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  Selección de Anécdotas médicas (José Ignacio de Arana)
 

 

 

Selección de anécdotas extraídas de la obra titulada "DIGA TREINTA Y TRES". ANECDOTARIO MÉDICO

José Ignacio de Arana

Claro que alguna vez quien se equivoca es el médico porque creyendo oír de labios del paciente un término mal pronunciado, hace su propia corrección sobre la marcha y mete la pata. Para comprender el caso que voy a contar hay que imaginarse una consulta masiva de medicina general donde el médico, sobrepasado en su labor por más de un centenar de pacientes que tenía que ver en dos horas -y así eran hasta hace unos años muchas de las consultas de la Seguridad Social-, se limita a expedir volantes para los distintos especialistas según los síntomas que muy someramente le cuente el enfermo o, directamente, según la petición de éste.

A la consulta del oftalmólogo acude una voluminosa mujer algo entrada en años y en carnes, provista de su correspondiente volante del médico general.

-Usted dirá, señora.

-Pues verá. Es que cuando termino de hacer de vientre y me limpio, el papel sale manchado de sangre.

Ojos desorbitados del médico y de la enfermera; crispadón de puños y subida acelerada de la adrenalina.

-Pero, oiga, usted. ¿Qué clase de broma es esta? A usted ¿quién la manda aquí?

-El médico de cabecera.

-¿Cómo que el médico de cabecera? Pero usted ¿qué le ha contado?

-Pues nada porque no había tiempo, que yo tenía el número ochenta y cinco y detrás de mí estaba la sala de espera llena. Yo sólo entré y para no tardar le pedí al médico un volante para el culista. Y aquí estoy.

El oftalmólogo descargó la adrenalina a través de una carcajada y en el fondo de su alma compadeció a su colega generalista que en esta ocasión se había pasado de perspicaz al "traducir" el lenguaje de aquella mujer.

Un caso parecido, aunque ahora el equívoco bienintencionado surgió entre médico y enfermera, es el siguiente.

El médico observa una radiografía del tórax de un paciente y en ella una alarmante imagen redondeada, quizá un tumor, que conviene estudiar más detalladamente con otras técnicas radiológicas. Y volviéndose a la enfermera dice en tono coloquial: "Vaya huevo que tiene este hombre. Señorita, pídale una tomografía". Y aquel paciente acudió unos días después a un gabinete de radiología provisto de un volante en el que la eficiente enfermera había subsanado el lenguaje soez del médico poniendo en la indicación: "Tomografía de testículo". Afortunadamente el radiólogo consideró disparatada aquella petición -una tomografía consiste en varias radiografías seriadas de una misma zona del organismo- por el riesgo que conllevaba irradiar de esa forma los genitales y tuvo el buen criterio de llamar telefónicamente al colega prescriptor para confirmarlo, con lo que se aclaró todo; los dos médicos se rieron con ganas y si la enfermera llegó a enterarse se le subirían los colores. Y, lo más

importante, el enfermo se salvó de un serio peligro; además lo suyo terminó por resultar un proceso benigno del que sanó sin problemas.

Mas todo lo que les pasa a los pichiquiatras; doctores Rino y demás especialistas no es nada comparado con lo que nos sucede a los pediatras. Las dos anécdotas que siguen las he vivido personalmente, pero estoy seguro de que podrían suscribirlas muchos de mis compañeros de especialidad. A aquéllos sólo se les trastroca alguna letra; a nosotros se nos cambia radicalmente -y tanto, como verán en la segunda anécdota- el sentido mismo de nuestra profesión.

Llamada de teléfono, como casi siempre, a hora intempestiva.

-Dígame cuándo puedo ir a arreglarme unos callos en los pies.

-¿Cómo dice?

-Pero ¿no es usted pediatra?

-Sí, señora, pero pediatra significa médico de niños, no de pies. Usted lo que busca es un podólogo.

A punto de entrar en mi despacho en un consultorio de la Seguridad Social.

-Por favor, ¿es usted el pederasta?

-Huy, no, señora, ni lo permita Dios, yo sólo soy el pediatra de las cinco.

De modo que todavía hemos de consolarnos cuando nos llaman pericultores que debe de ser el oficio de los agricultores que en Lérida, Aragón y otras zonas de España cultivan la rica pera.

El profesor va recorriendo las salas del hospital rodeado por un grupo de alumnos recién integrados en el equipo de prácticas. Una de las frases que más le gusta repetir al profesor es la de que "para ser un buen médico hace falta tener mucho ojo y mucho estómago". Llegados a la cabecera de su paciente que mira la escena entre asombrado y temeroso , el profesor repite una vez más su frase favorita mientras coge un orinal con su correspondiente contenido líquido. A continuación mete el dedo en la orina y se lo lleva seguidamente a la boca paladeando como un catador de vinos. Luego se dirige al corro de alumnos y les invita a que, uno a uno, vayan haciendo lo mismo y le den su opinión. Todos menos uno rechazan asqueados la sugerencia, y el profesor les dice:

-Ustedes no valen para médicos porque les falta estómago". El alumno restante, que ve allí su gran oportunidad de destacar ante el maestro, los compañeros e incluso el enfermo, hace de tripas corazón introduce su dedo y lo chupa sin poder reprimir una terrible sensación de asco. El muchacho cree que ha triunfado, pero tiene que escuchar del profesor otra sentencia descalificadora: "Usted, caballero, tampoco sirve para médico; tiene estómago, pero le falta ojo; si lo tuviera se habría dado cuenta de que yo metí el dedo corazón, pero me chupé el índice".

Sin duda, el momento de la exploración es el más desagradable para los enfermos en el acto completo de la consulta médica. Muchos lo prevén como doloroso, cuando no tiene por qué serlo; en la mayoría de las ocasiones se trata de confirmar la localización de un lugar ya doloroso de por sí. Es verídica la historia, aunque se haya transformado en chascarrillo que se cuenta como chiste en cualquier ambiente, de aquel paciente que, tumbado ya en la camilla, cuando el médico se aproxima para comenzar la exploración, le agarra la entrepierna a la vez que le dice: No vamos a hacernos daño, verdad, doctor?"

Ciertamente hay exploraciones que son más molestas que otras, eso debemos reconocerlo, pero que en ocasiones son absolutamente necesarias. El caso más claro lo constituye el tacto rectal. Consiste, como seguramente sabrán, en que el médico debe introducir un dedo -enguantado y lubricado con vaselina, eso sí- por el ano del paciente. Se utiliza para explorar el tramo final del aparato digestivo y también a su través, mediante el sentido exclusivo del tacto, otros órganos situados en las proximidades anatómicas de esa zona, y de manera muy especial la próstata de los varones; ninguna técnica moderna de exploración prostática ha podido sustituir por completo al tacto rectal, que sigue siendo una maniobra decisiva en el diagnóstico de las enfermedades que afectan a esa extraña y pequeña glándula varonil.

A la violencia del procedimiento se une la de la postura que tiene que adoptar el paciente para su realización: tumbado en la que se llama técnicamente "posición genupectoral o de la oración mahometana", es decir, boca abajo, con las rodillas y los codos apoyados en el plano de la camilla y con el trasero levantado. Muchos hombres se resisten a esta exploración y el médico debe dedicar un tiempo a convencerles de su necesidad; otros llegan a la consulta del especialista -generalmente el urólogo- ya advertidos de antemano de lo que les espera y se arman de filosofía; algunos, por fin, se someten a ello con un gesto de suprema resignación de su dignidad en aras de la salud. En algunos países, como Estados Unidos, la exploración de la próstata mediante tacto rectal se ha establecido como una práctica rutinaria y regular a todos los hombres mayores de cuarenta y cinco años; se trata de un control como el ginecológico periódico de las mujeres a partir de una cierta edad, que se

ha demostrado muy útil para el diagnóstico precoz del cáncer de próstata, una de las causas frecuentes de muerte en el varón. Es de suponer que los hombres americanos acudan a sus revisiones urológicas programadas sin demasiada reticencia, como aquí y en todas partes lo hacen las mujeres al ginecólogo, con la mayor naturalidad.

El médico, asistido por dos de sus ayudantes y la enfermera, se dispone a realizar un tacto rectal a un paciente de avanzada edad; su esposa, también mayor, le acompaña. El hombre ha sido colocado sobre una camilla, recubierta por una limpia sábana verde, en la posición ya conocida, y está muy nervioso, le tiembla todo el cuerpo y no puede apenas permanecer quieto como le indican los doctores. El médico que lleva la operación no deja de dirigirle palabras tranquilizadoras y de asegurarle que aquello va a ser muy breve. Cuando introduce el dedo con la máxima delicadeza que la cuestión permite, el paciente se revuelve violentamente y de pronto exclama:

-¡Ay, que me corro, que me corro!

Los tres médicos se miran conteniendo una carcajada; la pobre mujer no sabe dónde esconderse y le gustaría que en ese momento se la tragase la tierra o el suelo de la consulta.

-¡Que me corro, que me corro! -grita cada vez más insistentemente y cada vez más alto el hombre.

De pronto alguien se dio cuenta de lo que estaba sucediendo en realidad, pero no tuvo tiempo de remediarlo. El paciente anunciaba con desesperación... que se estaba escurriendo en la camilla por la difícil y forzada postura y por su propia agitación nerviosa. Y la escena terminó con el enfermo en el suelo, su esposa brincando de la silla para cogerlo y los médicos, esos sí, corridos de vergüenza.

Los pies son quizá la parte del cuerpo que acumula más suciedad o donde ésta es más visible y "cantarina". Por eso las anécdotas sobre pies sucios son numerosas en cualquier consulta. Sólo voy a referir dos de las más significativas y también de las más frecuentes.

El paciente se descalza, se despoja de los calcetines o de las medias que ya son por sí mismos un escándalo de guarrería, y muestra unos pies no sucios, sino con verdadera roña adherida a cada centímetro de piel y unas uñas negras hasta no poder más. Se da cuenta del gesto de repugnancia que se le trasluce al médico y entonces improvisa una excusa, casi siempre la misma.

-Perdone, doctor, pero como estoy muy ocupado -o no tengo agua corriente o lo que sea- no me pude lavar los pies ayÆer.

Es decir, que pretende hacer pasar toda aquella mugre por el fruto de un día de descuido. Si el médico no tiene ganas de entrar en polémica, se calla, contiene la respiración cuanto le es posible y tras la exploración, somerísima, corre apresuradamente a lavarse hasta los codos. Pero si el asunto le coge en un día caliente puede responder:

-Ni ayer, ni hace un mes, ni desde que tiene usted uso de razón.

Un paciente acude a la consulta porque le aqueja un dolor en el pie derecho. El médico le pide que lo descubra y así lo hace apareciendo una extremidad en aceptables e incluso impecables condiciones de higiene. En ese momento el médico dice que necesita comparar ambos pies y que haga el favor de descalzarse el izquierdo. Y entonces al enfermo un color se le viene y otro se le va de la cara; duda, retrae las dos piernas, se agita incómodo en la silla y termina por balbucear:

-Es que el otro no lo traía preparado.

O sea, que sólo se ha lavado uno para la ocasión porque doliéndole el derecho, a quién se le puede ocurrir que el doctor iba a querer ver también el izquierdo. A estos médicos no hay quien los entienda.

Una mujer se presenta en la consulta del pediatra y le pide una receta de un complejo vitamínico y mineral de uso infantil. El médico, que conoce a la mujer y sabe que no tiene hijos, le pregunta que para quién son esas gotas.

-La verdad es que son para mi gato, pero como cuestan caras, si usted me hace la receta tengo que pagar menos.

El médico pudo tener muchas reacciones y ninguna agradable para la impertinente visita, pero se ve que tenía el día tranquilo a pesar de los más de cuarenta pacientes que aguardaban su turno en la sala de espera y salió del paso con una ocurrencia.

-¿Qué edad tiene su gato? -preguntó.

-Siete años y medio, doctor.

-Pues entonces tiene que pasar a mi compañero de medicina general.

Y la señora salió del despacho sin inmutarse aunque, eso sí, no repitió la jugada con el compañero generalista.

Cuando empecé a ejercer mi carrera lo hice pocos días después de haber aprobado la última asignatura e inscribirme como flamante médico en el Colegio Profesional. Me estrené en un consultorio de una barriada periférica madrileña, teniendo que atender yo solo a los numerosos pacientes que aparecían por allí a lo largo de la jornada. Como es natural, yo estaba nerviosísimo y había comprendido ya que eso de acabar una carrera no es garantía de soltura a la hora de tratar con los enfermos. Con uno de aquellos pacientes estaba, efectivamente, tan nervioso que al auscultarlo se me Olvidó ponerme el fonendoscopio en los oídos e iba colocando el otro extremo sobre su espalda y pecho sin escuchar absolutamente nada; en un momento determinado, con el enfermo mirándome a la cara, me di cuenta de mi espantoso error como también lo hizo el propio paciente. La situación era de lo más embarazosa para ambos, pero sobre todo, claro está, para mí. Había que echar mano de la improvisación y

del ingenio que debemos pedir a Dios que no nos falte nunca. Con la mayor seriedad, y echándole cara dura al asunto, me coloqué correctamente el fonendoscopio y le dije a aquel hombre: "Bueno, ahora que ya se ha tranquilizado usted voy a auscultarlo de verdad; ¿ve cómo no pasa nada?".

Dejando aparte las indicaciones de tratamiento quirúrgico, la terapéutica de cualquier enfermedad consta de tres pautas o regímenes: régimen de vida, régimen dietético y régimen medicamentoso. No siempre los tres son necesarios o imprescindibles, bastando muchas veces con los dos primeros para la perfecta curación de numerosas enfermedades; pero en cualquier caso, si se sienta la indicación de los tres, serán complementarios y no excluyentes. Se suele pensar que las medicinas lo han de curar todo ellas solas y no es así, sino que su efecto sería inferior y hasta nulo si no van acompañadas de ciertas modificaciones en las otras dos prescripciones.

El régimen de vida viene obligado por las limitaciones que provoca la propia enfermedad o por la necesidad de variar algunos hábitos que la han provocado o la pueden empeorar. Otro tanto sucede con el régimen dietético. Ambos dan lugar a frecuentes situaciones divertidas. Ya se han citado antes las que provoca la higiene cuando ésta no es un hábito practicado usualmente por el enfermo. Veamos ahora algunas otras.

El paciente es diagnosticado de una bursitis de rodilla, dolorosa afección inflamatoria de la articulación que mejora con reposo ¿ con la inmovilización de la zona afectada.

-Y, sobre todo, no se ponga de rodillas al menos durante una semana.

-Pues eso lo veo imposible, doctor.

-¿Cómo?, ¿no me dirá usted que trabaja fregando suelos?

-No. Soy el párroco de San Francisco y en esta semana precisamente estamos con el rosario y la novena, así que a ver cómo me estoy sin arrodillarme.

-Y de esto se toma usted dos cucharadas de café cada ocho horas.

-Como tengo la tensión alta, el café ¿puede ser descafeinado?

-Sólo puede tomar dos vasos de vino al día, ¿entendido?

-Sí, señor.

En una consulta posterior, como el paciente no mejoraba, el médico inquirió sí había cumplido estrictamente sus normas, incluida, claro está, la de los dos vasos como límite.

