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  Impresiones Íntimas (Eduard Gimeno i García)
 

 

 

Impresiones Íntimas.

Recuerdos de Un Niño Urbanita.

Eduard Gimeno i García

EL VIAJE.

Era casi la hora de cerrar la maleta. Los nervios ya empezaban a estar alterados. Esa misma noche, sobre las nueve, el tren salía de l’Estació de França y mi destino era una estación con un nombre enigmático en la ciudad de Zaragoza.

Al llegar a la estación, el tren ya estaba formado: una fila de vagones de color verde que me parecía interminable, estaba rematada por una enorme locomotora de vapor. Nos acomodamos en nuestro departamento. Era muy amplio, con seis butacas tapizadas en color verde, y rematados por un blanco macasar con el nombre de la compañía, en el suelo una gruesa alfombra de la que no recuerdo el color. De las paredes de madera colgaban unas fotografías en blanco y negro enmarcadas en metal; dos espejos rectangulares enfrentados completaban la decoración. En la parte alta había un amplio espacio para colocar las maletas y bajo la ventana, una mesa plegable que hacía las delicias de los crios al desplegarla.

En el andén, un gentío se había reunido para despedir a los viajeros.

De pronto, sonó el silbato de la locomotora y unos fuertes y rítmicos resoplidos marcaban el inicio del viaje.

Después de varias horas, llegamos a la estación de Zaragoza Campo-Sepulcro. Nombre extraño este para una estación.

Negra noche al llegar a destino. La estación estaba dormida. Poco movimiento había en sus andenes. No así en sus vías: la actividad era frenética, no en vano, la estación de Zaragoza estaba considerada como la placa giratoria del norte de España. Trenes procedentes de Galicia, País Vasco, Valencia, Castilla, Catalunya… se daban cita allí para cambiar sus locomotoras y seguir viaje.

Nosotros permanecíamos en la sala de espera durante un par de horas a lo sumo, ciertamente no era en absoluto acogedora. Al despuntar el día íbamos a hacer el "turista" por la ciudad, la verdad, y dicho sin ánimo de ofender a nadie, me parecía más un pueblo grande que una ciudad. Nada que ver con la moderna urbe actual.

A pesar que estábamos a finales de julio, la mañana era fresca. A esa hora uno de los pocos lugares que habían abiertos, era la Basílica del Pilar.

Sobre las siete de la mañana, ya estábamos en la cochera del "coche de Zaragoza". El viaje en autobús era un calvario, duraba una eternidad o por lo menos así me lo parecía a mí: el coche se paraba en todos los pueblos ya que llevaba el correo y aún que no era el único medio de comunicación de esa ruta, no sé por qué motivo no viajábamos en el ferrocarril de Utrillas antes que desapareciera un Sábado de mediados de 1966.

Después de cuatro horas o más, de calor insoportable, llegamos a Vivel.

DETALLES DE VIVEL

En aquellos años, casi todas las casas de Vivel estaban habitadas. Las calles eran empedradas, se disponía de luz eléctrica pero no de agua corriente. Existía, y aún existe, un lavadero público con abrevadero. El agua se tenía que ir a buscar a una de las tres fuentes; estas estaban situadas en el mismo lugar donde las encontramos hoy: en el trinquete, en el barranco y junto al abrevadero, esta última está pegada a la pared de la casa contigua, yo la conocí cuando estaba instalada casi en el centro de la calle. El hecho de no disponer de agua corriente suponía un severo inconveniente: ya sabéis de los problemas higiénicos y sobre todo fisiológicos.

En todas las casas se disponía de un "arsenal" de botijos, cantaros, cubos y demás adminículos capaces de almacenar el preciado líquido.

