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  Murita Bunita (Fermín J. Tamayo Pozueta)
 

 

 

MURITA BUNITA

Fermín J. Tamayo Pozueta

 

¿Cómo había llegado a la Península? Acaso ella pudiera respondéroslo; pero como quizá le resultase doloroso aventar ese recuerdo, para el caso tampoco lo sabría. Pero, por vida de, ¿quién era ella? Tampoco lo sabemos de seguro en cuanto al nombre propio y personal: cada cual la llamaba a su manera, y ella atendía igual por cualquier nombre con que se la apelara: con que se refiriesen a la chica, ya podía llamárserla Alfa, Omega, Titi, Leila, Aisha, Fátima o Marién, que la joven se daba por nombrada con su blanca sonrisa de ojos negros, cual vástago de tronco nazarí.

No estaban aún de moda las pateras -balsas semisuicidas en las que magrebíes y otras africanías desafían la hostilidad del charco afroeuropeo, para, de esotra parte en la ribera, ganar al fin la tierra promisoria, objeto de un negocio bien montado por mafias, bien de hispánica progenie, o bien de sus mauricios coterraños- cuando arribó al ibérico solar por la columna hercúlea de Calpe, portando, entre su exigua impedimenta, un niño de ocho meses a la espalda.

¿Cuál era su lugar de procedencia? Tampoco se conoce a ciencia cierta, no siendo que era oriunda de la franja nórdica del actual reino alauita, del ex protectorado de Marruecos que España tuvo otrora noramala. ¿Quién era el padre de la criaturita que llevaba en sus brazos, cuando le daba el pecho, o a la espalda cuando la transportaba simplemente? ¡Ya vale, ¿no?, de tanta preguntita! Sabéis que no sabemos responderla, ¡y hala, venga otra más; valientes sádicos! Podríais preguntárselo a la madre, a ver si ella lo sabe, y si lo sabe, a ver si está dispuesta a respondéroslo. Lo cierto es que la mora llegó a España sin compañía alguna de marido, novio, andoba, rufián, maromo o chulo. Dicen que ella contó en algún momento, no por el dulce don de la ebriedad -cataba apenas gota a consecuencia del precepto mahomético severo-, que el rorro era cosecha de simiente legítima plantada en su regazo por un consorte que la maltrataba a instancias de su esposa principal, mordida por los celos de hembra estéril; ella había escapado del infierno y cotidiano potro de tortura por obra de un milagro del Profeta. Ésa era, al parecer, la confidencia sobre el particular que hizo la mora a cierta señorona a quien sirviera al cabo de unos años de su arribo a la meseta carpetovetónica, cuando servía a damas respetables y antes, pues, de servir a caballeros, que pagaban mejor y a tocateja.

Al cabo de unos tumbos errabundos en afanosa busca de laboro, la habían colocado en un chalet de la Ciudad Lineal de los Madriles en calidad de chacha para todo (excepto la sonrisa vertical). Eran sus dueños, majos y honorables, una pareja estable de ambos sexos, no amancebada por la Madre Iglesia, sino por libre, puesto que una y otro estaban ya casados previemente con su álter respectivo cada cual, y ninguno pensaba divorciarse, porque era más rentable como estaban y por otros motivos subalternos, entre ellos, porque el amo era cofrade del beato Josemari el Escribano, más papista que el pontífice polaco. Los señores brindaban a la criada cobertura legal y protección de las autoridades españolas, dado que la hacendosa musulmana aún no tenía en regla sus papeles. Nada le faltaría en su compaña -salvo la pajolera libertad, que maldita la falta que le hacía-, a cambio de lo cual les guardaría fidelidad eterna y absoluta, tanto en lo personal como cumpliendo con celo sus domésticas labores.

En aquella morada, la moraima no era objeto de acoso ni de abuso en lo tocante al sexo mandamiento, por parte del señor o la señora. De haber un señorito calavera, sería más probable que así fuese; mas la pareja no tenía vástagos comunes ni intención de concebirlos: eso sería ya piedra de escándalo para la cofradía del señor, y también supondría condenar a la estigmática ilegitimidad al inocente fruto adulterino. No hubo acoso ni abuso, de otra parte, debido a que el señor era muy bueno, al decir de la chacha laboriosa, y tenía bastante con cumplir con su actual, rozagante compañera, que al no ser su legítima consorte, no le iba a consentir ni un devaneo.

Los señores, como eran tan humanos, la ayudaron a desembarazarse del pequeño, de poco más de un año, que daba mucha guerra, era absorbente y, de tenerlo en casa, a buen seguro, no iba a dejar dormir ninguna noche. Le hallaron un buen centro de acogida, con derecho a ir a verlo la mamá de 15 en 15 días, que era cuando salía de permiso. Así garantizaba la mucama que abandonaba el respetable hogar para asistir a un sitio muy decente y ejercer su labor humanitaria, en vez de ir a lugares peligrosos, donde la joven mora, de buen ver, podía ser objeto de codicia para tanto moscón desaprensivo como pulula por el ancho mundo.

Un domingo de abril -¿o era de mayo?-, las monjitas del centro de acogida llamaron a capítulo a la mora -humeante chocolate y picatostes con vaso de agua fría y, si quería, un poquito de anís Marie Brizard, que el Profeta sabría perdonárselo-, para decirle que había un matrimonio, rico, joven, de muy buena familia, que estaba interesado por su niño, tanto porque el pequeño les gustaba como porque el Señor omnipotente, en su bondad y su misericordia, no les había dado el suyo propio. Eso era a condición de que la madre renunciara delante de notario tanto a ejercer la matria potestad como a volver a ver a su retoño y a conocer de vista tan siquiera a los futuros padres putativos. Y como esa renuncia, si la hacía, sería dolorosa para ella, como madre amantísima que era, tendría su cabal compensación para que así la pena, con parné, fuese más soportable y llevadera. Y esa compensación en monetario, el rico matrimonio se la haría con generosa longanimidad.