-Sí, señor, ni una gota más.

La tercera consulta hubo de ser en el domicilio del enfermo y allí el médico descubrió casi por casualidad, al pasar por el comedor de la casa, un enorme vaso, con capacidad de medio litro por lo menos, sobre el aparador.

-¿No será ese el vaso que utiliza su marido para beber, verdad, señora?

-Pues sí, pero no crea, que sólo se toma dos al día como usted le mandó.

-Aunque sea una cuestión delicada debo decirle que no le conviene mantener más de una relación matrimonial a la semana.

-Eso a quien le conviene es a mí -tercia jubiloso el cónyuge-, que me tiene sin ninguna todo el mes.

-Y después de las comidas puede tomar una copita de coñac.

El paciente tuerce el gesto.

-¿Qué sucede? -pregunta el médico-. Comprenda que no le puedo permitir más.

-No, no es eso. Es que a mí no me gusta el coñac, prefiero el anís, pero en fin, si no hay más remedio, tomaré coñac.

Cierto día, en mis primeros años de ejercicio, entró en la consulta una mujer joven que tras decir que era la hija de una de mis pacientes ancianas, saco una bolsa de plástico y la volcó sobre la mesa del despacho llenándola de recortes de cajas de cartón con los nombres de los medicamentos. Como yo conocía a la madre y sabía que, en efecto, estaba bajo varios tratamientos distintos, me dispuse a ir rellenando las correspondientes recetas de acuerdo con aquel variopinto muestrario. Y tan variopinto. Al coger una de las etiquetas me quedé sorprendido de su texto: Atún claro en aceite Calvo. Levanté los ojos hacia aquella mujer.

-Pero ¿esto qué es? ¿No querrá que le recete una lata de bonito? ¿Cómo me trae usted esto?

La mujer no se inmutó ni una mínima parte de lo que lo había hecho yo ante tan esperpéntica petición.

-¡Ah, pues mire, mi madre me dijo que para bajar al médico recortara todos los cartones de las cajas que había en el cajón del aparador, y ya se ve que allí estaba también esta de bonito. No me habré dado cuenta, pero no haga usted caso.

Y no hice caso; pero luego me reí muy a gusto y lo tengo siempre en la memoria como disparate especialmente jocoso.

En una consulta multitudinaria, una señora acudía cada cuatro o cinco días con un numeroso paquete de cartones más alguna que otra petición nueva y hasta con varios encargos de vecinos que "no pueden venir pero me han dejado su cartilla". El médico no podía entretenerse en discutir, así que optaba por rellenar un puñado de recetas y entregárselas. Pero una tarde se permitió un pequeño desahogo. Al poco rato de irse la mujer, avisaron al médico que en la puerta lo esperaba un joven que decía ser el mancebo de la farmacia próxima al consultorio. Este individuo, tras presentarse, mostró al doctor una de las recetas que había llevado a la botica la mujer.

-Perdone, doctor, pero una clienta habitual acaba de venir con esta receta y no entendemos lo que pone usted aquí, ¿sería tan amable de decírmelo?

En efecto, la letra garabateada en el papel era especialmente endiablada y apenas se adivinaban unas letras y un número.

-¿Coño -exclamó su médico procurando que le oyeran todas las personas en un buen radio de la consulta- pues ¿qué va a ser?: una Seat 600 D para que esa mujer se pueda llevar a casa todo lo que pide, porque seguro que en una bolsa no le cabe.

Habrá que advertir a más de un lector que el Seat modelo 600 D era por aquel entonces un vehículo muy solicitado y constituía el coche familiar por excelencia de quienes podían costeárselo.

Aquella mujer se sentó frente al médico con semblante compungido; sin duda llevaba varios día llorando antes de explayarse en la consulta: era madre de seis hijos teniendo ella apenas treinta años de edad, y de nuevo sentía los inequívocos y ya harto conocidos síntomas de un nuevo embarazo. Tras oír su queja, el médico la interrogó.

-Pero ¿no has hecho lo que te dije? ¿No te has tomado las píldoras para no quedarte embarazada?

-Claro que sí. he hecho todo lo que usted me mandó: una píldora cada noche y si a la mañana siguiente, estando en el trabajo, me daba cuenta de que me había olvidado, llamaba a casa, que ya sabe usted que mi marido está en el paro, y se la tomaba él antes de que pasaran doce horas, como pone en el prospecto.

En una ocasion un paciente no conseguía que le bajara la fiebre a pesar de que el médico le había recetado unos supositorios que debería ponerse cada ocho horas, Nada; la temperatura no descendía ni un grado a lo largo de varias jornadas. Intrigado por aquel fracaso terapéutico, el médico quiso saber si se cumplían sus indicaciones y comprobó que, efectivamente, el paciente se ponía con religiosa periodicidad los supositorios, pero lo hacía en su sobaco, porque "ahí es donde me tomo la temperatura". Por cierto que las axilas de aquel hombre eran al cabo de los días un repugnante conglomerado de pasta blanquecina con una mezcla de olores a medicamento y sudor.

No se crea, sin embargo, que esta aplicación del remedio en el lugar concreto donde se manifiesta el síntoma, como si fuera una cataplasma, es exclusivo de los supositorios. La madre de uno de mis pequeños pacientes que padecía una Otitis le ponía el comprimido de aspirina en la oreja. Y más de un enfermo se aplica los jarabes para la tos como friegas sobre el pecho. Claro que esta situación siempre será mejor que la contraria, como la de aquel enfermo que acudió a un servicio de urgencias por haberse bebido el linimento que se le había mandado para frotarse en una contusión de la pierna.

Y vuelvo a los supositorios. Desde hace ya muchos años la mayoría de los productos farmacéuticos, incluidos éstos, se presentan envasados en lo que se denomina blister es decir, con cada elemento aislado en un bloque de plástico o de otro material y del que se debe extraer individualmente. Este procedimiento, aparte de favorecer la conservación del producto, facilita su dosificación y, sobre todo, limita las posibilidades de una ingestión masiva por parte de los niños a quienes les resulta difícil la manipulación de esos envases. Pues bien, el blister de los supositorios suele ser de plástico rígido y muchas veces hay que utilizar unas tijeras u otro objeto cortante para disponer de cada uno de ellos. Puede que el proceso manual para extraer el supositorio por completo sea algo complicado para algunas personas, pero no creo que tampoco demasiado en condiciones normales. Sin embargo, este no debía ser el caso de aquel paciente que vino a la consulta aquejando un agudísimo

dolor en el ano acompañado de una moderada hemorragia. Unos días antes se le habían prescrito unos supositorios para algún proceso respiratorio banal y, aparentemente, una cosa no tenía nada que ver con la otra. Pero no era así; él los relacionaba directamente. Y tenía razón: los supositorios venían presentados en uno de esos envases de plástico duro y, una vez recortados, se los ponía sin extraerlos con lo cual se desgarraba la mucosa anal con los bordes afilados como alas y cuchillas que conservaba cada trozo de envase. Una breve explicación práctica y una pomada solucionaron con bien tan misterioso asunto.

Sin salirnos del tema zoológico, aunque con muy diferentes connotaciones, les contaré lo que le sucedió a un médico que había llegado hacía poco a un pueblo para ejercer la medicina rural; de esto hace muchos años, como se comprenderá por los detalles.

El médico utilizaba para desplazarse de un extremo a otro de la amplia zona que estaba bajo su cuidado una burra que le prestó el alcalde y que estaba recién parida, por lo que la seguía siempre el pollino. En una noche oscura en que hubo de salir para atender a un enfermo en un paraje apartado, el alcalde, al dejarle el animal, le encareció que por nada del mundo permitiera que se perdiera la cría, que aún no sabía defenderse por sí sola. Y le dio un consejo que el médico siguió al pie de la letra durante todo el trayecto nocturno de ida y vuelta: ir rebuznando para que no se extraviase el pollino, que así le seguiría de cerca. Esta escena la hubiesen firmado con gusto Quevedo o Moliére, pero es que la realidad supera con creces la ficción.

De todas formas, la situación más exasperante acontece cuando ni siquiera está el enfermo para el que se ha solicitado la consulta domiciliaria. No es rara, aunque pueda parecerlo, y a todos nos ha sucedido varias veces.

-Ay, doctor, haga usted el favor de esperar un momento que aviso a mi marido de que está usted aquí. Es que como tardaba en venir ha bajado un momento a tomar café, pero vuelve enseguida.

-Pero ¿no estaba enfermo en la cama?

-Sí, sí; pero como ya se encontraba mejor ha querido levantarse porque no le gusta estar tanto tiempo acostado.

-Y entonces ¿por qué no ha ido a la consulta en vez de llamar para que viniese yo?

-Ay, doctor, cómo va a ir hasta allí con la fiebre y el dolor de huesos que tiene el pobre. Dos días lleva sin moverse de la cama y si llega a venir usted media hora antes ahí lo hubiese encontrado. Ya le llamo y enseguida está aquí. ¿Quiere tomar algo?

Entre los innumerables episodios divertidos a que da lugar la visita domiciliaria los hay que vienen determinados por las horas intempestivas con que con frecuencia tiene que realizarse ese servicio. Veamos dos de muy distinto contenido.

El denominado Servicio Especial de Urgencias -hoy 061-- se ocupa, dentro del sistema de asistencia primaria del INSALUD) de cumplimentar los avisos a domicilio que se reciben fuera del horario de consulta de los ambulatorios. Está atendido por un personal -médicos, ATS- que se desplaza por la ciudad a bordo de unos vehículos utilitarios, de color blanco, con el logotipo del INSALUD en las portezuelas, que siempre se han conocido en el lenguaje coloquial sanitario con el nombre de lecheras, quizá por el color o vaya usted a saber, que esto de los nombres de argot es un asunto a veces de muy intrincado origen. Las dos historias que voy a contar le sucedieron al mismo médico, uno de estos que trabajaban toda la noche yendo de acá para allá con las famosas lecheras, conducidas por un chófer que solía ser además ATS por si la visita tenía que complementarse con algún tratamiento urgente de inyecciones, por ejemplo. Los coches iban provistos de una radio a través de la cual se

recibían desde la central los nuevos avisos y de ese modo no era necesario volver cada vez al punto de salida.

El médico de estas historias, Pablo, simultaneaba su trabajo nocturno, de cuatro noches a la semana, con otro por las mañanas en un centro hospitalario. Aún no había leyes de incompatibilidades, ni falta que hacían porque lo que sobraba -hablo de hace treinta años- era trabajo. El cansancio se iba acumulando y en ocasiones era muy difícil vencer el sueño a base de breves cabezadas en el asiento del vehículo mientras éste callejeaba hasta su siguiente destino.

Era una noche de invierno madrileño, de esas en que se hiela hasta el aliento, y aquella lechera tenía además el pobre sistema de calefacción de los vehículos de la época estropeado, por lo que médico y conductor se arrebujaban con chaquetones y bufandas y de vez en vez sorbían una taza de café caliente que llevaban previsoramente en un termo. Aun así, a duras penas conseguían entrar en calor.

Aquel aviso, casi de madrugada, era en la casa de un matrimonio anciano en el que la mujer tenía fiebre y ataques de tos, Pablo subió hasta el piso -alto y sin ascensor, ya se sabe- con el frío de la noche blanqueándole las orejas y la punta de la nariz. Cuando se dispuso a explorar a la enferma cayó en la cuenta de que se había olvidado en el coche el fonendoscopio, que le era necesario en esos momentos. Como la idea de volver a bajar a la calle y subir de nuevo se le hacía odiosa, se le ocurrió recurrir al obsoleto sistema de "auscultación inmediata" del que ya he hablado en otro capítulo y que consiste en colocar directamente el oído sobre el cuerpo del paciente. Pensado y hecho. La mujer estaba sentada en el borde de la cama, ardorosa de fiebre y con la preocupación en los ojos. Pablo acercó una silla, puso sobre la espalda de la enferma un pañuelo. reclinó la cabeza sobre ella.., y se quedó instantáneamente dormido. El sueño debió de durar unos instantes, los justos

para que se despertara sobresaltado por el zarandeo y las voces del marido que contempló la escena con incredulidad primero y con tremendo enfado después. Pero es que, según vociferaba aquel hombre, Pablo hasta roncaba. Pocas horas más tarde, al terminar su turno de trabajo, el médico contaba a sus compañeros lo sucedido y exponía dos razones que a su juicio, si no justificaban, sí al menos disculpaban un tanto su esperpéntica actuación:

-Joder, yo tenía tanto sueño y la vieja estaba tan calentita...

La siguiente historia tiene el mismo protagonista, Pablo, y un horario parecido, aunque los otros personajes son bien diferentes.

Un viernes por la noche, ya madrugada del sábado, fue requerido por un paciente cincuentón que había llamado al servicio de urgencia por sentirse gravemente enfermo. Al hombre le aquejaba, al ser visto por el médico, un cuadro de excitación y taquicardia y profusos sudores que fue desapareciendo en breves minutos tras la llegada del doctor que le tranquilizó. La causa de aquel padecimiento brusco no quedó clara y Pablo le recomendó que acudiera a su médico especialista de corazón en cuanto éste tuviera consulta.

-Adiós, buenas noches.

-Adiós, doctor, muchas gracias.

Justamente una semana después -mismo sitio, misma hora, como gusta decir José María Carrascal en sus despedidas televisivas- Pablo tuvo que acudir nuevamente a visitar a aquel paciente. El proceso que presentaba era también exactamente el mismo: excitación, taquicardia, etc., y la evolución benigna y rápida similar al viernes anterior. No había ido a su cardiólogo por algún problema de tiempo, según dijo.

Siete días más tarde, la misma historia. En esta ocasión el médico decidió investigar más a fondo las causas de tan peregrina y cronométrica dolencia. De modo que tras ceder la sintomatología con la facilidad de siempre se sentó junto a la cama e interrogó al hombre sobre las posibles causas que, en su mente de médico, podían conducir a un proceso semejante. El enfermo se azoraba por momentos, iba negando una por una las sugerencias sobre las que le preguntaban, y al final, vencido sin duda por la perseverancia del médico o cediendo a un impulso de sinceridad, confesó lo que hasta ese momento quizá creía inconfesable:

-Yo trabajo durante toda la semana, de lunes a viernes, desde antes de que salga el sol hasta la noche, sin parar. Y claro, cuando llego a casa los viernes pues me gusta salir a cenar con mi mujer y cuando volvemos pues ya sabe usted... una copita, dos copitas y acabamos en la cama haciendo el amor, pero claro, me excito demasiado y me pongo como usted me ve.

El médico, Pablo, que no tenía uno de sus días mejores, se puso bruscamente de pie, se encaminó a la puerta de la habitación guardando el fonendo en el bolsillo de la chaqueta y desde allí se volvió con cara de muy pocos amigos.

--Mire, caballero. Eche usted un polvo cuando quiera, los lunes, los jueves o los domingos, pero a mí no me joda más los viernes.

Y se marchó dando un portazo. Nunca más supo de aquel paciente, ni si cumplió su ultima y enérgica prescripción cambiando su rutina semanal o si desde entonces llamó todas las noches de los viernes a otro médico para que le resolviese la taquicardia de fin de semana. Este asunto de la sexualidad a calendario y hora fijos es muy habitual en nuestra sociedad, donde una buena parte de la población asocia el fin de semana con la idea de cumplimiento y no precisamente del precepto dominical. De modo que situaciones como la que acabo de narrar se tienen que producir en abundancia aunque no todas quizá con el mismo desenlace tragicómico.

