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  Húmedos Ejercicios de Devoción, fragmento (Abate de Voisenon)
 




Ejercicios de Devoción del Caballero Enrique Roch

Una Ayuda Piadosa

Claudio Enrique de Fuzée, Abate de Voisenon (1706-1775)

El caballero Enrique Roch contaba con tantas reputaciones distintas como barrios tiene París. En el Palais Royal se le tomaba por un buen vividor, amante en extremo del bello sexo. En las Tullerías pasaba por un filósofo; sus frases, sus ideas, sus amistades y la prudente conducta por él observada justifican en absoluto tal honor. En el barrio de San Germán se le miraba como a un devoto.

La causa de esta última reputación, que él no sospechaba, y de la que no era digno, fueron algunas visitas de cumplido que hizo al señor duque de Corgnon, en cuyos salones se reunían todas las beatas y todos los beatos de aquel barrio para charlar y hacer comentarios sobre el predicador, el confesor, el santo del día, el purgatorio, el infierno, el juicio final, el cielo y muchas otras cosas, todas de la misma especie y todas tan divertidas. Cuanto menos hablaba el caballero Enrique Roch en semejante madriguera, que se conocía con el nombre de "Asamblea de los Santos", más servía para que se le tuviera por un verdadero devoto. La señora duquesa de Condor, que le había visto allí en varias ocasiones, le rogó un día que fuera a visitarla.

-Sois -le dijo al salir a recibirle- un hombre de conducta ejemplar, que no se negará a hacer una buena obra. Ved por qué deseaba yo pasar un día con vos. Estoy sola, completamente sola. Mi marido salió esta mañana de viaje; mis criadas me han pedido permiso para ir a rezar el Vía-Crucis, y yo cuento con vos para que me ayudéis a hacer mis ejercicios de devoción.

Al oír aquellas palabras de devoción y de ejercicios, el caballero Enrique Roch estuvo tentado de confesar que no entendía nada de aquello. Pero mientras hablaba la duquesa, él la miraba y se convencía de que era una mujer muy joven y muy bella; le daba compasión de que fuese beata, pero admiraba al mismo tiempo sus grandes ojos, de un negro azul, que su dueña bajaba púdicamente, dando con este gesto un encanto más a su bellísimo rostro, y una frente espaciosa, sobre la que reinaban los arcos bellísimos de dos cejas que no hubiera podido dibujar mejor Lagrenée. De sus dientes se podía decir sin hipérbole que eran dos hileras de perlas. Su tez era tan fresca como una rosa entreabierta. Bajo su pañoleta adivinaba el caballero dos tesoros gemelos de esos que raramente se encuentran, tales como no los vieron jamás ni el señor De Ruillière ni el señor De Greuze, que han visto bastantes.

El caballero Enrique Roch, hombre de mundo, experto como pocos, pensó: "He aquí una conversión buena. Puesto que es devota ella, seré devoto yo también. No hay ningún mal en ello. Será sencillamente representar una comedieta, y esperaré el desenlace, y ¿quién sabe si será dichoso?"

-Haré -respondió amablemente- todo lo que la señora duquesa se digne ordenarme, y seré feliz si puedo serle útil en algo.

-¡Oh, caballero, sois muy amable! -replicó la señora-. En verdad esperaba esta complacencia de vuestra parte, y veo con gusto que no me he equivocado. Pero observo que os encontráis muy sofocado.

-Es cierto: a causa, sin duda, de la prisa con que vine.

-¡Pobrecillo! También yo me encuentro muy sofocada... Pero, ¿qué veo? Si no me engaño, estáis sudando.

-También es verdad. La temperatura es algo pesada y he venido a pie desde las Tullerías.

-¡Pobrecillo! Mis caballos y mi coche están a vuestra disposición para el regreso. También yo sudo horriblemente. Veo que tenéis aspecto de estar fatigadísimo.

-Un poco, sí. Pero eso pasará pronto; ya lo veréis.

-¡Pobrecillo! Me da compasión veros. Tiemblo al pensar que podáis coger alguna enfermedad. ¿Sabéis lo que vamos a hacer? Entrad en ese gabinetito: ahí encontraréis una camisa, una bata, unos calzoncillos, unas medias y unas pantuflas...

-Pero, señora duquesa...

-¡Nada de señora!... Para la devoción no son necesarios los escrúpulos. Poneos cómodo, ante todo. ¿Queréis que tenga remordimiento de haber sido causante de que atrapéis una pulmonía? ¡El mal de la muerte! ¡Me moriría del disgusto yo también! Además, así estaréis más cómodo para ayudarme a hacer mis ejercicios de devoción. No hay el temor de que nadie se escandalice de ello, puesto que estamos solos, como ya os dije antes. ¿Lo habéis ya olvidado?