¿Ella creía en Dios? Yo sí, señora. Nada de "sí-señora", ¿comprendía? "Sí -madre", en todo caso. ¿Pero creía en Dios, el verdadero, o en ese dios infiel que ellos tenían? La mora, sonrojada, se esforzaba por salir del apuro airosamente. Creo en el ser que ustedes llaman Dios y nosotros Alah, pero es el mismo. La superiora le iba a preguntar si estaba o no dispuesta a bautizarse; pero no era el momento, y fuese al grano. Pues bien; ¿veía, hijita, que el Señor le presentaba la óptima ocasión para rehacer su vida y, de ese modo, vivir mucho mejor que hasta la fecha? Vivía ella en precario, sin papeles; ni siquiera podía demostrar que al que ella visitaba fuese su hijo; pero ni ellas ni el rico matrimonio se iban a aprovechar de su penuria; antes bien, tratarían de ayudarla. ¿Quién sabía si, en pago a su renuncia en procura del bien para su niño, el Señor de los cielos la premiaba poniendo en su camino a un hombre bueno, que la hiciera dichosa con su amor, de cuya unión naciese otra criatura, o las que Dios tuviese a bien enviarle, lo que no era pensable ni soñado si continuaba en esa situación? Que lo pensara bien, tranquilamente, y la próxima vez que allá volviera, les diera libremente su respuesta.

La morilla saldría emocionada del centro de acogida, como si un horizonte promisorio, venturoso y cuajado de aventuras, se abriese en su camino peregrino. Llegó a hacer lo que nunca hasta ese día: entró en un bar, donde pidió un refresco. Una vez iniciada en el pecado de la bebida etílica prohibida, a gusto se tomara otra copita del anís que las monjas le ofrecieran y que estaba tan rico; pero no se atrevía al no saber ni cómo se llamaba ese licor, que si bien lo ponía en la botella, ella sabía leer a duras penas, pues como eran tan buenos sus señores, la habían procurado mantener en docta y salutífera ignorancia. Nada contó a los amos del asunto; porque aunque eran tan buenos, tan atentos, su instinto femenino le dictaba que debía sellar sus lindos labios, rojos aun sin carmín u otro potingue. Aquellas dos semanas que mediaban hasta dar su respuesta, las pasó sumida en una bruma laboriosa: cumplía las domésticas tareas con un automatismo infatigable; a veces sorprendíase cantando alguna copla que jamás pensara que pudiese entonar, aprendida a través de Radio Olé, la emisora que oía en el lorito que en su trajín le hacía compañía.

¿Aceptó la morilla el cambalache? ¡Qué vacilación quepe! -que diría cierto Espasa de labia sainetesca-. Para evitar un drama culebrónico, que perjudicaría a entrambas partes, aconsejaron a la joven madre que no se despidiese del chiquillo; ella lo dio por bueno y accedió aparentando hacerlo de buen grado, tragándose el torrente lacrimoso, porque la procesión iba por dentro. Salió del sitio aquel como sonámbula, como si una abortiva intervención le hubiese disecado las entrañas. Pocos días después, la convocaron para comparecer ante notario por lo de la renuncia consabida. En representación del matrimonio adoptante acudía su abogado, el cual depositó en la notaría y en manos de la madre renunciante un talón (no pedestre) por importe de una crecida suma monetaria que ella jamás soñara con poseer. Y como el abogado era un señor amable, atento y todo un caballero, la llevó a una oficina de la Caja de Ahorros y Desmonte de Piedad, ubicada en un barrio popular con olor a pescado y a fritanga, porque la mora no se amilanase si era de entrar allí a sacar manteca.

Para arreglar lo de la notaría, como no era en un día que librase, pensó pedir permiso a los señores pretextando que el niño estaba enfermo, o bien que lo operaban de un oído; o que iba a ver a algún pariente próximo, llegado hacía poco a la península. Pero luego se lo pensó mejor: ¿para qué iba a enredarse con mentiras, en que la pillarían fácilmente, y ella se moriría de vergüenza? Sisaría del tiempo que le daban algunos días para hacer la compra. Así, en efecto, lo hizo, y salió bien.

El abogado diole su tarjeta por si necesitaba cualquier cosa, pues él quedaba a su disposición. ¿Cuántos años tenía? Veintialgunos, pero no lo sabía exactamente. ¡Ah, era muy jovencita todavía, y con toda una vida por delante! Ya hablaría con ella más despacio: la había de orientar en su futuro. Sus señores la estaban explotando y la tenían secuestrada en casa. Debía abandonar aquella vida, pero no por las bravas, a lo loco, sin tener antes una alternativa. Por ahora, que pidiera a sus señores salir al menos todos los domingos so pretexto de visitar al niño, que la quería ver más a menudo. Y aunque a regañadientes de sus amos -pues no era pedagógico que al chico lo acostumbrase bien en demasía: así él le iba a pedir cada vez más y la chantajearía con descaro-, la joven marroquina consiguió librar cada domingo (u otro día si un domingo venían invitados y sus señores la necesitaban para cumplimentarlos comm'il faut).

La libertad tenía sus problemas. Al no estar de por medio las visitas, las horas le sobraban a porrillo y había que pensar cómo llenarlas. Y eso que sus salidas no eran antes de las 3 ó las 4 de la tarde, después de haber comido los señores, si lo hacían en casa (y ella misma). Suerte que, al estrenar su libertad, el tiempo era benigno y apacible, pues el verano estaba ya cercano, y en pasear por el parque del Retiro se merendaba el tiempo tan a gusto, y rara vez faltaba por allí, sentada en duro banco, alguna anciana que diera de comer a las ardillas, con quien pegaba la hebra por las buenas, sin que importase allí quién era quién, porque se conformaban una y otra con entablar un diálogo espontáneo, como entonando un dúo concertante en que lo musical es lo que cuenta, en tanto que el libreto es accesorio. La mora declaraba ser ceutí, cuya españolidad se evidenciaba por lo bien que parlaba el celtibérico, con un acento propio de esas tierras. Vivía con sus padres en Madrid y trabajaba en uno u otro oficio, según a quién contara sus patrañas; a su novio teníalo en la mili, y se iban a casar cuando cumpliese. Una de las nostálgicas señoras, dama de posición venida a menos, que memoraba sus felices días de medio siglo atrás con añoranza, la invitó a visitarla en su morada, ubicada al final de Claudio Coello, cualquier tarde que le viniese bien, previo telefonazo por si acaso, y la presentaría a sus hermanos, hombre y mujer, un par de carcamales aproximadamente de su edad: charlarían los cuatro mano a mano, y si acaso también, si coincidía, con un sobrino suyo muy simpático, y tomarían juntos la merienda; ¿qué era lo que a ella más le apetecía?