La joven médico, quince días apenas de titulación, fue requerida en un domicilio porque la madre de la familia había sufrido algún tipo de crisis cardíaca. La casa estaba abarrotada de hijos e hijas de la paciente, de sus cónyuges, los nietos y un buen puñado de vecinos que se habían apresurado a acudir a las angustiadas voces. La mujer, extraordinariamente obesa, estaba sentada en un gran butacón de orejas, o, habría que decir mejor, encajonada por su corpulencia entre las estructuras del asiento, desmadejada, con la cabeza caída sobre el pecho y, sin ningún género de dudas, muerta. La muerte le había sobrevenido mientras contemplaba la televisión, cuyo aparato, a pesar del tiempo transcurrido, seguía mostrando con total indiferencia un programa de variedades y nadie se había preocupado de apagarlo, detalle que contribuía aún más a lo esperpéntico de la escena. Los asistentes gemían, lloraban o, más a las claras, lanzaban profundos alaridos de dolor mientras pululaban como

un enjambre enloquecido por el limitado recinto de aquel cuarto de estar. Y la doctora en medio de esa especie de vorágine, sin saber qué hacer una vez que dictaminó el fallecimiento. La acosaban a preguntas unos y otros sin dejarla salir de allí, preguntas a las que ella, que era la primera vez que veía a la mujer, pues no era paciente suya, no sabía cómo responder; había extendido el correspondiente certificado con los datos de varios informes clínicos que le proporcionaron, pero su labor profesional había concluido. Además, una íntima desazón le recorría el cuerpo porque aquel era el primer muerto con el que se enfrentaba "a solas", no con el cortejo académico y compañeril de sus recientes años de estudio, y esa primera vez siempre impresiona. Pasaba el tiempo y había que marchar, que aún restaba mucha noche de servicio y sabe Dios lo que la depararía el destino si el turno había comenzado de esa manera.

De pronto, en la mente de la doctora un pensamiento se abrió paso con creciente apremio. ¿Cuántas horas llevaba aquella mujer muerta en la postura que aún mantenía, encajada entre los brazos del butacón? Dos o tres como poco, dedujo del tiempo que había tardado en recibir el aviso, llegar a la casa y el larguísimo que hacía que estaba entre aquel maremágnum de drama familiar y vecinal. En ese caso, ¡horror!, se estaría iniciando el proceso natural de rigidez en el cadáver y eso, junto con el desbordante volumen de la difunta, iba a dificultar su traslado a una cama, lugar desde luego mucho más apropiado para la situación. Y efectivamente, la doctora no se había equivocado. Todos los intentos para levantar el cadáver de la butaca se demostraron infructuosos; no había fuerza humana para desencajarla, ni tirando entre varios hombres. La escena se la pueden ustedes imaginar; la médico que la vivió no la podrá olvidar jamás. ¿La solución?: más esperpéntica todavía. Entre varios

familiares cargaron la butaca con su fúnebre ocupante y en volandas la transportaron por los estrechos pasillos, como un trono de Semana Santa por las callejuelas de un pueblo, hasta el dormitorio, y una vez allí... la volcaron sobre la cama golpeando fuertemente en el respaldo hasta que, por fin, cayó el cuerpo, que se quedó boca abajo en una postura grotesca, con las rodillas dobladas, la cabeza en posición inverosímil y el obeso tronco oscilando hasta vencerse hacia uno de los lados. Mi colega no quiso ver más y salió literalmente corriendo de aquella casa con el ánimo sobrecogido. Eso no se lo habían enseñado en las clases de la facultad ni se le habría ocurrido imaginarlo al más alucinado profesor.

Y hablando de posturas, vean qué divertida situación se suscitó por la adopción de una de ellas.

En medicina se denomina posición de decúbito prono a aquella en que el cuerpo reposa sobre su parte delantera, es decir, cuando está boca abajo; y es decúbito supino la contraria, apoyado sobre la espalda. Pero lo común es hablar de postura boca arriba o boca abajo que, parecería, son términos que entiende cualquiera sin dificultad. Pero esto no siempre es así.

El médico que acudió a una casa rural encontró a un viejo paciente que yacía de lado, acurrucado por el dolor; con la compañía de su mujer sentada al borde de la cama. El doctor se dispuso a explorarlo y le pidió que se colocara boca arriba. Aquel hombre sin modificar su actitud le miró con ojos extrañados.

-¿Cómo que boca arriba? ¿Eso cómo es?

-Pues boca arriba, ¿cómo va a ser?

El viejo parecía seguir sin entender lo que el médico le ordenaba y no era porque el dolor le impidiera adoptar la postura requerida, sino que con la mayor ingenuidad no acertaba a saber qué era "poner la boca arriba". La esposa supo encontrar las palabras adecuadas que arreglaron la situación.

-Eutimio, lo que el doctor dice es que te pongas de memoria.

Y de inmediato el hombre se dio la vuelta, quedó en perfecto decúbito supino, completamente estirado de piernas y tronco y con los brazos flexionados y las manos cruzadas sobre el pecho. De memoria quería decir para aquellas gentes ¡la postura de los muertos!; con todo lo gracioso del asunto la cosa no deja de tener un sugestivo interés en cuanto a la antropología cultural, puesto que significa la pervivencia en ámbitos sociales muy aislados de términos ya olvidados en la mayoría de los demás sectores de la población. En efecto, la memoria, el memento latino, es un concepto que secularmente estuvo unido a la muerte y, sobre todo, a la representación que del ser humano muerto guardaba la sociedad. Son los monumentos sepulcrales de casi todas las culturas en los que la figura del difunto aparece en esa concreta postura yaciente, y da lo mismo que lo haga con alardes escultóricos o pictóricos o con apenas unos trazos ideográficos, como vemos en tumbas muy primitivas en los más

distantes lugares del mundo.

En una de mis visitas domiciliarias asistí a un hombre que padeciendo una enfermedad poco importante se encontraba muy decaído de ánimo, algo que me resaltó su esposa con gran énfasis. Le puse un tratamiento y en una segunda visita pude comprobar cómo la enfermedad, lo que yo creí que era toda la enfermedad, había desaparecido. Así se lo comuniqué al matrimonio, pero frente al silencio del hombre, la esposa me dijo:

-No, doctor, todavía no está curado.

-¿Cómo que no, mujer? Yo le encuentro perfectamente y ya puede hacer vida normal.

-No, no, doctor, todavía no está curado.

Aquella insistencia en el todavía reconozco que me molestó porque parecía invalidar mi acierto diagnóstico y terapéutico.

-Pues yo le encuentro ya como un roble. Pero si se quedan más tranquilos, puede seguir unos días más de convalecencia. Ya me informará usted.

Creí advertir una mirada huidiza en el hombre y algo así como un repunte de rubor que se le asomaba al rostro, pero no le di importancia en ese momento y cuando me vino más tarde a la memoria lo achaqué a un sentimiento de vergüenza por rehuir con aquella excusa la reincorporación a las obligaciones laborales.

A la semana entró la mujer en mi consulta para solicitar el preceptivo parte de alta laboral porque su marido ya había ido a trabajar esa mañana.

-Entonces, ¿ya está curado del todo?

-Ahora sí, doctor. Ahora sí -la mujer lo decía con aplomo de absoluta seguridad, una amplia sonrisa en los labios y hasta, según me pareció, un cierto aire de desfachatez en el ademán y en la voz.

-Y eso ¿cómo lo han sabido ustedes?

-Pues, ¿cómo ha de ser?, lo natural. Usted mucho decir que mi marido estaba curado, pero yo le conozco mejor. Y anoche, por fin -la sonrisa de la esposa se hizo más grande-, cumplió. Ahora sí que está curado de veras.

Así pues, para aquel matrimonio, en especial para su mitad femenina, la salud radicaba en el perfecto y preceptivo cumplimiento del débito conyugal. Algo que a los sesudos científicos y políticos que diseñaron la estructura y los fines de la OMS seguramente no se les pasó por la imaginación y que tampoco se hubieran atrevido a dejar plasmado de forma tan explícita en los documentos oficiales.

Algo parecido se deja entrever en el siguiente caso, una opinión también muy particular sobre el perfecto estado de salud.

Entre los domicilios que debía visitar con frecuencia durante un largo periodo de ejercicio en un barrio suburbial de Madrid, todo él configurado por modestas y artesanales viviendas unifamiliares, una estaba habitada por un extraño matrimonio. Ambos jóvenes; ella una gitanilla morena, graciosa de cara y pizpireta de ademanes; él, un muchacho de profesión mecánico, pero cuya pasión principal era la práctica del culturismo. La menguada casa estaba toda llena de trofeos y sobre todo de fotografías, recortadas de revistas o de catálogos, en las que aparecían musculosos individuos en esas poses tan características de quienes practican esa actividad gimnástica: con la piel brillante, los músculos hipertrofiados y las venas resaltando hasta extremos grotescos o repulsivos. En algunas de aquellas estampas, el retratado era el marido durante sus actuaciones en concursos o, simplemente, en actitud de exhibición.

Aquel matrimonio, por su edad, no solía sufrir demasiadas enfermedades de las que obligan al médico a ir hasta la casa, de modo que no los visitaba de forma habitual como a otros del barrio, pero siempre me pareció que la salud de ambos, sobre todo la del cuidadísimo marido, era excelente salvo por procesos banales como alguna gripe o cosa parecida. En la casa vecina, separada de aquélla por un estrecho corralillo donde triscaban cuatro cabras, picoteaban la basura una docena de gallinas casi desplumadas y crecían unas cuantas flores plantadas sobre viejas latas de conserva a guisa de maceteros, vivía otro matrimonio de muy distinta condición. Más maduros de edad; ella sin ningún signo característico y él un sujeto que teniendo como oficio el de peón de la construcción urdía frecuentes dolencias para quedarse en casa: dolores de espalda, agudas molestias digestivas, jaquecas, etc. Una retahíla de enfermedades más propias de un individuo valetudinario que de un hombre todavía

en la sazón de la edad. Pero lo cierto es que pasaba en la comunidad del barrio, donde todos se conocían aunque no se tratasen en confianza, por un enfermo crónico, casi como un inválido.

Pero un buen día saltó la sorpresa que conmovió el hasta entonces apacible ritmo de vida de aquella comunidad. La gitanilla se había fugado con el albañil achacoso dejando plantado al musculoso marido. Sin duda, para aquella jovencita la salud, el auténtico buen estado físico, residía en algún punto de la anatomía varonil que el impresionante culturista que dormía a diario en casa no debía de tener suficientemente desarrollado.

Sin salir siquiera de aquel barrio traigo otro ejemplo de salud entendida al modo muy particular de cada individuo. Era rara la semana en que no tenía que acudir una o dos veces a otra casilla, ésta poco más que una chabola con apenas unos muretes de adobe y de ladrillo de desecho y las cubiertas de chapa metálica o de Uralita que declaraba a la legua su anterior utilización en otro lugar de donde muy probablemente había sido sustraída para su uso actual. Allí el enfermo que requería reiteradamente mi presencia era también un joven, de no más de veinticinco años de edad. El interior de la vivienda era una sola habitación que hacía las veces de dormitorio, cuarto de estar y cocina, todo ello en condiciones extremas de precariedad y hasta de miseria, incluida la cama desvencijada donde entre poco más que harapos yacía el paciente. Todo, sin embargo, no era realmente así. Frente a esa cama, junto a los pies de la misma, se apilaban literalmente, puestos uno encima de otro, tres

objetos que contrastaban espectacularmente con el conjunto de pobreza que se respiraba en el resto del recinto: un enorme frigorífico, un colosal aparato de televisión y un equipo estereofónico de música; una verdadera torre de instrumentos para el bienestar. Aquel muchacho estaba realmente enfermo, pero siempre me pareció que no hubiese cambiado su situación doliente en aquellas circunstancias por su traslado a un centro hospitalario,, ni mucho menos por un alivio eficaz de su dolencia que le obligara a abandonar la casa para acudir a un trabajo. Estaría enfermo, sí, pero qué importaba si tenía a su más inmediato alcance semejante cúmulo de comodidades.

Era una noche calurosa de verano; el curso se había terminado a finales del mes de junio, de modo que esto podía estar sucediendo en agosto. En una callecita del más céntrico y típico Madrid me tocó subir hasta la vivienda semiabuhardillada en la que vivía completamente solo un anciano matrimonio; el calor era agobiante y la ropa se quedaba pegada al cuerpo por el sudor del clima y el de la escarpada subida hasta aquel alto domicilio. El paciente, el marido, ardía de fiebre en la cama y su mujer trataba a duras penas de bajarle la temperatura con paños de agua y de alcohol puestos sobre la cabeza y el pecho. Después de explorarlo aventuré un diagnóstico -tampoco mis conocimientos daban en aquel momento para muchas certezas-; prescribí unos comprimidos contra la fiebre, un antibiótico, y me puse en pie para marcharme, Aquella fue, por cierto, una de las ocasiones, a las que ya me he referido en estas mismas páginas, en que recibí el honroso y significativo trato de que se me

ofrecieran jabón de olor y toalla limpia para lavarme las manos en el humildísimo aseo de lo que era poco más que un zaquizamí.

Mientras me secaba, la anciana mujer quiso saber algo más de la dolencia de su marido, y bien porque no supe responderle con demasiada convicción o porque me notara -lo que no era nada difícil- la soñez en la cara y en la actitud, se propuso ayudarme y para ello me hizo una sugerencia diagnóstica.

-Esto de mi marido ¿no será una Fiebre de las Montañas Rocosas?

Me quedé espantado. ¡Dios mío! La Fiebre de las Montañas Rocosas es una exótica enfermedad presente en algunas regiones de Norteamérica, de ahí su nombre, que en los libros de medicina europeos, en los que yo había estudiado toda mi carrera, figuraba descrita en algún capítulo marginal y en "letra pequeña", casi como una mera curiosidad científica. La enfermedad me sonaba, pero tan de refilón como para sólo recordar su nombre, no desde luego sus síntomas ni mucho menos su posible tratamiento. Esbocé una excusa, "no creo, señora, no creo, pero la evolución nos lo dirá", y marché deprisa escaleras abajo.

Llegué a mi casa y me lancé vorazmente sobre los libros en busca de todo lo que pudiera encontrar de ese padecimiento, pero, como ya imaginaba, allí no había casi nada. La angustia me atenazaba. ¿Se me había escapado el diagnóstico correcto?; ¿tendría efectivamente aquel paciente una Fiebre de las Montañas Rocosas?, y, sobre todo, ¿cómo podía aquella humilde mujer sospechar siquiera ese diagnóstico que a todo un médico ni se le había ocurrido? ¡Vaya éxito!

Afortunadamente la solución llegó pronto. Cuando poco después comentaba con alguno de mis familiares tan extraño sucedido, me explicaron que esa misma noche, mientras yo andaba por las calles de aviso en aviso, se había proyectado en la televisión un capítulo de una de esas películas norteamericanas, la del médico rural con ayudante guapo, en donde sus protagonistas habían atendido con la mayor solicitud y el mejor éxito un caso de la dichosa enfermedad en un paciente de edad avanzada que, como el mío de la buhardilla, ardía de fiebre sin que otros colegas hubiesen acertado con el diagnóstico. La televisión como única o principal fuente de información hasta en sus programas de entretenimiento me había jugado una mala pasada.

