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  Fin de Año (Angelines Sánchez, Picolisto)
 

 

 

Fin de Año

Angelines Sánchez (Picolisto)

Me alertó del suceso una llamada que recibí el 31 de diciembre de ese año capicúa. Voy por partes.

Siempre me han gustado mucho los pueblos pequeños y con poca gente, no para vivir, sí para pasar una temporada; unos días. A mi mujer también le apetecía la idea de escapar a algún sitio lejos de la urbe. Vivíamos en Bilbao y pensamos en comprar alguna cosa en otro lugar.

No nos quedaba mal la provincia de Burgos y nos dedicamos a buscar casa por allá. Muchos pueblos vacíos, ¡qué pena!, casas abandonadas, otras en ruinas, ¡qué desolación! Nos gustaba alguna y no teníamos a nadie a quien preguntar. Y si nos tropezábamos con alguien, su respuesta era:

No sé, no sé, hace mucho que nadie aparece por aquí...

Pero no desistimos. Los sábados, bien temprano, a buscar. Un día que en Bilbao amaneció lloviendo, como tantos días, nos dirigimos hacia Isar, un pueblecito chico de Burgos, del que le habían hablado a mi mujer, como que allí había posibilidades de encontrar lo que buscábamos; y cayó una nevada... formidable. Nos tuvimos que quedar a dormir en el refugio. Nuestro hijo estaba encantado, era la primera vez que veía nieve en abundancia. Hasta el miércoles allí estuvimos. No nos amedrentó esto para nada, al revés, seguimos en la idea con mayor afán.

Y preguntando, preguntando dimos en Hormaza, con una casa muy pequeña; no tenía más de cuatro metros de fachada por seis de fondo, pero nos gustó, parecía de cuento. En la fachada, hecho en bajo relieve había una frase del poema del Mio Cid, tal vez como homenaje al paisano de Vivar, que decía:

"Apriessa cantan los gallos e quieren quebrar albores".

La frase me pareció un acierto y la casa, os lo digo en serio, estaba encantada.

Mi hijo, Pablo, que comenzaba a leer, comentó acerca de la frase:

"Papá, lo que han escrito en la pared está mal, ni tú ni mamá os habéis dado cuenta. Yo sí".

La casa era casi todo patio, dos veces más grande que la vivienda. Enseguida vi un techado para guarecer el coche y las bicis. Detrás un jardín pequeño que acababa en ángulo; se accedía por los laterales del patio, con un par de olmos majestuosos, ¡qué de libros me iba a leer a su sombra! En el patio, una sorpresa: dos elevaciones de cristal, como grandes peceras, que daban luz y ventilación a un sótano que se extendía por debajo de toda la casa y del mismo patio. En él mi mujer instaló su taller de cerámica, Pablo el suyo de carpintería y yo una modesta bodega. Desde que el verano anterior, Pablo estuvo en un campamento donde montaron un taller de carpintería, en el que los chavales se hicieron su tablero de ajedrez con sus piezas incluso, madera oscura para las negras, madera clara para las blancas, mi hijo no pensaba más que en tener su banco de carpintero. Ya veía su fuerte, su diligencia, ya veía... damas y tableros de ajedrez para regalar a toda la familia.

El primer vino que ocupó mi bodega fue un Txakoli de Bakio. Por lo demás hicimos mínimas reformas.

Se entraba directamente a un salón-cocina. Una puerta cerraba un minúsculo repartidor que presentaba la puerta del baño y el acceso a la escalera para subir a los dormitorios. En la primera planta el nuestro, y en la planta de más arriba, el de Pablo, abuhardillado. Tanto en nuestro dormitorio como en el de la bohardilla había baño. Pablo, cuando aprendió como se llamaban los triángulos según sus lados, decía:

"Es un triángulo isósceles perfecto".

El techo de pizarra a dos aguas y todo el exterior enfoscado en blanco.

Nos gustaba mucho ir allí. Si nevaba, que nevaba muchísimo, no pasaba nada. Compramos un par de congeladores, hicimos un chiscón para leña y carbón y, por supuesto, no nos faltaban los esquís para hacer travesía. Sí. En serio, como en Noruega.

Cuando hacía bueno nos íbamos en bici a otros pueblos y Pablo podía dar vueltas a la casa con su patinete, hasta agotarse, hasta volverse tarumba, que es como decían en mi infancia cuando uno daba muchas vueltas, "¡que te vas a volver tarumba!"

Qué inviernos tan apacibles hemos pasado en Hormaza. Le pusimos de nombre a la casa Doña Jimena; no era muy original pero sí muy propio. Al anochecer, nos sentábamos con la cena delante de la chimenea. Yo no me cansaba de mirar las llamas: sus tonalidades, sus formas tan libres, su juego alegre. Dejaba vagar mis pensamientos y me iba a planetas donde un príncipe nos recibía risueño junto a un cordero y una flor. ¡Ay! Qué bello era todo. Inventamos un juego que consistía en que, uno, siempre por turno, inventaba un cuento y los otros dos le tenían que poner el final.