Y recaló un domingo en Santa Gema, donde observó que entraba un personal de ambos sexos y todas las edades; y allá que se metió tan ricamente, porque se entraba sin sacar billete. No conocía a nadie, y sin embargo, no se sentía extraña y, menos, sola en medio de esas gentes tan normales que como si tal cosa la miraban, o acaso ni siquiera la mirasen, pero la acompañaban en silencio. No entendía a las claras qué era aquello. Podía ser un acto religioso, porque había un señor junto a una mesa, ataviado con ropas especiales, que aparte que moldeaba sus palabras, gesticulaba muy ceremonioso; pero, por otra parte, aquel ambiente era tan familiar, tan relajante que parecía una simple reunión, con canciones y todo que entonaban quienes se las sabían de memoria. Y la habían dejado entrar a ella sin preguntarle nada. ¡Qué diferencia con cualquier mezquita; y qué gusto también poder entrar por acá y por allá sin velo alguno! ¿Era eso la llamada libertad? ¿Era eso la llamada democracia? Entonces recordaba las palabras que le había soltado el abogado sobre la explotación de que era objeto. Y como la morilla no era lerda (podía cavilar por cuenta propia, y más con las tertulias radiofónicas que escuchaba en las horas solitarias de su ajetreo diario en el chalet), cayó en la cuenta de que sus señores no eran tan buenos como parecían, y que quizá no hiciese mal del todo si ella se procuraba otro acomodo, claro que sin quemar jamás las naves, como le había dicho el abogado.

Hora es de que se diga que este pollo se había encaprichado de la mora: le había despertado la libido aquella joven madre desvalida, con su mirar de lúbrica inocencia, tanto tiempo en barbecho el berberecho (la sórdida metáfora -¡que conste!- era obra del rijoso leguleyo). Lo que hizo el señorito fue seguirla y averiguar con toda la paciencia del mundo, cuáles eran sus costumbres en las horas de asueto dominguero. Una soleada tarde, la vio entrar en una discoteca, y eso al mozo, que apenas rebasaba la treintena, le encalabrinó en plan afrodisiaco. Entró detrás y púsose a observarla. Estaba en un rincón algo cohibida. La abordaría haciéndose de nuevas, como un desconocido que se fija en una piba por primera vez. Él iba entonces casi disfrazado con respecto a los días de trabajo: vaqueros, zapatillas deportivas, camisa de colores para afuera, brazalete, pendiente en la nariz; y por si fuese poco, una peluca que simulaba hirsuta pelambrera, reemplazando su rala cabellera, que le daba un aspecto, al natural, de persona madura y respetable, a tono con su grave profesión.

Audentes fortuna iuvat lo han dicho tropecientos calamógrafos y lo pensó también el ligoleyo-. Invitóla a bailar; ¿le apetecía? Nunca había bailado; lo sentía. ¿Qué iba a tomar entonces? Un refresco. ¿Y un poquito de alcohol? No lo cataba. ¿Y un refresco de qué? De lo que fuese. Le trajo un ginetónico con hielo, bien cargado de etílico junípero, que a la neófita hurí le supo a gloria. No podemos decir de qué charlaron, o si charlaron de algo, o no lo hicieron; porque con tanto ruido en el local, ¿quién podía escuchar lo que se hablase? Pero aquel estruendoso chumba-chumba no impidió a nadie ver a entrambos jóvenes salir amartelados del tugurio, enlazados los dos por la cintura: la mora, arreboladas las mejillas; él, mirando su boca, codicioso, presto a sellar en ella con sus labios el ósculo mayúsculo del vicio. Ella se tambaleaba y se dejaba conducir con primor por el andoba, quien obsequiosamente, hacía poco, le había dado la segunda dosis de la pócima etílico-junípera, cargada tanto o más que la primera. ¿Se sentía mejor al aire libre? Por supuesto que sí, porque allá dentro apenas se podía respirar; por eso estaba un poco no-sé-cómo, un poquito mareada mejormente; nunca había sentido cosa igual -decía la gachí como excusándose, ya que no sospechaba que su estado fuera efecto bioquímico del líquido prohibido en su Corán por el Profeta.

Tras de pasear el tiempo prudencial para templar las carnes de la joven, ¿deseaba ir a otro sitio a tomar algo? Ella, no, por favor, muy agradecida, pero tenía que volver a casa sobre las diez o así. ¿Cómo tan pronto?; ¡eso ya ni las niñas quinceañeras! Es que una tía suya estaba enferma -mintió la joven lo mejor que supo, pues su mollera continuaba lúcida pese al trastabilleo de los remos- y a las diez se marchaba la enfermera. Esa mentirijilla, o pia fraus, le sentó bien al mozo, quien, sabiendo al dedillo la vida de la piba y, por tanto, también que ella mentía, se creyó en el derecho de engañarla sin escrúpulos (si antes tuvo alguno). ¿Quería conocer su apartamento, porque aún tenían tiempo de ir allí, tomar algo y oír música un rato? No, mejor otro día y más despacio -respondió la morilla pudibunda, entre la reticencia y la promesa-. ¿Quería entonces que él la acompañara a su queli llevándola en su bólido? Pero no hasta la puerta, que le daba un poquitín de lacha que la viesen; era una tontería, lo sabía, pero no lo podía remediar. Su familia era un poco ya-me-entiendes y la acribillarían a preguntas. Estaba ya un poco harta, la verdad, y el mejor día se daría el bote; su familia, con eso de ser ella la única hija soltera, la explotaba sin consideración ni miramientos, y a ella le apetecía hacer su vida.