Para lavar la ropa se podía ir al lavadero, al río, o a alguna acequia. Yo acompañaba a mi madre en esos menesteres, para mí, era una distracción. Un día fuimos a lavar la ropa al río Segura. Yo jugaba por los alrededores con un barco de plástico. De pronto sonó el silbato del tren de Utrillas que salía de la estación de Vivel en dirección a Zaragoza. Fui corriendo al paso a nivel que hay frente a la tejería para verlo pasar. Al llegar a mi altura, las bielas pasaban a la altura de los ojos. ¡Que maravilloso!, pensé. Me pareció la locomotora más grande del mundo.

Al cavo de los años, cuando el ferrocarril de Utrillas ya había desaparecido de un plumazo ministerial, me di cuenta de las dimensiones reales: el diámetro de las ruedas era de 910mm.

Más o menos por esa época, mi abuela me cantaba unas canciones que supongo las sabía desde su infancia. Las letras son interesantes y muy cortas. Ella me ponía sobre sus rodillas y levantando los talones para que yo botara decía:

Cototró, cototró, cototró

De Maicas a Plou.

La otra era más larga. Cogía mi mano y dándome unos pequeños pellizcos decía:

Pizco lo mizco

Vende las cabras

A veinticinco

¿En qué lugar?

¿En qué calleja?

¡Salte tú por la puerta vieja!.

Esta última me recuerda una canción para saber quien para i quien se salva en algún juego de grupo como el escondite.

La casa donde vivo está situada en un lugar muy tranquilo. A veces, esa tranquilidad se rompía con un toque de corneta. Era el tío Vicente "el Mono" que ayudaba a su mujer, la aguacil, que anunciaba algún bando del Ayuntamiento (tres toques al principio y al final) o algún comerciante (un solo toque), que venía a vender cualquier cosa. Recuerdo uno:

"La que quiera comprar pescao de todas claseeeeees!, boquerón y sardinaaaaaaas!. En la Plazaaa de las Escuelaaas se vende".

La Plaza de las Escuelas era el centro neurálgico del pueblo. Allí estaba la carnicería del tío Federo de "los Churros". Cuando llegaba la fiesta todas las calles y fachadas se cubrían con maderos y remolques para proteger a la gente de los envites de la vaca. Todos los comerciantes, acudían allí para vender sus mercancías.

Subiendo las escaleras te encontrabas con la casa donde estaba la centralita de teléfonos, que la llevaba Milagros. Un poco más allá, correos, con un buzón en la fachada que ahora tengo dudas si era de porcelana o metálico, de todas formas era de color azul oscuro. Bajando por esa calle, a la derecha, encontrábamos el horno. Allí se cocían el pan y las pastas que las mujeres preparaban en casa. El horno era de leña, y lo manejaba el tío Vicente, el del "pescao de todas claseees". Años después, por esa calle, Diego bajando sobre una bicicleta sin frenos se estampó literalmente contra la pared de la casa de enfrente; ya en el barranco. Afortunadamente no pasó de ahí.

Por la noche hacíamos una tertulia en el banco del "tío Gil", al final del barranco. En ella nos encontramos con la tía Amalia, Pilar, mi madre, mi abuela y más vecinos que ahora no recuerdo.

Un día apareció Pepe, el hijo de Amalia. Al día siguiente tenía que ir a labrar, yo quería ir con él. Me quedé a dormir en casa de la tía Amalia y Pepe compartió cama conmigo. Ya se sabe: quien con niño se acuesta… Al día siguiente, resuelto el entuerto fuimos a labrar. El arado era de tipo romano. Dos machos tiraban de él, el "Romo" y el "Navarro".

LA TEJERÍA

Desde hacía muchos años, existía una tejería donde se confeccionaban tejas del tipo árabe. Es una construcción sencilla con tres departamentos perfectamente diferenciados: un almacén a la izquierda, una sala donde estaba el motor que accionaba la máquina de moler la arcilla en el centro y a la derecha el horno para cocer las tejas una vez secas. Frente a todo ello, la era.

