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  Plus de Vasquedad, o Euskoplusbalixa (Fermín J. Tamayo Pozueta)
 

 

PLUS DE VASQUEDAD, O EUSKOPLUSBALIXA

Fermín J. Tamayo. Pozueta

 

Sala de lo Penal. Audiencia Nacional de un país llamado España -otrora dominado por los púnicos, quienes lo bautizaron con un nombre que, al decir de los paleolingüistas, vale en su idioma "tierra de conejos"- estaba el día de la vista pública atestada de gente que con suerte pudo entrar, a despecho de la turba de bípedos implumes menos afortunados, agolpados de pie por los espacios aledaños.

No se trataba, no, de una convocatoria a la que asisten muchos miles de jóvenes y jóvenas al reclamo de un conjunto decibeligerante y sicodélico a fuer de vocinglero-instrumental y supermegafónico, conjunto cuyos miembros, lejos de ser viriles o femíneos, constituyen un sexo indefinido. Se trataba de un juicio extraordinario en el que se juzgaba un homicidio (¿o era un asesinato?), juicio en que el elemento pertinente no era el homicida (o presunto asesino), sino el asesimuerto (que ya no era presunto, por su mal, sino real, consumado e irrevocable). Porque el asesimuerto (que, por cierto, no estaba allí presente, aunque sí en las mentes y en los corazones de toda la asistencia) no era un español cualquiera: un simple ciudadano de Albacete, de Almería, Zamora o Badajoz, ni tampoco de Orense o Tarragona; puesto a no ser, no era español siquiera. El lector avisado habrá advertido que era un hijo de Aitor y de Amagoya, cuya estirpe se interna, en sus orígenes, en la remota y lóbrega espelunca protoprepaleolítico-prehistórica.

La tarde de autos, motos y camiones, se enfrentaban dos equipos futboleros (sería harto difícil enfrentarse uno solo, tres o más): uno de ellos era el popular Aleti, en su día fundado por unos bilbainitos muy salaos), el popular equipo liderado por el impopular Chuchi Gili-Gili, quien enviaba sus órdenes por internet, incluidos sus insultos y amenazas, desde la cárcel en que residía; el otro equipo era la Erregal Alkartasuna de Don-hostia-limpia, que aspiraba a independizarse de las competiciones españolas para jugar a estilo Juampalomo, o a lo sumo también con un Athletic que tenía cercano, con el Abalcisqueta, el Apurtuarte, el Idiazábal o el Iturrigorri. El encuentro liguero (de liga, no de ligue) tendría lugar en el estadio del Aleti, sito en la M-30 madrileña, en honor a la letra en que estaba enfangado hasta las cejas su señor presidente Gili-Gili, que se autodeclaraba tanto más inocente cuantos más fuesen los cargos imputados. Tanto el casero como el visitante se componía de once jugadores -ni uno más, ni uno menos-, incluido el portero -qué coincidencia, ¿no?-; luego estaría el árbitro, secundado por un par de linieres, que unas veces chutaba en favor de unos, y otras en favor de otros, según soplara el viento. Mas no nos enrollemos, puesto que no es de fútbol propiamente de lo que aquí queríamos tratar.

Algo antes del encuentro entre los once miembros de un equipo y los once del grupo contrincante, todos en camiseta y calzoncillos, disputando un balón una hora y media, con un descanso, a ver quién se lo lleva (como si no ganasen lo bastante para comprarse cada cual el suyo); algo antes de ese encuentro, se produjo un fuerte encontronazo a mamporrazos entre los hinchas de uno y otro equipo, a orillas del enjuto Manzanares, tantas veces forzado a presenciar lo que ver no quisiera por pudor (como siglos atrás las cochinadas entre majos, duquesas y toreros al socaire alcahuete del oscuro, tras el merendolín, a la salud del vecino ermitaño San Antonio).

Jamás se esclareció si entrambos bandos acudieron allí fortuitamente, o por convocatoria programada; el caso es que las fuerzas de orden público no estaban allí para atestiguarlo (estarían comiendo a aquellas horas, o acaso descansando, o bien guardando el orden en otra parte más desordenada); porque la policía no es ubicua, ni acaso pueda serlo, por más que lo pretendan los partidos de la oposición; ya que si fuese ubicua (o bien oblicua, que diría el ilustre solecista aletimadrileño Gili-Gili), esos mismos partidos bramarían acusando al gobierno de franquista, de dirigista al máximo, que aherroja las libertades de los ciudadanos, impidiendo se rompan las narices cada y cuando les salga de las mismas.

Según declaraciones de un transeúnte casual y solitario, que prefiere ocultar su identidad por razones de todos admisibles, el tiberio se armó por las insignias que ostentaban los bandos, y por los gritos que unos y otros daban. Por lo de las insignias, es posible que la cosa no llegase a mayores; tampoco por los gritos al comienzo, ya que, mientras los unos aclamaban a su equipo local de la M-30, los otros exaltaban al suyo ano-etarra. Pero luego el fregado se lió, cuando unos se pusieron a gritar ¡Gora Euskadi! -es decir, "arriba Euskalerría", o "el pueblo del sol"- en tanto que los otros voceaban: ¡Arriba España! Con ello el contingente defensor del popular equipo emetrigésimo se delataba de facción fascista. Puesto que si el adverbio interjectivo "arriba" era el mismo en ambos gritos (salvando la nobleza del euskera frente a la plebeyez del castellano), el resto de la frase la volvía diametralmente opuesta en su sentido. De todos es sabido que el nombre de Euskadi connota libertad y democracia -lo ha demostrado así fehacientemente y hasta la saciedad el prócer jesuitarra padre Arzálluz-, en tanto que el de España entraña en sí fascismo, represión y dictadura. Ni al más incauto de los ciudadanos de Zamora, Segovia o Salamanca le pasa por las mientes exhibir la bandera española en la solapa, por diminuta o mínima que sea; de lo cual se colige ciertamente que, si algún malasombra la llevare, será con ostensibles intenciones de proclamar su filiación fascista. Pero bueno, tampoco es de política de lo que aquí veníamos a hablar.

Dejemos de poner el paño al púlpito y vayamos al meollo del asunto. En suma, la catástasis del drama -más bien de la tragedia-, o sea, el momento álgido, fue cuando, en el fragor de la reyerta, aquella encarnizada hostialidad se saldó con un muerto. Como decía un asiduo tertuliano de la cadena Sainizantubí -citando La peste, de Albert Camus-, no hubiese revestido la tragedia tamaña trascendencia si, en lugar de un solo asesimuerto, hubiese una docena como mínimo. Pero, en fin, ya se sabe: cuando hay un solo fiambre en un fregado, la cosa se complica. El desafortunado en este caso resultó llamarse Kepa Andoni Elizatikankonbenturaño Egindigutengaltzara Unzurrunzaga Urrutxurtu, alias Mecagüen. La identidad onomástica pudo verificarse porque el propio difunto la indicó; no de palabra, porque estaba mudo, sino por el carnet de identidad, que lo llevaba a cuestas, no sólo como joven precavido, sino con el orgullo de quien puede exhibir cuatro apellidos vascos, todos seguidos, y no 8, 16 ó 32, dada la exigüidad del documento, pues aun así la identidad completa figuraba en caracteres diminutos para no usar un carnet de doble hoja. Claro que podía llevar consigo documentación falsa; pero entre que el finado se parecía horrores a la foto, y entre que los que estaban a su vera, incluida la andregaia, corroboraron la verdad del dato, no hubo duda al respecto.

¿Cómo quedó el partido? -acaso se pregunte un impaciente y empedernido futbolímano. Mas, como no hace al caso la cuestión, puesto que no es un dato pertinente al presente argumento, no hay respuesta; averígüelo Vargas u otro tal por Internet si tanto le interesa. Porque si la refriega entre los hinchas (forofos o fanáticos) pudo influir en el tanteo del encuentro, no así éste en aquélla, ¿comprendido?