Montaron en el buga del andoba, quien condujo hacia el Parque del Oeste para poder estar a buen recaudo. Protestó la gachí: ¡por ahí no era!; se estaban alejando de su casa. Pero por todas partes se iba a Roma -decía el mozo-, y él la dejaría a la hora convenida, prometido. La marrroquina, al ser la vez primera que sentaba su lindo popotito a bordo de un popó particular, mano a mano con un desconocido, sentía en su entrepierna un hormiguillo que a un tiempo la cohibía y la excitaba. En el trayecto hacia el lugar deseado, el amo hizo sonar en el caset una música lánguida, sensual como preludio tónico al ambiente. Llegados a un espacio adoselado por una fronda de árboles copudos que flanqueaban la angosta carretera y formaban umbrosa y fresca pérgola, el conductor echó el freno de mano y echó mano sin freno a las alhajas que el vértice pubiano y otros cofres íntimos de la daifa atesoraban. Ella dejaba hacer sin resistencia; separaba el muslímico muslamen al ver la suavidad con que el galán, tras haberle substraído la prenda íntima, que impedía tal manipulación, masturbaba la pulpa de la vulva con los dátiles índice y central de la izquierda, mientras con el pulgar le excitaba el apéndice del clítoris hasta arrancarle plácidos suspiros (¡qué diferencia con sus anteriores experiencias eróticas, tan crueles, en las cuales, bien lejos del disfrute, sufriera casi siempre lo indecible!). Con la derecha, el hombre aprisionaba la cabeza y el torso de la mora, presa de posesión apasionada, besando con ardor irrefrenable la boquita jugosa de su amiga, la cual se abandonaba derretida con gañidos de gata complacida. Su hombría se le erguía en rebeldía reclamando el cobijo delicioso donde refocilarse a su sabor. Pero en llegando aquel supremo trance, cuando se disponía a penetrarla, se le desparramaron los homúnculos que encerraba el ejército invasor, listo para embestir la fortaleza. El macho no perdió la compostura ante el desazonante gatillazo; por mor de solaparlo y con la idea de que no lo notase la mozuela -celoso al fin de su virilidad aun en aciagos lances de flaqueza-, armonizó su orgástico deleite -aunque efímero y fuera de terreno- con el achuche cada vez más férvido, cada vez más frenético, más mórbido de la pulposa joya de la coima, que se desvanecía en paroxismo y se desparrancaba entre gemidos y entrecortados ¡basta, no, me muero!, que acicataban al rijoso coime a porfiar en su dale-que-te-pego, al paso que los lúbricos humores de la mágica gruta del amor lubricaban sus dedos lujuriosos. La fémina mahomética, no obstante haberse apercibido del percance, no hizo el menor mohín de desagrado, antes bien se afanaba en disfrutar al máximo su coito de recuelo; menos daba una piedra y, en tal caso, daba más el pasar por esa piedra que las penetraciones lacerantes que su anterior pareja le infligiera. Y queriendo mostrarse agradecida, cual doncella pudenda que custodia intacto su capullo virginal, sacó un limpio pañuelo de hilo blanco y, con mimo de prójima solícita, mundificó de inmunda munición el fláccido pedúnculo del bálano. El astuto abogado hizo virtud de la necesidad -a lo hecho, pecho-, viendo de persuadir a la mahomética de que evitaba así el hacerle daño por si era todavía virgo incólume (pese a haber alumbrado una criatura); y ella le hacía ver que ciertamente había actuado bien, como un señor, y que le agradecía su intención, pues aún estaba estrecha y entendía que el verdadero amor entraba así, haciéndolo con tacto delicado. Otro día sería comilfolla, pero en la cama, no de esa manera, dijo el frustrado amante, y ella okey.

Quedaron para el próximo domingo. Él la recogería en el Retiro, pues nadie allí estaría vigilándola. Aquel día, sin muchos perendengues, se la llevó al bohío por las buenas, y ella se dejó hacer sin cortapichas. Aquí el andoba estuvo comilfolla y así se resarció del gatillazo del domingo anterior, pero con creces, apurando el amor hasta las heces. Pasaremos por alto los detalles del rapto deleitoso de los jóvenes. Que el lector imagine cuanto quiera siempre que no se excite; y si se excita, se casca una manuela y a correr(se). ¿Y si es lectora? En fin, usted perdone: también tiene derecho al solitario. Y omitimos el número de veces que hicieron el amor a pierna suelta, brazo partido y a cañuto libre; lo importante del caso es que lo hicieron quizá una sola vez, pero al completo, hasta quedar extáticos y exhaustos. El amante juraba amor eterno a su amada, y la amada respondía que nunca había sido tan feliz en su dura, pringada y perra vida, como en esos momentos venturosos. Y la morilla, toda amor y mieles, envuelta en absoluta desnudez, libre ya del tiránico pudor, se levantó del lecho, diligente, le preparó al maromo un café turco, se lo sirvió en la propia charipén, él lo encontró chipén de chachipén, y a ver, qué cosas más le apetecían.

Después de esa experiencia inolvidable, no se iban a olvidar de continuarla. ¿No estaba claro el tiempo que perdía viviendo hecha una esclava en esa casa? Ella dijo que sí, que de repente sentía que su cuerpo despertaba de un nefasto letargo prolongado, durante el cual se había ella privado del goce que hoy de pronto descubría. Pensaba, por lo tanto, desquitarse lo antes posible y disfrutar a tope de su cuerpo garrido y aguerrido. Pero ¿cómo librarse de ese cepo en que estaba pillada por sus amos? ¡Cómo sus amos!; ¿no era su familia? La morilla cayó en su patinazo, pero rectificó sobre la marcha diciendo que para ella su familia era todo un atajo de tiranos: la trataban peor que a Cenicienta. Aún en pelota, su fogoso amante le dijo que tenía un amiguete que era abogado y podía ayudarla. Al oír eso, la hurí cayó en la cuenta de que ella conocía también a uno, que se había ofrecido a echarle un cable cada vez que tuviera algún problema. Así, le llamaría un día de ésos un rato que estuviera sola en casa, y a ver lo que el señor le aconsejaba para salir de aquel atolladero evitando arriesgarse lo más mínimo.

