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  El Perfume de la Vida (Caranva Romero)
 

 

 

El Perfume de la Vida

Caranva Romero

Por la orilla de la estrecha carretera bordeada de montes en todo su esplendor, caminaba aquel joven con el cuerpo ligeramente encorvado, las manos hundidas en los bolsillos, el rostro sombrío y la mirada clavada en el suelo.

Ensimismado en sus negros pensamientos, y con paso lento, había ido dejando atrás la pequeña ciudad, ahora ya invisible, para refugiarse en los naturales ruidos de la tarde primaveral.

Sin detenerse, e inconscientemente, abandonó la carretera, muy transitada a aquella hora, internándose por un angosto camino situado a su izquierda.

El ruido de los coches fue desvaneciéndose poco a poco en la distancia, hasta que se encontró a solas con la Naturaleza, que parecía haberse vestido de gala para despedir al emblemático mayo. Sin embargo, el joven, absorto, seguía caminando sin que sus sentidos captaran la inefable belleza de la tarde. Quería estar solo, envuelto en la pena que le afligía, hasta que el transcurrir del tiempo y el exceso de soledad calmaran, aunque fuera momentáneamente, su dolor, que, en ocasiones, se agudizaba, haciendo que sus ojos se empañaran con lágrimas que pugnaban por salir al exterior. Entonces, sacudía con rabia la cabeza y apretaba los labios, contrariado, como si considerara indigno en él llorar, mientras aligeraba el paso para, poco después, tornar al anterior.

El sol brillaba cada vez más débilmente, los pajarillos entonaban sus últimos cantos y el viento se desperezaba en suave brisa, en tanto que el cielo adquiría los maravillosos tonos del crepúsculo. Fue, entonces, cuando de súbito, el joven se detuvo; algo había llamado su atención. Deslizó su mirada en derredor, tensos los músculos, contenida la respiración, y, la respuesta a cual era ese nuevo elemento que, de golpe, había penetrado en su mente sacándola de su aislamiento, apareció diáfano ante sus sentidos.

Se hallaba a la entrada de una pequeña explanada del monte, en medio de la cual había una casa de blancas paredes, rojo tejado, amarillas ventanas y con una puerta de arcoiris pintada. La rodeaba un amplio jardín custodiado por una verja, cuya entrada, abierta de par en par, parecía invitarle a pasar.

Contempló sorprendido, pero ya relajado, por espacio de algunos minutos aquel extraordinario edificio, a la vez que aspiraba con deleite indescriptible el maravilloso aroma que, sin duda, las flores del jardín, en deliciosa y exótica mixtura, dejaban escapar impregnando el espacio.

Sin apartar su mirada de la casa, y siguiendo un impulso irreprimible, avanzó decidido hacia la puerta del jardín, notando cómo todo su ser vibraba bajo la influencia de aquel maravilloso perfume. Allí se detuvo asombrado, incapaz de articular palabra; ¡qué flores más hermosas!, ¡qué perfume tan delicioso!

Tras unos instantes, caminó hacia ellas deseoso de acariciarlas y aspirar más de cerca aún su aroma: quería cerciorarse de que no soñaba.

Tan sólo cuatro clases de flores, grandes y de colores brillantes, llenaban aquel vergel: unas rojas, otras amarillas, otras blancas y las otras, en combinación perfecta, con los colores del arco iris. "Como la casa" -murmuró el joven.

Como un niño que tiene ante sí sus primeros juguetes, iba de flor en flor, creyéndose en el paraíso, acariciándolas suavemente temeroso de causarles algún desperfecto y gozando de su fragancia.

Un ruido a su espalda le hizo volverse, viendo a pocos pasos de él a un anciano de blancos cabellos y larga barba, igualmente blanca, que lo contemplaba con amorosos ojos, sereno el rostro, dulce y comprensiva sonrisa bailando en sus labios.

Pausadamente, el anciano fue acercándose hacia él, notando, entonces, que todo su ser se inundaba de paz, una paz que le hacía sentirse como al borde de un sueño del que no quisiera despertarse jamás.

--¿Te gustan las flores? -Preguntó el anciano tiernamente, ya junto a él.

--Muchísimo. Son muy hermosas -contestó el joven, y agregó: pero el perfume es digno de ellas.

--¿Las has visto alguna otra vez?, ¿las conoces?

--No. Las que he visto no son ni un remedo de éstas.

Hubo, entonces, un breve silencio. El joven miró al anciano y después a la gran cantidad de flores que tenía a su alrededor, y, tras él, preguntó con irreprimible curiosidad:

--¿Qué clase de flores son esas rojas?

--El Amor -respondió con suavidad el anciano.

--Y las blancas?

--La Pureza.

--¿Y esas amarillas?

--La Justicia.

--¿Y éstas de varios colores?

--La Sabiduría.