La verdad es que los servicios municipales funcionaron muy bien aquella vez, tanto que ni los de la oposición pudieron decir nada en son de crítica. Cierto que a su llegada, aunque muy rápida, nada se pudo hacer para salvar la vida de la víctima, porque ésta se dio más prisa en morirse, sin tiempo para echar mano del móvil y avisar, por ejemplo, al 112, cosa que hicieron unos que allí estaban. Llegaron a la par la Cruz Roja y el Sámur. Fueron, sí, los muchachos de Dunant quienes primero abordaron al mortal herido; pero inmediatamente los del Sámur, tras breve y civilizado forcejeo, se hicieron con el caso y lo atendieron lo mejor que supieron y pudieron. Los bandos contendientes, viendo venir maldadas y que estaba al caer la policía, se dieron a la fuga; mas no era sólo el miedo el móvil de la pronta desbandada, sino el próximo inicio del partido, para lo que debían darse prisa si no querían perder las entradas, que costaban un ojo de la cara y la niña del otro, tratándose de precios populares de espectáculos en los que concurre, al asalto, la chusma del asfalto. Mas tampoco queríamos tratar sobre sociología de espectáculos.

Mucho revuelo armó el suceso aquel. Porque no se trataba de una vulgar y habitual reyerta en poblado gitano, tal como el de la Celsa, o la Ventilla, librada entre familias enemigas de tales para cuales. Era un altercado entre gente bien y en pleno centro de la Villa y Corte, orilla del sufrido Manzanares. Todos los compañeros de la víctima (ninguno de los cuales, por supuesto, había abandonado el escenario) estaban afectados, sobre todo, su compañera sementimental, que estaba inconsolable, y hubo de ser asistida de un ataque de histeria por los chicos de la Cruz Colorada: ya que estaban allí, aprovechar el viaje, ¿no era así? Además, la muchacha era también descendiente de Aitor y de Amagoya por linaje directo, y competía con su novio en prosapia euzkaditarra, llegando a la sazón y de momento a un empate a 64 (26) apellidos éuscaros. Ella era una Irantxu Arrizabalaga Beldarráin Aguirrezabala Basagoiti, alias Ipurdieder; y eso era cosa seria que tuvieron en cuenta los efectivos de la Gurugorri a la hora de prestarle sus auxilios.

Llegó la policía, llegó el juez y llegaron también los periodistas; cada uno de ellos hizo su labor, a cual con más empeño, sobre todo estos últimos, cuya profesional necrolatría está reconocida justamente. Con todo cuanto el vulgo malicioso venga diciendo de la policía (que cuando huele a caca, ella deduce que alguien se ha... ensuciado), la verdad es que entonces tuvo un pesquis, una sagacidad y una circunspección impresionantes. Enseguida detuvo al asesino -¡y nada de presunto!-. Éste era, cómo no, un cabeza rapada, perteneciente a un grupo extremo-derechoso-archifachoso. Omitimos su nombre y apellidos por lo vulgares que eran, ya que si no llegaba a ser un Pedro Pérez Fernández, poco le faltaba.

El juicio celebróse en las Salesas -como todas las causas de relieve-, no en la plaza Castilla, donde se siguen los de chicha y nabo. La sala y aledaños estaban caldeados por la temperatura humana ambiente. Acudieron los padres del finado, con algún que otro abuelo que aún vivía, a cuestas todos ellos con sus ocho primeros apellidos euskaldunes. Acudió la acusación particular, un miembro del Peneuve (o de algún otro pene similar), así como la novia y su familia. Joshepi Unzurrunzaga, la abuela paterna de Kepa Andoni, decía entre sollozos:

--¡Lástima nuestro chico, que no esté; con lo que habría disfrutáu aquí! Fuera más propio que eso lo dijera la abuela materna, que suele ser más abuela que la otra. Pero no pudo ser, porque la pobre ya no estaba en el mundo de los vivos. Irantxu la miró severamente, pero Joshepi desafió su mirada: ¿Qué, pues?; ¿no era su nieto? ¡Si sabría ella lo que se decía, mejor que esa mocosa; ella, que conocía al chico desde mantas! Pero tampoco vienen aquí a cuento los dimes y diretes familiares. Como dicen que dijo Plinio el Viejo, Rodríguez Zapatero, a tus zapatos.

Grandes fueron también los efectivos policiales que controlaban todo el escenario, así como los palcos y butacas, no fuese a organizarse un desafuero de carácter político al abrigo del caso. Duro estuvo el fiscal sin duda alguna. Pero mucho más duro estuvo aún el de la acusación particular. Éste destacó el hecho de que el crimen revestía un claro signo político, puesto que el asesino, dada su filiación y militancia en grupo antidemócrata-extremista, había atentado contra la víctima por tratarse de un vasco. El acusado negaba a pie juntillas todos los cargos que se le imputaban; aunque, de hacer, lo hacía por deporte, pues bien sabía que, tarde o temprano, su crimen quedaría sentenciado. El abogado defensor (que no lo era de oficio, sino de beneficio, ya que se llevaría un buen pastón de la familia del acusado si conseguía algo en favor de éste) alegaba que, aunque su defendido fuera autor material de los hechos que se le imputaban, la condición de vasco de la víctima no hubiese influido en ello para nada, ya que ésta no llevaba impresa en la frente su nacionalidad (risitas en murmullo de la sala, que el juez logró acallar sin mucho esfuerzo merced al toque de su campanilla). Pero la acusación particular arremetió contra esta alegación diciendo que, cuando alguien, como su representado, tiene un acervo de apellidos vascos en número de dos elevado a la enésima potencia, sus inconfundibles rasgos étnicos se pregonan por sí solos y sin necesitar marchamo alguno. El padre del difunto Kepa Andoni -antes, Joshe-Miguel; ahora Yoseba-Mikel-, orgulloso y exaltado ante esto último, gritó desde su asiento en tono recio:

--¡Que no somos de Burgos ni de Soria!

El juez lo conminó con invitarle a abandonar la sala si no se comedía en adelante; mas le faltó energía suficiente, temeroso de que se le acusara de español centralista y antivasco.

Terminada la audiencia sin apenas incidentes perturbadores -para decepción de muchos periodistas, currinches incluidos, con ganas de jolín para su diario-, quedó la causa vista para sentencia, la cual no tardó mucho en pronunciarse y luego hacerse pública. Muchos eran los folios que se habían empleado en el sumario, causa de indignación de ecologistas, quejosos de tamaño despilfarro, cuando con un diskette era bastante. No son de este lugar los considerandos y resultandos de dicha sentencia, pues, como en los encuentros deportivos, siempre interesa más el resultado. Y el resultado -o fallo, en este caso- fue que al asesino se le condenaba a 20 años y un día de prisión mayor y, dado que su familia era solvente, con grandes propiedades a su nombre, se le imponía una indemnización de 60 millones de pesetas (360.000 futuros euros) para los familiares de la víctima, y de 30 millones de pesetas (180.000 euros) para la joven novia inconsolada, con el fin de volverla consolable.

Nadie puso en tela de juicio la sentencia del mismo en cuanto a la prisión por cuatro lustros -salvo el interesado, su familia y el comisionista de la defensa, a quien se le escapaba un buen pellizco-. Ahora bien, lo que sí se comentó fue la indemnización y su cuantía. Si a los padres y hermanos de la víctima nadie -incluido el Todo-poderoso- les podía devolver el ser querido, ¿para qué necesitaban el dinero? Además, el muuchacho vivía en la casa familiar y a costa de los padres; así que, con su desaparición, era un importante capítulo que restar a los gastos de la casa. Y si encima les daban un pastón, ¡menudo chollo!, ¿no? Pero ésas eran elucubraciones de gente desalmada y carente total de sentimientos. La justicia era la justicia, inscrita en un estado de derecho, y había que acatarla en consecuencia; quien no estuviese acorde entre las partes, podía recurrir al Constitucional, acogiéndose a derecho. Además, a la pena de un crimen ordinario, como sería el caso en que el asesimuerto fuese un ciudadano cualisquiera, se añadía un plus de vascosidad (perdón, de vasquedad; dicho en la izkuntza de la Euskaltzaindía, la Academia fundada por el Padre Azkue, una euskoplusbalixa). Claro que dice el quinto mandamiento no matarás; mas la infracción del mismo tiene sus agravantes y atenuantes. Como decía Shanti Zurutuza, un amigo del mozo asesimuerto, ¿cómo va a ser lo mismo, en el caso de haber veda de caza, abatir un gorrión que un urogallo?

