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  Romance de la Viuda Enamorada (Anónimo)
 

 

 

ROMANCE DE LA VIUDA ENAMORADA

Anónimo

Siempre pegada a tu muro

y al filo de tus almenas;

siempre rondando el castillo

de tu amor; siempre sedienta

de una sed mala y amarga

de desengaño y arena.

¿Por qué te querré yo tanto?

¿Por qué viniste a mi senda?

¿Quién hizo brillar tus ojos

en la noche de mi pena?

¿Qué lluvia de mal cariño

quiso convertirme en yedra,

que va creciendo y creciendo

pegada a tu primavera?

¡Ay, qué montaña de amor

tengo sobre mi cabeza!

¡Ay, qué río de suspiros

pasa y pasa por mi lengua!

Yo estaba en mis campos hondos,

allí en Castilla la Vieja,

durmiéndome entre molinos

y coplas rubias de siega

y era mi vida una noria

monótona y polvorienta.

Mis hijos venían del campo

con sus camisas abiertas

y en el pulso de sus hombros

reclinaba mi cabeza.

Así, un día y otro día,

allí en Castilla la Vieja...

Una tarde (por los nardos

subía la primavera...)

una tarde vi tu sombra

que venía por la senda

dentro de un traje de pana,

tres vueltas de faja negra

y una voz dura y redonda

lo mismo que una pulsera.

-Buenas tardes, ¿Hay trabajo?

-Sí- te dije toda llena

de un escalofrío lento

que me sacudió las venas

y que me quitó de encima

diez años de vida muerta,

bordando en mi enagua oscura

una rosa dulce y tierna.

-Está bien- fueron tus gracias,

y, doblando la chaqueta,

te sentastes a mi lado

en el borde de la senda.

Vive este amor de silencio

y entre silencio se quema,

en una angustia de horas

y en un sigilo de puertas.

El pueblo ya lo murmura

en una copla que rueda

todo el día por el campo

y, de noche, en la taberna.

Dicen que si soy vïuda,

y sacan el muerto a cuestas;

dicen que si por mis hijos

me debía dar vergüenza...

Dicen, tantas cosas, tantas

que las paredes se llenan

de vidrios y maldiciones

y hasta a veces de blasfemias.

Mi hijo el mayor (veinte años,

dulce y moreno) con pena

me habló esta mañana: -Madre,

ese traje no te sienta,

ni esas flores, ni ese pelo,

ni ese pañuelo de hierbas...

Yo no me atreví a mirarlo

y me sentí muy pequeña,

como si fuese mi madre

la que hablándome estuviera.

-Por nosotros, tú no debes

vestirte de esa manera...

¡Ay, por vosotros! Os di

todo el trigo de mi era;

todavía de vosotros

mi cintura tiene huellas

¡Sangre mía que anda y vive

y a mí me va haciendo vieja!

¿Pero es que yo ya no tengo

derecho a querer? ¿Qué ciega

ley me prohíbe que al sol

deje mis rosas abiertas?

¿Y que me mire al espejo

y que me vista de fiesta

y que en mi jardín antiguo

florezca la primavera...?

¡Ay, qué montaña de amor

tengo sobre la cabeza!

¡Ay, qué río de suspiros

pasa y pasa por mi lengua!

¡Canten, hablen, cuenten, digan,

pueblo, niños, hombres, viejas,

que yo de tanto quererle

no sé si estoy viva o muerta!

¡Quiero y quiero y quiero y quiero!

Están en flor mis macetas;

cien ruiseñores heridos

cantan amor en mis venas

y me duele la garganta

y está mi voz hecha piedra

de tanto decir: "¡Te quiero

como a ninguno quisiera!"

 

 
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