SIÉNTATE CONMIGO
  La Fortuna, Fábula (Juan Eugenio Hartzenbusch)
 

 

 

La fortuna

Juan Eugenio Hartzenbusch

Hízose moda llamar

a la Fortuna cruel

y ciega y loca de atar:

ella mandó circular

por todo el orbe un papel.

«¿Quien tuviere (en él decía)

conmigo cuestión alguna,

preséntese en Almería

tal año, tal mes, tal día.

Firmado: Yo la Fortuna.»

Voló todo pretendiente

por no llegar el segundo.

¡Cuánta cara diferente!

Hasta de Zafra hubo gente,

que es pueblo fuera del mundo.

Con terrible trapisonda

pasó el primer pelotón

al local de la sesión.

Una gran mesa redonda

casi ocupaba el salón.

Cubre la mesa un brocado;

y en el centro, donde ya

ningún brazo llegará,

se halla esparcido y mezclado

cuanto la Fortuna da.

Bastones, mitras, dogales,

moneda en bolsas distintas,

plumas, azadas, puñales,

mantos, bulas, vendas, cintas,

en suma bienes y males.

La Fortuna, que es traviesa,

cuando vio el tropel entrar,

se entretuvo en colocar

por la orilla de la mesa

muchas cañas de pescar.

Y dijo con aire ufano:

Para que el linaje humano

cese de ponerse apodos,

van a tener en la mano

desde hoy su ventura todos.

En la mesa viendo estáis

cuanto recibí del cielo:

con el brazo no llegáis;

vamos a ver qué sacáis

con hilo, caña y anzuelo.

Si algún infeliz se engaña,

y mal por bien se le enreda,

que se queje de su maña.

Señores, mano a la caña,

y a pescar lo que se pueda.

¡Allí fue ver a la par

a fogosos y tranquilos

anzuelos al aire echar!

¡Allí enredarse los hilos,

y romperlos al tirar!

Tras una dote un machucho

fatigó la caña mucho;

pero con tan mala traza,

que le salió un cucurucho

de dulces de calabaza.

Por un anillo ducal,

que una Venus de arrabal

ambicionó muy de veras,

enganchó un par de tijeras

y un hábito de sayal.

Un coplero sin donaire

por poco un laurel alcanza;

mas, burlando su esperanza,

le alzó una manta en el aire

como al pobre Sancho Panza.

Un jugador que a un bolsillo

el anzuelo encaminó,

hizo presa en el gatillo

de un cargado cachorrillo,

que al disparar le mató.

Pescaba el sordo muletas

y el volatín andadores,

y algunas niñas inquietas

pescaban en vez de flores

hilo hermoso de calcetas.

Y entre tanto un guardador

de la villa por la noche

(sereno diré mejor)

se halló con palacio y coche,

Serenísimo Señor.

Así entre ruidosos gritos,

de pena o de gusto locos,

picaron allí toditos:

los contentos fueron pocos,

los quejosos infinitos.

Vio la Fortuna la gresca,

y en ella su desagravio,

y con lástima burlesca

dijo al fin: Que Diego el sabio

nos dé una lección de pesca.

Llaman al sabio Don Diego,

y entra conducido luego

de un perrillo ladrador:

-¡Calla! (exclaman) ¡es un ciego!

¡Buen ojo de pescador!

Silban todos al pobrete;

y él sin que nada le inquiete,

oye, tienta, hace su arroje,

y en vez de una prenda, coge

con el anzuelo el tapete.

¡Bravo! Claman por aquí.

¡Viva! Chillan por allá.

¡Buena la lección está!

Don Diego entre tanto va

tirando el tapete a sí.

Con él vino, por supuesto,

cuanto en él estaba puesto

porque nadie lo pilló,

y al pie del sabio modesto

desde la mesa rodó.

Coronas de soberano,

dotes de bella mujer,

bastones, oro, placer:

todo lo tiene en su mano,

de todo puede escoger.

A un cetro tomó afición;

mas pesaba en demasía:

le dejó con un bastón,

que vio que se convertía

en látigo de sayón.

Encontró venalidad

en el sí de una belleza,

en un laurel vanidad,

cuidados en la riqueza

y odio en la celebridad.

Y en vez de gloria y poder,

tomó el limitado haber

de una honrada medianía,

que vivir le permitía

sin malgastar ni deber.

-El ciego os ha de enseñar

(dijo la Fortuna al dar

la señal para salir)

cómo podréis alcanzar,

cómo debéis elegir.

Legítima herencia son

del ilustrado varón

los bienes que el mundo encierra;

pero no hay dicha en la tierra

donde no hay moderación.

 

 

 

 

 
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