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  El Matricida (Efraín Alatriste Nava)
 

 

 

El Matricida

Efraín Alatriste Nava, POETA VERACRUZANO (1959)

Sobre el banquillo gris, del acusado,

se encuentra un hombre de mirar perdido

y de ver su semblante entristecido

el corazón se siente apesarado.

Hundida entre las manos la cabeza

y sumido en el mar de sus sollozos

ante la ley brutal y los curiosos

que mofándose están de su tristeza.

Grave y sereno el juez; fruncido el ceño

impasible se encuentra en el estrado

sin embargo en la faz del magistrado,

se adivina un pesar jamás domeño.

El turno es del fiscal; con voz de trueno

ante la turba hostil de odio cegada

lanza su acusación de hiel cargada

cual lanza la serpiente su veneno.

¡Ahí lo tenéis señores es la bestia!

el hombre sin entrañas el ladino

el ser más despreciable ¡el asesino!

que priva de la vida sin molestia.

¡Es un chacal! malvado y truculento,

un ente sin piedad ¡un MATRICIDA!

quien con sus garras arrancó la vida

de la mujer que le brindó el sustento.

De la mujer que lo veló de niño,

de la mujer que lo forjó en su sangre,

de esa mujer que como toda madre

le arrulló alguna vez en su corpiño.

Y cómo le pagó ¡qué cruel delito!

qué injusticia sin par... que cobardía

arrancarle la vida en forma impía

señores este ser ¡es un maldito!

Es un chacal y al condenarlo en suerte

que se cumpla la ley en su persona

y si Dios su pecado le perdona

¡Que la justicia le condene a muerte!

Calló el fiscal; la turba enardecida

con rugido feroz gritó al momento

¡Muera, muera; pero antes al tormento!

¡Que muera el indeseable matricida!

Habla por fin el juez desde su estrado

imponiendo silencio al ruido hecho

y dice: todo ser tiene derecho

que hable sobre el asunto el acusado.

Anegados los ojos por el llanto

la faz ajada... hirsuta la cabeza

jamás he visto tan fatal tristeza,

jamás he visto sufrimiento tanto.

... ¡Yo soy el asesino la he matado!

y lo juro ante Dios... ¡no me arrepiento!

si por ello me aplican cruel tormento

por su dicha lo doy por bien empleado.

Más mienten los que dicen que con saña

a mi madre maté, ¡miente la plebe!

yo la maté sin el dolor más leve

la maté con amor, y así no daña.

La maté con ternura, suavemente

... se extinguió su existencia tormentosa

cual leve palpitar de mariposa

y abandonó la vida... dulcemente.

Dulcemente murió, ¡cuánto la quise!

difícil es medir lo que es cariño

maté a quien me arrulló cuando era niño

sin embargo es amor; porque lo hice.

Cuántos de los hipócritas humanos

a quien yo supliqué pidiendo ayuda

hoy me escarnecen con terrible duda

¡y todavía pretenden ser cristianos!

Cómo sufrió mi madre ¡pobrecita!

con atroces dolores en el pecho

implorándole a Dios desde su lecho

¡sufriendo aquella enfermedad maldita!

¡Jamás he de olvidar aquella noche!

en que gritando de dolor me dijo

¡Mátame por piedad, mátame hijo!

y no esperes de mi alma ni un reproche.

Yo bendigo tu mano hijo de mi alma,

¡Mátame ya!... y dame sepultura

yo bien sé que mi mal no tiene cura,

¡Mátame por piedad!... dame la calma.

Y ese grito salvaje y lastimero,

que anhelaba la muerte suplicante

taladraba mi alma a cada instante

¡Mátame hijo! ¿Dios mío por qué no muero?

Y se ofuscó la luz de mi conciencia,

y dejé de ser hijo... ¡fui verdugo!

y le arranqué del sufrimiento el yugo

yo le quité señores ¡la existencia!

Lo demás ya lo saben; qué tortura

¡ya no soporto del dolor el peso!

y aquí me encuentro ante vosotros preso

y es mi única pasión la sepultura.

Mas no es la ley quien deberá juzgarme,

aunque sí soy culpable de eutanasia

no se van a reír de mi desgracia

¡No lo harán! porque yo ¡voy a matarme!

Una daga sacó de la cintura

que en el pecho clavóse con violencia

al cielo suplicó ¡Señor... clemencia!

y se borró en su rostro la amargura.

Y así termina la existencia agita

de un hombre que de amor es ¡MATRICIDA!

y deja en los anales de la vida

¡UNA HISTORIA DE AMOR CON SANGRE ESCRITA!

 

 

 
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