Quien hacía funcionar todo aquello era el tío Cipriano, también le conocíamos como "el tío tejero". Yo, a veces, bajaba a la tejería para ver como trabajaba. Disponía de una mesa de madera que en la parte derecha tenía dos palos pequeños en perpendicular a la misma, un marco metálico, un saco con cenizas del horno, un grueso palo de madera de unos treinta centímetros, y un molde metálico con la forma de la teja terminado con un mango.

Para hacer las tejas, primero se extendía un puñado de ceniza sobre la mesa, el marco metálico se ponía sobre ella y se disponía de la justa cantidad de arcilla previamente amasada y se extendía con la ayuda del palo de madera. Una vez que el marco quedaba totalmente lleno de arcilla, lo colocaba sobre el molde metálico que estaba sobre los dos palos perpendiculares de la mesa. De allí lo llevaba a la era, el sol se encargaba de secarlas. Mi iniciación en las tablas de multiplicar fue allí, contando tejas, con el tío tejero.

LAS FUENTES

A parte de las tres fuentes que hay en el casco urbano, el municipio dispone de cuatro fuentes más: (quizás hayan más, pero yo no lo sé).

LA FUENTE LEÓN está situada en la parte más alta de la cuesta de la tejería y se dirige al campillo. Es una fuente atípica ya que no dispone de caño alguno y para beber hay que agacharse, simplemente es un pequeño rebalso donde el agua mana de entre unas piedras. Esta pequeña fuente abastecía a una balsa que servía para regar unos huertos que cultivaba Antonio "el hornero".

LA FUENTE DE LOS CIRUEJOS, situada a la izquierda del mismo cabezo donde se encuentra la Fuente León, dispone de un pequeño caño por donde fluye un pequeño chorro. En los años 70, había ido a hacer alguna merienda.

Para llegar a LA FUENTE DE LOS GAMELLONES, teníamos que atravesar el río carbón y dirigirnos hacia la ermita de San Jorge, desde allí, por un serpenteado camino y al cabo de un buen rato, llegábamos al lugar. Esta fuente dispone de abrevadero para las ovejas. Frente a ella, un chopo de grandes dimensiones proporcionaba una fresca sombra a la hora de la merienda.

También disponía de abrevadero LA FUENTE DE LA VENTA o de LA VISI. En esta habíamos ido alguna vez a comer una paella. En el abrevadero, bajo el chorro de agua que manaba, se ponían a refrescar las botellas de vino y alguna fruta de verano como sandias y melones.

EL CIELO

El cielo de Vivel siempre ha sido de un color muy atractivo. De día, el azul dominaba por todas partes, solo algina nube irrumpía en forma de cúmulo de algodón, dando así una nota de color. Por la mañana el sol aparecía con todo su esplendor, era como una gigantesca pelota anaranjada flotando sobre el horizonte, se dejaba contemplar mirándolo directamente, a simple vista. Al caer la tarde empieza el espectáculo. Al esconderse el sol tras las montañas, todo el cielo se teñía de unos colores esplendidos: rojos, anaranjados, azules… yo acudía con mi tío Enrique a una era de las afueras del pueblo para contemplar esa maravilla.

Pero… cuando el cielo de Vivel luce con todo su esplendor es de noche. La cantidad de estrellas es incontable. Las constelaciones se dejan ver sin ningún reparo. La más espectacular es la Vía Láctea, que parte el cielo del pueblo en dos mitades.

A mediados de agosto, desde la era de Mosén Bito – y desde todas partes- se ve caer la lluvia de estrellas fugaces que debido a la fecha y la tradición religiosa se las conoce como las lágrimas de San Lorenzo. Para ver el espectáculo, solo nos teníamos que tender en el suelo y abrir bien los ojos. Si había novilunio, el contraste era extraordinario. Desde el cielo de Vivel, podemos ver una incontable cantidad de estrellas y constelaciones. En el centro la Estrella Polar, un poco más abajo, la Osa mayor, en dirección a Martín una constelación que en mi adolescencia creí que era Escorpio pero no puede ser ya que esa constelación esta en el hemisferio sur. En viajes más recientes, en invierno vi a Orión que nos contempla con sus brazos extendidos y su ceñido cinturón.