El joven permaneció en silencio unos segundos. Después, mirando fijamente a los ojos a su interlocutor, descubrió con vehemencia lo que en su mente y en su corazón había:

--Me gustaría quedarme aquí con usted, pues aquí mi alma siente una paz sobrenatural, mi pecho se derrite de amor y todo mi ser vibra con incontenibles ansias de vivir, de soñar, de ilusiones nunca tenidas.

--Hijo mío -respondió el anciano con dulzura y un brillo especial en sus ojos-: Ya sé que te sientes preso en este mundo de libertad; que te duelen las palabras sin sus actos correspondientes, el egoísmo, la envidia, las falsas apariencias... Ya sé que te sientes solo en medio de tanta gente; que te duele la ausencia de un verdadero amor, de una auténtica justicia, de una desinteresada solidaridad, de una respetuosa tolerancia... Sí, ya sé, ya sé que tus ideales chocan continuamente con la realidad que te envuelve, que te cuesta encontrar un sentido convincente a la vida; pero hoy, ahora, estás sintiendo dentro de ti que algo ha removido tu interior; y ese algo, no es otra cosa que el perfume del Amor, de la Pureza, de la Justicia y de la Sabiduría. Guarda, pues, esto en tu corazón, como un tesoro de inconmensurable valor, y te harás y harás mucho bien, porque en la medida en que ocupen éstos tu pensamiento, los verás reflejados en tu vida. No puedes quedarte aquí. Debes construir tú mismo tu casa y tu jardín. Te costará mucho, no lo olvides; pero no olvides tampoco, que cuanta más primavera regales a tu alrededor, más poseerás en tu interior.

Al escuchar estas palabras, el rostro del joven, que hasta entonces expresaba admiración, se tornó sombrío. No podía quedarse. Miró al suelo, después al anciano y, de pronto, preguntó:

--¿Quién es usted?, ¿cómo se llama?

El anciano sonrió amplia y amorosamente y, en ese instante, el joven se vio fuera del jardín impulsado por una fuerza incontenible y misteriosa. Miró en torno suyo, asombrado. La casa con el jardín no estaba en el mismo lugar; como si tuviera alas, surcaba el espacio envuelta en un haz de brillante luz: era de noche. El joven tan sólo pensó que tenía que alcanzarla, pues sentía la imperiosa necesidad de habitar en ella, e inició una desenfrenada carrera en pos de aquel paraíso volador; pero los árboles, los arbustos... le cerraban el paso. Tropezando en ellos, por la precipitación y porque sólo tenía ojos para la luz, caía, hiriéndose y rasgando su ropa; mas en él, el deseo de ver cumplido su propósito era tal, que se incorporaba rápidamente, sin inmutarse, para seguir corriendo de un lado a otro.

Pronto, el joven, perdió la noción del tiempo y del espacio en aquella implacable persecución. En ocasiones, la casa parecía detenerse a pocos metros de él, mientras que, otras, se le alejaba hasta sólo divisar en la distancia un puntito luminoso. Esta especie de juego, no obstante, no le desanimaba ni le hacía desistir en su empeño, más bien, al contrario, le estimulaba; hasta que un día, extenuado por el esfuerzo, porque su anhelado paraíso casi se dejaba tocar por él, se tendió boca arriba, mirando al cielo y jadeando como un perro después de una frenética carrera. Sudaba copiosamente, mezclándose el sudor con la sangre que manaba de sus múltiples heridas; sin embargo, ni un gemido dejaban escapar sus labios. Fue, entonces, cuando una reconfortante mano femenina le ayudó a levantarse, y mostrándole la casa, que parecía inmóvil donde el joven la había visto por última vez, le animó a continuar en su persecución y le brindó su compañía.

Desde ese momento, el haz luminoso brilló con más intensidad y se mantuvo a una prudencial distancia de los jóvenes que, deslumbrados, llenos de luz, corrían sin cesar ya, más atraídos, que por propia voluntad; hasta que, en un indeterminado punto del tiempo, fue todo luz entorno suyo. Se detuvieron, mirándose sin verse. Poco a poco, la envolvente luminosidad fue extinguiéndose, hasta desaparecer. Pudieron, entonces, verse, sin pudor, sus envejecidos cuerpos, desnudos, y al mirar a su alrededor, descubrir, muy cerca de ellos, la anhelada casa con su jardín, hermosamente florido: era mayo y estaba en la misma explanada en la que el joven se la encontrara. Con paso lento, y tambaleándose, anduvieron en silencio hacia la puerta, donde les esperaba el anciano, sonriente y con los brazos abiertos y extendidos hacia ellos. A medida que se aproximaban a él, sus figuras fueron transformándose. Cuando llegaron ya no eran un hombre y una mujer, sino dos niños. Se refugiaron entre sus brazos y desaparecieron.

 

 
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