Y eso fue, al parecer, lo que el juez tuvo en cuenta. No hacía pocas noches, había cenado -con langosta, angulitas y champán- con el acusador particular, cuya cena pagó éste con visa platino; pero no fue el convite, como algún malicioso pensará, con signo de soborno -¡pues bien poco valdría un magistrado si fuese una cena el precio de su prevaricación!-, sino porque habían sido colegas de promoción y estaban amistados desde antiguo. Koldo Iruretagoyena Ikazteguietaonaindía -que ésa era la gracia del invitante- le advirtió a su invitado (más que por coaccionarle en su sentencia, a título de mera información) cómo el asesimuerto era una pieza valiosa a punto de entrar en las filas Askatasunas-pin-pan-fuego, por cuya irreparable pérdida era de suponer que éstos quisieran cobrarse su parte, y no sólo en metálico: también vindicativamente. Así, pues, si se quería evitar un atentado con resultado acaso irreparable, debería zanjarse aquel litigio por vía judicial, haciendo que el culpable resultara satisfactoriamente castigado para la formación askatasúnica. El magistrado agradeció a su amigo aquella información confidencial, que, aun cuando no formase parte del secreto del sumario, le era muy valiosa para su arreglo personal. Además, el juez era oriundo del Condado de Treviño por parte de su padre, que si administrativamente pertenecía a Burgos, encerraba notable afinidad geográfica y cultural con la provincia de Álava, a la que, más tarde o más temprano, acabaría por pertenecer. Por si eso fuera poco, el magistrado llamábase Alonso García Mendoza, apellidos de clara estirpe vasca, cosa que poca gente conocía: su proliferación hacía creer que eran de procedencia castellana. Tampoco lo sabía el magistrado, y menudo alegrón que se llevó al oírselo contar a su anfitrión; como que le sentó mejor aquello que la fina langosta del Cantábrico y el sabroso champagne Dom Perignon. Le estaba triplemente agradecido a Iruretagoyena: 1) por lo exquisito de la cena; 2) por la información de que el finado era de afinidad askatasúnica, y 3) porque le había esclarecido la noble alcurnia de sus apellidos. De la etimología de García (<artzea = "oso") algo sabía; pero habiendo Mendozas a patadas, hasta en el más remoto pueblo ibérico, ¿quién podía pensar que sus orígenes estaban en Mendiotz, pegando a Llodio? Y ambos brindaron por su vasquedad, aunque en distinto grado poseída.

Otro punto que se tenía en cuenta, regla de oro de la judicatura, es que la pena impuesta en un juicio será inversamente proporcional a la cobertura social del reo, o a la fuerza e influencia de la mafia a la que el condenado pertenezca. Si el reo es un honrado ciudadano, que ha delinquido en forma ocasional, presa de un mal momento, en ese caso el rigor de la ley caerá sobre él, y algo más si es preciso, pues no es cliente habitual de la Justicia. El corolario caía por su peso: si el reo es criminal recalcitrante, entonces la sentencia, etc., etc. ¿Y cuando las dos partes en litigio pertenecían a distintas mafias o a cualesquiera grupos de presión? En ese caso había que inclinar la balanza del lado del más fuerte. Y eso porque los jueces, a diferencia de muchos políticos, no llevan guardaespaldas, y si algo les ocurre por defraudar a mafia poderosa, ¿quién les defendería? El Gobierno se llamaría andana, y la sociedad, todo lo más, acudiría a una manifestación, pero a toro pasado, claro está; o sea, a buenas horas mangas verdes; después de burro muerto, la cebada al rabo. Así que si uno no se precavía, ¿quién lo había de hacer en su lugar?

Todo eso lo trataron sotto voce el letrado Iruretagoyena y el magistrado García Mendoza, no fuese a haber por los alrededores algún periodistilla espabilado, un aprovechategui paparazzo con su cámara oculta, que pudiera ponerles en berlina publicando el infame reportaje en algún diario sensacionalista para sacarse él unos cuantos duros. Pero siendo eso así, ¿cómo demonios sabemos que ambos socios mantuvieron esa conversación aquí aludida? Tiene el problema varias soluciones, de entre las que el lector elegirá la que más y mejor le acomodare. Parece que añadieron (aunque de ello no estamos muy seguros) que si la sociedad pretendía firmeza de criterios por parte de los jueces; es decir, cierta objetividad, de tal manera que fuesen lo más mínimos posible los márgenes de subjetividad, que exigiera al poder legislativo que tuviese los huevos suficientes para mojarse de una vez por todas y, haciendo caso omiso de los votos que pudiese obtener en los comicios, promulgara las leyes adecuadas, leyes firmes y drásticas si cabe, de modo que los jueces sentenciaran con la tranquilidad de que lo hacían al socaire de códigos tan diáfanos que cualquier ciudadano comprendiese -salvo en caso de obrar dolosamente- que su objetividad era total. Pero tampoco es de asuntos jurídicos de lo que aquí queríamos tratar.

--Muy cierto es eso, amigo -remataba el magistrado García Mendoza, algo desinhibido tras la ingesta del fresco vino, rubio y espumoso, y de un whisky de malta a palo seco-. A todo esto, me viene a la memoria el caso que ocurrió hace varios días en la popular plaza de los Carros, del Madrid de los Austrias: un niño de siete años juega con su balón sin molestar a nadie, y llega un policía, se lo quita, y a la madre del niño, que está allí, va y le impone una multa el desalmado de veinticinco mil pesetas, oye. Y el caso es que allí había jovenzuelos fumando vete tú a saber qué cosas, y no les dice nada. Como el municipal no tiene huevos para enfrentarse con los jovenzones, entonces se aprovecha del más débil para hacer uso de su autoridad y resarcirse de su frustración.

--Amigo Alonso, el juego de impartir justicia nos encanta a todo el mundo; y cuanto más cabrones, más nos gusta. Pero ojo: siempre y cuando el jueguecito sea en corral ajeno, no en el nuestro, y en tanto en cuando no nos comprometa. Perdona que te diga, amigo Alonso, ahora que hablamos a calzón quitado y que ningún parásito nos oye, que sólo habrá justicia en este mundo cuando los jueces desaparezcáis.

--Tú sigues tan bromista como siempre. Veo que no has cambiado desde chico -dijo el Sr. García para salir del paso airosamente y no beligerar con su anfitrión, que tan rumboso estaba aquella noche.

--Fuera de bromas; te lo digo en serio. Tú me podrás decir, y con razón, que por esa misma regla de tres, también los abogados deberíamos causar baja del mapa para restablecerse la justicia. Pero, en fin, comencemos por los jueces: si un día la justicia se impartiera por puros mecanismos informáticos, a través de programas especiales, aceptados por consenso social, yo te aseguro, Alonso, que ese día habrá mayor justicia en este valle de lágrimas, que no la de hasta ahora; porque ante un prestigioso ordenador, la sociedad se pliega sin más cáscaras y sin que haya lugar a la sospecha, salvo en caso de manipulación, de que el ordenador sea parcial por cuestión de intereses personales.

Aquí les dejaremos a ambos socios discutiendo a manera bizantina; porque como sigamos transcribiendo su aburrida conversa, no acabamos. Y no es de si los jueces y abogados debe dejar de haberlos para que haya justicia en este mundo pajolero, de lo que aquí venimos a exponer.

Lo que dio más que hablar y suscitó las más controvertidas opiniones, fue la indemnización de la andregaia (novia, pareja, compi o prometida). Mientras unos mostrábanse conformes, otros -en general, los más retrógrados- proferían morbosos comentarios: llegaban a decir que vaya dote para una chica joven y agraciada -dotada de un magnífico trasero-, que podía muy bien rehacer su vida, y que menudo chollo para el chorvo que contrajese nupcias con la moza. Pero ésas no eran más que groserías de gentes rezongonas e inconformes, que opinaban así porque ignoraban los puntos y las íes de la causa, que en la vista del juicio se esgrimieron.

Como todo proceso a la moderna, de nivel europedo, éste había gozado un desarrollo interdisciplinario y holoscópico, no circunscrito sólo a lo jurídico. Porque habían en él intervenido psicólogos, sociólogos, etólogos, antropólogos, politólogos, sexólogos y economistas expertos en marketing, siendo al final unitextualizada toda la aportación calidoscópica por un especialista en metatextos. De aquello resultó que los perjuicios causados a la neska con el deceso de su prometido salían cuantiosísimos, de suerte que el guarismo de 3x107 de la indemnización era cuasi simbólico. Dejando aparte el daño psicológico en lo sentimental, que era tremendo; dejando aparte todos los trastornos hormonales causados por el cese de contactos sexuales desde el óbito súbito del socio, que había mantenido con la chica (cuya fidelidad era absoluta durante aquellos meses) a razón de un concúbito diario como mínimo; dejando aparte más y más factores aritméticamente no evaluables, bastaba sólo con tener en cuenta el corte de los pingües beneficios que suponía para la pareja (ahora para la novia solamente) la interrupción de coitos-no-interruptos. Aquí hubo que explicar a la asistencia, ilustrativamente, cómo para los novios la cópula aportaba, además del intrínseco placer bálano-clitorídeo y orgástico, ingresos derivados de la venta de cantidad innúmera de vídeos donde se registraban sus "montajes". Y no eran vídeos porno de batalla, de los que hay mil y mil en el mercado; eran vídeos modélicos, artísticos, en los que el acto erótico ofrecía las más inverosímiles variantes, con cuya gran riqueza de posturas dejaban tamañito al Kama Sutra.

