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  Playa Desierta (Santos Matías)
 

 

 

Playa Desierta

Santos Matías

Transcurrieron dos segundos que a mí se me antojaron otras tantas eternidades entre el acorde final y la irrupción de la jauría humana en mi silencio interior entonando la anhelada cantinela.

Era el primer vitoreado de la tarde, pues el conjunto vocal, del que también formaba parte, había conseguido hacer de las "Canarias dulces islas", algo muy amargo y malsonante. Tan desafinados estuvimos que el "gran amor" que los cinco cantábamos tener en La Coruña había quedado reducido a una noche loca con alguna putilla de cualquier burdel de la c/Papagayo.

No estuvo mucho más afortunado el grupo de teatro guiñol, cuyas marionetas aparecieron torpes, agarrotadas, como si se articularan mediante rígidas barras de hierro.

Era la hora de la verdad y en ella no importaban las dedicadas al ensayo mientras los demás habían estado practicando su deporte favorito; su "actividad preferida". Habíamos sido los elegidos para mostrar a familiares y compañeros de colegio las habilidades del Frente de Juventudes en materia de adolescentes.

No se podía "cumplir"; no sería asumida una actuación aceptable. Todo se regía por un radical maniqueísmo: si la actuación era perfecta habríamos "dejado el pabellón bien alto". De lo contrario necesitaríamos el temple preciso para soportar con gallardía los gestos de desaprobación y amenaza que iban indisolublemente unidos a los gritos de "¡Date el bote, cara dura! ¡Pon, pon, pon, sacúdete! ¡Feo! La tienes de cemento; la tienes de hormigón ¡chimpón, carota!" No otros habían sido los alaridos coléricos y burlones que hasta el momento se habían oído, más bien sentido.

Las huestes joseantonianas, al condenarnos, estaban legitimadas para ponerlo todo, absolutamente todo en tela de juicio: nuestra nobleza de corazón, nuestra lealtad a Franco y hasta nuestra entidad como seres "portadores de valores eternos".

Y ahora… ante la negativa de la tierra a abrir una grieta bajo mis pies, era mi turno inevitable. El nerviosismo y la precipitación entre bastidores eran más fuertes que mi concentración.

¿Porqué me habría yo comprometido a actuar solo? ¡Qué vergüenza! ¡Qué sensación de ridículo! ¡Qué desasosiego interior! A falta de un compañero con quien intercambiar una sonrisa de comprensión, de complicidad, tal vez, hubiera deseado reducirme hasta lo invisible; hubiera retrocedido corriendo alocadamente; fingido una indisposición, que no estaba muy lejos de sentir. Pero no: me había comprometido y debía ser consecuente.

Hacía las veces de salón de actos el comedor, grande y destartalado, mientras el escenario o "palestra", era una de sus mesas, donde, de ordinario, comían doce personas.

Al ascender a ella, acariciando mi cabeza, el jefe de campamento me deseó suerte con voz cavernosa procedente de su amplia caja torácica y de las profundidades de su mal disimulada contrariedad que las intervenciones anteriores le habían producido. Eso fue cuanto tuve en vez de la voz amiga que necesitaba oír.

El presentador, entretanto, un tipo afeminado de voz punzante y atiplada, al que llamaban Sprinter, supongo que fruto de su propia excitación, me desquició el programa al anunciar "Hacia el Tirol" en el lugar donde yo pensaba colocar la melodía de la película "Sueños de circo".

Me auguraba un brillante porvenir en la música, pues en mí (siempre según él, en esos momentos en que la persona deja de serlo para convertirse en un presentador, nada fiable, en consecuencia), concurrían todas y cada una de las cualidades que adornaban a tres ex compañeros mitificados a imagen y semejanza de como se hacía en el país con las figuras estelares adictas al régimen.

No puedo, no sé transmitir aquí la cantidad de pensamientos y sensaciones que pasaron por mí durante los cinco o diez segundos que permanecí allí arriba sin tocar. Una frágil estatuilla de barro colocada sobre una inmensa peana para que una multitud hiciera sobre ella "tiro al blanco"; un árbol solitario en medio de una gran llanura durante horas de tormenta; un torero en el centro del redondel cuando llega "el momento de la suerte suprema" o hallarme ante una mole compacta que, en el momento más inesperado, pudiera desplomarse sobre mí.

El sofocante calor y el expectante silencio que envolvió mi presencia en escena se podían cortar.

A través de las amplias vidrieras llegaba hasta mí un haz de rayos solares, cuyo ardor compartía mi daño con el pinchazo de numerosas miradas concentradas sobre mí.

Con la boca absolutamente seca. En crispado gesto de rabia y pundonor extraje la armónica de su estuche, la acaricié levemente y me dispuse a desflorar aquel hipnótico silencio con la sucesión de hilos de plata forrados de terciopelo que son los delicados sonidos de una armónica, sin olvidar ni un instante que me hallaba ante un público más dispuesto a condenar que a ser deleitado.

