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  Canto a la Mujer Cordobesa (Julián Sánchez Prieto)
 




Canto a la Mujer Cordobesa

(De la obra de Teatro "Un Alto en el Camino"

Julián Sánchez Prieto

 

 

("El Pastor Poeta") Ocaña 16-2-1886-Colmenar Viejo 1979

 

Es artista y cordobesa,

con andares de gitana;

mira como una sultana

y habla como una princesa.

¡Si la vieras a caballo!

En Córdoba la encontré

cuando en la feria de mayo

las treinta mulas compré.

Comentando la corrida

en la que Antonio Cañero

sacando la jaca herida

puso el rejón más certero

que había puesto en su vida,

estábamos Paco Gil,

Pedro, el de Puente Genil,

y el Niño Sabio, el de Lora,

en la puerta el Mercantil

tomando una de «Pastora».

¡Qué trajín! ¡Cuánta alegría,

de aquel bullir que no cesa,

en el que contribuía

la gracia y soberanía

de la mujer cordobesa!

No te puedes figurar,

tú que aquello lo conoces

de cuando fuiste a comprar

la yegua, el rumor de voces

de la calle Gondomar.

Como reguero de hormigas

las mujeres paseaban

y al pecho todas llevaban

flores en lugar de espigas.

Y entre mujeres y flores,

pasaban los domadores

por delante de nosotros,

luciendo sobre los potros

los atalajes mejores.

¡Qué de coches! ¡Qué de troncos!,

donde los caballos broncos

mostraban todo su brío,

yendo los cocheros roncos

de tanto hablar al gentío.

Entre aquella animación,

un grito de admiración

alarmó a la gente seria;

cuando por la Concepción

se vio subir de la feria

el cuerpo más soberano,

más gallardo y más serrano

que viera del sol la luz,

sobre un potro jerezano

del mejor hierro andaluz.

¡Vaya mujer con hechuras,

luciendo el traje campero

de vistosas bordaduras,

al sonar las herraduras

del caballo postinero!

Ángel que tenga su cara,

No tiene Dios en los cielos;

Pues su hermosura es tan rara,

que si un ángel la mirara,

los demás sintieran celos.

Como dos finos manojos

de claveles reventones

eran sus labios de rojos,

y eran dos vivos crespones

la luz que daban sus ojos.

Era arrogante y morena;

su pelo como la pena

que desgarra las entrañas,

y llevaba las pestañas

de la propia Macarena.

Caballo mejor domao

ni mejor atalajao

ningún andaluz lo sueña,

ni traje mejor cortao

que el que lucía su dueña.

Era de plata el herraje

del freno y del hebillaje,

como el caballo de un rey,

y de oro fino de ley

los alamares del traje.

Y era tanta su destreza

para fijar con limpieza

los andares de la jaca,

que su garbo y gentileza

sobre todo se destaca.

Pues ya ves si llevaría

el potro con gallardía,

cuando hasta el propio Cañero

tiró a su paso el sombrero

diciéndole una alegría.

Mezcla de gitana y reina,

llegó entre palmas y olés;

espuelas de oro en los pies,

y por corona y por peina

un sombrero cordobés.

Al paso de su alazán

la gente se descubría

pues todo el mundo creía

que llegó el Gran Capitán

el alma de Andalucía.

Unas vueltas dio al paseo.

El potro, con su braceo,

no cabía en la ancha calle;

al compás del manoteo,

quebraba su lindo talle,

y aquella mujer preciosa,

de hermosura tan completa,

se iba meciendo orgullosa

como en la mejor maceta

se mece la mejor rosa.

Su gracia la requebré

cuando a mi lado pasó:

lo que dije no lo sé;

lo cierto es que me miró...

y en sus ojos me enredé.

Preso quedé en su mirar,

como en el día la aurora,

y estoy tan esclavo ahora

como la perla que llora

su esclavitud en el mar.

Hablé con ella; fue mía...

Puse en ella mi alegría,

mis afanes y mis penas,

y hoy por su gusto daría

más sangre que hay en mis venas.

Sé que no me pertenece,

que no es de mi condición.

¡Pero ya no hay solución!

¡Que el hombre siempre obedece

cuando manda el corazón!

 

 

 
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