió, me hizo cometer la mala acción que voy a contaros.

No se me olvidará nunca la impresión de aquella escena, de la que jamás me avergonzaré lo bastante. Fué una injusticia lo que cometí con el pobre muchacho, que nunca dejaré de lamentar.

Era un día en que el tío "Jarrucha" había agarrado una de las gordas. Una de aquellas que nosotros llamábamos "terrera", porque no podía el hombre moverse materialmente del suelo.

Habíamos acudido aquel día quizá más muchachos que de ordinario al reclamo de las gracias del tío "Jarrucha". Estaba el pobre verdaderamente calamitoso. Comenzó a darnos órdenes como siempre hacía; pero terminó por rodar al suelo, incapaz de levantarse. Como siempre también terminamos por formar el consabido corro alrededor del borracho y a cantar a voz en grito: "¡El tío borrachooo, el tío borrachooo!"

De pronto, y cuando menos lo esperábamos, apareció atropellándonos a todos el pobre hijo del tío "Jarrucha". Venía con una piedra en la mano, amenazándonos a todos y rechinando los dientes de rabia. El pobrecillo había presenciado la escena y corrió a defender a su desgraciado padre, que estaba allí, en medio del corro de chicos, caído como un pesado fardo, sin poder moverse siquiera.

El primer impulso de la rueda de chicos fué de desbandada. La actitud que traía el hijo de "Jarrucha" no daba lugar a dudar de su enojo, ni de su decisión de romper las narices al primero que se le presentase.

El pobre chico estaba ciego de ira, justificadamente ciego de coraje, pues nos estábamos burlando de su padre. ¡Del buenazo de su padre!, que tendría, es verdad, aquel feo vicio de la bebida, pero que era un santo para el hijo y le trataba siempre con todo cariño.

Acometió al primero que encontró a su alcance, y ese primero fuí yo, que recibí un fuerte puñetazo en la cara.

¡Desgraciado de mí! ¿Por qué no consideré en aquel momento el noble acto del hijo del tío "Jarrucha", saliendo él solo -él, que era el más débil de todos- en defensa de su padre, contra más de dos docenas de chicos?

¡Desgraciado de mí, que no supe comprender entonces aquel acto hermoso! Todavía me avergüenzo de ello. Como un energúmeno, cegado por mi soberbia, caí sobre el desmedrado cuerpecillo enteco y lo tendí en tierra de un puñetazo. Cayó el pobre junto al cuerpo del padre, incapaz de darse cuenta de mi acción.

¡Cómo he llorado después aquel acto de fuerza!

El pobre muchacho, al medir su impotencia, reaccionó inmediatamente en lágrimas. Rompió a llorar desconsoladoramente, junto al padre, con hondos suspiros de emoción y de pena. ¡Qué tremenda injusticia cometí!

La bandada de chicos, inconscientes, formó entonces la rueda nuevamente; alrededor del padre y del hijo, y comenzaron a cantar a coro:

"¡El tío borrachooo, el tío borrachooo!"

El pobre hijo de "Jarrucha" lloraba inconsolable junto al cuerpo del padre borracho, de pena y de rabia al mismo tiempo.

 

 

 

 

 
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