¿Quién era ese abogado -preguntóle su amante-, si no es mucho preguntar? Se llamaba Fulano Perengánez. ¡Pues qué casualidad, porque era el mismo al que él pensaba enviarla de su parte! ¡Excelente abogado!, y lo decía no porque fuese un buen amigo suyo; y de una honestidad a toda prueba, que ayudaba a personas insolventes con el desinterés más absoluto; por amor a su oficio simplemente, y porque en él primaba la justicia sobre todo incentivo lucrativo. Podía recurrir confiadamente, porque él la iba a ayudar con eficacia y no le iba a cobrar sus honorarios, y menos si iba encima de su parte, de parte de su ardiente enamorado.

El martes siguiente, la joven morilla llamó al abogado. ¡Qué grata sorpresa, pese a que su amigo Fulano Mengánez, la noche pasada, le había ya puesto en antecedentes! ¿Quería librarse de aquel su presidio sin el menor riesgo de dar un traspiés y cambiar de vida por otra más libre, más gratificante, ahora que su cuerpo, su cuerpo serrano, descubierto había el rico filón del goce amoroso? Nada más sencillo: luego que regresaran los señores, les diría con aire conpungido que había recibido una llamada de un cuñado que vive en Algeciras -casado con su hermana la mayor, que era como una madre para ella-, instándola a que fuese lo más rápido, porque estaba gravísima su hermana y, si el Señor su Dios no se apiadaba, podía suceder lo irremediable con mayor brevedad de lo esperado. La moza lo hizo así, añadiendo al cuento la pimienta y la sal de su cosecha, con toda la vehemencia y los sollozos que sus artes de actriz condimentaron.

No hizo ninguna gracia a los señores que su chacha tuviese familiares, ¡y en territorio patrio para colmo! Pero lo peor de todo era que encima llegasen a estar graves hasta el punto de requerir su rápida presencia, dejándoles de pronto sin servicio. ¿Y cómo así sabían su teléfono, a menos que ella se lo hubiese dado? No sabría decírselo, señores (¡su palabra de honor, se lo juraba!); lo que sí les podía asegurar bajo su más sagrado juramento era que ella jamás se lo indicara, pues las poquitas veces que su hermana y ella habían hablado por teléfono, fue porque ésta llamó de una cabina... La permitían irse sus señores, movidos de cristiana caridad, pues al cabo su fámula era humana, con su corazoncito y con su almario, pues como hija de Dios tenía un alma, aunque su Dios no fuese el verdadero. Pero se iría con lo necesario para pasar allá unos cuantos días: porque o su hermana se moría pronto y ella ya no pintaba allí más tiempo, o bien no se moría, en cuyo caso, también regresaría a su trabajo, con el que haría méritos bastantes ante Dios en provecho de la enferma. La morilla aceptó las prescripciones de sus cristianos amos; sin embargo, a hurtadillas sacó prácticamente todo cuanto era de su pertenencia, dejando algunas prendas en mal uso y algún objeto de valor escaso para disimular y dar el pego.

¿Necesitaba que la acompañasen a la estación de Atocha los señores, por si no se arreglaba sola allí? -le preguntaban con la boca chica los generosos amos, temerosos de que ella les tomase la palabra-. ¡No, no faltaba más, no se molesten! Con un taxi y la ayuda del Señor, se las apañaría sin problemas. Además de que el tren salía pronto -es decir, no más tarde de las nueve-, ella iría con tiempo a la estación, porque aún tenía que sacar billete. Saldría, pues, de casa a media tarde, hora en que estaban fuera los señores, dedicados al tajo sacrosanto, ya que la regla de oro ora et labora la habían adoptado, de igual modo que los monjes benitos, sus cofrades del instituto secular fundado por el escriba Chema de Barbastro. Ella, en efecto, se cogió un taxímetro, pero no a la estación del Mediodía, sino al norte del barrio que fundara el prócer don José de Salamanca; es decir, al final de Claudio Coello, donde aquella nostálgica señora que en el Retiro había conocido, y que resultó ser -¡oh coincidencia!; los designios de Alá eran insondables, pero que eran de Alá no había duda- tía del abogado; mejor dicho, tía del joven ligue de la hurí. (Ahora bien, dicho sea entre nosotros, sin tanta inclinación al fatalismo, ¿fue fortuito el encuentro en el Real Sitio entre la musulmana y la cristiana, o lo orquestó el sobrino, sabedor de que iba allí, domingos por la tarde, la moza que él quería conquistar? Que cada cual elija su respuesta y coloque una cruz donde proceda.)

Mudóse la morilla hasta de ropa la tarde que mudó de domicilio, para que nadie la reconociese caso de dar con alguien conocido, no fuese a chivateárselo a los amos. La joven, entre tanto no encontrase un destino mejor, trabajaría de fámula en la casa de la tía de su joven y ardiente protector. Y para que la anciana no tirase de su cónquibus nada caudaloso, su sobrino abogado abonaría el honrado jornal de la doméstica, más su manutención y el utillaje, sin que la interesada se enterase, ya que percibiría su estipendio de manos de la espléndida señora, que añadiría alguna propinilla en pago a su hacendosa diligencia. De ese modo tendría el leguleyo una querida a precio de mucama que haría doble oficio al precio de uno, mas con la dignidad profesional de quien trabaja al par que se divierte (delectare et prodesse, Hermann Hesse); de quien se gana el coci con sus manos y sin la humillación de la que vive a expensas de alquilar sus dulces prendas; mientras que la morilla, por su parte, sentíase mujer privilegiada, que laboraba en cómoda vivienda para una amabilísima señora que como a una sobrina la trataba, que salía con ella de paseo, que merendaban juntas a menudo, que no la atosigaba como la otra: haz esto y esto, rápido, sin pausa, y que la permitía expansionarse sin preguntarle dónde había estado (¿quizá porque de sobra lo supiese?); sentíase además privilegiada por tener un amigo tan atento, tan fogoso en la cama, tan rumboso llevándola a cenar a restaurantes y haciéndole regalos bien bonitos, que ya quisieran muchas señoritas; no como esas congéneres, las pobres, que se liaban con tíos holgazanes, macarras suburbiales a las veces, que ejercían de chulos desplumándolas y arrimándoles más de una paliza, encima sin colmarlas en el catre. ¿Dónde iba ella a encontrar otro galán que, además de ser todo un caballero y de tener sus buenas relaciones, estaba haciendo todo lo posible para ponerle en orden sus papeles con su amigo abogado y, con el tiempo, conseguirle la nacionalidad española, tras previa residencia?