Mención aparte merece la Luna. A simple vista parece una cara que nos mira fijamente. Si la vemos a través de un telescopio el paisaje es fantástico; podemos ver el relieve que forman los mares y los cráteres. De vez en cuando se interpone una nube despistada que proporciona una imagen fantasmagórica. El mejor momento para ser observada es en cuarto creciente, los cráteres proyectan su alargada sombra sobre la superficie.

LA SIESTA

El sol, hacia medio día, quema las piedras. Después de comer se imponía la siesta, pero a los crios nunca nos ha gustado perder el tiempo durmiendo. Me consta que siguen pensando lo mismo.

Un día –supongo que sería un veinticinco de julio- me tocó hacer la siesta con el tío Santiago. Como era habitual yo no estaba por esa labor, pero no me quedó más remedio. Santiago y yo subimos a un granero de su casa donde había una alcoba con una cama de metal, una de esas camas que se levantan un metro del suelo. Dejé pasar un tiempo esperando que Santiago se durmiera, al cabo de un rato empecé a descender, pasé por debajo del somier, y, cuando ya casi conseguí la libertad, la mano de Santiago me cogió por el cuello de la camisa. Dos horas más tarde fui a jugar con los "deberes" ya hechos.

LA SIEGA

Vivel es un pueblo eminentemente agrícola. A mi llegada, todas sus gentes, o casi todas, estaban trabajando en el campo. E trabajo debía ser muy duro. En esos momentos se procedía a la siega: campos enteros segados a mano con una hoz y una especie de guante de madera llamado zoqueta. También existía una maquina que a primera vista parecía espantosa: una plataforma metálica que en su parte frontal tenía un peine de corte descendía hasta el nivel del suelo. Perpendicular al eje de las ruedas, unas estructuras de madera se iban agachando en el momento preciso gracias a un plano inclinado que guiaba esas aspas que se encargaban de llevar las doradas espigas para ser segadas. La máquina era movida por la fuerza de un macho o un burro. La mies quedaba tendida en el campo sobre el rastrojo. Con el balago se hacían los vencejos y con ellos se ataban los fajos. Luego había que acarrearlos hasta la era.

Para acarear se utilizaba el carro o el remolque del tractor. Al llegar a la era, con los fajos se formaba una construcción enorme: la fajina. Montañas de fajos quedaban en la era hasta el momento de la trilla.

TRILLAR

El momento mágico llegaba con la trilla. Se cogían unos doce fajaos y se tendían en forma circular sobre la era, así se formaba la parva. Sobre la parva se ponía el trillo que era tirado por uno o dos machos sobre el trillo una silla de anea y un misterioso capazo de mimbre.

El trillo es una estructura de madera con la parte delantera un poco elevada y su vientre forrado de piedras cortantes dispuestas en filas, entre las piedras unas raspas metálicas. En la parte de atrás, una barra metálica curvada, rematada con una ruedecilla.

Dispuestos todos los elementos necesarios, una persona mayor se sentaba y entonces, tirando de la rienda, se disponía a dar vueltas durante algunas horas. Para un crio de ciudad, todo aquello pertenecía a un mundo nunca visto. Yo me quedaba al borde de la parva mirando, como atónito, algunas veces me invitaban a subir al trillo. La diferencia de peso obligaba a poner unas gruesas piedras sobre el trillo. Y allí estaba yo, sentado en la silla de anea, cogido de la rienda, y con aquel misterioso capazo de mimbre a mi lado. De vez en cuando, el macho se paraba, levantaba la cola y caían las boñigas, era el momento en que entraba en acción el misterioso capazo de mimbre. Mientras el trillo hacia su viaje circular, el reto de la familia provista de lo que a mí me parecían unos enormes tenedores, daban la vuelta a la parva; aquellos tenedores eran las horcas de madera y servían para que toda la mies pasara por el trillo y fuese triturada.