El suicidio, o su intento, ha sido también motivo de algunas llamadas urgentes. Yo he vivido personalmente dos en circunstancias y con características muy distintas, pero que me parece oportuno relatar en este capítulo de la visita domiciliaria. Uno provoca la risa, el otro aún me evoca escalofríos.

Estaba pasando consulta en un pequeño edificio adaptado con espartana parquedad para esa función en ese barrio marginal al que ya antes he hecho alusión en estos recuerdos. Los pacientes iban entrando y saliendo sin que la tarde hubiese tenido hasta ese momento ninguna novedad digna de destacar. En eso, entró subitamente en el despacho una joven con los rasgos desencajados, y a voz en grito me dijo:

-¡Corra, por Dios, doctor, que mi padre se está suicidando!

Lógicamente me levanté de un brinco, agarré el maletín que tenía sobre la mesa y salí corriendo tras aquella mujer dejando abandonados y boquiabiertos a los todavía numerosos pacientes que aguardaban su turno en la improvisada sala de espera.

La asustada demandante había comenzado a correr hacia su casa, situada a unos quinientos metros del consultorio y con un terreno de campo baldío entremedias, y yo no me entretuve en coger el coche que tenía aparcado en la puerta, sino que corrí tras de ella hasta darle alcance hacia la mitad del recorrido. jadeábamos los dos, yo quizá más que ella porque no poseo ninguna disposición física ni de voluntad para la práctica de este tipo de ejercicios. Pero entre el resuello que me oprimía el pecho quise preguntar qué era lo que estaba haciendo el suicida en cuyo auxilio íbamos; trataba de hacerme una idea de lo que me encontraría al llegar para ir preparando mi actuación médica.

-¿Se ha tomado algo?, ¿se ha cortado las venas?, ¿qué hace?

-Se está dando golpes en la cabeza con un botijo.

Frené en seco la alocada carrera.

-¿Con un botijo? Y ¿qué pretende con eso?

-Pues ya le digo, matarse, anda mal de la chaveta y hoy ha dicho que se quiere matar.

Llegado hasta aquel punto del camino y de la situación que de pronto se me venía a la imaginación como más propia de un sainete que de la realidad, decidí continuar hasta la casa pero ya a paso normal para así además recuperar el funcionamiento regular del pulso y los pulmones. Encontré al suicida, en efecto, sacudiéndose testarazos con un botijo de aquellos blancos, de fuerte y poroso barro, con buen ritmo y mejor disposición mientras exclamaba a cada golpe: "¡Me mato, me mato!". Pero lo más desternillante del caso era que a pesar de aquella tan manifiesta determinación suicida, el botijo conservaba su total integridad, escupiendo gotas de agua por sus dos pitorros en cada sacudida, mientras la frente del hombre mostraba un notable y progresivo enrojecimiento. Nunca supe si en el fondo aquel sujeto carecía de verdaderas ganas de matarse o si la excelente artesanía de nuestros ceramistas botijeros había demostrado ser superior a la dureza de un cráneo humano. Desde entonces,

eso sí, cada vez que veo uno de esos botijos, tan típicos aún en muchos hogares españoles, sobre todo en los rurales, me acuerdo de mi frustrado suicida y no puedo reprimir que una sonrisa, difícil de explicar a quien me la sorprenda, aflore a mis labios.

Otra visita, esta vez nocturna, en la inminente madrugada, durante un trabajo que abarcaba una amplia zona del callejero de Madrid, me llevó hasta un piso desde donde se había recibido el angustioso mensaje de una mujer anunciando que acababa de ingerir un número considerable de comprimidos sedantes con ánimo de matarse, pero en un brusco destello de lucidez había comprendido la gravedad de su acto y solicitaba ayuda con desesperación. Eran tiempos, habrá que repetirlo para que se entiendan mejor las situaciones, en que no existían como ahora los servicios de asistencia urgente atendidos por vehículos perfectamente dotados de todos los medios, incluidos procedimientos de UVI móvil; la atención en todos los casos la dispensaba un médico solitario sin más ayuda que su escueto maletín y la única posibilidad de reclamar el envío de una ambulancia al domicilio cuando, vista la situación del enfermo, se requería su evacuación urgente a un centro sanitario.

Me encontré la puerta de la vivienda abierta y en su interior, echada sobre una cama con todas las ropas revueltas, a una mujer joven, de facciones desgarradas y rostro hinchado por el llanto que la abrumaba seguramente desde varias horas antes. Allí no había nadie más, ni familiares ni amigos ni vecinos de esos que acuden a cualquier revuelo. Aquella mujer no debía de haber protagonizado ningún escándalo ni hecho ruidos desacostumbrados ni había llamado a nadie en su ayuda, sólo al médico.

La primera medida que hay que tomar ante una persona que ha ingerido un producto somnífero en altas dosis es precisamente evitar que éste haga su efecto, que por la cantidad puede ser irreversible; es decir, hay que mantenerle despierto como sea. La segunda actitud debe ser prácticamente simultánea con la anterior: hay que procurar que vomite para que elimine los restos del tóxico que aún puedan quedar en el estómago. Y todo eso lo tenía que hacer yo solo mientras pensaba además cómo llamar por teléfono pidiendo urgentemente una ambulancia. Di unas cuantas voces solicitando ayuda a quien pudiera oírme, pero aquella casa de vecindad parecía estar deshabitada o quizá quien me escuchase prefirió hacer oídos sordos antes que verse comprometido en algún asunto que ni le iba ni le venía. Así pues, habría que multiplicarse.

Incorporé a la mujer de la cama y la sostuve en pie, aunque su tendencia era a caer desmadejada por los intensos efectos que el somnífero ejercía ya sobre su cerebro. La medio arrastré hacia el cuarto de baño y abrí la ducha metiéndole la cabeza bajo el chorro de agua fría; como aquello no parecía bastante, terminé por empujarla más con lo que yo mismo recibí sobre mi cuerpo una buena rociada. Entreabrió los ojos mirándome asustada; la conciencia neblinosa de la intoxicación no le permitía hacerse cargo de la situación. Como noté que nuevamente se adormilaba no se me ocurrió otra solución que comenzar a darle sopapos en la cara con una mano mientras con la otra sostenía su cuerpo tambaleante. Yo no sé las bofetadas que pude darle, pero debieron ser muchas porque horas después me dolía la mano. Sin embargo, con aquel drástico y sin duda brutal sistema logré que se espabilara lo suficiente como para dejarla sentada en una butaca y proceder a la segunda fase del tratamiento de

urgencia. Hice una llamada brevísima a la ambulancia y busqué la cocina, encendí fuego y tras un registro sumario de armarios y anaqueles encontré café y sal, los mezclé y los puse a cocer en una cacerola que andaba por encima del fregadero. Aquella infusión resultaría realmente vomitiva y esa era mi intención. Llené con ella un gran tazón y volví a donde había dejado a mi paciente, que otra vez estaba cayendo en un ominoso sopor. La obligué a la fuerza a beber varios tragos de la pócima caliente, ardiendo, y tal como esperaba no tardó en comenzar con fuertes arcadas que desembocaron en violentos vómitos que ella acompañaba de gemidos y lamentaciones.

Pero la situación empezaba a estar controlada, ahora sólo había que esperar la llegada de la ambulancia. Cuando el personal de ésta se hizo cargo de la mujer y emprendió su rápido y ululante camino hacia el hospital, yo monté en mi coche y la seguí hasta el cuarto de urgencias; como tardé más que ellos, al entrar en la sala hospitalaria la enferma ya estaba rodeada de asistencias, con una sonda a través de la boca y nariz para practicarle un correcto lavado de estómago y con un suero fluyendo por las venas del antebrazo. Mi misión había terminado; di media vuelta y salí al aire de la madrugada. Es uno de los casos que mayor satisfacción sentí de haber hecho las cosas bien y de haber, sin ninguna duda, salvado una vida. Aunque sólo entonces me di cuenta de que estaba empapado de agua y con los pantalones llenos de vómitos y de manchurrones de café salado.

Y para terminar este capítulo de las visitas domiciliarias guardo una de las anécdotas más divertidas, que no todo van a ser dramas y situaciones de angustia, sino que hay tiempo y ocasión también para la risa sin paliativos. Aquí se trata además de hacer un ejercicio de humildad, una confesión de que nunca, en ninguna circunstancia, conviene pasarse de listo ni hacer alarde de saberes o habilidades que no vengan a cuento en el preciso instante en que se debe estar a otra cosa. Algo así, en román paladíno, como que no debe uno meterse en camisa de once varas. Vaya la historia.

Terminada mi visíta a un pequeño paciente, salía yo de la habitación del enfermo acompañado de su madre, cuando al pasar por el salón de la casa mi vista se fijó en un viejo reloj que colgaba de una de sus paredes. Era un instrumento imitación de ciertos aparatos de relojería renacentista, hechos de madera, con muy pocas piezas, una sola saeta y dos piedras de río que colgando de unas cuerdas cumplían la misión de pesas para mantener el movimiento del mecanismo. Casualmente poseía yo en mi casa un reloj igual que había montado con mis manos, por lo que conocía bien cada pieza y cada ensamble entre todas ellas. Pero el de aquel salón estaba parado, su sistema de péndulo permanecía inmóvil y ese detalle me hizo acercarme con curiosidad. De una primera ojeada comprobé que uno de los ejes rotatorios se había salido de su sitio y por eso se desequilibraba toda la maquinaria hasta impedirle el movimiento. Ante la sorpresa de mi acompañante, alargué los brazos, desmonté en un

instante la pieza incorrecta y la volví a poner en su debida posición, con lo que el reloj comenzó de inmediato a funcionar con su rítmico toc-toc de los engranajes de madera.

La madre del niño no hizo ningún comentario, se limitó a darme las gracias y me despidió en la puerta. Yo mismo no volví a pensar en el asunto que había ocurrido de forma absolutamente impremeditada y como un automatismo de maniático más que como acto de voluntad.

Pero unas semanas más tarde tuve que volver al mismo domicilio para atender a otro de los hijos de aquella familia. Esta vez la madre, mientras me acompañaba a la salida, me hizo torcer por el pasillo y me encontré en la cocina de la vivienda. «Iré a salir por la puerta de servicio», pensé. Pero no. La mujer se detuvo, se volvió hacia mí y con su más encantadora sonrisa me dijo:

-Tengo la lavadora estropeada hace tres días. ¿No le importaría a usted echarle una ojeada?

Mi impulso en arreglar aquel viejo reloj sin más encomienda que mi curiosidad me había hecho aparecer ante los ojos de un ama de casa no sólo como médico de sus hijos, sino como un acreditado "manitas" capaz de solventar cualquier avería en el ajuar doméstico.

-Lo siento, señora -contesté-, pero no tengo experiencia en electrodomésticos, no los trabajo. Le recomiendo que llame a un servicio técnico o a un fontanero. Buenos días.

Al servicio de Urgencias llega un paciente relatando que, mientras trabajaba en una labor de carpintería, le ha saltado un fragmento de madera al ojo y que lo nota allí clavado. Tras una rápida inspección, la enfermera que ha recibido al paciente confirma que tiene una pequeña astilla clavada en el párpado, algo que debe resolverse de inmediato. Indica al hombre que pase un momento a la sala de espera -a esa hora llena de gente- mientras avisa al doctor. El médico decide que esa urgencia es prioritaria sobre las que aguardan su turno de atención y le dice a la enfermera que haga pasar enseguida al carpintero. La enfermera, habituada a utilizar la jerga médica sin pararse a pensar en que quizá el público no la entiende, se asoma a la puerta de la sala de espera y anuncia en voz bien alta:

-¡A ver, que pase el señor del cuerpo extraño!

Nadie responde a su llamada. Echa un vistazo a los grupos de personas que se encuentran en la sala y como no ve al paciente, insiste:

-¡El señor del cuerpo extraño, que pase enseguida!

En eso, un hombre se levanta con cierta dificultad del asiento que ocupaba desde hacía mucho rato y se aproxima a la enfermera. Es un hombre con una marcada deformidad en la espalda, una chepa considerable, que, además, cojea ostensiblemente y tiene una parálisis facial, secuelas quizá de un grave accidente o de otra enfermedad. El sujeto se para junto a la enfermera y le dice:

-Bueno, bueno, ya paso. Pero, ¡joder!, me podía haber llamado de otra manera, ¿no?

Pero donde la cuestión de los cuerpos extraños) en este caso reales en su acepción médica, adquiere cotas de grandeza anecdótica es en lo que se refiere a su aparición en el ámbito de la conducta sexual. En otro capítulo he relatado varias anécdotas con este mismo cariz y debo insistir una vez más en que la sexualidad, sus infinitas peculiaridades según cada individuo a solas, en pareja y hasta en grupo, y, sobre todo, sus no menos incontables aberraciones, es un campo sembrado y abonado para que surjan situaciones que contadas, no tanto vividas o contempladas en directo, hagan brotar la sonrisa o la carcajada.

El caso menor, por relatarlos siguiendo una especie de escala de complicación médica y de complejidad en el desencadenamiento de la escena, es el de la pareja de jóvenes que acuden a la Urgencia porque uno de ellos tiene un fuerte dolor en el oído. En la exploración se observa que aquella molestia está provocada por un fragmento de paja o por otro objeto vegetal y en ocasiones por alguna piedrecita que se han introducido en tan insólito lugar. La extracción es sencilla y el cese del dolor casi inmediato. Lo gracioso viene cuando el médico, si tiene ganas de conversación y de tirar de la lengua a los chavales, les interroga sobre cómo ha podido aquel objeto llegar hasta allí. Entonces la chica, el chico, o los dos, se ruborizan, bajan la mirada y terminan por confesar que debió de ser mientras retozaban en un pajar o en el duro suelo del campo. Pecata minuta comparado con lo que vamos a ir conociendo a continuación.

Un segundo grado, que podemos titular como accidente leve, es el muy frecuente requerimiento de auxilio médico en la Urgencia para extraer un preservativo que se quedó ya saben dónde una vez finalizada la relación sexual. Es un "accidente" en muchos casos doméstico, estrictamente conyugal, pero en otros más acaecido en el curso de una relación clandestina. Los protagonistas de la escena suelen ser los dos mismos sujetos que participaban en el acto. Por lo general llegan ambos ruborosos, abochornados por lo cómico y estrafalario de la situación, pero a la vez con la preocupación dibujada en sus rostros ante un problema que consideran con sinceridad grave y urgente. El ginecólogo de guardia -porque suelen acudir a las urgencias de esta especialidad- procura mantener el gesto serio y o bien extrae el cuerpo extraño de la intimidad femenina o bien recomienda a la pareja que esas cosas se hacen a solas, en el baño y con cuidadito. Sin embargo, esa actitud verecunda no existe en

ocasiones y quien llega al servicio hospitalario lo hace con absoluto desparpajo, como quien acude a una farmacia o a un dispensador callejero de preservativos para poder continuar con una noche de regocijo interrumpida por aquel inoportuno incidente.