Hasta para sus íntimos contactos usaban el coqueto apartamento, propiedad del munífico legista, que no un costroso hotel de chicha y nabo, o una casa de citas, o el popó, como en ligue vulgar de quita y pon. Incluso iba ella sola al picadero a encontrarse con él, y hasta tenía, por si él no estaba allí, su propia llave, porque así no tenía que esperarle dando vueltas y vueltas por la calle, tirada como puta por rastrojo, o en el portal, como una pasmarota, con el joven portero de palique; y eso que le caía bien el tipo, que era con la muchacha muy cortés, no por respeto al dandi propietario del cuco apartamento al que subía, sino por ella misma, ya que el chico -que todo hay que decirlo- era marica, o mejor dicho, gay, u homosexual; pero en plan refinado y, por lo tanto, no la miraba nunca con el rijo del que ansía sin más beneficiársela, pues él también tenía su pareja, aunque eso le acarreaba sus problemas con un mariconazo del tercero, de esos que dan por... saco al que se deja, que intentaba llevárselo a su huerto a base de chantaje y amenaza, y por celos hacíale la pascua por la menor puñeta que encontrase.

Y fueron días y vinieron días, meses y meses, años y más años. La personalidad de la morilla cambióse hasta el extremo de llevar nombre y dos apellidos carpetanos, cual si nacida fuese en Celtiberia; puesta a cambiar, cambió también de imagen (de eso que los gilorios llaman loock con su barbariparla angliciamorfa), tal que la madre que la echó al "inmundo" (ya no digamos el ignoto padre) no la reconociera ni por pienso. Las relaciones con su protector del comienzo se fueron entibiando de forma natural por ambas partes, sin escenas dramáticas por medio, sino amigablemente, como si ambos acordasen a un tiempo desligarse mutuamente y cambiar así de tercio en procura de nuevas experiencias. Y como él era todo un caballero, seguiría brindándole su ayuda en lo que a papeleos se terciare, a través de su amigo el abogado, que era tan caballero o más si cabe al actuar con total desinterés.

¿Tuvo en cuenta el maromo la famosa película Divorcio a la italiana en cuanto a deshacerse de la daifa arrojándola en brazos de un amigo para luego pillarlos in fraganti y así justificar el desenlace de dar puerta a su ingrata compañera? No creemos admisible tal supuesto, puesto que no hubo muerte de la esposa, por marido ultrajado perpetrada (ya que, obviamente, no era ella su cónyuge, ni él, consecuentemente, su consorte), sino un simple traspaso a un buen amigo de una de sus valiosas posesiones, como pudiera ser un bello cuadro, o su mejor caballo, o una finca, en agradecimiento a un buen negocio que le proporcionara el camarada. La ex marroquí, además, que a la sazón se había encaramado en la treintena (según fecha oficial de nacimiento que en la "legal" partida le asignaron), y era ya una jamona apetecible, con artes y experiencia cupidínea, cotizaba por alto su natura. De modo que su nuevo protector, sin desplazar al otro en sus ayudas, la mejoró de status al quitarla de currelar de fámula y llevársela a vivir en su piso de soltero (estando él ya casado y con dos hijos, bien que con una esposa liberada, que llevaba simétrica existencia, sin engaños, las cartas boca arriba). Como la ex magrebí era despejada y aprendía las cosas fácilmente, su galán, tras un breve adiestramiento, la pudo colocar de secretaria en su negocio de representante de diversos productos industriales, cuya oficina obraba en la vivienda en la que practicaban la... molienda (todo quedaba en casa, Nicolasa, sin estirar la tasa ni de guasa). ¿Era, pues, la ex morilla una querida que cobraba como una secretaria, cumpliendo ambas funciones por un sueldo, o era una secretaria que cobraba como una concubina preferida (o una segunda esposa si aquel bígamo fuese hijo de la cábila mahomética)? Averígüelo Vargas-calzaslargas. Lo único que sabemos al respecto es que la ex marroquina hizo dinero, si no para emprender negocio alguno, sí para dar la entrada de un pisito, vestir bien y mercarse un cochecito. Así que quién te ha visto y quién te ve. A ver quién le tosía a la ex morilla, a aquella otrora joven desvalida, madre soltera e indocumentada? Con sus antiguos amos que topase, ella no inclinaría la cerviz: por encima del hombro iba a mirarles, a ellos, que tanto habíanla humillado, explotado, anulado, utilizado manteniéndola siempre en la ignorancia, haciéndola creer que su existencia de su benevolencia dependía. Pero no se dio el caso, pues Alá no tuvo a bien cruzarla en su camino (y acéptese su santa voluntad).

¿Qué se hizo del chiquillo que la ex mora trajérase consigo a Celtiberia, a cuestas de su espalda y de sus pechos, llevándolo después a un orfanato (orfelinato, o bien orfelimuerto; lo que ahora llaman centro de acogida con hipócrita moda de eufemismos), regentado por mónacas paulinas, pupilas de Sainte Louise de Marillac (aunque hay quien dice que ello no es posible, pues la administración de tales centros se ha secularizado, Deo gratias, y son los pepsicólogos, ociólogos, puerricultores y demás parientes quienes están al frente de los mismos)? No había vuelto a saber nada de él, ni tampoco se había interesado por indagar la suerte del rapaz. Daba por cierto que iba todo bien, siendo ricos sus padres putativos. Tras haberse arrancado con dolor la espina maternal con su renuncia, era para ella el chico un ser extraño, al punto de que apenas recordaba que lo hubiese tenido alguna vez, tantas habían sido en su existencia las mudanzas y andanzas en el ínterin. Mas lo que no sabía la matrona...; pero no adelantemos la jugada, que todo llegará oportunamente.