Cuando en la parva ya no quedaba ni rastro de las doradas espigas, se retiraba el trillo, el niño, las piedras, el capazo de mimbre, la silla de anea… y se procedía a recoger la parva con la barrastra. Posiblemente esa operación era la más espectacular: una tabla de madera de aproximadamente dos metros de largo, horizontal, que en su centro disponía de un mástil plano rematado en forma de asidero, se ataba al macho que tiraba de él. Entonces un hombre subía poniendo los pies a cada lado del mástil y se asía en el asa que remataba la parte superior. De esa forma se hacía un montón de paja y cereal en el centro de lo que había sido la parva.

El siguiente paso era aventar. Años atrás, se tenía que esperar a que el viento soplara con suficiente fuerza y con las horcas se levantaba la mies para separar el grano de la paja. Yo no llegue a verlo nunca...

Un signo de modernidad era la máquina aventadora. Este artilugio no era muy grande. Construido en madera, con pequeñas ruedas metálicas, macizas, con sólo cuatro radios; que permitían moverla por la era, disponía de una gran manivela que ponía en funcionamiento un enorme ventilador de palas horizontales, al otro lado de la máquina había una biela conectada a una rueda excéntrica y esta al ventilador. La biela accionaba un mecanismo de vaivén y este unas cribas. La paja junto con el grano, se tiraba al interior de la máquina a través de una tolva dispuesta en la parte superior, al accionar la manivela, se ponía en funcionamiento el ventilador, que con un potente caudal de aire, separaba el grano de la paja: por un lateral salía el grano, por la parte trasera, la paja.

El cereal se recogía con una pala de madera y se metía en sacos, de ahí al granero.

DOMINGO

Cuando uno está de vacaciones, tengas la edad que tengas, todos los días son iguales. El único día diferente era el domingo. Sobre las diez y media de la mañana, la campana de la iglesia llamaba para ir a misa: tres toques de unos sesenta y tres golpes, más o menos. Al terminar de tocar se hacía un silencio y luego el número de toque dando los golpes de campana que marcaban el numeral. Allí nos encontrábamos crios y mayores vestidos de domingo. La misa la ofrendaba Mosén Vicente que era el cura –creo- de Martín del río. No me gustó nunca ese hombre, ese cura; quiero decir. Los monaguillos eran, según recuerdo Fernando Julián y José María Teruel entre otros. En la iglesia, como no podía ser de otra forma en esa época –del nacionalcatolicismo- había separación de género o mejor dicho de sexos: las mujeres a la derecha y los hombres a la izquierda según miraba el cura desde el altar. Un sonido extraño aparecía cada cierto tiempo del oficio, era como unas campanitas o monadas… su origen, vaya usted a saberrrr… (era la Benjamina, que se las daba de llevar pulseras de oro y otras tonterías que le hacían sentirse importante luciendo semejante bisutería).

Al salir de misa, un rato de juegos y luego al bar de la Blasa para tomar el aperitivo: patatas fritas, berberechos, anchoas, olivas… alguna vez habíamos ido al bar de la Visi y todos contentos. Al llegar a casa, la abuela, ya tenía a medio preparar la paella. Ella nunca fue a misa. Recuerdo que un año, posiblemente su último año, le pidió a mi madre que el día de la fiesta le pusiera dos velas a la virgen del Pilar. Mi madre lo hizo. Al terminar la misa, recogió las velas y la llevo a casa, donde estuvieron quemando hasta el final. Mi abuela, la Tía Felicitas, era más Republicana que todos nosotros juntos.