El "ioder" de las cinco variaciones, los rápidos arpegios y los tresillos en floritura, según me dijeron más tarde, habían quedado dignos de ser grabados. Yo… no los oí.

Sí escuché, sin embargo, en un tono altísimo, reflejo del entusiasmo:

"¡Bien por el chico, bien. Bien, bien, bien. Bien, bien!"...

Había conseguido romper hostilidades y sofocar guasitas.

No me atreví a tocar las otras dos piezas programadas por ser su grado de dificultad sensiblemente inferior al de la ya interpretada. Estaba tocado mi amor propio y también por el ajeno, pues, como remota posibilidad, me convenía creer que se hallaba entre los espectadores una personita de quince años que a mí me interesaba de una manera muy especial.

Decidí, pues, sobre la marcha cambiar el programa, improvisando un poutpurry de muiñeiras y terminar con "Bajo los puentes del Sena".

Fue en esta última melodía donde, recreándome, empecé a oír la armónica, a ser consciente de lo que hacía. Sus cromatismos descendentes me sugerían lejanos lamentos que no parecían proceder de mí.

Ahora veía la compacta mole como una porosa masa de espuma, sobre la cual era yo quien podía caer diluyéndome en ella al deformarla.

Continuaba sudando intensamente, pero mi alma se refrescaba con los balsámicos gritos lanzados por más de 400 gargantas: "¡Alborada, alborada!...

Sin una sonrisa, sin el menor gesto de gratitud, creo que más por mí que por ellos, hice, fuera de programa, la "Alborada", de Veiga, pieza talismán con que me diera a conocer en el primer "fuego de campamento".

Ya fuera de la sala seguían oyéndose a lo lejos las aclamaciones de "¡Bien por el chico, bien!" mezcladas a aplausos y felicitaciones de un nutrido grupo de desconocidos empeñados en no dejar llegar hasta mí ni el apetecido botijo de agua fresca ni posibilidad de aspirar un poco de aire puro, aunque fuese caliente.

Realmente yo no perseguía el triunfo, sino la paz, la tranquilidad, cosas ambas que relacionaba con la playa, esa playa que me es tan familiar y tan desconcertante; que quiero tanto y comprendo tan poco.

Debía tratarse de un presentimiento, ya que, de la forma más inopinada y llenándolo todo de tal manera que resultaba imposible prestar atención a nadie más, llegaste tú. Besando mi mejilla izquierda y rescatando mi mano derecha suavemente de los apretones maquinales, susurraste a mi oído:

- Eu non sabía que o feixeras tan ben, ratiño".

- ¿Gustouche? -te pregunté:

- Gustóu" -me contestaste- y, no sé cómo, ignorábamos los dos el resto de la velada con toda la playa para nosotros solos.

Hacía algún tiempo que trataba inútilmente de llamar tu atención. Nunca hasta ese día te habías dignado a hablar seriamente conmigo. Ahora sí. Me escuchabas y hablabas. Hablabas sin esa estúpida risa, parapeto de una sensibilidad que, tú sabrás por qué, te empeñas en ocultar. Hablabas con espontaneidad, sin temores, como si, de súbito, me hubieras comprendido. Por mi parte., convencido de que por fin se había roto el hielo entre nosotros, también me confié a la amiga. Y era el mar el objeto de nuestro apasionado coloquio: sus variaciones de ánimo, la influencia que la luna ejerce sobre él, las muchas vidas que se cobra en tu tierra de Cangas y sus furias nocturnas que, a través de la ventana de mi barracón alteran mis sueños y perturban mis insomnios haciendo llegar hasta mi cerebro el eco de desgarradores lamentos y horribles estertores.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo al contestarme que a ti también te ocurría y que alguna vez llegaste a pensar si no se trataría del alma a la deriva de algún náufrago.

Como buena gallega parecías muy interesada en los fenómenos paranormales. Y,

Con auténtica fruición, me preguntaste si creía en la "santa compaña". No pareciéndome adecuado el cariz que tomaba nuestra primera conversación, en una abierta sonrisa te respondí que como no iba a creer en ella, si la tenía a mi lado.

Después de decirme que estaba "parvo" se hizo un silencio casi desafiante que daba al mar la inequívoca oportunidad de transmitir cualquier mensaje que pudiera tener escondido para nosotros y los dos clavamos nuestras miradas en esa lejana línea en que el mar y el cielo funden sus grandezas.

Era la primera vez que experimentaba esa placentera sensación producida por la proximidad de una presencia femenina. Algo muy distinto a todo lo vivido hasta entonces. Era tu fragancia, tus irradiaciones, tu piel, tu calor, tu sutileza, cuya sombra etérea se proyectaba nítidamente sobre mi mundo de sensaciones.

Así es como entendí la ternura de las enfermeras, la abnegación de las madres, las atribuciones de las musas.