En fin, la media luna que hasta entonces protegiera en creciente su fortuna, pareció declinar por un momento, o volverse sus cuernos en menguante. Lo cierto es que la ex mora cayó enferma de aquello por do más pecado había, y hubieron de extirparle las entrañas, la fábrica de nueva descendencia, que aunque estaba inactiva y, la verdad, su dueña no pensaba reflotarla (usuaria sistemática como era de antibeibis y gomas profilácticas), su ablación le causó una dura crisis al sentirse mujer cuasi castrada; tanto que se agarró una depresión, y hasta hubiera acudido a un pepsicólogo si es que su fatalismo musulmán no llega a persuadirla, más sensato, a aceptar resignada el sino escrito en la frente de Alá (alabado sea). Y así pudo rehacerse poco a poco, reduciendo prudente sus fornicios, más que como medida profiláctica, por escrúpulo de orden religioso; pues si un hombre podía trajinarse a tantas cuantas hembras se topare (no habiendo interdicción de dueño ajeno), hacerlo la mujer era anatema (cuando no reo de lapidación, cual la mosaica ley establecía). Y aun cuando en Celtiberia las costumbres estaban sumamente relajadas -lo mismo que en el resto de Occidente-, y aun cuando la corrupta sociedad toleraba la vida licenciosa, no así su corazón, casto en el fondo, que le hablaba por boca del Profeta. También seleccionaba los usuarios de sus bellos encantos femeninos, que aunque no tan radiantes como antaño -dulces y alegres cuando Dios quería-, los disfrutaba bien la machedumbre.

Tampoco a su pristino protector le marchaban las cosas viento en popa. ¿Crisis profesional? ¡Quiá, nada de eso! Su despacho iba bien y la clientela le ofrecía litigios productivos. Pero había entretanto contraído, si no un tumor ovárico-uterino, sí, en cambio, una infernal ludopatía. A fe que eran cuantiosos sus ingresos, mas todo su caudal se lo jugaba en el casino de Torrecojones. Y aunque es sabido que el que juega pierde (como sostiene aquel don Salustiano que en La rana viajera pinta Camba), él, como los demás, no escarmentaba. (Si hay algún jugador afortunado que en un chance puntual gana un buen pico, acabará perdiéndolo, seguro, bien porque se lo birle alguna furcia, o porque lo repierda en la revancha; y a la golfa, a su vez, lo más seguro es que se lo ventile su macarra, y el macarra lo pierda a la ruleta, que representa el círculo vicioso en que esto se proyecta al infinito. Pero tal infortunio en esas lides -como dice el refrán, pero a la inversa- hacíale en amores venturoso; por tanto, el chamba chachi, chocho chungo del habla afromelanocongoleña, era aquí chamba chunga, chichi chachi.

Porque al letrado la ludopatía no le amenguó sus dotes amatorias; incluso incrementó su lucidez, su perspicacia y su sagacidad en lo profesional, de tal manera que las cogía al vuelo, sin que hubiese ganga que se le fuese de las manos ni pleito no ganado airosamente. Alguien aseguraba que los cinco sentidos los tenía duplicados, o con capacidad de doble alcance, y que dormía con un ojo abierto (con cincuenta si cien de Argos tuviera). Soslayaba su ludodependencia poniendo a buen recaudo cantidades pecuniarias, confiándolas en manos de algún amigo leal donde lo hubiere, de forma que así nunca le faltase para seguir viviendo holgadamente.

Con una antena omnidireccional como la que tenía, el abogado llegó a saber las cosas relativas a la vida y milagros del chiquillo que la ex morilla trajo a este charní (que, por cierto, ya no era tan chiquillo, sino un garzón de diecisiete abriles, ya que para él también pasaba el tiempo por más que pareciera sorprendente). Y lo que averiguó en primer lugar (esto es, siguiendo un orden cronológico de la historia en cuestión, ya que la ardilla la obtuvo toda en una sola entrega) fue que los ricos padres putativos del chavea, al que en todos esos años le habían procurado lo mejor en lo afectivo y en lo material (sin que él, en el terreno educativo, obtuviese condignos resultados), habían fallecido en accidente de tráfico unos dos años atrás. Ahora bien, el asunto de la herencia -entre que no existía testamento, y que la economía familiar se había quebrantado últimamente por cierto descalabro financiero- estaba un tanto crudo para el chico, que no podía disponer de nada, puesto que encima era menor de edad. En resumidas cuentas, el muchacho no podía alegrarse abiertamente del trágico final del matrimonio. Como diría Macbeth por su esposa, podía haber al menos esperado como tres años más para espicharla; así sería él ya mayor de edad y estaría más próximo a la pasta, a pesar de la testamentaría y de algunos parientes carroñeros que intentaban sacarse su tajada pensando que allí había pastizara. Lo cierto es que el chaval se descarrió juntándose con malas compañías (de ésas que para él eran estupendas por su negocio de estupefacientes). Su vivienda habitual era la calle, aunque de vez en cuando visitaba su antiguo domicilio con el fin de cambiarse de ropa y apañar cualquier cosilla que pulir pudiera para conseguir flora, si otros bisnes no le daban manteca suficiente. En cuanto pudo se agenció una moto por el procedimiento del afane, y dabuti, manú, de puta madre, complacido en su horrísona montura; otro hijoputa montado en un ruido, como dice el modismo popular de la gente mayor archicabreada con los pegasos multidecibélicos cabalgados por gárrulos jinetes. Alguien dijo que todo motonauta debe ser aplastado por las bravas, puesto que es, ipso facto, un delincuente. (Será una mala bestia quien tal dijo; si sólo lo pensase, todavía, pues sería uno más que tal desea sin la desfachatez de confesarlo.)

