SIÉNTATE CONMIGO
  El Quijote, Romance (Emilio Pascual)
 



  Romance: El Quijote
  (Extraído del libro "Días de Reyes Magos")

  Emilio Pascual


  I
 
En un lugar de la Mancha
vivió una vez cierto hidalgo,
amigo de madrugar
y a leer aficionado.
No conforme con el mundo
que le había deparado
la fortuna, dio en pensar
que podría mejorarlo.
Y, hallando en sus viejos libros
el modelo imaginado,
pensó hacerse caballero
como en los tiempos pasados.
Y aunque a la sazón tenía
no menos de cincuenta años,
limpió una vieja armadura
-que alguien llevó batallando
en alguna de las guerras
de nuestros antepasados-,
hizo una celada rústica,
y de este arte pertrechado,
con una herrumbrosa lanza,
un escuálido caballo
y una dama imaginaria,
salió a buscar por los campos,
desventuras o aventuras,
que eso no está averiguado.

Vino a dar en una venta,
donde un ventero bellaco
fingió armarle caballero,
pero lo hizo por escarnio.
Salió el hombre de la venta
"tan contento, tan gallardo,
que el gozo le reventaba
por las cinchas del caballo".
Quiso el azar o el destino
que encontró al cabo de rato
un labrador que azotaba
con su pretina a un muchacho.
Y, viendo que allí venía
su oficio pintiparado
de reparar la injusticia,
socorrer al desgraciado
y remediar los abusos
del poderoso arbitrario,
libró al "delicado infante"
del látigo despiadado
(aunque, en cuanto dio la vuelta,
 volvió a azotarlo el villano).
Por proclamar la belleza
ante burlones prosaicos,
 fue apaleado por unos
mercaderes toledanos.

Mas no se arredró por eso;
que, a su casa trasladado,
salió por segunda vez
algo mejor equipado,
con las alforjas provistas
y un escudero en su asno.
Empezó su vida pública,
con corazón esforzado,
 atacando a unos equívocos
gigantes amolinados
o molinos giganteos,
que esto nunca quedó claro.
Cenó con unos cabreros,
y entre bellota y tasajo
habló de la Edad de Oro,
de aquellos siglos dorados
en que bondad y virtud
borraron del diccionario
las palabras tuyo y mío,
frente a estos tiempos ingratos.
 Prosiguiendo su camino,
llegaron a un verde prado
y, por dimes y diretes
entre yeguas y caballos,
unos arrieros yangüeses
a los dos apalearon.
Cerca del anochecer,
molidos y derrengados,
alcanzaron una venta,
en donde fueron bizmados
y en la que hizo el caballero
un salutífero bálsamo,
Que así como a él le alivió,
le dejó al otro baldado.
Y, por si eso fuera poco,
se fue sin pagar el amo
(pues jamás un caballero
se vio que pagara el gasto),
y unos alegres truhanes
mantearon al criado.

Otra vez en campo abierto,
y en su mundo imaginario,
creyendo que eran ejércitos
alanceó dos rebaños;
los pastores con sus hondas
de tal guisa le acertaron,
que le rompieron las muelas
y me lo descalabraron.
Pasaron aquella noche,
como otras, en descampado,
cuando un estruendo terrible
los dejó sobresaltados,
y el escudero, de miedo...
Pero mejor me lo callo,
pues aquí es donde se dijo
que "peor es meneallo".
La bacía de un barbero,
por arte de su ideario,
en el yelmo de Mambrino
 mudó como por ensalmo.
Liberó a unos galeotes,
que luego le apedrearon.
Se adentró en Sierra Morena,
donde el rucio le robaron
al bueno del escudero,
 que desde entonces fue andando,
hasta que quiso el azar
que recuperase el asno.
Entre aquellas duras peñas,
el discreto enamorado
hizo dura penitencia
de amor, y pasó ayunando
"entre suspiros y versos"
y yerbas tres días largos.

Asistió a varias historias
de amores y desengaños,
vio destinos que se cruzan,
seres ruines y bizarros,
y supo hablar de las armas
y las letras con gran tacto.
Pero el cura y el barbero
de su pueblo, poco dados
a delirios generosos
y a los ajenos cuidados,
salieron una mañana
tras el rastro del hidalgo
Y llegaron a la venta
de marras, donde entre engaños,
equívocos y ficciones
al caballero enjaularon,
y en una lenta carreta
al pueblo se encaminaron.
Según iban de camino
un canónigo encontraron
con quien charlaron de libros,
caballeros y teatro,
de "escritura desatada"
y otros juegos literarios.
Por malas artes del cura
y el barbero encapuchados,
llegó finalmente al pueblo
el caballero enjaulado.