Y como para muestra bastaba un botón, el de la acusación particular, Koldo Iruretagoyena Ikazteguietaonaindía, alias Parrapachún, exhibió ante la sala la videocinta que habían registrado los amantes el mismo día de autos, una hora antes del trágico suceso, en la Casa de Campo, otrora Real Sitio, hoy convertido en albañal macroprostibulario. Ellos habían elegido el sitio no ya para emular las vergonzantes prácticas nocherniegas que el amor mercenario realizaba, sino como medida ecoedonista, ya que hacer el amor en pleno campo, en contacto con la naturaleza, aumentaba el placer notablemente respecto a hacerlo en un vulgar cubículo. Y no lo hicieron en la hierba, no, porque eso no tendría gracia alguna, y está al alcance de cualquier pareja; lo hicieron en un árbol: en concreto, en la horqueta de un roble encaramados, el emblemático árbol de su tierra. Testigo presencial de la "molienda" era un loro, ya casi centenario, que fue llevado a la vista del juicio para testificar que sí, que quienes actuaban enlazados en la cinta de vídeo allí exhibida, eran la jovencita allí presente y otro sujeto, ausente de la sala. La psitacopresencia en esa escena quedaba demostrada porque el loro también aparecía en dicha cinta. El loro, descarado como todos, preguntado qué hacía en aquel árbol, respondió que cascándose una paja. Increpóle el fiscal para advertirle que estaba hablando bajo juramento y que eso era una trola manifiesta, porque los de su especie carecían de toda anatomía genital apropiada a esas prácticas, y porque él, a su edad... El bicho replicó con desparpajo a aquel señor del ministerio público, que no se mosquease con él, ¡guana!, que no mentía, porque en realidad imitaba a un mandril, amigo suyo y habitual compañero en esas lides, que entonces se encontraba descansando tras un trajín bastante movidito.

Nadie de cuantos vieron tales pruebas puso en tela de juicio la cuantía de la indemnización para la novia. Hubo quienes incluso opinaban que el juez habíase quedado corto, visto que aquel negocio tan boyante que tenía montado la pareja, habíase quebrado por completo con el asesinato del andoba. Y como quiera que las penas con pan (o con parné) son menos, la inconsolada Irantxu iba visiblemente consolándose con el montante de los 30 kilos.

Entre la pepsicóloga de turno, que la instaba a recobrar su autoestima y a salir adelante como fuese, y la doctora Chochoa, ilustre y celebérrima sexóloga, que la aconsejaba reiniciar su actividad erótica, no fuese a contraer cualquier dolencia, resultas de su ayuno y abstinencia, Irantxu se animó a rehacer su vida. La doctora Chochoa, por ejemplo -la cual recibió a Irantxu, según unos, fornicando en la playa de Ondarreta un viernes a las 3 de la mañana, con un maromo no identificado, dada la oscuridad de aquellas horas; y según otros, masturbándose en su chambra del hotel de Londres, porque su compañero había ido a pescar en un yate y ya no volvería hasta la noche-, la hizo mirarse detenidamente en un juego de espejos paralelos a fin de poder verse el tafanario -trasero, polisón, adufe o culo-, para que comprendiera claramente la prenda tan valiosa que poseía (no en vano la llamaban Ipurdieder); porque a los hombres digan lo que digan lo que más les pirraba de las hembras era un buen atributo calipigio.

Y así, volvió la chica a frecuentar los lugares marchosos de Don-Hostia y sus alrededores, llevando minifalda y medias negras (¡porque eso era el disloque y la fetén para poner verriondos a los machos!), o en su caso, unos blue-jeans ajustados, que le marcaban bien las posaderas. Numerosos serían los moscones atraídos por la miel de su trastienda, más aún si cabe que por su dinero (pese a ser poderoso caballero). Así, la joven, dando tiempo al tiempo y afectando seguir desconsolada, se permitió escoger cómodamente al compañón que más le conviniera. Siguiendo los consejos que le diera la doctora Chochoa en su momento, no debía acostarse por las buenas con el primer gachó que la ligara, sin antes calibrar sus facultades, no fuese ella a sufrir un mal tropiezo, una amarga experiencia, un triste frustre, después de haberse solazado a tope con su desventurado compañero. De ese modo también aumentaría su hambre de reanudar el foqui-foqui y su goce sería el ne-plus-ultra si elegía acertada al sucesor. De entre los numerosos aspirantes a la mano y al catre de la moza, como agraciado se iba perfilando un chico majo de su misma edad, natural y vecino de Ondarribia (llamada otrora bochornosamente Fuenterrabía, erdérico topónimo). Con ser aquel mutil euskaldunberri, manejaba muy bien la izkuntza euskérica, mejor aún que la lengua de Castilla que de padres maketos aprendiera; y sabía su miaja de franchute, que le venía bien para entenderse, cada vez que pasaba "al otro lado", con la gente que no parlaba euskera. Gorka Martínez Sáez, alias Basurde, era el nombre del chico. No importaba; porque aunque poco vascos parecían los apellidos, pues, del de Ondarribia, Gorka lo compensaba con los hechos (ex operibus credite, ne nomine), como tantos y tantos abertzales, euskojatorras, ¡yeup!, que se llamaban López, Rey, Núñez, Arias o Serrano, y no obstante, tenían en su haber haber trincado a más de dos txakurras. Que se fijase en monseñor Septiembre -padres de fuera y todo que tenía-, más abertzale que Sabín Arana (tras una oscura fase profranquista). Y luego las facciones del mancebo: cara de vasco vasco ya tenía. Él intentaba hacerse con un alias tan vasco, tan sonoro y polisílabo que eclipsara el estigma patronímico; pero le convencieron de que un alias no debía tener más de tres sílabas, y la cuestión estaba en elegir uno que rezumara buena casta, como era el de Basurde ("jabalí"), nombre del conocido personaje de Amaya, de Navarro Villoslada. Con tan preciadas prendas, pues, Irantxu se iba inclinando a Gorka más y más. Ella andaba algo mal con el euskera; fuerza de voluntad no le faltaba, pero soltarse, pues, ya le costaba, sin que su retahíla de apellidos genuinos la ayudase en esa empresa.

Salían ya los dos tan ricamente; primero sin entrar en parte alguna que no fuese un lugar de acceso público: una errikotaberna, un restaurán, alguna discoteca o un cinema. Pero llegó un momento en que a los dos les iba apeteciendo entrar a un sitio donde estar en completa intimidad. Gorka, al verla nerviosa y vacilante, tuvo con ella la delicadeza de mostrarse paciente, de esperar hasta estar en sazón la buena moza: él no la forzaría en absoluto; él no adelantaría un solo paso que tuviese después que lamentar; porque él la deseaba en libertad, y serían felices solamente si sus dos voluntades se entregaban al dulce amor en plano de igualdad; nada de sojuzgar el uno al otro. ¡Oh cómo le encantaba aquel detalle tan fino y generoso de su amigo, a la sensible Irantxu! Sólo con eso ya la conquistaba. Pero el mancebo remató la faena recitando a su ninfa cierto poema en izkuntza vernácula, que un tal Pedro Salinas tradujera al tosco castellano de esta guisa: A ésa, a la que yo quiero - no es a la que se da rindiéndose, - a la que se entrega cayendo - de fatiga, de peso muerto [...]. - A ésa, a la que yo quiero, - es a la que se entrega venciendo, - venciéndose - desde su libertad saltando - por el ímpetu de la gana, - de la gana de amor, surtida, - surtidor o garza volante, [...] - sobre su pena victoriosa, - hacia arriba, ganando el cielo. Entonces ella se arrojó en sus brazos diciéndole que sí -maite zaitut-, que le quería libre como el viento, sin que su voluntad sufriese en ello el empuje del macho dominante, ni el apremiante embate de la carne.