El caballero Enrique Roch cumplió la orden, y unos instantes después volvió a presentarse ante la señora duquesa en bata y pantuflas, como ella lo había dispuesto.

-Así me gusta veros -le dijo la señora-. ¿Tenéis ahora menos calor? ¿Os habéis secado bien el sudor? Pues no es suficiente. Mirad: mis criadas, antes de irse, me dejaron preparado un baño, y yo no quiero tomarlo ahora, porque me debilitaría; os lo cedo. Sin reparo alguno, id a bañaros...

-Pero, señora...

-¡Cómo! ¿Otra vez señora? ¡Dejadme hacer! Corred a tomar ese baño; yo lo quiero. No estéis en el agua más que diez minutos, para que no os debilite. El baño os dará una agilidad y una soltura que habréis de agradecerme. Ya veréis qué bien os sienta. Y así tendré menos temor de que caigáis enfermo a consecuencia del calor que habéis pasado. ¡Y basta de razonamientos y haced lo que os digo!

El caballero Enrique Roch no tuvo más remedio que obedecer y pasó al cuarto de baño. Este cuarto estaba contiguo al tocador de la señora duquesa, donde entró seguidamente ésta a cambiarse de camisa. La puerta, al quedar entreabierta, dejó al caballero Enrique Roch en libertad de escudriñarlo todo. Sus ojos no habían visto nunca nada tan deslumbradoramente bello. La realidad podía afirmar de la señora duquesa y de todas las maravillosas formas de su cuerpo lo que la fábula ha contado de Venus y de las suyas.

Al salir del baño el caballero Enrique Roch volvió a reunirse con la señora duquesa.

-Antes de desayunar -propuso ella- recitaremos la oración de San Cristóbal, que es el patrón de mi marido. Tengo esta costumbre desde que me he casado, yjamás falto a ella. ¡Era un gran santo San Cristóbal! ¿No es cierto?

-Sí, señora. Y su esposa debía ser también una gran mujer.

-Eso sí que no lo sé -replicó la señora duquesa, mientras le presentaba una taza de chocolate delicioso.

El aroma de la vainilla, de que estaba cargado, halagaba el olfato.

-Cuando el estómago está satisfecho -explicó ella- se ruega a Dios con mayor devoción.

Después de este desayuno reconfortante entraron en el tocador, que estaba sencillamente guarnecido de tablas de caoba. Por todo mobiliario había tan sólo, bajo una arcada, como en un camarín o nicho, una amplia otomana tapizada de raso violeta. Del mismo color eran las cortinas, los cordones, los galones, las borlas, las franjas y los copetes: todo hacíajuego con el blando mueble, hasta los dos reclinatorios, con sus dos cojines, que había dispuestos a cada lado del camarín.

-Aquí haremos nuestros ejercicios espirituales -dijo la señora duquesa-. Y no hay miedo de que nos interrumpan, pues aquí no entra nadie sin que yo llame.

Y tras de hacer esta advertencia al caballero Enrique Roch, sacó de una pequeña biblioteca las "Meditaciones" del reverendo padre Croiset.

-Antes de comenzar nuestra lectura -indicó la duquesa- recojámonos un momento. Ahí está vuestro reclinatorio, y éste es el mío.

Se arrodillaron. Después de algunos minutos de recogimiento, el caballero Enrique exhaló un gran suspiro, exclamando:

-¡Dios mío! ¡Qué hermosa es!

-¿A la hermosura de quién os habéis referido? -preguntó la señora duquesa.

-¡Oh! -respondió él-. Mi espíritu se había remontado por unos instantes hasta el cielo. Había creído hallarme entre los ángeles y contemplar con ellos la excelsa hermosura de la Santísima Virgen.

-¡Alabado sea Dios! -exclamó ella-. Pensé que os habíais referido a mi hermosura. Os lo ruego, no quiero nada que sea profano en nuestros ejercicios. Ni yo soy hermosa ni aquí estamos más que para rezar y santificarnos. Dios nos ve, y no debemos hacer ni decir nada que no sea digno de Él. Sentaos a mi lado, y así, al leer, no necesitaréis alzar la voz y os fatigaréis menos y os oiré yo mejor. Leed la meditación sobre los elegidos en el cielo. Después de vuestro éxtasis, esta lectura parece la más apropiada.

Apenas había comenzado a leer el caballero Enrique Roch, cuando le detuvo la señora duquesa:

-Cerrad un momento ese libro, y explicadme antes que nada por qué, cuando desayunábamos, me habéis dicho que la esposa de San Cristóbal debía de ser mujer muy grande. Vuestra curiosidad ha excitado la mía. ¿Qué os interesa a vos esa estatura? ¿Es que os gustan las mujeres colpulentas?

-De ningún modo, señora duquesa. Pero sabéis muy bien que San Cristóbal era un santo de elevada estatura, y si su señora esposa era de una talla corriente, hubiera sido una gran desgracia para ellos.

