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  Soraya (Haydée García)
 

 

 

Soraya:

Haydée García

Frente al espejo de cuerpo entero Soraya observa su imagen y sonríe. Se siente feliz, plena, dichosa como nunca en su vida. Total contraste con el reflejo de su madre, a su espalda, que no deja de llorar, con la cara hundida en el pañuelo. Soraya la observa conmovida, con una sonrisa tierna y compasiva. Alto, ¿eso es una mancha? Alisa el talle de la falda con repentina inquietud. No, sólo es una sombra. La luz temprana del sol entra a raudales en la habitación, su habitación llena de recuerdos. Ahí está su orla de bachiller, que su padre henchido de orgullo se apresuró a enmarcar, y allá colgado en la pared aquel paisaje nevado que tanto le gustaba ojear de vez en cuando mientras reflexionaba, y su muñeca cowboy, con su viejo pantalón roído, y su tablón de corcho repleto de fotografías. Son buenos recuerdos, muy felices, sí. Bueno, pero son sólo recuerdos, piensa Soraya, y se atusa un mechón rebelde que pugna por salirse del peinado establecido. Mira el reloj, las ocho y media.

-¿Tú lo tienes ya todo listo, mamá?-pregunta sin girarse.

-Sí, hija- contesta la mujer con un hilo de voz.

-¿Y papá, dónde está?

-¿Eh?- su madre ha oído perfectamente la temida pregunta pero así gana un poco de tiempo para pensar qué responder- Ah, pues tu padre, ya sabes, pues está abajo, en el trastero, está...está con sus cosas.

-Ya...- responde Soraya y nota cómo las lágrimas recorren su garganta, rápido hacia arriba, pero en seguida sacude la cabeza molesta, no, nada de lágrimas, es un día feliz, el más importante de su vida. Ojalá su padre la comprendiese, ojalá entrase en la habitación y le diese un fuerte abrazo y le desease suerte. Pobre papá, piensa de repente sin saber muy bien por qué.

- Qué bien me has planchado el traje, mamá. Es bonito ¿verdad?- Soraya observa el nítido blanco de la tela, la caída de la falda, se gira intentando ver la espalda, da pequeños pasos hacia adelante y hacia atrás- ¿A que es bonito?- repite.

Maite, su madre, asiente despacio, los hombros sacudidos por tremendos sollozos mudos. Soraya se vuelve hacia ella, la abraza, maternal, le levanta el rostro con la mano, muy dulcemente, y le seca las lágrimas.

- No llores mamá, ya lo hemos hablado muchas veces –Soraya traga saliva e intenta encontrar las palabras para reconfortarla realmente, para mitigar su angustia- voy a ser muy feliz, de verdad, mamá, es lo que quiero- y le prodiga una enorme sonrisa para confirmarlo.

Maite la mira a los ojos profundamente y tras el velo turbio de las lágrimas vislumbra a su pequeña niña, que viene corriendo hacia ella llorando y sorbiéndose los mocos para que le cure la rodilla… Mamá, me he caído, su niña que le hacía retratos a escondidas con sus colores, y cómo disimulaba ella sabiéndose observada y colocaba el perfil bien recto e inmóvil mientras hacía la comida, para darle tiempo a copiar, y cómo se sorprendía luego cuando la niña le enseñaba orgullosa su obra, y entonces la abrazaba y la llenaba de besos muy ruidosos, ¡y cómo reía su pequeña y le gritaba Mami, que me estrujas!

Soraya, al ver a su madre sonreír apenas, como ausente, se siente dichosa y decide que ya está bien de remirarse en el espejo, que hay que coger las cosas y preparar el coche, que no hay tiempo que perder. Su madre reacciona al verla andar de un lado a otro, tan alta, tan digna toda vestida de blanco, nerviosa y feliz, mientras la niña de sus recuerdos se esfuma lentamente.

A eso de las cinco, Manuel, el padre de Soraya está sentado en su vieja butaca del salón, los codos apoyados en las rodillas, el rostro oculto en las grandes manazas. La espera y la incertidumbre son una tortura. ¿Había hecho bien al no ir? No lo sabe. Sólo sabe que el ir habría sido resignarse, aceptarlo y perder toda esperanza. Sí, la esperanza de que en el ultimísimo momento todo aquello no resultase ser más que un mal sueño. Al oír el ruido de la cerradura se levanta de un salto, corre hacia la puerta y ve a su mujer, con los ojos hinchados de un rojo azulado, los hombros hundidos.

-Ya está – le dice Maite, mirándole fijamente y temblando como una hoja.

Manuel comprende que ese Ya está lo dice todo, que no hay vuelta atrás, que ya está hecho, que la pesadilla se ha hecho realidad. Y en un instante vienen a su mente todas las charlas, todas las situaciones en que intentó hablar con su hija para hacerle entrar en razón, con su pequeña que antes le hacía caso en todo y que ahora quería hacerle entender que era su decisión, pero que los quería muchísimo, que rezaría por ellos constantemente, y él gritaba que no quería sus rezos, y ella lloraba, y otras veces él intentaba comprender que se hiciera monja, de acuerdo, pero que la clausura para qué, qué necesidad tenía de encerrarse al mundo y ella explicaba paciente, las ventajas, la dedicación, razones beatísimas que él no entendía, y lo único que él sabía era que su niña se iba para siempre y que se le resquebrajaba el corazón.

- Ya está- repite Maite, como ida, con la mirada clavada en los ojos de Manuel, suplicando, exigiendo una explicación que él no puede darle- Ya está, ya está -y entonces le fallan las piernas, se derrumba en brazos de su marido y rompe a llorar, y en mitad del llanto lanza un grito terrible de dolor, un grito que es casi animal y que no tiene nada de beatífico.

 

 
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