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  Los Días, Oda (Leandro Fernández de Moratín)
 

 

 

Los Días (Oda)

Leandro Fernández de Moratín

¡No es completa desgracia,

que por ser hoy mis días,

he de verme sitiado

de incómodas visitas!

Cierra la puerta, mozo,

que sube la vecina,

su cuñada y sus yernos

por la escalera arriba.

Pero, íque!... No la cierres,

si es menester abrirla:

si ya vienen chillando

Doña Tecla y sus hijas.

El coche que ha parado,

según lo que rechina,

es el de Don Venancio,

¡Famoso petardista!

¡Oh! Ya está aquí Don Lucas

haciendo cortesías,

y Don Mauro el abate,

opositor a mitras.

Don Genaro, Don Zoylo,

y Doña Basilisa;

con una lechigada

de niños y de niñas.

¡Qué necios cumplimientos!

¡Qué frases repetidas!

Al monte de Torozos

me fuera por no oírlas.

¡a todos se preparan

(y no bastan las sillas)

a engullirme bizcochos,

y dulces y bebidas.

Llénanse de mujeres

comedor y cocina,

y de los molinillos

no cesa la armonía.

Ellas haciendo dengues,

allí y aquí pellizcan;

todo lo gulusmean,

y todo las fastidia.

Ellos, los hombronazos,

piden a toda prisa

del rancio de Canarias,

de Jerez y Montilla.

Una, dos, tres botellas,

cinco, nueve se chiflan.

¿Pues, señor, hay paciencia

para tal picardía?

¿Es esto ser amigos?

¿Así el amor se explica?

Dejando mi despensa

asolada y vacía.

Y en tanto los chiquillos,

canalla descreída,

me aturden con sus golpes,

llantos y chilladiza.

El uno acosa al gato

debajo de las sillas:

el otro se echa acuestas

un cangilón de almíbar.

Y al otro, que jugaba

detrás de las cortinas,

un ojo y las narices

le aplastó la varilla.

Ya mi bastón les sirve

de caballito, y brincan

mi peluca y mis guantes

al pozo me los tiran.

Mis libros no parecen:

que todos me los pillan,

y al patio se los llevan

para hacer torrecitas.

¡Demonios! Yo que paso

la solitaria vida,

en virginal ayuno

abstinente heremita.

Yo, que del matrimonio

renuncié las delicias,

por no verme comido

de tales sabandijas:

¿He de sufrir ahora

esta algazara y trisca?

Vamos, que mi paciencia

no ha de ser infinita.

Váyanse enhoramala:

salgan todos aprisa

recojan abanicos,

sombreros y basquiñas.

Gracias por el obsequio

y la cordial visita,

gracias; pero no vuelvan

jamás a repetirla.

Y pues ya merendaron,

que es a lo que venían,

si quieren baile, vayan

al soto de la villa.

 

 

 

 
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