-¿Una desgracia? ¿Y por qué? ¿Queréis hacer el favor de explicármelo?

-Porque..., señora duquesa...: en verdad..., no lo sé.

-¿Cómo? Sí, lo sabéis muy bien. ¿Os vais a mostrar misterioso y reservado conmigo? ¡Es menester que me lo expliquéis!

-Es que..., señora..., ya no me acuerdo.

-Pues es preciso que hagáis memoria y me lo digáis.

-Es porque... Es..., como suele decirse, que cada cual necesita el calzado a su medida.

-¡Pobrecillo y cuán inocente sois! ¿Y qué relación puede haber entre un pie y su calzado y San Cristóbal y su mujer? Decidme si con ello queréis decir alguna otra cosa, porque yo no lo comprendo. Aquí tenéis mi pie y mi zapato: demostrádmelo.

El caballero Enrique Roch, en su papel de devoto muy bien aprendido, se puso los guantes, alzó los ojos al cielo y, tomando en seguida el piececito de la señora duquesa, habló así:

-Este pie es muy pequeño, y el zapato, también, aunque sea un poco más grande.

-Tenéis razón, caballero. El zapato me está un poco grande.

-Sin embargo, señora, a pesar de esa diferencia, el uno está hecho para el otro; pero si el zapato fuera del tamaño de una nuez, no podríais usarlo. Lo mismo le hubiese ocurrido a San Cristóbal con su mujer en el caso de que ella...

-Ya os entiendo -interrumpió la señora-. No digáis más. Pero es preciso que sepáis que Dios no deja nunca a sus santos en un compromiso y que hace milagros para ellos cuando lo necesitan.

-Hubiera hecho falta -repuso el caballero Enrique Roch- uno bien grande para el caso de...

-¡Comencemos nuestra lectura espiritual! Y leyó el caballero:

DE LA FELICIDAD DE LOS ELEGIDOS

Primer punto

"El espíritu humano es muy débil para poder alcanzar las delicias que producirá en un bienaventurado la posesión de Dios. Los goces humanos no son nada comparables con los goces celestes; son como gotas del océano en que nos sumergiremos, ligeras chispas del devoradorfuego en que hemos de abrasarnos. Dios, al comunicarse con un bienaventurado, le unirá de tal modo a su Ser que el elegido entrará a participar de su misma grandeza y de su soberana felicidad. Su posesión excitará en las almas de los elegidos divinos: transportes y arrebatos de celestial voluptuosidad. Como un torrente impetuoso, Él los llenará, los saciará, los arrastrará, los inundará, los embriagará de amor y de placer: saturabuntur, inebriabuntur."

-Deteneos un momento, caballero -dijo la señora duquesa- y hagamos sobre este párrafo algunas piadosas reflexiones. Cosa hermosísima debe ser el paraíso y más que deliciosas deben ser las delicias de los santos. ¿Qué pensáis sobre ello? ¿Nunca habéis sentido el deseo de gozarlas?

-¡Ah, señora! ¡Largo se me hace el tiempo que he de tardar en que ellas me embriaguen!

-Pero, vos, caballero, ¿no os figuráis lo que pueden ser esos placeres, esas celestes voluptuosidades, esos arrebatos divinos, esos éxtasis? ¿Podéis imaginar siquiera algo que les sea imaginable?

-He oído decir -respondió el caballero, bajando al mismo tiempo los ojos y la voz- que esos placeres se asemejan a los que una mujer joven y enamorada puede encontrar en los brazos de un marido fuerte, sano y vigoroso. Y pienso que vos debéis saber bastante de eso...

-¿Yo? -replicó la señora duquesa-. No; la verdad es que nada sé de todo ello. Tengo veinte años. Cuando me casé tenía dieciséis, y mi marido, cincuenta y ocho; y la verdad es que nunca he gozado de un gran placer con él. Continuad leyendo. Esas delicias de los elegidos me causan placer.

El caballero Enrique Roch volvió a coger el libro, y a la par que leía contemplaba atentamente a la devota. Vio cómo su rostro se coloreaba y se encendía poco a poco, y cómo sus ojos, suavemente entornados, se volvían a él, mirándole fijamente. De su boca entreabierta exhalaron unos suspiros tenues y entrecortados.

-¡Ah, caballero de Roch -dijo con una voz débil y doliente-, deteneos, porque no puedo más! Os pido perdón por tanta molestia, pero sufro cruelmente. Los goces del paraíso me producen vapores. ¿Qué va a ser de mí? Estoy ahogándome. No me abandonéis, pues me falta el aire. ¡Por caridad, en el nombre de Dios, desanudad mi pañoleta! Sobre todo, no os escandalicéis de los horrores que vais a ver.

