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  Evocación de Una Equivocación (Santos Matías)
 

 

 

Evocación de Una Equivocación

Santos Matías

Yo lo decía: era mejor ir al apartadero y pasar con mi padre la noche vieja. Tenía que trabajar en turno de noche. Sus quehaceres de vigilante lo permitían, pero él no lo consintió.

Por la tarde me había divertido como un chiquillo haciendo deslizarse piedras por la superficie helada de la gran charca y merendando con mi hermano Luis lomo asado por nosotros mismos en la casucha deshabitada.

Nos proponíamos la fabricación de un helado singular: se trataba de mezclar en un vaso de porcelana diversas bebidas alcohólicas y dejarlas al sereno. ¿Cristalizaría?

Después la pena que me producía mi madre, que acometía ilusionada los preparativos para que tu familia y todas sus derivaciones se sintieran cómodas.

Luego… vino, cánticos y bailoteos insulsos e irreverentes en torno a una mesa camilla, que hacía las veces de pesebre, en el que el Niño era una bandeja de dulces, estando la Virgen representada por un gran jarro de vino. Y así de casa en casa, en interminable ronda, larga como la propia noche y acaso también fría como ella.

Tu hermana lo tenía todo: la conocíamos más por haber sido camarera nada menos que en el hotel más importante de la gran ciudad, lo cual, juntamente con los dos años pasados en Alemania, la dotaban de un aspecto de persona de mundo que deslumbraba y dejaba boquiabierta a la gente pueblerina; era de una belleza nada común; tenía facilidad de palabra y cantaba muy bien. Su emisión de voz podría sugerir aquellas fuentes en que un caño central está rodeado de numerosos surtidores. Éstos serían los armónicos que, en forma de ligerísima disfonía, daban a su voz una riqueza de colorido que resultaban de un atractivo innegable.

Tu tía, mi vecina, estaba muy gratamente sorprendida por la asiduidad, nunca antes igualada, con que la frecuentabas. Eran unos buenos vecinos, en cuya compañía pasaba muchos ratos, pues éramos forasteros en ese pueblo. No hubo matanza u otro acontecimiento celebrado por tu familia durante aquellas vacaciones de navidad a cuya comida no se me invitara a mí. Y tú… siempre a mi lado.

No me hallaba yo precisamente en una de mis mejores épocas: seguía recordando a Emilia y estaba íntimamente dolido hasta el punto de negarme cualquier posibilidad de entendimiento con cualquier cosa que llevara faldas.

Tu inexplicable insistencia tuvo un muy buen complemento en mi reconocida debilidad.

¿Qué te impulsaba hacia mí? ¿Qué esperabas de mi soledad? ¿Qué buscabas en mí que no hubieras tenido antes? ¿Qué te hizo retroceder cuando te ofrecía lo que para ti había encontrado, que era cuanto yo podía dar?

Yo sí lo tengo bastante claro: eras la víctima de una serie de injustas comparaciones con tu hermana, lo que te hacía vivir en perpetua situación de eclipse, condenada a no brillar nunca con luz propia. Eras como la cenicienta sin hada madrina o como aquella encantadora princesa que por una arbitraria decisión paterna hubo de ir durante mucho tiempo embutida en una piel de asno.

Así ibas peregrinando en tu larga noche, siguiendo a no sé qué estrella. Donde viste un bulto que te pareció una casa… allí llamaste sin reparar en que no había luces encendidas ni ninguna señal de vida en su chimenea.

No te importó lo que hubiera costado conciliar el sueño a los habitantes de aquella vivienda. Te urgía tanto sacudirte tu frío que negaste a la morada que atendía tu petición de ayuda la aportación de tu calor personal para hacerla más acogedora.

Yo te ofrecía cuanto podía darte: el frío de un interior apagado y las tinieblas de unos sentimientos tanto más crueles cuanto menos compartidos.

Tú no contestaste a mi pregunta: "¿Quién es?"

Así y todo, abrí la puerta y, al asomarme, se coló una ráfaga de duda que heló mi hospitalaria desnudez.

Al encontrarme frente a frente a solas con la noche, dominado por la soledad, impelido por el miedo o, tal vez, impulsado por el inminente fracaso, pregunté: "¿Quién será?" Y un eco, muchos ecos, repetían: "¡Quién será! ¡quién será! ¡quién será!"

No me importó que mi rostro fuese azotado sin piedad por la lluvia… ¡Lágrimas quedaban para acariciarlo después!

Permanecí largo tiempo en el umbral de la puerta con la esperanza de constatar que el eco se debilitara y haciendo (con mucho cuidado de que no cayeran en poder del eco) muchas, muchas preguntas más.

¿Para qué sirve soñar, si siempre ha de truncarse el sueño cuando se está a punto de conseguir lo que siempre se veía cerca? ¡Y la vida es un sueño!

¿Por qué somos tan crueles con nuestra capacidad de ilusión que, en vez de ejecutarla súbitamente y sin sufrimiento, la vamos torturando poco a poco hasta verla fallecer impotente ante el dolor?

¿Será la razón el alimento del ser y las heces sus sentimientos?

¿Qué es mejor: la penumbra perpetua del hogar solitario, o la penuria atenuada por la eventual aventura del vagabundo impenitente?

¿Despertar ante una llamada o probar suerte llamando?

Tú llamaste y, si yo no hubiera abierto, habrías seguido llamando. Y llamarás a más puertas, y apedrearás ventanas, y cortarás cables de la luz e hilos del teléfono, y arrancarás tejas, y obstruirás chimeneas. Y después… después todos seríamos iguales, si no fuera por que tú ya sabes donde guarecerte en las noches de ventisca,

Mientras nosotros, los que tú has desalojado de sus hogares, no encontraríamos ni uno que quisiera dispensarnos su hospitalidad porque ya habrían sido visitados por personas como tú.

Decidí regresar al interior. Al cerrar la puerta tras de mí… chirriaba.

El fuego no se había extinguido por completo: aún me quedaba un leño entero, cuya forma me sugería la de una mujer llamada Esperanza que me daría su tibieza. Sus seis brasas encendidas la suficiente luz como para poder seguir leyendo durante aquella noche y acallar así las congojas del desvelo.

Mi destemplanza interna la pude neutralizar gracias a la mezcla realizada con mi hermano, pues ésa… tampoco había cristalizado.

 

 

 

 
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