Pero el tacto de Gorka fue más lejos. Como su amada Irantxu era proclive al atrayente mundo de lo arcano, le aconsejó que fuera a visitar a una señora experta en cartomancia para que le leyera su futuro a la luz de las cartas del Tarot. Irantxu respondió a la invitación de su mutil henchida de entusiasmo. Fue a ver a la emakume cartomántica, cuyo despacho hallábase en la sede de Herriko Askatasuna, de Zumárraga. Llamábase Graciana Saralegui, sin alias conocido; la recibió con la afabilidad y la sonrisa propias de las gentes que tienen trato con lo misterioso. Dejando prolegómenos, preámbulos, pródromos, isagoges y proemios, digamos que el resumen más sucinto de cuanto aquellas cartas anunciaban, es que la postulante y su galán serían muy felices practicando el abrazo amoroso; e ainda mais: la erótica fusión de entrambos jóvenes (acoplados en clásica postura) tendría la virtud de introyectar en el cacumen de la procumbente, por ósmosis de orgones cognitivos, el don de conocer la euskalizkuntza mejor aún que el villano castellano.

Se puede imaginar cómo saldría, de alegre, alborozada y exultante, la moza del despacho de Graciana. La besó en las mejillas varias veces, y no en la boca por cautela higiénica. Le prometió que si salía cierta la dicha que las cartas presagiaban, -daría no-sé-cuánto, tanto a ella como al partido en el que militaba (promesa formulable en otro tiempo a la Virgen o al Cristo del lugar). Graciana le tomaba la palabra; así que luego no fuese diciendo que donde dije digo, digo Diego.

El amor lo estrenaron en Bayona, y todo salió bien a la primera. Gorka no era un acróbata, y por tanto, no lo hicieron subidos en un árbol, sino en la chambra de un hotel coqueto, dotada de elementos refinados que al goce afrodisiaco concitaban. Gorka había raptado a su princesa llegándose, a las tres de la mañana, hasta su habitación de un tercer piso, mediante una escalera de bombero que le prestó un colega askatasuno. En brazos la tomó y bajó con ella sin que incidente alguno lo estorbase. Claro que el rapto no era necesario para fraguar su encuentro, cuando Irantxu tenía libertad de movimientos por ser mayor de edad e independiente. Con citarse en un sitio y que cada uno fuese allí por su pie, todo arreglado. Y podían también haberse unido, aprovechando el viaje de subida, allí en la propia estancia de la neska. Pero era mucho más emocionante ese juego a la usanza de otros tiempos. Total, que los augurios cartománticos tenían claros visos de cumplirse. Gorka le mostró a Irantxu las delicias que ofrecía el amor a lo burgués, que no tenía nada que envidiar al gimnástico abrazo ecoedonista; porque al cabo el amor más refinado, por su naturaleza, era burgués. Natural era el sexo a palo seco -que te tumbo, niña, que te túmbooo, que te tumbo que te tumbaréeee-, como mera descarga fisiológica. Sexo vs. erotismo; naturaleza vs. cultura; crudo vs. cocido.

--Puro estructuralismo, como ves. Lévi-Strauss inmiscuido en nuestro asunto.

Eso, dicho mirándose extasiados, ante coitum e in puris naturalibus, era un afrodisiaco inigualable. Así, con un galán tan lujuriante, Irantxu no extrañó a su antecesor ni siquiera al comienzo de esta fase. El euskera seguía kili-kolo, sin notables avances todavía; mas todo se andaría si las cartas seguían acertando como ahora.

Y así pasaban días y más días, en régimen erótico intensivo, sin que las facultades del mutiko acusasen la más mínima merma: ingería alimentos adecuados a la estimulación de la potencia, como eran los testículos de gallo; pero de gallo autóctono vascón, de los que el jesuitarra padre Artzallus ha homologado como superiores, igual que sus ovíparas congéneres, al resto de las razas gallnáceas de este planeta e parte do estranjeiro. También las ostras frescas coadyuvaban al mismo fin, así como unas hierbas en secretos parajes recogidas, según las enseñanzas transmitidas por sabios erbolarios del pasado, cuya palabra escrita era accesible solamente a unos pocos iniciados de la selecta secta askatasuna.

La chica había hecho empresariales y trabajado un poco a-lo-que-salga; pero ahora, con la indemnización, no tenía por qué agachar el lomo. Mas el dinero no era inagotable, y había que pensar en invertirlo para que mantuviera su valor, aunque se le soltase un buen pellizco. Y la mejor manera de invertirlo era depositándolo en los cofres de Herriko Askatasuna; al fin y al cabo, era gracias a que el asesimuerto iba a militar presto entre sus filas, por lo que a ella le habían conseguido una indemnización tan substanciosa; si no, ¿de qué? Por tanto, era lo suyo que el partido sacara su tajada del producto que había recabado. Con esa sencillez se lo explicó Gorka a Irantxu en un bote cierta noche que se hicieron al remo a pescar algo, tras de hacer el amor en una orilla de la histórica isla de los Faisanes. Si post coitum omne animal triste, como dijo el sapiente Estagirita, todos sabemos que, después del "acto", el hombre y la mujer están propicios a negociar en clima relajado, y más cuando ambas partes negociantes son a un tiempo los miembros fornicarios; pues díganlo, si no, los ciudadanos del imperio romano que aguardaban el lance en que el augusto Vespasiano saliera de evacuar ciertos asuntos, para solicitarle alguna gracia.

¿Eso quiere decir que el muchachote militaba en las filas del partido herrikoaskatasuno? ¡Clarinete! ¡Eso lo ve hasta un ciego, amigo Diego! Y por afinidades electivas, también la moza se afilió a lo mismo, no fuese a disolverse la pareja, que sería la muerte para ella. Los dos con el carnet askatasuno, se irían a vivir "al otro lado", sin que nadie supiese el punto exacto, salvo ellos; ni siquiera los amigos, para evitar posibles contratiempos. Porque ya iba siendo hora de que Gorka volviera a ejecutar sus trabajitos, una vez coronada su misión de aportar a las arcas del partido, por medio de la erótica conquista, el montante de la indemnización, quitando lo fundido por su dueña. La aportación de tan valioso importe no era una donación sin nada a cambio; era como un depósito bancario por el cual el partido aseguraba un puesto de trabajo a los donantes, además de unos títulos canjeables, entre otras cosas, por euscoveneros (euskobeneruak, dicho en vernáculo). Cada uno era un lote afrodisiaco productor del genésico apetito para un contacto erótico total, quedando satisfechas ambas partes. Gorka había obtenido, por lo tanto, antes de convencer a su pareja para la entrega de los 30 kilos, bastantes euscoveneros a crédito. ¿Se daba cuenta, pues, su compañera del tremendo desastre que sería privarse de su régimen sexual por carencia total de euskoveneros? ¡Ah claro; no quería ni pensarlo! Prefería morirse a sufrir eso. Recordaba lo mal que lo pasó durante su periodo de abstinencia cuando dieron mulé a su antiguo novio. Es verdad que éste no necesitaba, por lo que ella sabía, euscoveneros para hacer el amor como lo hacía; pero es lo cierto que el asesimuerto era un vasco por los ocho costados (los no vascos tan sólo tienen cuatro), de pura cepa, ¡yeup!, cuyo peneuve era de los genuinos de su raza, de los que el jesuitarra padre Artzallus denomina con término científico euskobuztanindartsuburugorri.

