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  Poemario Médico 04 (Varios Autores)
 

 

 

Poemario Médico (4)

Fernando R. Cesteros

Julio Flórez Rea

José Agustín Goytisolo

Pedro Bonifacio Palacios

 

Fernando R. Cesteros (-).

Llegamos al salón triste y sombrío,

abrimos los estuches de escarlata,

fuimos todos, sobre el mármol frío,

poniendo el vario instrumental de plata.

Y trajeron la muerta, rebosante

de juventud espléndida y radiosa,

desnuda como Venus, deslumbrante

y suave como un pétalo de rosa.

Sobre un grueso cristal brillante y duro

quedó tendida como estátua fría;

nos llamó el profesor, y a su conjuro

la cátedra empezó de Anatomía.

En profundo silencio nos quedamos;

en tanto que el doctor nos contemplaba,

vestimos los mandiles y rodeamos

la mesa en que el cadáver reposaba.

"¡Corte el fémur usted con firme pulso...!"

me dijo el profesor en tono quedo,

y me puse a templar como un convulso,

con una extraña sensación de miedo.

"Reléveme, doctor, de este martirio

que me llena de insólita tristeza;

pero no puedo ensangrentar un lirio

ni yo sé mutilar tanta belleza.

Perdóneme, doctor, si yo a su ruego

me porto como un mal disciplinado;

pero amo a Aspasia como bardo griego

y a Finé con pasión de enamorado".

Fue motivo de mofa y de murmullo

en toda el aula mi actitud incierta.

El doctor me miró con noble orgullo,

y con dulce piedad la virgen muerta.

Me quedé contemplando la hermosura

de aquella Níove pálida y yaciente,

cuando sentí por la escalera oscura

ligeros pasos y rumor de gente.

Eran todos alegres estudiantes,

forjadores del chiste inoportuno,

que venían con otros visitantes

a profanar el esplendor de Juno.

Entonces yo, que siempre he respetado

el pudor de sus íltimos destellos,

le tendí su cabello destrenzado

como un tapiz sobre los muslos bellos.

Alguien quiso después con mano impura

cobardemente descubrir lo oculto

y comentar con mágicos destellos,

como el que intenta profanar un culto.

Pero ante los sátiros fui diestro

y logré defender la Venus yerta,

di dos pasos delante del maestro

y besé con amor la Circe muerta.

La turba estudiantil, atea y loca,

desató contra mí torpes agravios,

y yo, poeta, me llevé en la boca

la rosa fría de los muertos labios.

Me acerqué para ver sus ojos muertos,

y como un niño me incliné templando;

miré fijo sus párpados abiertos,

y ella también se quedó mirando.

Después de aquella escena emocionante,

reinó grave silencio por la sala

donde estaba tendida y deslumbrante

como diosa la rival de Atala.

Respetó la cuchilla cortadora

la eucarística flor de su hermosura,

y llenóse el recinto en esa hora

de un magnífico ambiente de ternura.

Y se cambió el aspecto de la clase;

nos miró el profesor con raro ceño;

pero abstraído, ni vertió una frase

como el que se hunde en la quietud del sueño.

Se terminó la clase, y en la puerta,

al salir del salón de Anatomía,

volví los ojos para ver la muerta,

¡Y me estaba sonriendo todavía...!

 

Julio Flórez Rea (1867-1923).

En el sucio rincón de una taberna

fría y desmantelada,

semejante a una lóbrega caverna,

Jorge, mi más antiguo camarada,

una noche lluviosa nos decía

furioso, hecho una sopa:

"Tres meses ha que a la adorada mía

le juré no tomarme ni una copa.

Ella, en cambio, postrándose de hinojos,

con un amor profundo,

juróme por la niña de sus ojos

serme fiel y constante en este mundo.

Y esta noche, ¡Dios mío!, en qué premura

me he visto y en qué potro;

esa mujer a quien soñé tan pura

la encontré besándose con otro.

Mas no importa; vosotros, compañeros,

que sabéis que yo pago

la infancia como pocos caballeros,

mi juramento cumpliré: ¡ni un trago!

Y al decir esto, por su pestaña rubia

bailó una gota clara,

una gota que luego fue una lluvia

que rodó largo tiempo por su cara.

Y era verdad, en más de treinta días

no habíamos logrado

en todas nuestras bellas alegrías

hacer beber al noble enamorado.

Mas de pronto en buen Jorge irguióse altivo,

dióse un golpe en la frente

y exclamó a su pesar: "¡Para qué vivo!

Si ella mintió... ¡Salud! ¡Dadme aguardiente!

La copa alzó, brindó por el dios Baco,

lanzó una carcajada...

Y rodó por el suelo como un saco,

rígido y mustio el joven camarada.

Grande fue la sorpresa...; en un momento

estuvo en nuestros brazos;

al ver tal expresión de sentimiento

en aquel corazón hecho pedazos,

"Un médico", gritamos; por ventura

un médico pasaba,

entró, tocóle el pulso con premura

y, en tanto que a su faz ínfulas daba,

exclamó alegremente: "Esto no es nada.

Nada... ¡Pobre muchacho!

Que le traigan café mientras reposa

y lo dejen dormir. ¡Está borracho!".

 

José Agustín Goytisolo (1928-1999).

Mucha tristeza nunca le humilló

pero temía el hondo pozo oscuro

que él envolvió en sus aguas cenagosas.

Mucho haloperidol; pinchazos de antabús

probó electroterapia varias veces

y salió disparado hacia una vida

que ahora ya no recuerda: quince años

hasta que llegó el litio: quince años

perjudicando a todos los que amaba

pues gastó su dinero y el ajeno

en alcohol, en viajes y en delirios.

Pero el litio llegó y está en su sangre

y ahora es su compañero de por vida

hasta la oscuridad o la luz total.

 

Pedro Bonifacio Palacios (1854-1917).

Le aserraron el cráneo;

le estrujaron los sesos,

y el corazón ya frío

le arrancaron del pecho.

Todo lo examinaron

los oficiales médicos

mas no hallaron la causa

de la muerte de Pedro;

de aquel soñador pálido

que escribió tantos versos,

como el espacio azules

y como el mar acerbos.

¡Oíd! Cuando yo muera,

cuando sucumba, ¡oh, médicos!

ni me aserréis el cráneo

ni me estrujéis los sesos,

ni el corazón ya frío

me arrebatéis del pecho,

que jamás hasta el alma,

llegó vuestro escalpelo.

Y mi mal es el mismo,

es el mismo de Pedro;

de aquel soñador pálido

que escribió tantos versos,

y como el espacio azules

y como el mar acerbos.

 

 

 
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