Muchas noches nos quedábamos a dormir a pie de chimenea; extendíamos el futón en el suelo, y dentro de los sacos a dormir calentitos los tres.

En verano, en las noches de luna llena, me parecía que veía sus rocas y sus cráteres. Aprendí a observar las estrellas, a llamarlas por su nombre y también a distinguir a los pájaros por sus gorjeos. Por el día disfrutaba con un montón de cosas, al margen de los paseos y la lectura, jugaba al dominó con quien hubiera, al ajedrez con Pablo, Tantas cosas aprendí, tantas aprendimos.

Pues hete aquí que el día 31 de diciembre de ese año que ya he dicho, por la tarde, recibí una llamada en el móvil que, la verdad no me extrañó, me llamaba de Hormaza alguien que me deseaba salida feliz de ese bisiesto capicúa y buena entrada en el 2003: -Hola.

(...)

¡Hombre, señor alcalde! ¡Feliz año nuevo!

(...)

Gracias.

(...)

¿Tengo en mi casa un problema?

(...)

¡No me diga! ¡Dios mío! En cuanto pueda iré, ahora es mala época, como le dé por nevar..., ¡Gracias!

No pude ir a Hormaza hasta primeros de febrero.

Nada más entrar al patio ya se oía el ruido:

¡UuuuuuUUUuuuuuuuuuuuUuuU....!

Serían las once de la mañana, el día luminoso, frío pero radiante; pues dentro del patio parecía que el día estaba nublado. Una nube de abejas, pero una nube grande de abejas, ¡grande, grande!ocultaba el sol, y eso no era nada para lo que iba a venir. ¡Dios mío, Dios mío! Rápido, sin que se apoderara de mí el pánico, llamé a un primo bombero, que vivía a pocos kilómetros para que viniera a echarme una mano.

Al entrar al patio puso una cara de susto. ¡que yo nunca le había visto! empezó a mirar de aquí para allá tratando de descubrir el panal. Menos mal que uno de los vecinos de Hormaza, viendo el desconcierto de mi primo me dijo:

--Disculpe usted Julio, en Isar, aquí al lado, vive un apicultor; vaya a buscarle, él sabe.

Efectivamente. ¡Qué acierto! Un hombre de más de 70 años. Pelo blanco, muy blanco y mucho. La cara con arrugas de pasar por ella mucho sol y frío. Sus manos muy blancas; arrugadas con grandes venas azules: senderos en un páramo nevado. Sus ojos, del color de la miel, mimetizados de tanto mirarla, transmitían fuerza y al mismo tiempo serenidad; todo él reflejaba sobriedad, incluso su ropa tosca encajaba armoniosa. Yo no pestañeaba; no sé como no se me metió una abeja en la boca porque la tenía abierta como la de un tonto. Qué firmeza en su ademán, qué paz en su sonrisa, qué mirada tan sabia.

Tardó dos minutos en descubrir dónde estaba el panal. Primero escuchó muy concentrado, luego levantó la mirada, entornó los ojos y señalando el sitio con su vara, dijo:

--Allí.

Mi primo, que pretendía levantar el tejado, estaba atónito y todos los demás, o sea, el pueblo entero que se había congregado en la puerta.

El resto fue igual de fácil. Llevó a cabo una estratagema para conseguir que entrara la reina en un panal muy grande que llevó él, y a las abejas que por allí pululaban las adormeció con humo para que no nos agredieran, aun así nos picaron. El último paso se realizó a la caída de la tarde, cuando todas las obreras regresan de su jornada laboral.

Es algo inimaginable, de película de terror, de verdad, de verdad. ¡Miles, miles de abejas llegaron!, pero que no exagero ni un tanto. Eran miles, ¡miles, miles! Y al son de su zumbido en mi cabeza surgió, como un mantra, la estrofa del poema de Machado:

"Anoche, mientras dormía,

soñé, ¡bendita ilusión!,

que una colmena. colmeeenaaaa colllmenaaa. colmenaaa.

--¡Tranquilos! -dijo el apicultor-, no os atacarán, irán entrando en el panal todas, poco a poco porque está la reina.

Así fue.

¡Todas, todas!

Los que teníamos cámara en el teléfono lo filmamos. Digno de ver y asombroso. Como despedida algún picotazo sí nos dieron.

Qué maestría, qué eficacia la de aquel hombre. Y mi primo, a apagar fuegos. Sólo un apicultor es buen estratega en territorio de abejas.

Con admiración me acerqué deseando darle un abrazo, quería sentir su contacto pero, le alargué la mano torpemente; él me la tomó con fuerza y me abrazó con su sonrisa, sí, ella me envolvió y sus ojos me mostraron un mensaje de: "Soy igual que el flautista aquel pero con las abejas".

Y el pueblo entero le dio un aplauso ímuy grande!

 

 

 

 
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