La pareja cruzaba la frontera de Iparralde a Egoalde y viceversa, cada y cuando tenía que actuar al sur del Pirineo (o Auñamendi). Se había comprobado últimamente que era más eficaz y operativo, a la hora de apiolar al enemigo, el apoyo moral de las parejas (de ambos sexos, que no las unisex del odiado instituto benemérito). Por si ello fuera poco, Irantxu y Gorka venían observando gratamente que, cuando liquidaban a un maketo del estado fascista y opresor, hacían el amor a toda mecha sin consumir ningún euscovenero. Podían, pues, decir que su trabajo lo cobraban con solo practicarlo. Conocían los pasos fronterizos a través de los montes de Navarra, lo mismo que la palma de su mano. Gorka era un tirador extraordinario, como acaso jamás lo hubiese sido, aun viviendo, el difunto Kepa Andoni. Y era que Gorka habíase entrenado en los campos selectos de Esteuropa, pasando por Argelia y Campuchea. Con todo su historial askatasuno, era un miembro legal por la razón de no estar en las fichas policiales del estado fascista y opresor (ni del estado galo, su anfitrión, en cuyo sur tenían su santuario sus correligionarios y ellos mismos). Aunque Irantxu también llevaba un arma de las de si vis pacem para bellum, tiraba malamente todavía; la llevaba consigo por si acaso: siempre vendría bien un tiro al aire para poner en fuga al enemigo. No obstante, su labor más efectiva (aparte de cubrir la retirada al volante de un bólido ligero, provisto de matrículas distintas, una por cada viaje de trabajo) era animar a Gorka en sus hazañas, darle fuerza moral y retadora; porque en presencia de su compañera, el chico no fallaba un solo tiro; y al sentir su mirada aprobatoria de ¡bravo!, que lo había hecho muy bien, recibía el refrendo psicológico de que actuaba por una causa justa. Y entonces le invadía el estro erótico, y hacían el amor in continenti, al pie del primer árbol que toparan.

Irantxu iba avanzando en el euskera -no se sabe si a causa del amor, o por buen rendimiento didascálico-, de suerte que los signos cartománticos iban saliendo ciertos por entero. Tamaño era el progreso de la chica que articulaba frases en euskera en el trance apical del paroxismo, que inflamaba su orgasmo hasta el delirio. Y luego, en el remanso relajante del reflujo sexual tras el abrazo, el chico le explicaba, por ejemplo, con su boca besándole la oreja, que la lengua de Aitor y de Amagoya gozaba de una coherencia léxica que no tenía el tosco castellano, ni cualquier otra lengua conocida. A tenor del trabajo realizado (mandar al otro barrio a un enemigo, o a dos si la ocasión lo requería), estaba el verbo il, que era "morir" (lo que correspondía al interfecto, objeto de su hazaña meritoria), mientras que el verbo erail era "matar" (misión de ellos como héroes patriotas). ¿Se daba cuenta de que il y erail tenían en común la misma raíz? Pues ahí estaba la coherencia léxica: en que il era "morir", y erail, en realidad, "hacer morir", que es verbo factitivo del primero; lo mismo, por ejemplo, que erakutsi: "enseñar", "hacer ver", es verbo factitivo de ikusi: "ver", o que irakasi: aprender, lo es respecto de ikasi: "enseñar" (que era la relación entre ellos dos en cuestión de enseñanza-aprendizaje). ¿Qué entenderían de eso los maketos? Nada, cero al cociente, pues su lengua era mucho más pobre en ese aspecto por la génesis híbrida del léxico. Dicho eso, se volvían a abrazar con más furia y ardor que antes si cabe, y el fornicio a su vez acicataba el euskérico avance de la chica, que a su vez motivaba... etc., etc., en espiral continua y ascendente.

Pero tanto va el cántaro a la fuente, que acaba por quebrarse -reza el dicho-. ¿Fue por Dantzarinea, o fue por Yanci? No, porque fue del lado de Iparralde, a la altura de Sara o de Ainhoa. Habían liquidado a una pareja de la guardia civil y de ambos sexos (pues se ve que también la benemérita se había apercibido últimamente, siguiendo el buen ejemplo askatasuno, de las ventajas que eso conllevaba, aun cuando en ese caso la pareja no mantuviese relaciones íntimas, sino profesionales solamente. La eficacia de dar el pasaporte a dos que no vivían en pareja, porque tenía cada cual la suya, estaba en destrozar dos matrimonios, como diría el sabio Pero Grullo). El trabajo lo habían realizado algo más lejos de lo acostumbrado: por la cuenca del Gállego en concreto, cuya huida les fue algo más costosa por conocer peor aquel terreno. El viaje de regreso a su guarida lo remansaron esta vez un poco a fin de disfrutar de aquel paisaje, que era tan lujuriante que incitaba a la coyunda más desaforada. Hacer turismo a cuenta del trabajo: eso era deleytar aprovechando.

En medio de un robledo salpicado por el límpido arrullo de un arroyo, venero en que las truchas navegaban sin peligro de red que las pescara, hacían el amor tercera vez desde su presurosa retirada del terreno del crimen donde Gorka, héroe de valentía encapuchada, sacara rendimiento a dos disparos para dejar sin vida a una pareja limpia, instantáneamente, de manera que al menos no sufrieron lo más mínimo. (No hubo sadismo, pues, en el empeño.) Habían pernoctado en la floresta sin abonar el tálamo ni un céntimo, pues la naturaleza generosa presta hospitalidad gratuitamente. Ni siquiera un mal saco de dormir les hizo falta aquella clara noche para caer en brazos de Morfeo, abrazados el uno contra el otro, en el inmenso hotel pluriestrellado.

Hacían el amor -como decimos- una fresca mañana, la siguiente a la de la pernocta a la intemperie, cuando sonó un disparo desde lo alto -no del cielo, por Dios-, sino de un árbol. El tiro alcanzó a Gorka en plena nuca poco antes de llegar al paroxismo, facturándolo al Hades en el acto, sin un solo segundo de agonía. Si al interfecto le tocó la china, es porque estaba encima de la chica, en prona posición fornicatoria; de lo contrario, habría sido ella la que sufriera tan mortal impacto (verísima verdad de Pero Grullo). Imagínense el trauma, el trago amargo que sufrió la mozuela procumbente que el orgástico vértigo alcanzaba, al sentir de repente un peso muerto y al tener que apartárselo de sí, corito cual su madre lo pariera, saliéndosele el crúor preciosísimo, para depositarlo al pie del roble de una de cuyas ramas le llegara el disparo fatídico (R.I.P.).

Una versión más mórbida del trance (que tiene menos visos de verídica) cuenta que la zagala, en el momento de sentir que la sangre borbotaba fuera del occipucio de su amado, le taponó la nuca entre sus manos y aprisionó su rostro contra el suyo. Con ansias de succión desenfrenada, le besaba su boca entre gañidos de odalisca fogosa e insaciable, como una Salomé desesperada, horras sus carnes de los siete velos, que besara la boca ensangrentada del mártir Jokhanan decapitado, tomando su cabeza cercenada. Al sentir que la vida del cadáver concentrábase, en un aliento póstumo, en la flecha enfundada en su carcaj, cuya erección se hacía más notoria, la daifa alzó sus pies para apiernar el dorso aún caliente del difunto y, apretando sus cuerpos más y más, sorbía los rescaños del deleite, ahora en solitario disfrutados, apurando las heces del licor con avarienta sed de hembra embriagada. (Pero parece ser que esta versión tiene menos de fiable que de apócrifa.)

Quiere gritar Irantxu, pero el grito se le queda pegado a la garganta, mientras trina el gorjeo de los pájaros que cantan al silencio misterioso. No se atreve a mirar a su galán. Busca el arma con ímpetu nervioso. No está allí, ¡maldición!, ni tampoco el revólver del difunto. Busca sus ropas, que tampoco están. De pronto rasga el manto silencioso una bronca, siniestra carcajada, que da un toque satánico al ambiente. Irantxu ha oído hablar en las leyendas del acervo ancestral de Euskalerría que el diablo se podía aparecer en el monte, en figuras diferentes. Pero ya no es cuestión de creer en eso. Un joven se ha plantado frente a ella con aviesa sonrisa, que la mira en toda su lozana desnudez. La encañona con hierro amenazante; queda en la rama el arma con que Gorka ha matado a su hermana, y con la que él ha matado a su vez al asesino. Él es también del cuerpo benemérito, y el muerto, compañero de su hermana, era de sus más íntimos amigos, igual que su cuñado destrozado. Aunque provisto de arma personal, ha preferido actuar con la del otro, con la del asesino de su hermana; ¿era por no manchar la suya propia? Se las ha substraído a los amantes, lo mismo que sus prendas pecadoras, aprovechando que éstos, descuidados, hacen el animal de dos espaldas (dicho en euskera, narru joten dute; literalmente, "pegan el pellejo"). Encaramado luego en una rama, ha esperado el momento para hacer lo que su pecho airado le dictaba. No ha aprovechado la ocasión propicia -como acaso lo hicieran en su tiempo Irantxu y el finado Kepa Andoni- para grabar en vídeo aquella escena. Él iba a lo que iba, y eso es todo. El hombre ha perseguido a la pareja pisándole la huella. Estaban en las fiestas de su pueblo cuando ha ocurrido el horroroso crimen. Alguien, quizá un amigo, ha conseguido disparar una cámara de fotos, a falta de otra cosa, y atraparlos en el fino objetivo, registrándolos en la figura fiel del negativo. Tras el sepelio, ha salido a escape, y ha dado la feliz casualidad (feliz para él, fatal para los otros) de acertar con las pistas que le han dado, y de que la pareja se confiara con encontrarse a salvo en el boscaje y detenerse más de lo debido.