El caballero Enrique Roch desanudó y apartó la pañoleta y vio que los horrores que la señora duquesa temía mostrarle eran dos globos de alabastro, con una albura de lirio y una suavidad de raso. Al ver estas maravillas, se abrasaron los sentidos del caballero Enrique Roch, mientras los ojos de la señora duquesa se cerraron por completo hasta parecer no darse cuenta de nada. Tal era el estado de pasmo y turbación en que la señora se encontraba que acaso imaginaría que comenzaba a gustar de los placeres de los bienaventurados.

-Caballero de Roch -dijo, por fin, con voz desfallecida-, perdonadme; pero sufro como nunca. Tened la caridad de ayudarme a desnudar. Solamente en mi lecho podré hallar alivio.

La prontitud y la destreza con que el caballero Enrique Roch procedía parecían querer decir a la señora duquesa que no era ella la primera mujer a quien había metido en la cama.

Después de acostarla los vapores aumentaron aún más.

-¡Ah! -suspiraba ella-. ¡Marido mío, si estuvierais aquí, podríais socorrerme!

-Decidme, señora -replicó el caballero Enrique Roch-, lo que hace vuestro marido, para que, con el fin de curaros, pueda yo hacerlo. ¡Me muero de pena viéndoos en ese estado!

-No me atrevo a decíroslo, caballero.

-Os conjuro a que me lo digáis. Y si vuestra curación, señora duquesa, depende de mí, podéis estar segura de ella.

-¡Es posible que temáis ofender a Dios!

-En el triste estado en que se encuentra la señora duquesa no hay que pensar en las ofensas a Dios, sino únicamente en evitar que os muráis.

-Cuando me dan los vapores, mi marido hace en mi jardín la obra de Dios. Si no hay pecado en que vos ocupéis su puesto...

-¡Ah, señora! ¡El pecado es una cosa horrible!

-Mirad, caballero de Roch: para que no haya pecado, ofrecédselo a Dios como un acto de caridad y devoción. Hacedlo por el amor de Él. Despojaos, amigo mío, de los calzoncillos, para que estéis más cómodo. ¡Tened resignación! ¡Es una cruz que Dios os envía! Abrazaos a ella de buena voluntad y os sentiréis santificado. ¡Bien sabéis vos, que sois tan buen devoto, que solamente por las penitencias y las cruces de este mundo se logran alcanzar los placeres del cielo!

Con verdadero fervor el caballero Enrique Roch se abrazó a aquella insospechada cruz, ya que cruz llamaba la señora duquesa a su cuerpo. Cruz más dulce para un pecador era difícil que la hubiese en el mundo, pues el cuerpo de la duquesa era maravillosamente bello.

Y habremos de apresurarnos a decir que en lo único que podía semejarse el cuerpo de la señora duquesa a una cruz era en que estaba desnudo y en el fervor con que fue abrazado por aquel gran pecador que era el caballero Enrique Roch.

Roguemos porque Dios nos castigue siempre con una cruz semejante, florecida de encantos, como aquélla. ¡Magnífica cruz para clavarse uno mismo en ella, brazos con brazos y piernas con piernas, con el único clavo que es obra de Dios mismo!...El caballero Enrique Roch experimentó un placer exquisito al sentir su piel adherida a la piel de la señora duquesa, suave como la seda y tibia como la leche recién ordeñada.

-¡Deo gratias, caballero! -dijo la señora duquesa una vez que se hubo repuesto-. Vuestro remedio es único y excelente para los vapores, y Dios no dejará sin recompensa a un devoto que pone en servirle tanto fervor como vos. Mas no os apartéis aún, porque pueden volverse las angustias. Sin vuestros auxilios, quién sabe si a estas horas no estaría ya muerta y quizá condenada, porque hace ya ocho días que no me he confesado. Cuando me atacan estos malditos vapores suelen presentarse varias veces seguidas en unas cuantas horas. Gracias a vuestro magnífico remedio, nunca me ha durado tan poco una crisis como la que acabo de pasar. Os aseguro que al recibiros esta mañana no pensaba en proporcionaros tan atroces molestias. Estoy verdaderamente confusa y abochornada. Pero vos, que sois tan devoto, sabéis que Dios es quien, en sus designios, reparte a su gusto la salud y la enfermedad. Él ha puesto ahora la dolencia en mí y el remedio en vos. Mi enfermedad es una cruz que Dios me envía. Esta cruz, para el que la abraza dichoso, es un árbol de vida. ¡Dichoso el que está fuertemente ligado a este árbol de vida!

El caballero Enrique Roch, piadosamente resignado ante esta sublime moral, nada respondió; pero, sintiendo al cabo de un rato que se redoblaba su devoción, se abrazó de nuevo y más fuerte e impetuosamente que antes a aquel delicioso árbol de vida.

Abate de Voisenon: Húmedos ejercicios de devoción. Barcelona, Teorema, 1983.






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