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  Carta a José María de Pereda (Roberto Enjuto)
 

 

 

Carta a José María de Pereda

Roberto Enjuto

Querido José María:

Hace pocos días, tuve el enorme placer de leer tu entrañable novela, peñas Arriba. Si ahora me pusiera a buscar palabras que ensalzasen esta historia, me sonarían todas ellas como algo hueco, que no puede reflejar ni si quiera pálidamente lo que ha ocurrido en mi corazón al deslizarme por sus montañas y personajes.

lo primero que me gustaría pedirte, es que me permitieras ser tu hijo. Ya sé que quizá sea mucho pedir; pero me conmovió profundamente esa dedicatoria, en la que por supuesto, había un gran dolor por el fallecimiento del que era tu sangre. No se respiraba en ella, ni gota de amargura. Había pena, sí; pero a la vez, no dejaba de latir un gran Amor que preludiaba el delicioso viaje de generosidad que iba a ser tu historia. Sé que no necesitas mi consuelo en tu llanto. Sin embargo, yo sí ansío que me adoptes y me enseñes. Que me hables desde dentro.

Cuando empezó Marcelo a describir sus años de existencia regalada y cómo su tío Don Celso le llamaba, si quiera para despedirse de él antes de la muerte, tuve la certeza de que esa llamada era también para mí. Sentí que alguien me estaba pidiendo más autenticidad; más verdad en mi vida.

Padecí como mío, ese primer viaje penoso de Marcelo hacia tu casa y aunque el personaje destilaba humildad, ya se manifestaba Chisco como la encarnación de esa primaria y gloriosa determinación a servir siempre a lo más elevado.

La segunda manifestación de ese gran y sobrio conocimiento, fue la aparición en la cocina, de Don celso y de Don Pedro Nolasco. Como en todo viaje espiritual que se precie, surgieron las dos fuerzas básicas del compromiso, justo al principio. Don Celso iba a ser el compasivo Maestro que inspirase a Marcelo a abrazar ese camino de Amor, que era su vida en Tablanca. Don pedro por su parte, dio su sangre a Lita, que sería la parte más dulce y tangible de la ternura de ese compromiso del alma.

esta carta no puede ser un recorrido por todos los personajes de la novela, ya que eso la haría enormemente larga. Sí quiero pararme en algunos, cuya presencia fue motivo de caricia y emoción sublimes en mi corazón.

la sencillez con que Neluco, el médico manifiesta su convicción de que no hay nada mejor que esa tierra, a pesar de haber conocido otros mundos, es una de esas pistas llenas de generosidad, para que quienes empezamos a recorrer el camino de la verdad, no tengamos la más mínima duda.

¡cuánto deseo de darlo todo, hay en tu relato, José María!

Y como consecuencia de ese propósito del médico de alimentar en Marcelo lo más noble, tengo que dar mi más fuerte abrazo al Señor de la Torre de Provedaño. Él fue un ancla muy sólido, para que Marcelo entendiera que la misión estaba a su alcance. la versatilidad del de Provedaño, su capacidad para desempeñar multitud de papeles sin que ello afectara en lo más mínimo a su dignidad de Hombre Justo, es para mí todo un ejemplo y enseñanza que cobró su clímax en esa anécdota en la que hizo lo indecible para devolver la vida a uno de sus Hermanos, atrapado en una fuerte nevada.

Podría seguir y seguir y como dije antes, la carta sería casi tan larga como la novela. Me llama la atención sin embargo, cómo se ha estudiado tu narrativa, querido padre. En su día, leí que tu estilo era costumbrista porque utilizabas como ingredientes de tus novelas, la tierra más cercana a ti, y a sus habitantes llanotes.

Yo creo que hay mucho más que costumbrismo en esta hermosa novela y también en otras como Sotileza. Hay un maravilloso despliegue de lo más básico y auténtico del hombre. Tus historias, más que pegadas a la tierra, están pegadas al Ser Humano en sus manifestaciones más luminosas.

Ese rescate de Pepazos, con el arrojo posterior de Pito Salces para salvar a su amigo Chisco, esa mezcla inseparable del Amor de Hermanos que surge justo cuando Don Sabas va a darle los sacramentos a Don celso, ese abrazo que salta cualquier tipo de protocolo o de barrera que uno pueda presuponer con el Creador y hace que la misma muerte tenga que bajar la cabeza avergonzada por su trabajo, todo esto desata un llanto completamente libre y que te enpuja a querer vivir para siempre en ese mundo de ternura.

Confieso a pesar de todo, que tenía miedo a que se perdiera Tablanca. Tenía miedo a que finalmente, el fallecimiento de Don celso, verdadero Maestro, hiciera que el discípulo abandonase su Tablanca interno. Fuiste muy honesto al exponer las barreras reales con las que se encontraría cualquier buscador que ha perdido aparentemente su referencia. En ese espacio de la novela es cuando más patente se hizo para mí tu compasión, querido Padre. Todos los obstáculos de Marcelo, eran y son los míos. Me reconocí plenamente; pero lo más grande es que también reconocí en las cabales reflexiones de Neluco, la voz comprensiva del Maestro que se hace cargo de cualquier dificultad y que lleva del brazo a su discípulo.

El último viaje a Madrid en el que según propias palabras, marcelo quemó sus naves, es todo un manual para que nos liberemos y vivamos siempre en el corazón de Dios.

por fin, la alegría del compromiso matrimonial con Lita, la parte más tierna de ese logro de transparencia y sencillez, no es una alegría alocada, sino que cosquillea permanentemente en cada célula física e interior y hace que cuando cerramos el libro tras leer la palabra fin, sigamos percibiendo la misma Luz dulce que no se apagará.

Así pues, querido padre, te doy humildemente las gracias por este gran regalo y te pido que estés siempre pronto a recordarme que existe Tablanca en mi alma y que pertenezco a tu familia.

Con todo mi Amor.

Roberto.

 

 
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