El tercer grado de esta escala que vengo utilizando es ya algo más serio. En él incluyo los casos, también increíblemente frecuentes, de mujeres de cualquier edad, pero sobre todo jóvenes, que acuden a los servicios de Urgencia por haberse introducido en los genitales algún objeto que luego no pueden extraer. En el caso más habitual, el objeto en cuestión es una botella, muy a menudo, con una llamativa predilección quizás inducida por su forma peculiar, una botella de Coca Cola. El problema surge cuando tras la introducción se produce el vacío entre las paredes de la vagina y el orificio del recipiente, y entonces éste actúa como una ventosa imposibilitando a partir de ese momento su extracción. El lector se asombraría ante el elevado número de estos casos que se conocen en cualquier servicio hospitalario. La solución tiene muy poco de arte y de ciencia médicas, pero es tan elemental que se le ocurre a casi cualquiera; menos, como es evidente, a la afectada. Consiste

sencillamente en romper el fondo de la botella de un golpe, con lo que se elimina el vacío en su interior y el resto se desprende solo, Lo que desde luego no se elimina con tanta facilidad es la sensación de bochorno que embarga a la mujer que se ha visto en esas circunstancias; ni la sonrisa que se dibuja en la cara del médico cuando aquélla sale por la puerta y la limpiadora del servicio barre los cascos de la botella rota.

La fisiología, el complejo funcionamiento del organismo en cada una de sus actividades, puede jugar al ser humano algunas malas pasadas y la naturaleza convertirse en su peor acusador cuando más necesitado estaba de guardar un secreto. Veamos algunos ejemplos.

El aparato genital externo femenino, y más concretamente la vagina, es un órgano hueco recubierto de fibras musculares que en un momento determinado, durante la consumación del acto sexual y sobre todo si éste se produce en circunstancias de extremada tensión nerviosa, puede sufrir un espasmo, una fuerte contractura que va a dificultar y hasta hacer imposible en ocasiones que el varón pueda finalizarlo extrayendo su propio miembro. Es una reacción generalmente pasajera que desaparece en breves momentos si la mujer se tranquiliza, pero que puede prolongarse durante muchos minutos si esto no es así o si el estado de nerviosismo va en aumento. Nada grave si la cosa no sucede en muy determinadas circunstancias.

Don José -le llamaremos así- era un hombre apaciblemente casado con doña Enriqueta Queta para los íntimos- que, no obstante la placidez de su matrimonio, notaba cómo se le encalabrinaban las pajarillas cuando miraba las curvas de Pili, la criadita que desde hacía unos meses servía en aquel tranquilo hogar. Ya se sabe que la carne es débil y más si las tentaciones son muy fuertes. De modo que poco a poco don José fue poniendo cerco a Pili y ésta no hizo demasiadas objeciones al acercamiento masculino. La cosa era cada vez más prometedora y, efectivamente, el señor y la criada decidieron pasar a mayores -consumar el acto, vamos- en la primera ocasión propicia. Esta ocasión se presentó una mañana en que doña Queta debía salir durante varias horas para hacer unas compras inexcusables. La pareja de tórtolos clandestinos dejó pasar un rato tras la salida de la esposa y se puso a la faena del ayuntamiento como diría un clásico sin connotaciones municipales.

Pero he aquí que doña Queta andaba ya varios días con la mosca tras la oreja de que entre su marido y Pili se cocía algo anormal. Quizá sorprendió alguna mirada furtiva, un gesto en uno o en otra. Quizá no fue más que ese extraordinario sexto sentido que tienen todas las mujeres para intuir los deslices del cónyuge y que ha servido para llenar tantas páginas de la literatura. Como quiera que fuese, el caso es que doña Queta hizo tiempo en el portal, estrujándose las manos y agarrando con fuerza el bolso, y volvió a subir al piso abriendo la puerta con el mayor sigilo y dirigiéndose con pasos de animal de presa hacia el dormitorio de la criada.

Y allí se encontró con la escena imaginable e imaginada: don José y Pili, totalmente desnudos y a punto de alcanzar el clímax de su demorada relación, bien ajenos a la figura que estaba en la puerta. Doña Queta lanzó un grito de fiera herida y los dos amantes sufrieron el consiguiente sobresalto. Como consecuencia del tremendo susto Pili tuvo un espasmo vaginal y la pareja no podía romper la íntima unión. Imagínense el espectáculo; pero todavía no ha terminado, queda lo mejor.

Entre los gritos de doña Queta y los de Pili y los bufidos de don José durante los inútiles esfuerzos por desengancharse, iban pasando los minutos y el espasmo de la joven no hacía sino agravarse. Había que tomar una decisión y hubo de ser doña Queta quien lo hiciera. Llamó por teléfono a una ambulancia para trasladar a su marido y a la otra a un servicio de Urgencias.

Cuando la ambulancia llegó al hospital -excuso decir la guasa de los ambulancieros desde que se encontraron con sus clientes en el dormitorio- acudieron presurosos los sanitarios y las enfermeras, porque además el vehículo entró en el recinto del aparcamiento haciendo sonar la sirena y con toda la parafernalia luminosa en su esplendor. Y de allí descendió una camilla con los dos enamorados todavía sin poder separarse, tapados púdicamente por una manta, y una vociferante señora, doña Queta, que no paraba de golpear a los yacentes con su bolso mientras gritaba:

-¡Canalla, sinvergüenza, mal hombre!; ¡guarra, tía guarra, puta!

La entrada en la sala de urgencia fue apoteósica y esperpéntica. Los médicos no sabían si reír o llorar cuando levantaron la manta y contemplaron aquellos dos cuerpos trémulos cuyos rostros eran dos verdaderos poemas y no de amor precisamente. Y la esposa engañada seguía gritando y golpeándolos a bolsazos hasta que fue retirada por dos auxiliares que tuvieron que recurrir a toda su fuerza para lograrlo.

El problema médico se solucionó con una inyección relajante; pero el otro, el familiar, no había hecho sino empezar. Los médicos, que se enteraron a retazos de lo sucedido por el relato entrecortado y vergonzoso de los protagonistas, no volvieron a saber nunca más de aquel trío que les alegró por muchos meses las tediosas jornadas de guardia. Como dije antes, cosas de la fisiología.

El siguiente caso es de actor único. Una mujer, desde luego tan solitaria en lo físico como en lo afectivo, recurría para satisfacer sus apetitos sexuales al uso de uno de esos aparatos denominados por mal nombre "consoladores" que se venden en las tiendas sex shop que hoy tanto proliferan en nuestras calles. Era un artilugio de mucha sofisticación mecánica, animado en su interior por un sistema eléctrico que funcionaba con pilas; un lujo de aberrante ingeniería.

Pero toda máquina, ya se sabe, puede averiarse en el momento más inoportuno para su usuario. Y eso es lo que sucedió con el aparatito de marras. El mecanismo se desbocó, apareció el susodicho espasmo vaginal y la solitaria señora se presentó en la Urgencia del hospital con aquello en imparable vibración y ella cada vez más histérica. No sé como llegó la mujer hasta allí porque el problema, desde luego, hacía muy difícil si no imposible el caminar, pero el caso es que llegó.

La cuestión parecía sencilla, pero en este caso no se podía administrar un relajante al aparato que seguía en su función estimuladora. El interruptor no funcionaba y el receptáculo de las pilas no era accesible en aquellas condiciones. Hubo, pues, que esperar pacientemente a que se agotara el fluido de las pilas y aquel rebelde monstruo mecánico dejase de funcionar por sí mismo. Total, más de dos horas.

No me cansaré de repetir que los caminos de la aberración humana, en todo, pero especialmente en el comportamiento sexual, son infinitos. El caso anterior es un ejemplo más, pero el que les voy a relatar ahora pierde la gracia de otros para adquirir sólo tintes de dramatismo.

En esta ocasión otra mujer se dejó llevar por una de las perversiones sexuales tan antigua como la historia de la humanidad: el bestialismo, la relación sexual con animales. La mujer sufrió el reiterado espasmo mientras la realizaba ¡con un perro! Y de tal guisa hubo de ser atendida en la Urgencia del hospital a donde fue llevada por una amiga que no sabía dónde enterrarse para no compartir aquella vergonzosa situación. Esta vez los médicos no sintieron ganas de reírse, ni en ese momento ni cuando el caso se comentaba de guardia en guardia.

Y como no todo han de ser anécdotas de este tipo con protagonista femenino, ahí va un caso en el que sólo interviene un varón. La cosa, que ocupó por un día las páginas de sucesos de los periódicos, no sucedió en España sino en un país sudamericano, pero eso no excluye que aquí pueda darse en cualquier momento una urgencia similar. Me remito al texto de la agencia periodística (Efe) porque no tiene desperdicio.

Un hombre de cincuenta y cuatro años -especificaba la noticia- estaba en su casa solo y había visto una película pornográfica, con lo que su organismo y su imaginación se echaron a volar. Decidido a aplacar su pasión con lo primero que encontrase tuvo la mala suerte de hallar a mano ¡un rodamiento! Al principio todo fue bien, incluso parece ser que pudo satisfacer sus deseos. Pero de pronto comenzó el auténtico problema: el cojinete, formado por dos cilindros metálicos concéntricos, ya no se movía como antes y su pene se hinchaba más y más. Intentó liberarse de aquel aprieto, pero el asunto iba cada vez peor y, resignado, optó por acudir al hospital más próximo. Rehuyó a las enfermeras porque le avergonzaba relatar a una mujer lo sucedido y se lo contó al primer sanitario varón que vio por allí. Pero éste le convenció de que era necesaria la intervención de los médicos.

Los doctores contemplaron al paciente y su zona afectada y se declararon incapaces de dar una solución médica. Allí, decidieron, tenían que intervenir otras instancias: los bomberos. Dicho y hecho, se hizo la oportuna llamada de emergencia y a los pocos minutos estaban en el hospital dos dotaciones completas. El paciente fue tumbado en una mesa de quirófano y, mientras el personal sanitario le aplicaba suero helado en sus zonas más sensibles, tratando de disminuir la inflamación, los bomberos cortaron con su instrumental, tan poco quirúrgico pero tan eficaz, el acero del rodamiento sin provocar el más mínimo daño en la anatomía del asustado hombre. La operación duró en total cerca de tres horas, tiempo que hubiera sido más que suficiente para una intervención de estómago.

Algo relativamente parecido le sucedió a un norteamericano de cincuenta y un años quien, bajo los efectos del alcohol buscó una nueva experiencia erótica aplicándose sobre sus partes genitales una aspiradora que seguidamente puso en marcha. En esta ocasión la máquina le arrancó al hombre cerca de dos centímetros del pene provocándole una gravísima hemorragia. El hombre, muerto de vergüenza, llamó desde su casa a los servicios de urgencia denunciando que había sido víctima de un apuñalamiento mientras dormía. Las investigaciones policiales y los datos médicos permitieron enseguida descubrir la verdad del caso. Los médicos no fueron capaces de reimplantar la parte seccionada y aquel hombre quedó desde entonces muy mermado en su integridad y suponemos que aún más en su vergüenza.

Y para finalizar -porque en algún momento hay que hacerlo- el relato de las Urgencias sexuales, traigo aquí una que toca de refilón el tema, pero que tiene interés por el patetismo que refleja, digno quizá de figurar en las páginas de la más acrisolada literatura folletinesca. Por otro lado, demuestra el alto grado de penetración social que tiene la divulgación de ciertos adelantos científicos aun cuando no se haya entendido muy bien su verdadero alcance y menos todavía su utilización práctica; muchas veces, como suele decirse, la gente oye campanas y no sabe dónde.

En el cuarto de Urgencia apareció con violencia, desde luego sin detenerse en los trámites de entrada, un hombre llevando de la mano, mejor casi arrastrando, a un niño como de cinco o seis años de edad. Aquel hombre venía encendido de ira y de rabia y amenazaba con descargarla en cualquier momento contra los médicos que le miraban expectantes.

-¡Quiero que le hagan a este niño, inmediatamente, la prueba de paternidad! ¡Pero inmediatamente!

-¿Cómo dice?

-Pues eso, la prueba de paternidad, ya me han oído. Necesito saber ahora mismo si es hijo mío.

El niño asistía a todo aquel guirigay con ojos asustados, brillantes de lágrimas, pero fijos en el hombre vociferante que estaba a su lado.

-Pero mire usted, caballero, tranquilícese: eso de la prueba de paternidad es una técnica de laboratorio muy complicada que, desde luego, no se realiza de urgencia y además requiere conocer otros datos, que la prescriba un médico o un juzgado..., en fin, que no se hace así como así.

-Pues yo exijo que me la hagan ahora mismo. Tengo que saber si la muy zorra de mi mujer me ha estado poniendo los cuernos desde hace siete años. Y entonces la mato.

Aquel pobre hombre acababa de descubrir o de sospechar o quizá sólo de intuir el adulterio de su esposa, y a su pensamiento acudió el recuerdo de haber escuchado en alguna parte que ahora es posible determinar con casi absoluta exactitud la filiación mediante pruebas de laboratorio. Su honor y la tranquilidad de su conciencia no admitían barreras técnicas. Si decían que podía hacerse, se lo tenían que hacer en ese instante; lo de las complicaciones técnicas era una paparrucha de aquellos médicos para no cumplir con su obligación. ¡Pues no faltaba más!

Costó tiempo y que los médicos de guardia exprimieran sus dotes de persuasión y diálogo el convencer a aquel hombre desesperado de la imposibilidad absoluta de acceder a su solicitud y de que acudiera con la misma al juzgado o, por lo menos, a la consulta del día siguiente. Y, claro está, de que esa noche no matara a su mujer.

En una habitación de dos camas, el paciente que ocupaba la más alejada de la puerta había fallecido y no tenía acompañantes ni familiares. En la cama de al lado otro enfermo había asistido a la agonía de su vecino sin otra separación que aquel célebre biombo al que me referí anteriormente en este mismo capítulo. Cuando se produjo el óbito, el personal sanitario cubrió la cara del muerto con la sábana y salió de la habitación para iniciar los trámites de traslado del cuerpo a las dependencias correspondientes, al depósito de cadáveres del propio hospital.

El enfermo de la puerta no podía resistir la tensión nerviosa del momento, estaba enormemente angustiado y en un reflejo infantil agarró el embozo de su cama y con él se tapó por completo para paliar, como haría efectivamente un niño, el susto que le embargaba en aquella situación que estaba sucediendo en su inmediato alrededor; y así decidió permanecer hasta que retiraran el cuerpo del muerto.

La enfermera llamó al camillero y le dio la orden:

-Recoge al fallecido de la habitación X y trasládalo al depósito.

No debió de expresarse con demasiado detalle, no dio el número de la cama sino sólo el de la habitación, y el camillero, desde luego, no conocía personalmente a los ocupantes de la misma. De modo que entró y lo primero que vio fue un cuerpo inmóvil que yacía bajo la ropa de la cama; junto a él un biombo mantenía a cubierto la otra cama y seguro que allí estaría el otro paciente, el vivo. Cogió, pues, la cama en la que él pensó que estaba el fallecido y salió tirando de ella camino de los ascensores. El atemorizado enfermo imaginó que le cambiaban de habitación y agradeció en su corazón aquel detalle, pero aún le atenazaba el miedo y no se atrevió a decir nada ni a destaparse hasta que todo hubiera Pasado.

