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  Romance de La Dama Blanca de La Cueta (Anónimo)
 

 

 

Romance de La Dama Blanca de La Cueta

Anónimo

La nieve anubre La Cueta

con falampos y farraspas,

nidia de sudarios fríos

por los repechos y fanas.

Crece la nevada y crece

en los valles y colladas

como una inmensa cosecha

en la que los hielos granan.

Ay, cómo aúllan los vientos

y cómo lloran las aguas,

y cómo quedan las gentes

huérfanas y amenazadas.

Todos los caminos huyen,

todas las sendas se apagan,

de las fuentes ya se fueron

las cristalinas y janas.

En los hogares callados,

callados que todos callan,

se van quedando ateridos

los labios y las plegarias.

Todo se amustia y La Cueta

se aprieta enganida el alma,

como si el frío le diera

un dolor en cada casa.

Del bastión de Cacabillo,

roca caliza encrespada,

salta el turbión de la nieve

con la fuerza desatada.

Y entre su hervor inclemente,

con su furia huracanada,

quedan sin vida tres vidas

como tres rosas galanas.

Una de ellas, la más bella,

niña rosa, niña blanca,

la que encendía los campares

con la luz de su mirada.

Ay, mi dulce niña rosa,

ay, mi dulce niña blanca,

ay, nido de las tres rosas

por la nieve amortajadas.

Por la angostura del valle

ya vuela, ya, la campana,

y se va abriendo una senda

entre la nieve cavada.

Y ya el resol de la aurora

saluda a la Dama Blanca,

que ha cobrado su tributo

de cada invierno que pasa.

Ya brilla el sol, ya rebrilla

la inmensa nevada blanca,

ya la montaña de nieve

deslumbrante y soberana

es una reina en su trono

vestida de vestes albas,

con tres rosas en el pecho,

las tres, ay, ensangrentadas.

Extraído de Relato de Babia de Luis Mateo Díez.

 

 

 
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