  II

Un mes estuvo en la cama
con muchísimo sosiego,
departiendo de mil cosas
con el cura y el barbero.
Pero su idea primera
no lo abandonó un momento
-y más viéndose en un libro
doce mil veces impreso-,
Y tercera vez salió
seguido de su escudero.
Aquí empezó la tragedia
de nuestro buen caballero,
pues, yendo a ver a su amada,
los términos se invirtieron,
y le encantó a la señora
el socarrón escudero,
volviéndola en una fea
labradora en su jumento.
Una carreta de cómicos
con personajes diversos
nos demostró una vez más
cuán sutil es, en efecto,
la frontera que separa
la realidad del sueño.

Una noche inesperada
topó con un caballero
y por cuestión de hermosuras
se desafiaron luego.
Llevaba el desconocido
por nombre el "de los Espejos"
y, contra todo pronóstico,
fue vencido por el nuestro.
Pero oíd con atención,
porque el tal de los Espejos
no era sino un bachiller
Del mismo lugar manchego,
así que se hacía cruces
nuestro caballero viendo
cómo los encantadores
le trocaban los sucesos.
Pero él siguió convencido
de la bondad de su intento
y, como símbolo vivo
de la virtud y el esfuerzo,
desafió a unos leones
que traía un carretero,
que, perezosos, ni osaron
descender a campo abierto;
explicando su conducta,
departió con un discreto
Caballero y con su hijo
de caballería y versos.

Puso paz en una boda
en que un pobre con ingenio
le sopló la dama a un rico
cuyo más notable mérito
no era tanto su linaje
cuanto su mucho dinero.
Entró en la famosa cueva
de Montesinos, incierto
de si lo que había visto
era realidad o sueño.
En una venta encontró
un famoso titerero
con el que por un retablo
tuvo sus más y sus menos;
y según después se supo
era el tal Maese Pedro
uno de los galeotes
que libertó el caballero.

En su peregrina andanza
llegaron al río Ebro:
Un barco los esperaba
en el que montaron luego,
y, pues estaba encantado,
con la duda quedaremos
de si el conjunto que hallaron
al final de su trayecto
era castillo o molino,
demonios o molineros.
Y en este instante comienza
la pasión del caballero,
pues, habiendo coincidido
con unos duques soberbios,
fueron objeto de burlas
y vejaciones sin cuento.
(Y no fue la menor de ellas
convencer al escudero
de que tenía que darse
Tres mil azotes trescientos
para librar del encanto
a aquella dama de ensueño,
habiendo sido el artífice
del donoso encantamiento.)

Pero el hombre de la Mancha,
que tuvo apodo de Bueno,
todo aquello lo sufría
con dignidad y silencio,
y sólo se desató
con un irritable clérigo
que se permitió llamarle
tonto, a lo que el caballero
respondió:--Mis intenciones
a buen fin las enderezo,
 que es el de hacer bien a todos
y mal a nadie: si el que esto
entiende y obra merece
ser llamado bobo y necio,
díganlo los generosos,
los magníficos, los buenos,
no los ruines eclesiásticos
ni los estudiantes hueros.
Una vez más se mezclaron
la realidad y el sueño:
Recorrieron las estrellas
A lomos de Clavileño;
hubo un torneo amañado
que Cupido dio resuelto;
tuvo el criado su ínsula
y gobernó como bueno,
no sin antes advertir
con su caletre discreto
cuán improbable resulta
ver un gobierno perfecto.
Del calvario de los duques,
más que palacio, salieron
los burladores burlados,
y los burlados contentos
de su libertad, el don
más preciado de los cielos.

Tras un encuentro imprevisto
con extraños bandoleros,
llegaron a Barcelona
por desusados senderos.
A la vista de la playa,
sobrecogido y suspenso,
a caballo, como estaba,
pasó la noche en silencio.
Y, al surgir el sol del agua,
caballero y escudero
contemplaron asombrados
el mar, la playa y el puerto.
Pero en esta vida todo fluye
y nada se está quieto;
y, saliendo una mañana
por la playa de paseo,
un tal de la Blanca Luna
desafió al caballero,
le derribó del caballo
y le venció sin remedio.
(Era el de la Blanca Luna,
como se descubrió luego,
el vencido bachiller
llamado de los Espejos.)

Desengañado, abatido,
desarmado y polvoriento,
volvió a su aldea cercado
de negros presentimientos:
Fue burlado en el camino,
pisoteado de cerdos,
y adivinó su destino:
Vivir loco y morir cuerdo.
Pues a poco cayó malo
y fue parecer del médico
que le acababan la vida
tristeza y desabrimientos.
Vio llegar su última hora
y antes hizo testamento,
con lo que deudos y amigos
Todos quedaron contentos,
"que el heredar algo borra
o templa en el heredero
la memoria de la pena
que es razón que deje el muerto".
Murió como todo hombre:
Sin ver cumplido su sueño.
Era el suyo establecer
en este bajo universo
la caballería andante,
ese divino reflejo
que, como el amor, iguala
los señores y los siervos.


 
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