EL BAÑO

Al día siguiente de la llegada de mi padre a Vivel se tenía que hacer algo importante: construir un rebalso. El tío Emilio, el vecino, nos prestaba una azada y con ella íbamos al río Segura. Por aquel entonces la cantidad de agua era suficiente. Mi padre, con la azada cogía el fondo del río y hacía una pared, así se formaba un rebalso ciertamente importante. El agua quedaba totalmente turbia. Al cabo de poco tiempo, el agua volvía a ser cristalina. A partir de ese momento, todos los días íbamos a bañarnos al río. La profundidad del rebalso era de unos cincuenta centímetros, suficiente para darnos un buen baño. El agua estaba fresca, casi fría, pero se estaba bien. A menudo, algún barbo nos acompañaba, pero en seguida se escondían. En la superficie, los sastres corrían a esconderse. Al salir del agua me tumbaba en la toalla, ¡que bien se está!; hasta que me convertía en el blanco de los tábanos. Esos insectos, propinaban unos picotazos de órdago, los habones que dejaban duraban varios días.

Algo muy relajante era pasear descalzo por el cauce del río. Eso se llama pescar.

También te podías dar un buen baño en la tajadera de la balsa de la Venta. El agua salía con mucha presión, la sensación era agradable, pero a mí me daba miedo.

Como no había ducha, te las tenías que ingeniar para que el agua te cayera por encima. La solución era ir provisto de un par de cubos a la fuente del trinquete, y tirártelos por encima. No los cubos, sino el agua con la que los habías llenado previamente.

La gente del pueblo, al vernos, decía horrorizada: "que os va a dar un pasmo", afortunadamente sus augurios no se cumplieron nunca.

Otra forma de darse un buen baño era en un lugar parecido a un pasillo, ciertamente es un acantilado. El río que pasa por allí, con el tiempo, con mucho tiempo, con los años o mejor dicho con la historia, desgastó la roca hasta convertirla en un lugar ideal para el baño de veraneantes del lugar. Una hilera de piscinas naturales proporcionan un agradable baño tanto a las gentes de la comarca como a los ínclitos veraneantes. Este lugar es conocido como el Hocino. El hecho de ir al hocino, suponía pasar el día. Más que una excursión familiar, era una reunión de familias. Recuerdo que el día acordado, Santiago le ponía las alforjas a "la Pequeña", una burra que hacía honor a su nombre: Pequeña, peluda, suave. Tan blanda por fuera que parecía toda de algodón, que no tiene huesos, mas sus ojos brillan cual dos escarabajos de cristal negro… (Esta descripción pertenece a "Platero y yo" de Juan Ramón Jiménez. La incluyo porque es casi igual que la Pequeña). Ciertamente, para mí, la Pequeña era Platero; pero no se lo digas a nadie.

LLUVIA

Algunas tardes acompañaba a mi tío Enrique al banco de la tía Pilar. Por aquellas fechas la casa no estaba habitada. Es un sitio muy agradable para la lectura. Está situado en la bajada del Trinquete, frente a la casa del cura –hoy un solar-, el sonido del agua de la fuente nos acompañaba. Frente a nosotros la torre de la iglesia; las palomas iban y venían en cortos vuelos.

La tarde caía de forma repentina. Algo extraño pasaba. De pronto un trueno. Una copiosa lluvia empieza a caer.

Desde la ventana de mi habitación, en el granero, veo como el campo se viste con colores húmedos. Un olor a tierra mojada y rastrojo invade el ambiente. Las palomas se cobijan en la torre de la iglesia. Desde mi ventana veo como la lluvia arrecia. Rayos de formas quebradas recorren el cielo, los truenos invaden los oídos. Pequeños riachuelos de agua corretean por las empedradas calles. Al final, el arco iris anuncia el final evento.

Casi siempre era así. Pero un día, no.

Aquel día estuvo lloviendo toda la tarde de un modo torrencial. Las consecuencias se hicieron sentir; los dos ríos, el Segura y el Carbón no pudieron aguantar tanta agua como se les venía encima, se desbordaron y sus aguas inundaron los campos, los fajos que no habían sido acarreados navegaban río abajo, un desastre. Afortunadamente, esta serie de fenómenos tan fuertes no se dan muy a menudo. Yo sólo lo vi una vez.