--Date la vuelta, que te vea el culo; parece que lo tienes muy bonito.

El joven ha dicho esto apuntando con su arma la zona mastoidea de la moza. Lo que le mueve no es lujuriaenea; es el imperativo de venganza, de humillar cuanto más a la indefensa. Ella no se amilana, sin embargo; como si su completa desnudez la hiciese invulnerable a la amenaza.

--No me sale del coño, criminal; date la vuelta tú si quieres verlo.

El joven va a tomarla por los hombros con intención de darle media vuelta. Pero la moza se le pone en jarras y lo mira con aire desafiante. El hombre no se atreve ya a tocarla. Mira sus recias formas femeninas: los muslos, las caderas y los senos, labrados en robustas redondeces, que hacen de ella una sólida figura que da la sensación de estar moldeada en mármol, que no en piel perecedera, en materia mortal concupiscente. Podrá asestarle un tiro si se tercia, pero cogerla no, pues se le antoja una estatua tabú de diosa antigua, que aniquila al profano que la toque.

--¡Venga, qué haces ahí, español traidor! Pégame un tiro si tienes cojones.

--No estoy yo para hacerte esos favores. Vale más una bala que tu vida de putón verbenero, cacho zorra.

--Zorra será tu madre, maricón. Tú no eres más que un español fascista, que has cometido un crimen repugnante, seguro, por vengar a alguien que ha muerto a manos del que obraba con justicia.

--¿Y obraba con justicia ese valiente tirando encapuchado y por la espalda? Yo hago justicia a cara descubierta.

--Sí, porque no hay testigos que te linchen. Pero te juro por lo que más quiero que, si no me despachas ahora mismo, un día te daré tu merecido. ¡Venga, qué haces ahí con esa pusca! Eres un maricón si no disparas.

Según va desafiando, a la mozuela se le hincha el cañamón montivenéreo y la joya del pubis se lubrica con secreción de ungüentos animosos, que la hacen más sensual, más incitante. El joven lo detecta, y sin embargo, no se deja llevar de la lujuria y ponerle los cuernos a su novia con esa penca cómplice y amante del asesino de su pobre hermana, del asesino de su buen amigo, del asesino de otros muchos seres queridos de otros muchos ciudadanos. Prefiere saborear su valimiento.

--¿Qué pretendes: pasarte al otro barrio para seguir follando con tu socio?

--Eso a ti no te importa, hijo de puta; dispara si eres hombre, puerco esbirro de tu nación fascista y opresora.

El hombre se complace en reprimir el impulso primario, visceral, de apretar el gatillo y acabar con la moza insolente y retadora, que se atrinchera en su fragilidad para ostentar orgullo y desafío. Quiere jugar al gato y al ratón, demostrando que el gato en este caso, además de más fuerte, es el más listo.

--Pues yo también soy vasco, que lo sepas; tan vasco o más que tú y que tu compinche cuando andaba jodiendo la marrana.

--¡Bah, no sé a quién pretendes engañar! Tú tienes una jeta de maketo que te la pisas, lo que yo te diga.

--No sé si tengo o no cara de vasco, ni me preocupa mucho; sólo sé que, por lo mismo que hay mucho maketo que acaba por tener pinta de vasco a base de empeñarse y de ejercer de más vasco que nadie, habrá también, con el mismo derecho, algunos vascos con cara de maketo, digo yo.

--Mucho más repugnante que un maketo es un vasco traidor, te lo aseguro.

--Bien, pues te advierto, chiqui, que soy vasco, pero de traidor nada, que te conste. Me he cargado a tu socio, que lo sepas, no por lo que supones, por vengar a un español de los que él ha limpiado. Ha sido por matar hace ya tiempo, por equivocación, a un abertzale, tan vasco como yo o como vosotros, porque era hermano mío nada menos.

--Pues si lo hizo por equivocación, no había para qué vengarse así. Una equivocación cualquiera tiene.

--Cualquiera sí, pero nosotros nunca. Una equivocación en nuestra banda es el más castigable de los crímenes; porque cualquier error que cometamos puede sernos fatal; y si ese error encima da contra uno de los nuestros, entonces es un fallo imperdonable, y hay que pagarlo caro, pocholita. Aparte de joder con tu colega, deberías saber que la justicia en nuestro fuero es mucho más severa que la que aplica el estado fascista o la guardia civil si te echa el guante.

--¿Y no estoy yo implicada en ese error?

--No sé si en el error, pero en la muerte de mi hermano, seguro que lo estás.

--Pues entonces también debo pringar; así que hazme el favor de usar el arma.

--Te he dicho que no estoy para favores. Vas a sufrir el máximo castigo, que será continuar en este mundo sin macho que te cubra en mucho tiempo. Porque yo, aunque de gay no tengo nada, no pienso consolarte, aunque comprendo que estás muy buena y tienes un buen polvo. Si estuvieses vestida, a lo mejor me daba el sarampión de escamondarte; pero así, como tu madre te echó al mundo y después de quilar con ese fiambre, resultas mucho menos tentadora. Y luego no pretendas denunciarme, porque en esta ocasión sería en balde. No me ibas a sacar un solo duro, como al otro, porque no tengo un real. No sabes quién soy yo, y por consiguiente, no tendrías cómo identificarme. Si me denuncias a la policía española, te harás flaco servicio, porque pienso seguir viviendo en Francia, y se tocan la pera los gendarmes. En fin, se queda aquí el arma homicida, que te delata como sospechosa.

--Pero el arma la mando a hacer puñetas; ¿o piensas que soy tonta? Mejor dicho, la dejaré que esté tranquilamente, porque tendrá tus huellas digitales.

--Nasti monasti; ya las he borrado. El arma está ahí encima de esa rama; ¿la ves, chiqui?; lo mismo que tu ropa. Si la rescatas, dejarás tus huellas.

--Cabrón, dame mi ropa por lo menos, y ayúdame a vestir este cadáver.

--¡Mira ahora a la Evita pudibunda, que se avergüenza de su desnudez en presencia del Todopoderoso, después de haber pecado con su Adán! Búscate un ceñidor de hojas de parra, o de higuera, aunque no haya aquí esas plantas. Así que, si persistes en cubrirte, como no hay garañones que te cubran, tu ropita la coges tú solita; lo mismo que la de ese camarada.

--¿No tenías bastante con matármelo para que encima quieras divertirte llevándote su ropa hasta ahí arriba?

--No era por diversión, putilla mía; era para ponerla a buen recaudo. Imagínate tú que, tras de mí, aparece un ladrón y se la lleva; porque vosotros, dándole al quilé aquí a todo meter, ni os enterabais.

--Anda, bájamela, no seas malo -suplica la gachí poniendo ojitos, cara melosa y voz caramelosa, sin que le duelan prendas, ya que el chico no es un vulgar maketo como creía: pues, ahora que se fija atentamente, tiene cara cabal de vasco vasco.

--Súbete tú y, de paso que te ayudo, contemplo ese culete tan majete.

--Venga, no seas sádico conmigo. ¿O quieres que la piel se me desgarre? Si quieres disfrutar de mis encantos, tómame y haz conmigo lo que quieras.

--Apártate, mujer; noli me tangere! ¿Quieres poner los cuernos al difunto con su propio asesino, en su presencia, sus restos aún calientes? ¡Hamlet, Hamlet; qué diría el espectro de tu padre!

El joven no leyó El Satiricón, pero sí ha visto, en cambio, la película, y recuerda, por tanto, el episodio famoso de la viuda inconsolable, postrada ante la tumba de su esposo sin apartarse un punto día y noche, quien se entrega -al comienzo con remilgos, luego con licencioso desenfreno- a la lascivia en brazos de un soldado que debe custodiar a un ahorcado expuesto cerca a la vindicta pública, cuyo cuerpo es robado cierta noche mientras los dos amantes se solazan, por lo que habrá de ser ajusticiado el custodio galante y negligente; visto lo cual, la viuda diligente exhuma a su marido y lo coloca suplantando al ahorcado substraído... Pero él disfruta más con su renuncia a los dulces deleites de la carne, por cuanto así consuma su venganza con más fidelidad hacia su novia y más satisfacción para los suyos.