En el ascensor, que descendía algo traqueteante hasta el sótano donde estaba instalado el tanatorio, el camillero, muy acostumbrado a estos menesteres de su oficio, iba tranquilo, tarareando una cancioncilla de moda, muy ajeno a lo que se le venía encima. En una de las sacudidas, al enfermo le pareció que el traslado duraba ya mucho, no parecía ir a una habitación de la misma planta y eso le extrañó. Así que decidió preguntar. Retiró de un manotazo la sábana que cubría su rostro y se incorporó en la cama.

-¿Adónde vamos?

El camillero lanzó un grito desgarrador y como en ese mismo momento se abrió la puerta del ascensor, salió despavorido corriendo por los pasillos. Con los ojos desorbitados y un rostro blanco como las paredes, a pesar de la carrera, no cesaba de gritar:

-¡Está vivo, madre mía, está vivo!

El episodio terminó bien para sus protagonistas; todos lograron tranquilizarse y se aclaró el motivo del equívoco. En los cortos minutos que duró fue digno de una escena de Ilitchkok, pero luego entro a formar Parte de las antologías de humor hospitalario; de humor, ya dije, negro, pero no por eso menos divertido, rompedor de tensiones y subconscientemente ahuyentador de miedos humanos.

El muerto de la historia anterior no tenía compañía; el de la siguiente la tenía quizá en exceso.

Era una de mis primeras guardias como médico interno en un gran hospital. Tenía el miedo del principiante agudizado por la responsabilidad de ser a quien primero llamarían para cualquier situación inesperada que se presentase en todo el hospital durante todo el día y toda la noche. Luego podría recurrir a los médicos de plantilla con más experiencia, pero el primer golpe lo iba a tener que parar yo. La jornada, afortunadamente, discurría tranquila; apenas un par de llamadas de poca importancia que resolví sin dificultad, lo que sirvió para que me creciera en mí autoestima y tomara una cierta conciencia de seguridad. Nada más falso, como no iba a tardar en comprobar.

El origen de la siguiente llamada ya era de por sí desconcertante: los velatorios. ¿Para qué reclamaban con urgencia al médico de guardia en aquel lugar donde, por definición, la medicina ya no tenía nada que hacer? Misterio, pero con prisas.

Cuando llegué, un celador me esperaba en la puerta y al ver mi extremada soñez se sonrió.

-¿Qué pasa? -pregunté sin saber si aquella sonrisa era de amistad y apoyo o de burla.

-Que los familiares del número cuatro dicen que está vivo.

-Sí, que dicen que el cadáver está sudando y eso es que está vivo.

En el "número cuatro" había un revuelo considerable. Al menos una docena de personas acompañaban en el velatorio a la viuda de un hombre fallecido esa tarde; y todos mostraban un inusual estado de agitación. El que parecía llevar la voz cantante de la reunión era un sujeto de mediana edad, rostro rubicundo y ojos que se agitaban nerviosos mirando a unos y otros hasta fijarse en mí.

-¡Doctor, doctor, está sudando, está vivo!

Confieso que me temblaban las piernas ante aquella situación tan inopinada, y en mi nerviosismo no acertaba muy bien con lo que tenía que hacer o con lo que toda aquella gente esperaba de mí. Me acerqué al centro del cuarto donde sobre una especie de mesa reposaba el cadáver amortajado que sólo dejaba ver el rostro. Efectivamente, aquella piel estaba perlada de pequeñas gotas líquidas que no correspondían a otra cosa que a la humedad del ambiente sobrecargado condensándose sobre su fría superficie. Eso lo tenía muy claro en medio de mi turbación, pero había que hacer algo porque notaba fijos en mi cogote los ojos de todos los familiares y amigos del difunto y hasta los del burlón celador. Me puse el fonendoscopio en las orejas y retirando un poco la sábana que servía de mortaja comencé a auscultar al cuerpo yerto. Lo lógico hubiera sido no escuchar nada, como es natural, pero mi nerviosismo hacía que los latidos de mi propio corazón me subieran sonoramente a los oídos y ya

no sabía distinguir si lo que escuchaba era mi corazón o el de aquel hombre. Procuré tranquilizarme hasta que fui capaz de discernir los sonidos y entonces me quité el fonendo y dándome la vuelta me encaré con los familiares y con su portavoz procurando parecer lo más profesional a la vez que compungido.

-Lo siento, pero este hombre está muerto.

-¿Muerto?, ¿y por qué suda? -insistían.

Les di una concisa explicación y salí del velatorio lo más aprisa que pude sin que se notara que estaba huyendo, que era en realidad lo más parecido a lo que hacía. Busqué al médico residente y le conté lo sucedido sin ocultarle que por un momento había dudado sobre la muerte efectiva de aquel hombre, por lo que quizá sería oportuno que acudiera él al velatorio para efectuar una comprobación. Se rió de mí aunque terminó por confesarme que a casi todos los médicos les había pasado algo similar en sus primeras jornadas de guardia. Se ve que lo del muerto que suda es un caso relativamente frecuente; o lo era, porque en los tanatorios actuales hay eficaces sistemas de ventilación y refrigeración que impiden situaciones como ésta.

Una enfermera entró en una habitación, poco después de finalizada la hora de las visitas, para administrar una medicina a un paciente que llevaba ya varios días encamado y con un goteo puesto en una vena del brazo. Se sorprendió al ver la cama vacía y que había desaparecido incluso esa especie de perchero metálico donde se cuelgan boca abajo los frascos de suero. No había nadie más en la habitación a quien preguntar por el paradero del paciente, de modo que la enfermera salió al pasillo reclamando ayuda a una compañera para buscarlo; algo muy raro tenía que haber sucedido porque aquel hombre no estaba para moverse mucho y menos para abandonar la cama sin auxilio de otra persona. En eso, las dos enfermeras creyeron escuchar ruidos extraños, como jadeos o lamentos, saliendo del pequeño cuarto de baño de la habitación y tras mirarse entre sí unos instantes decidieron abrir la puerta que carecía, por elementales motivos de seguridad, de pestillo o cualquier otro sistema de

cierre desde el interior.

Abrieron, pues, y allí estaba el enfermo, todavía con su goteo puesto, dedicado a la tarea de saciar su apetito sexual con su esposa que había ido a visitarle esa tarde. Sin duda alguna sus fuerzas exhaustas por la enfermedad se habían recuperado notablemente ante la posibilidad de aquel contacto. La naturaleza tiene a veces muy extrañas formas de curación y alivio.

En las salas pediátricas de un hospital militar estuvo a punto de consumarse una tragedia por culpa también de una "apretura" sexual, aunque en este caso no se trataba de un enfermo, puesto que los allí ingresados eran niños de corta edad. En la misma habitación había dos niños a los que hacían compañía casi permanente el padre de uno y la madre del otro; de día y de noche. Muchas horas compartiendo ansiedad por el estado de los respectivos hijos; muchas horas también de conversación que hubo de derivar desde los temas intranscendentes con que suelen comenzar estos diálogos hacia otros de mayor intimidad; muchas horas, en fin, de forzada convivencia. Y la vecindad, como ya se imaginan, fue tomando otros derroteros que ya se sabe por el refranero que el hombre es fuego, la mujer estopa -o al revés-, viene el diablo y sopla. Y claro que vino y sopló. Una noche aquel hombre y aquella mujer no pudieron resistir más sus mutuas tentaciones y acabaron en el suelo de la habitación

dando rienda suelta a su Pasión. Pero el diablo no sólo sopla sino que se entretiene en otras pillerías. Y aquella noche y en el preciso momento en que la pareja se refocilaba, apareció por allí el padre del niño enfermo, marido de la adúltera que yacía en el suelo, y se armó la de San Quintín.

No olvidemos que la escena se desarrollaba en el recinto de un hospital militar, así que el recién llegado ejercía esta profesión y en aquella hora portaba en su cinturón el arma reglamentaria de su grado. Como en tan drama calderoniano en versión moderna, desenfundó la pistola y se dispuso a matar allí mismo a su mujer y a aquel individuo que le estaba ultrajando la honra en el duro suelo. La oportunísima llegada de varios miembros del personal de guardia, alertados por los gritos que precedieron al inminente tiroteo, pudo impedir que las cosas fueran a más y se consumara la tragedia. Mientras tanto, los dos niños, en sus cunitas, permanecían dormidos bien ajenos al caos que se estaba viviendo a su alrededor entre sus progenitores.

Es costumbre que a los enfermos se les dejen sobre la mesilla aquellos medicamentos para cuya administración no sea precisa la intervención del personal de enfermería: pastillas, sobres, jarabes, cremas o supositorios. Se les suelen poner en un vaso de plástico con el nombre del paciente o el número de la cama que ocupa, instándoles a tomarlos a la hora conveniente indicada por el médico durante su visita diaria.

A aquel viejecillo, la enfermera le colocó en la mesilla un supositorio diciéndole que se lo pusiera antes de dormirse. Era un enfermo añoso, muy corto de vista y tampoco muy largo de entendederas, que mostraba siempre una actitud retraída, quizá porque habiendo llegado hacía pocos meses a la gran ciudad desde el pueblecillo donde transcurrió toda su vida anterior, se encontraba en el gran hospital absolutamente desarraigado y todo aquel complejo de personas y aparatos le sobrecogían. Atendió, pues, a las indicaciones de la enfermera y echó un vistazo de soslayo a la mesilla junto a su cabecera. Eso de ponerse un supositorio no terminaba de convencerle, pero puesto que no había más remedio que cumplir con lo que allí le mandaban, por lo menos lo haría cuando se apagaran las luces de la habitación, buscando una mínima intimidad frente a los pacientes que ocupaban las dos camas contiguas.

A la mañana siguiente, otra enfermera entró en la habitación con una bandeja en la que portaba nuevos vasitos con las medicinas de esa hora. Al llegar junto al anciano se sorprendió de que el supositorio de la noche anterior permaneciese sobre la mesilla.

-Pero, hombre, ¿cómo no se ha puesto usted el supositorio que le dejó mi compañera?

-Pero si me lo he puesto -contestó el hombre con una voz que denotaba firmeza-. Anoche, antes de dormirme, me lo Puse.

-¡Qué se lo va a poner si está aquí!

La voz del anciano pareció quebrarse ante la evidencia de aquel supositorio que ahora estaba en la palma de la mano de la enfermera ante sus ojos.

-Yo le juro, se lo juro, que me lo puse...

Una luz como un fogonazo iluminó de pronto el pensamiento de la enfermera. Miró con atención la superficie de la mesilla y comprendió rápidamente que allí faltaba algo que los días anteriores había visto, aunque sin prestarle demasiada atención: una pequeña figurita de plástico fosforescente de la Virgen de Fátima. ¿Sería posible lo que estaba imaginando?

Sí, era posible. El viejo enfermo, con la oscuridad que protegía su pudor, había echado mano a la mesilla y topó con la virgen confundiéndola con el supositorio e introduciéndola por la vía natural a la que iba destinado éste.

El episodio finalizó también de una forma muy natural con la expulsión de tan extraño objeto y el consiguiente corrimiento del paciente que terminó de sentirse en el hospital como gallo en corral ajeno.

El doctor indicó que a un determinado paciente se le aplicase una inyección de vitamina B12 por vía intramuscular. Cuando en la siguiente visita preguntó al enfermo qué tal se encontraba, éste contestó:

- Estoy mejor, pero las dos inyecciones de ayer todavía me duelen.

-¿Cómo que dos inyecciones? -repuso sobresaltado el médico-, yo sólo mandé que le pusieran una.

Y llamó a la enfermera para aclarar aquel equívoco.

-Señorita, ¿no le dije yo que a este paciente le administrara una inyección de vitamina B12? ¿Cómo resulta que le han puesto dos?

La enfermera ojeó la carpeta en la que se anotaban todos los datos de cada enfermo, arrastró el dedo por varios renglones como apoyo de la vista y por fin, sacudiendo la cabeza y sonriendo como quien da con la solución de un arduo problema, contestó:

-Es que como no encontré ampollas de vitamina B12 le inyecté dos de vitamina B6.

El error no tuvo, afortunadamente, trascendencia para el estado del enfermo, pero podía haberla tenido, y mayúscula, si el medicamento tergiversado hubiera sido otro. Ella seguramente puso su mejor voluntad y hasta su punto de pundonorosa iniciativa en resolver el problema, pero este caso demuestra bien a las claras que sobre el querer está siempre el saber. Hoy, desde luego, un suceso como éste no pasa de ser un chascarrillo que se cuenta a las aplicadas estudiantes de enfermería para romper un poco el tedio y la tensión con que transcurre su duro aprendizaje.

A un pueblo de la vía rural llega una jovencísima doctora cómo médico para hacer una suplencia veraniega. El pueblo tenía doscientos habitantes y la asistencia media a la consulta del médico era de diez a veinte personas diarias, lo que constituía una cifra más que regular si la extrapolamos a una localidad mayor. Pero el día que llegó, la sala de espera reunía una aglomeración de cincuenta personas ([25 por 100 de la población!) que apenas dejaban sitio para que ella cruzara hasta el despacho, al otro lado de esa sala. En estos pueblos pequeños, la presencia de alguien nuevo no sólo rompe la monotonía de un día sino que, bien aprovechado, es asunto que proporciona tema de conversación y de comentario para muchas horas durante muchas semanas que de otra forma serían interminablemente aburridas. Esto alcanza cotas supremas cuando el recién llegado es un personaje de los que forman el núcleo importante de la sociedad local: médico, maestro, boticario o cabo de la Guardia

Civil.

La doctora tragó saliva, respiró hondo varias veces para llenar de aire unos pulmones que se le habían quedado exhaustos de la impresión y, una vez acomodada en su flamante silla del despacho, con un par de manuales médicos bien al alcance de la mano para recurrir a su consulta ante la menor duda, ordenó con empaque y falsa seguridad que pasara el que iba a ser el primer paciente de su vida profesional, hoy felizmente larga y prestigiosa.

Entró una mujer bajita, de complexión recia, embutida en un vestido estampado de flores, con la piel de la cara y los brazos morena, seca y hasta callosa. Se sentó con las piernas un poco separadas y los codos apoyados en la mesa y se quedó mirando fijamente a la doctora.

-A ver, ¿qué le pasa? -dijo ésta.

-Pues nada, que me duelen los zancajos.

A la médico un aire se le iba y otro se le venía. Eso de los zancajos no venía en ningún libro, no lo había oído en su vida y no tenía la más remota idea de a qué localización anatómica se podía referir. Pero ¿cómo iba a reconocer su ignorancia en aquella su primera actuación de la que de seguro dependerían la aceptación y el prestigio ante los habitantes de aquel pueblo que estarían expectantes esperando que esa mujer saliera para interrogarla sobre los modos y los saberes de "la nueva"? Había, pues, que improvisar.

-Y dígame, ¿cuando come usted le duele más?

-¡No, hija!, ¿por qué me va a doler más cuando como? -repuso la paciente con cara de asombro.

Una vez eliminado el aparato digestivo, un gran capítulo anatómico, como asiento de la misteriosa enfermedad, había que seguir con la astuta inquisición.