LAS TIENDAS

Cuando llegué a Vivel, habían diferentes comercios: una carnicería, una tienda de alimentación y alpargatas, y otra que no sé muy bien donde englobarla.

La carnicería estaba instalada en el patio de la casa del tío Federo. El suelo era de cemento lucido, al frente, unas escaleras conducían a la vivienda. Las paredes estaban pitadas de color azul. La carne –de cordero- se despachaba desde un pequeño cuarto a través de una ventana.

Ya hacia unos años que el tío Tomás tenía una tienda donde vendía alpargatas y zapatos, de ahí el sobrenombre de la tienda y de el mismo que era "el Alpargatero". Cuando yo la conocí, además de alpargatas también se podía comprar todo tipo de alimentos, caramelos, refrescos, tabacos y casi todas esas que nos gustas o nos gustaría tenerlas. La tienda estaba situada en la calle baja. La puerta era una persiana metálica que daba acceso a un patio descubierto. En el lado derecho, un tablón de madera sobre dos trozos de madero proporcionaban un simple asiento teniendo como respaldo la pared. Al otro lado, unas sillas de anea con alto respaldo. El suelo, de cemento sin lucir, las paredes del patio forradas de plantas. Allí también se reunían los vecinos en animada tertulia. El tío Tomás, editó allá por los años setenta, o finales de los sesenta, unas postales con vistas del pueblo. Recuerdo dos: eran unas postales donde se veía una vista panorámica de Vivel desde la ermita de San Jorge, y la otra era la entrada al pueblo por la calle del lavadero. Las fotografías eran en blanco y negro teñidas con anilina para darles color; en reverso se leía: "Exclusivas Tomás Simón".

En la calle baja también existió una tienda donde podíamos encontrar de todo. Desde una pieza de ropa para hacer un vestido, hasta un recambio de tractor; pasando por una simple gaseosa o una aguja de costura. La tienda pertenecía a un señor no sólo conocido en la comarca, sino en toda la provincia. El nombre por el que todo el mundo le conocía era: Candial. Cuando yo la conocí, quien se hacía cargo de la tienda era su yerno, Juan Mora, junto a su mujer; la hija de Candial, la Señora Julia.

El establecimiento era rectangular, con dos mostradores, y pasillo central. En el mostrador de la derecha se vendían tejidos y calzado, en el de la izquierda todo lo demás. La tienda disponía de teléfono para comunicarse con la vivienda que estaba situada en los pisos superiores.

Un día, con la tienda sin actividad pero llena de género ya que no se había hecho liquidación, a mi tío se le ocurrió comprar una hoz y una zoqueta. –Su utilización sería meramente decorativa- Nos atendió el mismo Candial. Vio que en el mango de madera había escrito el precio con lápiz y comentó: "esta hoz valía cien pesetas, -cogió una goma, borró el precio, y con un lápiz escribió el nuevo precio- pero como todo sube, serán ciento cincuenta". Por un módico precio, hoy tenemos en casa una hoz y una anécdota.

La tienda de Candial tenía un pequeño toque típicamente burgués, era totalmente diferente a todas las tiendas que he visto en la comarca; excepto la de Aquilino, en Montalbán, del mismo estilo pero sin el toque burgués. Candial tenía un estilo propio. Algo que encuentro a faltar.

CONCLUSIÓN

En líneas generales, estos son mis recuerdos. Recuerdos de un niño de ciudad que llega al medio rural, que acepta y lo aceptan. Gracias a Vivel y a gran parte de sus gentes, aprendí muchas cosas, cosas sencillas pero –para mí- muy importantes.

Yo que soy eminentemente de ciudad, tengo la suerte de tener un pueblo, un pueblo fantástico en Teruel: Vivel del Río.

Barcelona, a 23 de Abril de 2002.

 

Muchas gracias, amigo Eduard por tus dos aportaciones. ¡Que no sean las últimas!

 

 

 

 
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