--Anda, gamberro, déjate de escenas. Desnúdate, no seas tan estrecho, y ven a disfrutar de lo que es bueno.

--Antes te lavarás las inmundicias de tu torpe contacto con el fiambre.

--Ya me las he lavado en esa erreka en cuanto he colocado ahí el cadáver; ni una gota de sangre: mira, mira.

--Pero yo me refiero a tu entrepierna. Quiero gozarla limpia por completo.

--No hay cerdo que no sea escrupuloso.

La moza se introduce en el riachuelo, que acaricia su piel con la corriente, para mundificar las excrecencias de sus fornicaciones más recientes y ofrecerse impoluta al nuevo Priapo. Chapalea feliz entre las aguas cuyo frescor le alcanza el hipocondrio. En tanto se entretiene en este juego, el joven aprovecha y se escabulle hacia su coche para darse el bote. Ha dejado su buga estacionado a bastante distancia del lugar con el fin prudencial de no ser oído. De paso mira el auto de los otros: en el salpicadero, observa un móvil. Lo retira, mas no piensa robarlo; lo dejará debajo de un asiento para que no lo vea la mozuela cuando intente llamar pidiendo ayuda, aunque más tarde acabe descubriéndolo. Sigue adelante a paso presuroso. Ella al fin se percata de la faena; desesperada, corre tras del otro. Le suplica que vuelva, por favor: Lagun, etorri ona, meserez. Ator-arren, lagun! ("Amigo, ven aquí, por favor. Ven, por favor, amigo"; frase con la que el vate Gabi Aresti habría pergeñado todo un poema). Y su voz es doliente por demás. Ahora que se ha soltado en el euskera y puede proferir todo un monólogo (no como el de la insomne Molly Bloom, pero sí como el de otros personajes de menos pretenciosos soliloquios), de bien poco le sirve su mensaje. El otro, ingrato, corre que te corre desoyendo la voz de la sirena, que lastima sus pies entre matojos con la persecución del fugitivo. Rendida, exhausta, desesperanzada, cae al cabo de bruces en la hierba, presa de convulsiones de posesa, restregándose el sexo contra el suelo, bañada en voluptuosas contorsiones.

¿Qué sucedió después? No lo sabemos. Nada dijo la prensa a tal respecto, ni se celebró juicio en las Salesas, ni hubo indemnización para la chica con su condigno plus de vasquedad; puesto que el homicida de su novio, para su fuero interno, era euskaldún de la organización askatasuna; y a ver quién denunciaba a un camarada. ¿Enterraría in situ al señorito, con el cielo y la tierra por testigos, dándosele por desaparecido, y así no habría muerto oficialmente? Parece ser que el joven benemérito, vengador de la muerte de su hermana y de su buen amigo, candó el pico por la cuenta que al hombre le traía. También la moza desapareció de la escena política y social, sin dar señal de vida hasta la fecha. Algún radiomacuto fantasioso llegó a decir que andaba la interfecta con cierta compañía americana de guía en excursiones espaciales para segunda edad desocupada. Pero eso no hay cristiano que lo crea. Si por acaso llega un Cide Hamete dando cuenta cabal de lo ocurrido, habrá segunda parte. Prometido.

* * *

--¿Qué me decís, muchachos, de ese bodrio? -pregunta el profesor a sus alumnos en el taller de textos reciclados en segundo de Esto-Eso-y-Aquello.

Nadie responde al pronto; pero luego levanta uno la mano y le contesta:

--Yo creo que ese cuento, o lo que sea, no tiene pies ni cabeza.

--Muy bien, tienes razón -aprueba el profe-; pero a ver, justifícalo por qué.

--Yo qué sé; por ejemplo, porque un guardiacivil no sabe hablar como habla aquí el asesino de Gorka.

--Y porque una patriota como Irantxu -se anima a intervenir otro rapaz- no reacciona a la muerte de su novio como reacciona aquí: como una lesbiana.

--Oyes, tú, querrás decir como una linfómana -salta una compañera respingona, promesa de futura feminista.

--Bueno, pues lo que sea; me da igual.

--¡Pues no da igual, colega; no te digo! Hay que aprender a hablar con propiedad.

--Pues si vamos a hablar con propiedad, hay que decir "ninfómana", so lista -sale al quite en defensa del chaval una niña repipi y formalita, que está algo coladilla por el chico; porque las niñas listas y aplicadas beben los vientos por los macarrillas.

--Venga, no discutáis por sinsorgadas -dice el moderador dando palmadas-. Comentemos el fondo, no la forma.

--Es que dice mi padre -salta otro- que la forma y el fondo van unidos.

--(¡Cagüen-tu-puto-padre!) -dice el profe, pero por lo bajines, de manera que nadie pueda oírle, y de ese modo nadie tampoco pueda denunciarlo por proferir palabras ofensivas. En esto que levanta otro la mano, y así podrá sacarlo del apuro.

--Yo creo que ese cuento está mal hecho, porque no está acabado.

--¡Bravo, Peru Artamendi; muy bien dicho! Eso es porque el autor no sabe hacer-lo: carece de capacidad diegética. Encima de retrógrado, zopenco. Pues eso de acabarlo os corresponde justamente a vosotros. Pero en fin, ¿qué veis aquí de ideas de-plorables?

--Por ejemplo, que el autor es antivasco y que refleja abierta simpatía por la guardiacivil y las instituciones represivas del estado opresivo que es España -dice un chicuelo que aún no ha intervenido, portavoz de la opinión paterna.

--Y además un machista reprimido -salta la compañera respingona, promesa de futura feminista-. Envidia a los novios de Irantxu, porque son muy potentes, y él, en cambio, no se come una rosca ni de coña, y se le va la fuerza por la boca.

--Pues entonces hacemos una cosa -concluye el profesor y monitor-: para el próximo día de taller, preparamos un juicio al autor. Echaremos a suertes para ver quién hace de abogado defensor, quién hace de fiscal y quién de juez. Si sale condenado, habrá que ver si lo es a la pena capital, o a cadena perpetua.

--Pero la pena de muerte está prohibida en los estados democráticos -dice una niña tímida, apocada, en tono de entrañable candidez, que frecuenta de grado la parroquia y vela por el bien de los demás.

--Mira, Celia María -dice el profe dominando un mohín de mala gaita-: esto no es más que un juego formativo y podemos hacer lo que nos pete: condenamos a muerte si queremos, pero no ejecutamos la sentencia.

--Además el autor ya está muerto, como tú nos has dicho -advierte destemplado Paco Guerra, un muchacho brutote, que habla recio y que repite curso, lo mismo que las sílabas trabadas en su premiosa parla tartajosa.

--Pachi, ¿no hemos quedado -dice el profe- en que hay que distinguir entre autor implícito y autor histórico? Aquí al que hay que juzgar es al implícito, al autor en abstracto, impersonal, sólo tenido en cuenta en cuanto a lo que en su obra se refleja.

El arrapiezo encógese de hombros como al que están hablando en japonés, en plan de para-ti-la-perra-gorda. Se procede al sorteo de los roles, y todos piden en su fuero interno que no les toque hacer de defensor de quien parece condenado a priori, no se interprete mal su actuación si se la toma demasiado en serio.

--Y para subir nota -añade el profe-, cada cual podrá hacer un trabajito en el que se resalten los errores -jurídicos, históricos, geográficos, sexuales, ecológicos, dietéticos, éticos, sociológicos, botánicos, étnicos, culturales, psicológicos, lógicos, futbolísticos, semióticos, biológicos, artísticos y tal- y las incorrecciones en euskera que comete el autor en lo muy poco que muestra conocer de nuestro idioma.

--Oye, profe, ¿y entonces los errores también podrán influir en la condena?

--¡Buena pregunta, Gaizka, sí-señor! Si los errores son por ignorancia, sin que haya mala fe, no pasa nada; pero si acaso son intencionados, para dar una imagen nega-tiva o ridiculizar a nuestro pueblo, con el alto concepto en que nos tienen las sociedades más civilizadas, ¡entonces a la hoguera con el reo! El cuento será pasto de las llamas en todas y cada una de sus copias, la Noche de San Juan, que se aproxima.

 

 

 
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