En estas cavilaciones perdí la noción del tiempo y, con ella, pienso que algunas otras nociones. Me sentía tan cerca del cielo que habría aceptado gustoso el papel del mar y, envidiando el eterno beso que ambas inmensidades se dan en el horizonte, me habría conformado con un relámpago a cambio de una ola.

Con mi mano derecha dibujaba torpemente vagas formas sobre la arena, mientras por la otra penetraba en mí cuanto era capaz de extraer de tu cabello, cuya seda acariciaba con la misma suavidad que si hubiera de deshacerse entre mis dedos.

Después volviste a ser la misma niña de siempre, a pesar de tener dos años más que yo y, levantándote como una ráfaga de viento, me propusiste un juego con unos bichos de aspecto viscoso y repugnante que tú denominabas "tinteiros".

Por fin, nuestras manos rebozadas en arena y tinta, se unieron estrechamente y tú me preguntaste si "tenía morriña do meu terruño".

Efectivamente, yo seguía como extasiado el descenso del sol sobre el grupo de nubes blancas que, cabalgando a lomos de las olas, se aprestaban a velar el patriarcal descanso del rey de la vida. Gráciles, juguetonas, prodigando al observador las más variadas formas y conjugando su transparencia con la limpidez de las aguas, aquellas figurillas de algodón que flotaban entre el aire y el mar a merced de una leve brisa, imperceptiblemente iban arrancando al sol sus canas empujándole hasta más allá del horizonte.

Me preguntaba si este mismo sol habría apagado ya su luz en los trigales de mi Castilla y si alguien de allá, conociéndome o ignorándome, pero unido a mí en el tiempo, estaría sumido igualmente en la contemplación de tan sublime espectáculo.

Te dije que sí: que añoraba aquellos campos, aquellas arboledas, aquel silencio capaz de ablandar el corazón de la distancia, aqellas austeras llanuras, en cuyo aire diáfano, impregnado de nostalgias, se proyectan sombras de ausencia.

Una brisa repentina y fresca me volvió a la realidad. No era aquélla que hacía murmurar a los árboles con sonidos de tenue cascada o susurrar a las espigas sus oraciones vespertinas. Ésta era como más femenina, más irregular… era racheada. A su paso dejaba una perfumada estela de sal y algas. La mía era seca y recatada, mientras que ésta me parecía dulce y voluble. Sin ningún sentido de la medida jugaba con el mar hasta producirle una manifiesta irritación. Lo despeinaba haciendo de su lisa cabellera maravillosas crestas de espuma, emprendiendo después veloz carrera y refugiándose detrás de nosotros sin atender a los bramidos emitidos por el coloso que., torpemente, iniciaba una persecución imposible adentrándose en la arena. Tampoco lograba su propósito de compartir la paz del atardecer por la vía del obsequio, extrayendo de su seno, generosa e infatigablemente, conchas y piedrecitas de toda especie que depositaba en la orilla sin conseguir, no obstante, que la caprichosa brisa cejara en sus veleidades.

Inesperadamente, recordando a los recios campesinos castellanos, que por la posición del sol conocen sus deberes de cada momento, dijiste de manera que no admitía réplica:

- ¡Imos, neno! S’está moi ben eiquí, pero ti xa estás na túa casa; eu teño de colle-lo autocar!

- ¡Quen o poidera coller xunto a ti!-fue mi respuesta.

Y, acariciando mi cabello, en un gesto que se me antojó maternal, desandamos los cien metros que separan la playa del campamento.

Cuando ya se empezaban a oír las voces de los compañeros, haciendo un tremendo esfuerzo sobre mí mismo, musité a tu oído:

- Ainda que un día esteas moi lonxe de mín, non che olvidarei.

Agora si que creo que a felicidade é posible.

Demasiado tarde: ya habías dejado de ser la de la playa. Eras nuevamente la niña traviesa, desenfadada, bromista… la inabordable cuando se trataba de hablar en serio.

*****

Aquella noche no rugió el mar más ni menos furibundo que las otras, pero a mi no me asustó. Deseaba que ojalá no bajara la marea, esa marea que había visto subir a tu lado.

Al día siguiente cogí una de aquellas conchitas que la brisa había despreciado y la conservé durante mucho tiempo. Exactamente, hasta que un día, allá por 1968, me di cuenta de que no precisaba ningún recuerdo material pues, aunque no piense en ella, desde aquella tarde tan cargada de emociones, vivo los crepúsculos como el momento del día en que tengo más clara conciencia de lo difícil que es vivir.

Estoy seguro de que algún día la vida, sin saber por qué, volverá a situarme caprichosamente en una playa atlántica y allí, mirando hacia poniente, podrá deshacerse el sortilegio. Tal vez ese día la brisa marina quiera recuperarme para aquel pasado y me traiga, desde Dios sabe dónde, la fascinante voz, el dulce y cantarín acento o una nueva pincelada de la imagen de Finita, ya casi desdibujada por el paso del tiempo, aunque su recuerdo siempre tendrá el calor de mi alma, mientras en ella quede un mortecino rescoldo.

 

 

 

 
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