-¿Y hay algún momento del día en que le duela más?

Se iluminó el rostro de la aldeana.

-¡Pues sí!, a la hora del paseo.

"Caliente, caliente", pensó la doctora para sus adentros.

-¿Cuando anda le duele más?

-¡Eso mismo, eso mismo! -la mujer palmoteaba con entusiasmo como si aquello fuera un juego de adivinanzas.

La doctora estaba a punto de explosión, pero aún fue capaz de sujetar su nerviosismo y su creciente enfado contra la paciente.

-¿Señálese el punto exacto donde le duele! -ordenó.

Y la mujer se señaló... los talones; le dolía el talón de Aquiles y a eso en aquel pueblo lo llamaban zancajos.

La siguiente historia sigue inmediatamente a la anterior. Su protagonista es la misma doctora y sucedió el mismo día de su primera consulta. En este caso voy a dejar que sea ella quien nos lo cuente con sus propias palabras, tal y como me lo escribió cuando le solicité algunos recuerdos para este libro.

"Ese día pasó un señor de edad absolutamente imposible de calcular, arrugado como una pasa, con la piel dura y callosa, tremendamente moreno hasta el límite mismo de la boina; con su garrota de palo, con reloj de cadena y una colilla entre los labios.

"Se asomó respetuoso a la puerta, se quitó la boina dejando al descubierto la inmaculada y pálida calva. "¿Se puede?", preguntó casi con reverencia. "¡Pase, pase!", le invité lo más familiar posible, con intención de no intimidarle y que se sintiera a gusto y así facilitar que me contara sus problemas. "¡Siéntese! ".

"El abuelo se sentó, apoyó la garrota en el suelo, sobre la garrota apoyó ambas manos entrecruzadas que sujetaban la boina, y sobre las manos dejó reposar su cabeza bicolor. Clavó en mis ojos su mirada reflexiva y la mantuvo así durante diez o quince segundos. "¡Usted dirá!", insistí amablemente. Cinco segundos más. "¡Vaya, vaya!", dijo rompiendo el silencio. Otros cinco segundos. "Antes... ni médico había en este pueblo"; cinco segundos; "¡y ahora van los de la capital y nos mandan hasta mozas!

"La moza era yo."

Las siguientes anécdotas sucedieron en una consulta de radiología donde también se realizan otras exploraciones especiales dentro de las que se denominan "técnicas de imagen".

La enfermera indica al paciente que entre en el vestuario, se quite toda la ropa y se ponga una sábana blanca que encontrará doblada sobre una silla. Al cabo de unos minutos se oye la voz del paciente desde el interior del pequeño recinto.

-Oiga, ¿cómo me pongo la sábana?

-Pues ya sabe, como un camarero -responde la enfermera mientras se dispone a preparar el aparato con el que va a hacer la radiografía; quiere decirle que se la coloque alrededor de la cintura, como un delantal que le cubra esa parte de la anatomía.

Y el enfermo hizo su aparición... completamente desnudo y con la sábana plegada sobre el antebrazo izquierdo como una gran servilleta.

En otra ocasión, la enfermera apartada del paciente que se encuentra con el aparato de rayos pegado al tórax, le indica por el interfono que comunica el puesto de control con la sala:

-¡Coja aire!

El paciente toma al pie de la letra la orden y comienza a dar manotazos en un afán improductivo de coger aíre entre los dedos. Hubo que explicarle los distintos significados que tiene el verbo coger. Verbo, por cierto, que no debemos utilizar si hablamos con algún paciente argentino puesto que allí tiene como principal significado el de realizar el acto sexual, pero dicho por las bravas: joder, vamos.

La siguiente anécdota nos ilustra sobre la importancia de cuidar la ortografía y la caligrafía si queremos que no se produzcan errores en la relación médico-enfermo. En este caso el suceso fue divertido y sin trascendencia, pero no siempre puede ser así.

Aquel paciente iba a ser sometido a una exploración radiológica del aparato digestivo que requería una dieta en las horas previas a su realización. De modo que unos días antes se le dio un papel en el que se especificaba que en esas horas sólo podía comer 2 o 3 galletas.

Cuando llegó el día de la prueba, el paciente, con gesto de disgusto, se acercó a la señorita que oficiaba de recepcionista y secretaria y le expuso su problema.

-Dígale al doctor que he intentado hacer lo que me pusieron en el papel, pero no he sido capaz de comerme más de ochenta galletas. ¿Podrá hacerme la prueba?

El doctor salió como una exhalación de su despacho en cuanto la secretaria le comunicó, sin poder contener la risa, la noticia.

-¿Qué dice usted? -le preguntó al paciente que se mostraba compungido por aquella desobediencia-. ¿Cómo que se ha comido sólo ochenta galletas?, ¿qué le decíamos en la nota? Traiga usted ese papel, hombre de Dios.

La nota manuscrita, efectivamente, señalaba los límites de comida, pero lo hacía con una falta ortográfica de las que no suelen considerarse como mayores, pero que en este caso y en otros muchos da lugar a serios errores; consiste en no diferenciar con un acento la letra o cuando ésta actúa como conjunción entre cifras. De modo que aquella nota que debería poner 2 o 3 galletas, ponía en realidad 203 galletas. Bastante esfuerzo hizo el pobre hombre en comerse ochenta.

El médico radiólogo se agacha para manipular unos mandos de la mesa de exploración sobre la que debe acostarse el paciente que en ese momento está de pie junto a él, nervioso por una situación que le resulta nueva y estresante. Desde esa posición, el doctor le dice a su paciente:

-¡Súbase encima!

Y el enfermo, ni corto ni perezoso, se sube... ¡a la espalda del médico!

Las descripciones y la nomenclatura de muchas partes del organismo recurren, incluso en el lenguaje científico, a su Similitud morfológica con algún objeto de fácil identificación. En los órganos que poseen una o más porciones prominentes que sobresalen de su contorno -como es el caso del útero o matriz- se utiliza por lo general la palabra asta o cuerno.

Una mujer de mediana edad, con molestias propias de la misma, estaba siendo sometida a una exploración de ecografía, técnica, como se sabe, muy habitual en la práctica ginecológica. El médico tenía a su lado a un estudiante al que iba describiendo las imágenes que aparecían en la pantalla del monitor.

-Estos son los ovarios, esto es el cuello del útero, esto los cuernos...

En ese momento la paciente se incorporó de la camilla con la cara demudada por el pavor.

-¡Ay doctor, no me diga que eso lo han notado ustedes! ¡Por Dios se lo pido, doctor, no le diga nada a mi marido que yo le juro a usted que sólo le engañé una vez y no lo he vuelto a hacer nunca!, ¡no le diga nada, por favor!

Los adelantos técnicos a que nos tiene acostumbrados nuestra civilización han venido por lo general a facilitarnos la vida, pero en ocasiones su uso indiscriminado y carente de sensatez puede provocar situaciones insospechadas y hasta delirantes. Veamos un ejemplo.

Hace unos años se pusieron de moda unos relojes de pulsera que además de su esencial función de señalar la hora y otros datos cronométricos -segundos, fecha del año, día del mes y de la semana, etc.- iban provistos de un dispositivo sensor que a través de la piel de la muñeca era capaz de medir la frecuencia del pulso, sus posibles irregularidades o arritmias y hasta la tensión arterial del sujeto portador de semejante artilugio. Todo ello se traducía en unos dígitos que aparecían en la pantallita del reloj y en unas alarmas sonoras que se disparaban en cuanto los datos recogidos se salían de unos parámetros preestablecidos por el propio usuario. Algo verdaderamente disparatado y, sobre todo, inútil porque esos datos tienen su interés cuando son explorados e interpretados por un médico que los relacionará con otros muchos en la búsqueda de una anomalía o enfermedad. Pero el caso es que tales relojes tuvieron éxito comercial amparado en una sugestiva publicidad y en el

reconocido afán de muchas personas por mantenerse "en perfectas condiciones físicas".

Al servicio de guardia de un ambulatorio llegó una tarde una madre acompañando a su hija adolescente que no mostraba ni en su rostro ni en su actitud el menor signo de enfermedad urgente. La doctora hizo la pregunta de rigor:

-¿Qué le pasa?

-Que se le ha parado el reloj -contestó escuetamente la madre adelantándose a cualquier respuesta de su hija y señalando con el dedo el reloj que ésta llevaba en la muñeca izquierda.

La doctora arqueó las cejas y por unos instantes no supo reaccionar.

-Sí, sí. Que se le ha parado el reloj que mide el pulso y estamos muy preocupados por si es que le pasa algo a la niña.

-Pues, señora -dijo la doctora cuando al fin recuperó el habla-, eso será que se le han gastado las pilas. Al reloj, digo, no a su hija.

-Puede que sí, porque ya le pasó otra vez. Pero usted me dirá qué hacemos porque si la niña no tiene pulso es que algo le pasa.

-Mire, señora. Ha venido usted a un sitio equivocado. Yo le recomiendo que se busque una relojería y que nos deje en paz de bobadas.

La mujer se fue de la consulta muy enfadada, llevando a rastras a su hija y despotricando contra esos médicos que no tienen ni idea de los adelantos modernos. Y la niña sin pulso, ¡válgame Dios!

El médico pediatra está elaborando la ficha con los datos de su pequeño paciente. En el apartado de antecedentes debe rellenar los que precedíeron al nacimiento. Pregunta, pues:

-Señora, ¿el embarazo ¿fue normal?

-Sí.

Y la acompañante, madre de la joven madre, se apresura a rectificar, conocedora de la importancia de una historia clínica bien hecha:

-No, doctor. El embarazo no fue normal, fue de penalty.

Una situación parecida. El médico está sentado en su mesa interrogando a la madre sobre los antecedentes familiares del niño mientras éste se encuentra unos metros más allá en la camilla de exploración sujetado por el padre.

-¿Hay algún tipo de subnormalidad en su familia?

-En la mía no, doctor.

-¿Y en la de su marido?

-Pues no lo sé -y volviendo la cabeza se dirige al marido que en ese momento trata de que el niño se calme en su lloriqueo-: Oye, Antonio, que dice el doctor que si sois anormales en tu familia.

Al hombre se le enrojece el rostro de ira, suelta al niño, que corre peligro de caerse de la camilla, y se abalanza hacia el médico como una furia.

-¿Anormales en mi familia...? ¡Anormal lo será usted, y ahora mismo le doy dos leches! -no dice leches sino algo más fuerte, pero la mesa actuó de muralla ante el inesperado ataque y dio tiempo a que todo se aclarase.

En un alarde de ordenancismo doméstico o quizá por simple rendición ante un ocasional reclamo publicitario, el caso es que aquella madre había comprado para su hija un lote de bragas que lucían en su parte anterior, justamente sobre el tesorito -véanse páginas anteriores-, un letrero con el día de la semana: lunes, martes, etc. Seguramente se pretendía con tan insólito calendario fomentar la higiene de la chiquilla obligándola a una muda diaria de prenda tan íntima. Pero el ideal higiénico se demostró un rotundo fracaso. Puede que la culpa, o sólo parte de ella por su corta edad, fuese achacable a la hija, pero la madre se llevaba la ración principal. A la sala de Urgencias llegaron ambas y el médico, al tener ante sí a la paciente sobre la camilla no pudo evitar el detener la mirada sobre aquel punto destacado; e hizo mentalmente las cuentas que no le salían: la braga señalaba en letras rojas el jueves, pero ese día era martes sin ninguna duda. Además, estaba claro que el

desfase cronológico no obedecía a un desorden accidental en el uso sucesivo de la prenda, sino al más puro abandono higiénico: la tela, blanca en origen, mostraba un color ocre y estaba estampada por parcelas de palominos y de churretones amarillos; una verdadera guarrada. Madre e hija permanecían imperturbables, como si no se dieran cuenta de la dirección que seguían los ojos del médico y del mohín de repugnancia que se dibujaba en su rostro.

-Señora -dijo por fin el médico antes de comenzar la exploración-, esto del día de la semana queda muy bonito, pero ustedes lo ponen para despistar. En su caso, con que pusiera la fecha del año era más que suficiente.

El cúmulo de documentación que hoy lleva consigo casi cualquier actividad humana no es ajeno tampoco al hecho de enfermar y de ser atendido médicamente. En el hospital es obligado que el enfermo o su representante legal firmen al ingreso algunos papeles de índole burocrática y entre ellos el más importante el que se denomina "consentimiento informado", por el cual se autoriza a los facultativos para la realización de los métodos y técnicas que consideren necesarios para el estudio y curación del paciente. El nerviosismo del momento puede hacer que la firma y rúbrica habituales se conviertan en un garabato que merecería el estudio de un grafólogo. Pero en ocasiones el problema se plantea cuando quien debe firmar no sabe hacerlo por ser analfabeto, condición que todavía afecta a un cierto número de personas en nuestra patria. En esos casos, lo habitual es recurrir a la huella dactilar del sujeto, impresa con más o menos detalle en el lugar destinado para la firma. En cierta

ocasión una gitana sin el más mínimo rudimento de letras, pero con larga experiencia en trámites de este tipo, le explicó al administrativo del hospital que la requería para que firmase unos papeles:

-¡Huy, hijo, yo no sé leer ni escrebir, yo siempre que vengo aquí pongo la huella genital!

Al servicio de Urgencia del hospital llega una madre con su hijo pequeño. La mujer padece un estrabismo de ambos ojos muy llamativo. Después de dar los datos en la ventanilla de admisión pasa a la sala de espera hasta ser llamada en su turno. Unos minutos más tarde, el administrativo indica a la enfermera que hay unos pacientes esperando y lo hace aludiendo inmisericorde al defecto físico de la mujer.

-Ya puede pasar la bizca.

La enfermera no capta el sentido de esas palabras, quizá porque a ella no se le hubiese ocurrido utilizarlas. En su caso entiende que se trata del nombre del niño aunque le suena un poco raro, pero ya está acostumbrada a estas excentricidades. Se asoma, pues, a la puerta y anuncia en voz alta:

-¡Que pase David Ka!

Como nadie se mueve, insiste en su solicitud.

-¡David Ka, David Ka!

Y se le acerca una mujer con una desviación de ojos como de caricatura exagerada.

-Señorita, ¿no me estará llamando a mí?

La enfermera deseó entonces que se la tragara la tierra, salió del paso como pudo, que no fue muy airosa y más tarde abroncó al oficinista por haberla sometido a aquel bochorno.

A un enfermo había que realizarle un análisis especial de orina para el que se requería la recogida de todo lo que orinase durante 24 horas. La orden del médico fue:

-Tome usted toda la orina del día y vuelva por aquí mañana.

A la mañana siguiente el enfermo estaba otra vez frente al médico y antes de que éste pudiera decir nada le explicó su problema.

-Usted me perdonará, doctor, pero no he podido hacer lo que me dijo ayer. Le aseguro que lo intenté, pero después de beber el primer vaso de orina no fui capaz de tomar lo demás.

Otro médico prescribió el uso de plantillas para los pies a un niño gitano sin darse cuenta de que aquel chiquillo, como muchos de los de su raza, solía andar siempre descalzo tanto por hábito como por falta de medios para comprar zapatos. Al cabo de los meses el niño volvió por la consulta con su madre. El médico comprobó que el defecto detectado anteriormente persistía sin ningún cambio. Miró a la madre con gesto de enfado por lo que consideraba una desobediencia a su orden.

-¿Pero es que no le ha puesto las plantillas como le dije?

-No he podido; se las sujetábamos con esparadrapo y hasta con cinta de embalar, pero siempre se le acababan cayendo.

O aquel otro médico novato que mientras realizaba la historia de un niño iba leyendo los epígrafes de un impreso que tenía que rellenar con los datos aportados por el paciente; de esa forma, creía él, no se le olvidaría ninguna pregunta importante. Pero aquel documento, unificado para todos los servicios del hospital, no discriminaba entre sexos ni entre edades del paciente, dejando como es natural esta labor al médico que lo cumplimentase. De modo que al llegar al apartado referente a datos y antecedentes genitales, el joven médico leyó en voz alta irreflexivamente:

-¿Cuando ha tenido por última vez el periodo?

Ante la exclamación de sorpresa que brotó de los labios de la madre, el medico alzó los ojos y sólo entonces se dio perfecta cuenta de que el paciente era un chiquillo, varón para más burla, de apenas ocho años.

Un ginecólogo excelente, uno de los mejores profesionales de su especialidad en España, ha visto, sin él saberlo, menguada su clientela femenina por algo tan en apariencia lejano de la cuestión como es su amor filial. Este medico colocó en su despacho y frente a la mesa de exploración un gran retrato de su padre, un señor de mirada inquisitiva y adusta que, por la buena técnica del pintor, parecía dirigirla en cualquier dirección en que se viese el cuadro. Algunas mujeres, en el desagradable trance de colocarse en posición para ser exploradas ginecológicamente -y la mayoría de las lectoras sabe a qué me refiero- no podían evitar el sentirse cohibidas por aquella aguda y varonil mirada que las alcanzaba desde el retrato. Parecerá un detalle nimio, pero esas mujeres sentían como una cierta violación de su intimidad que sólo estaban dispuestas a confiar, y eso porque no había más remedio, al médico, pero no a su padre. La condición humana tiene a veces estos resquicios por

donde asoma un ancestral sentimiento mágico que otorga vida a objetos inanimados.

En ocasiones, no en muchas, esa es la verdad, algunos médicos utilizan de forma inadecuada y picaresca la ignorancia que la gente común puede tener de nuestro oficio y el respeto o temor reverencial que esa misma ignorancia provoca hacia la figura del médico y, sobre todo, hacia sus métodos de trabajo.

El caso mas inocente sería el de aquel ginecólogo que cuando acudía a su consulta una mujer embarazada -estoy hablando de mucho tiempo antes de que se generalizase el uso de la ecografía durante la gestación- aventuraba el sexo de la criatura que estaba en el seno materno. Así aseguraba a los futuros padres, por ejemplo, que sería varón, pero él apuntaba en la ficha que sería hembra. Si al nacer el niño era en efecto varón, la familia se maravillaba de su sabiduría; pero si era hembra y se lo reprochaban, argüía que los equivocados eran los padres que entendieron mal su pronóstico, y para demostrarlo les enseñaba la ficha en la que figuraba claramente desde hacía meses que sería una niña. O viceversa.

Otro médico, también ginecólogo, solía decir a los padres, llegado el momento del parto, que "la cosa se presenta mal; el niño corre un serio peligro, y la madre ya veremos". Y eso aunque el parto no tuviera ningún riesgo; con lo cual los minutos de espera en los aledaños del paritorio -entonces ningún familiar entraba en ese recinto- se hacían angustiosos. Luego, como es natural, el alumbramiento transcurría sin novedad y el médico salía a dar la noticia con este comentario: "Gracias a Dios y a estas manos -y las levantaba en el aire frente a su rostro- han salido adelante los dos". El desahogo y el agradecimiento del padre y del resto de los familiares de la parturienta eran enormes y simultáneos y a aquel médico lo colmaban de regalos por su extraordinaria actuación.

Puestos a deslumbrar al público de una manera inocente, no lo hacía nada mal aquel médico que instaló su consulta en una ciudad no capital de provincia, pero sí lo suficientemente importante como para recibir un continuo flujo de viajeros de toda la comarca, muchos de los cuales acudían precisamente en busca de remedio médico a alguna enfermedad que no les pudieron o supieron resolver en su pueblo de procedencia. Compró un piso con las ventanas justo enfrente de la estación de ferrocarril y de allí colgó un enorme cartel de enormes letras rojas que proclamaba a quien lo viera, que era por fuerza todo el que llegaba a la ciudad por tren: "Doctor Fulano de tal. Especialista de los hospitales de España y París".

Así, sin más detalles ni de la especialidad ejercida ni de los concretos hospitales donde adquirió sus conocimientos. Daba igual; su sala de espera estaba siempre llena de pueblerinos que entraban atraídos por semejante titulación, promotora de grandes esperanzas en su misma indefinición de especialista. Se trata sin duda de un ejemplo notable de marketíng que incide con su mensaje en el secreto deseo de cada persona de ser tratada como algo especial en cualquier actividad de su existencia.

En los años cincuenta, dos amigos terminaron la carrera de medicina y se sentaron a contemplar el porvenir. No tenían dinero para montar un consultorio, ni entonces existían hospitales que dieran trabajo a los médicos recién licenciados, de modo que el asunto se presentaba bastante oscuro. Había que poner a funcionar la imaginación y, una vez más, la picaresca que corre racialmente por nuestras venas de españoles.

Aquellos médicos noveles pidieron a préstamo unos miles de duros y compraron una vieja camioneta. Acondicionaron su interior con una cortinas negras y un par de sillas metálicas medio desvencijadas y se lanzaron a la aventura que habían programado. Recuerden que estoy hablando de los años cincuenta, con una España rural en su mayor parte y un bajo nivel de instrucción.

Iban por los pueblos de Andalucía que previamente habían averiguado que carecían de médico. Aparcaban la camioneta en la plaza y anunciaban, como si se tratara de vendedores ambulantes de mantas o similares de los que tanto abundaban entonces por los caminos españoles:

-¡Rayos X!; ¡se echan los rayos por cinco pesetas!

El pregón surtía su efecto. Al poco rato una larga cola de hombres y mujeres se había formado en la plaza junto a la furgoneta. No es que nadie estuviese enfermo, o especialmente enfermo, en aquellos pueblos. Era que la noticia de que a ellos les iban a hacer lo que sólo los médicos de la capital hacían a algunas personas, les estimulaba a la novedad; y, además, barato.

La cuestión principal era, sin embargo, que nuestros dos médicos no disponían de aparato de rayos X ni de nada parecido en su vehículo. ¿Qué ofrecían entonces? Pues la nada más absoluta, pero disfrazándola a los ojos de sus clientes de alta tecnología para la época.

Hacían pasar de uno en uno a los teóricos pacientes, les indicaban que se colocasen detrás de una cortina y que se desnudasen de cintura para arriba; todo esto en la penumbra del interior de la camioneta. Luego disparaban ¡el flash de una máquina de fotos!, único "aparato técnico" de todo aquel invento. Seguidamente, con el sujeto aún deslumbrado por lo que él o ella en su ignorancia creían "los rayos X", iban dando diagnósticos y recomendaciones:

-Usted está como un roble. Usted tiene una mancha en el pulmón así que en cuanto pueda vaya a un médico en la ciudad y que le vean. Usted no fume que tiene los bronquios hechos un asco...

Y así uno detrás de otro, pueblo tras pueblo y a duro la consulta, hasta que se hicieron un capitalito que les permitió montar un consultorio, ahora sí auténtico, en su ciudad de origen. Este episodio que aun siendo real parece sacado de una novela picaresca, recuerda el caso de aquel médico del siglo XVII cuyas andanzas nos cuenta Quevedo -por cierto, un terrible enemigo de los médicos-. Aquel galeno dispensaba los diagnósticos y tratamientos extrayendo aleatoriamente un papelito de una bolsa que llevaba a la cintura; cada vez que entregaba a su paciente uno de esos papeles murmuraba por lo bajo para que aquél no le oyera: "¡Que Dios te la depare buena!".

Y ya que estamos con los rayos X veamos otra historia graciosísima en la que de nuevo se dan cita la picardía non saeta del médico y la penosa ignorancia de algunos pacientes.

El protagonista llegó a un pueblo de una rica región agrícola española para instalarse como médico titular recién nombrado por el Ministerio para aquella localidad. Era, pues, lo que se conoce como médico rural, aunque la designación del cargo, ganado en dura oposición, era la de médico de A.R.D., asistencia pública domiciliaria. En las funciones inherentes al cargo estaba el pasar diariamente consulta y el atender en los domicilios a los pacientes que así lo requiriesen durante los 365 días y las 365 noches del año. Pero aquel médico aportaba una gran novedad: venía provisto de un moderno aparato de rayos X, algo nunca visto por allí y sólo utilizado por los médicos especialistas de la capital. Claro que aquel extra no estaba incluido en las prestaciones que cubría el sueldo oficial del médico y ni siquiera en las igualas que los pacientes pagaban mensualmente y por familia para ganarse una atención más "particular"; la exploración radiológica habría que pagarla aparte y

además con una tarifa variable que el médico estableció según el método que vamos a conocer, verdaderamente infalible gracias a la misma ciencia.

En aquella región éspañola, como en otras muchas, era costumbre por entonces -hace cincuenta años- que los hombres y las mujeres llevasen el dinero en monedas guardado en los refajos que formaban parte del vestuario rural de nuestras gentes; eran grandes monedas de duro, algunas todavía de plata, que constituían el capital sin el que nadie se atrevía a ponerse de viaje aunque este fuese tan sólo de los escasos kilómetros que separaban un pueblo de otro; pero no hacía falta viajar; en todo caso, el mejor y único banco eran la intimidad de aquella prenda que rodeaba en apretadas vueltas el vientre.

El médico de nuestra historia conocía bien estas costumbres y las supo aprovechar. Al paciente que entraba en su consulta con aquellos arreos vestuarios le sugería la conveniencia de someterlo a una exploración con el flamante aparato de rayos X situado en la habitación aledaña.

-¿Y eso ¿cuánto me va a costar? -preguntaban siempre el hombre o la mujer, recelosos de cualquier gasto superfluo, y temerosos de que aquella "extravagancia" les alterara la economía.

-Bueno -respondía el médico-, eso ya se lo diré luego; depende de lo que vea por la pantalla.

Y no mentía en absoluto. Al enfermo le hacía pasar a la sala de rayos indicándole cómo debía colocarse y siempre con la advertencia:

-No hace falta que se quite usted la ropa. Estos aparatos modernos pueden ver a través de la tela.

Y claro que veía; veía las monedas que él o ella guardaban en el refajo y hacía un rápido recuento. Al cabo de unos momentos daba por finalizada la exploración.

-¿Qué tengo, doctor? -el paciente escrutaba anhelante los ojos del médico.

-Pues afortunadamente nada de qué preocuparse. Son treinta duros. U otra cantidad ajustada a lo que ocultaba a simple vista, pero no a rayos X, el refajo. Y el paciente, con más o menos gesto de dolor del alma que no físico, sacaba los cuartos y los ponía sobre la mesa del médico.

En una ocasión aplicó el procedimiento a un hombre que tras abonarle la tarifa del caso demostró socarronamente que había captado el truco.

-Buena vista tiene usted, doctor. Cuarenta duros traía y cuarenta me ha sacado.

Un cirujano recibió un día por correo un lujoso sobre que contenía un no menos lujoso tarjetón en el que unos para él desconocidos marqueses del Bajo Guadalquivir le invitaban junto con su esposa a visitarles en el palacio de su Título. Su primer impulso fue desechar aquella invitación como hacía con tantas otras de diversa índole que le obligasen a romper su rutina cotidiana. Pero su mujer no lo pensó así, sino que aquel membrete aristocrático le tentó la curiosidad y, por qué no decirlo, también el gusanillo de la vanidad. "¡Unos marqueses que nos invitan a su palacio! ¡Tenemos que ir, Pepe!", fue el deseo-orden que su marido no podía dejar de cumplir aun con su propia desgana.

Llegado el día de la visita, el matrimonio se acicaló de punta en blanco y se dirigieron a la mansión nobiliaria. Fueron recibidos por un criado uniformado como en una película de época que les condujo a un amplio salón amueblado con todo lujo y con gran número de espejos como se esperaría de un palacio con todos sus atributos. Casi al instante aparecieron los marqueses; éstos vestidos muy campechanamente como quien espera a unos íntimos amigos a los que se ve todos los días. Cuando el médico vio a su anfitrión le vino a la memoria aquel rostro. Era el de un paciente a quien había operado con urgencia de apendicitis en su clínica unas semanas atrás; desde luego entonces desconocía su identidad y más aún su categoría social; era un paciente privado al que pasó una factura de cincuenta mil pesetas que él abonó religiosamente con un talón bancario antes de abandonar la clínica; y no volvió a saber nada hasta esa tarde en el salón palaciego.

El marqués abrazó efusivamente al médico, dijo estarle eternamente agradecido por su excelente actuación -incluso se levantó la camisa para enseñar orgulloso la cicatriz que testimoniaba su pasada apendicitis-, hizo las presentaciones de su esposa, la señora marquesa, estampó dos besos en las mejillas de la mujer del médico y pasó a explicar el motivo de aquel encuentro.

-Quería verte, Pepe, me vas a permitir que te tutee, nos vamos a tutear todos ¿no os parece?, porque quiero darte otra vez las gracias por lo que hiciste. ¡Qué marido tienes, Pili!

-No fue nada, no fue nada -intentó una cortés excusa el médico que todavía no se había centrado en la escena.

Durante unos minutos continuó el diálogo en términos parecidos y por fin el marqués anunció:

-Y ahora vamos a cenar. En vuestro caso no hemos querido organizar una cena de compromiso; no entre amigos, ¿verdad?; algo informal, como de la familia...

Y la cena palaciega, aristocrática, que había hecho imaginar raras delicias y exquisito servicio a la mujer del médico y también a éste, para qué engañarnos, consistió en media docena de platos con trozos de tortilla de patata, embutidos de supermercado y unas aceitunas rellenas, todo ello regado con cerveza de lata y una botella de vino, eso sí, de Rioja aunque corrientito.

Transcurrió la velada, como no podía ser de otro modo, entre conversaciones intranscendentes, y al acabar, los marqueses acompañaron al matrimonio de Pepe y Pili hasta el automóvil que habían dejado aparcado ante la cancela de acceso a los jardines del palacio. Según afirmó con rotundidad y repetidamente el marqués, allí había dado comienzo una eterna y entrañable amistad.

El verdadero resultado de aquella cena de la tortilla fue que en los dos años siguientes el médico operó al marqués de una úlcera de duodeno y de un lobanillo en el cogote, a la marquesa de un quiste de ovario y de una liposucción; y al hijo de los marqueses de unas hemorroides. Todo ello absolutamente gratis, en aras de tan entrañable amistad, porque, claro, a un amigo no se le cobra.

Con el tiempo, cuando la hija del médico estaba a punto de finalizar la carrera de medicina, su padre le dio este sabio consejo basado en la experiencia propia como todos los que le dispensaba:

-Hija mía: con los pacientes no hay que tomarse ni una caña.

 



 
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