Culpable o no, lo cierto fue que el vástago de la ex mora cascó una aciaga tarde -a la hora mortecina del crepúsculo, la visibilidad asaz menguada por la bruma y el cielo encapotado- a lomos de su burra motocíclica, alcanzado, planchado y laminado por un camión que resistió el envite con que el rapaz colisionó de frente, merced a su pesado tonelaje y su velocidad a ciento veinte por una carretera secundaria. Difícil fue su identificación por no ir provisto de ningún carnet, y menos del de moto, como es lógico, que estaba en manos de su antiguo dueño. Si la Guardiacivil acudió presto, más presto la diñó el atropellante, que fue en el isoflauto, al parecer. Así que no podía responder a las preguntas que le formulasen los de la concienzuda Benemérita sobre su identidad, su filiación, o sobre qué carajo iba pensando en el trance fatal de su embestida (como no fuese el caso de emular al baturrico aquel de la película, caballero a horcajadas de un jumento en medio de la vía ferroviaria, que desafía al tren que se aproxima: Chufla, chufla; como no te apartes tú... Ni pudo ser objeto de una multa; por lo que en cierto modo tuvo suerte, pues se hubiese metido en un buen lío un indocumentado que atropella a un camión, cuyo honrado conductor, con el carnet en regla, está en el tajo transportando valiosa mercancía, y se ve de repente sorprendido por un niñato apenas perceptible hasta que está delante y no hay remedio, sin casco ni coraza, a cuerpo libre, que rueda por deporte, cuando el otro ha de pasar la noche allí al volante si quiere hacer llegar a la hora justa su fresca, delicada mercancía de frutas y hortalizas ecológicas, de modo que no pierdan un adarme de sus organolépticas virtudes; mas por culpa de aquel atolondrado, un enano enfrentándose a un coloso, dilatará el arribo a su destino, obligado a parar un buen espacio en el lugar de autos, es decir, en el arcén del óbito funesto, para cumplimentar el protocolo con que la autoridad motorizada deba formalizar el atestado.

Pero el finado tuvo la fortuna de que un paisano radioaficionado que modulaba en bandas de dos metros y acertaba casualmente a pasar en coche por el punto del siniestro, se enterase del caso al poco rato e hiciera sus pesquisas "reportando" con algunos colegas de la antena, a ver si así entre todos conseguían dar con la identidad del fallecido, por si era de avisar a la familia y atenderlo en debidas condiciones, sin esperar a que la burrocracia lo hiciese tarde, mal y casi nunca. Y así es como se pudo averiguar todo lo averiguable a tal propósito. En la autopsia y en la motociclopsia, se comprobó que no llevaba casco, pero sí un par de cascos musiqueros, conectados a un loro que colgaba del cuello, y que en el lance pajolero de embestir al camión, iba escuchando una copla tristona en Radio Olé, copla que comenzaba tal que así: Nadie sabía quién fue su máare, / porque la ingrata lo abandonó... Y el muchacho, transido de emoción, se fue contra el camión pensando acaso combatir de ese modo su destino.

Enterado que se hubo el abogado Mengánez, el magnánimo letrado, del se finí del hijo de su ex novia, se dijo ésta es la mía, ante el filón que con su agudo hocico barruntaba. Lo primero, rastreó la situación, no fuera a ser el parto de los montes (Parturient montes, nascetur ridiculus mus). Pero hechas las pesquisas oportunas, vio que la expectativa era halagüeña a la hora de pillar un buen pellizco, comenzando por la indemnización, que era segura, y luego continuando con la dichosa herencia, que aunque incierta, malo fuera quedarse sin un chavo. Así es que el sagacísimo letrado disfrazóse de dandi nuevamente, dispuesto a presentarse a su ex amante con denodado afán de reconquista. Fue esta vez él quien visitó a la prójima, que tenía su propio domicilio; y no más verlo entrar por esa puerta, atrevido, sonriente y juvenil, se le hinchó el cañamón de la entrepierna y se arrojó en sus brazos la gachí, cual si las cuerdas de su bajo vientre se templasen con pulso renovado tañendo un cántico al amor dormido. E hicieron el amor sin ningún preámbulo, como grito de urgencia evacuatoria, con gran satisfacción por ambas partes. Y luego, en el remanso del reflujo, los dos en inocente desnudez, tendidos sobre el lecho compartido, él le soltó la nueva lisonjera con naturalidad, sin requilorios, a diferencia de la gente estúpida que piensa que mejor es preparar al agraciado de un cuantioso premio para evitarle así el posible infarto. Se lo dijo tal cual, y la ex morilla, tras rascarse calmosa la entrepierna por mor de hacer memoria, al fin cayó en la cuenta cabal de la noticia. Se echó a llorar con lágrima callada, cálido manantial de su nostalgia, libando el dulce gozo de su vientre que acaso lo tornase a fecundar la mágica simiente del recuerdo. Curiosa paradoja: al conocer la muerte del que fuera su retoño, parido con dolor, y con trabajos trasplantado a un solar de tierra extraña, y olvidado por fin al renunciar a la patria (o la matria) potestad, sentía retoñar su vida breve, recobrada en virtud de su deceso (¿cual las gemelas torres neoyorquinas, cuya existencia conocióla el vulgo gracias al catastrófico derrumbe?). Pronto, empero, alumbróle la evidencia y calibró el suceso en su medida. El muerto al rollo, sí, y el vivo al chollo. Si no era así el refrán, le andaba cerca.

Y la corita amante, procumbente sobre el muelle colchón, junto al andoba, con cuya vela-biela-manibela jugueteaba con lúbrico ludibrio, en dúo concertante con el otro, que con su mano le tentaba el pubis (pubis lampiño de doncella impúber, depilado a la usanza morismática), calentándole el vicio a fuego lento, vislumbraba un boyante porvenir siendo, como sin duda lo sería, cierta la apropiación del monetario a cuenta de aquel hijo lagartijo, la inversión más fructuosa de su vida, pues con sólo parirlo y poco más, habría conseguido un buen montante (ni la inversión bursátil más audaz producía tan pingües dividendos). Él, como era habitual, pondría el caso en manos de su amigo el abogado, el cual lo asumiría muy gustoso; eso sí, percibiendo el diez por ciento del total recabado en su gestión, que era la comisión estipulada. Su amigo no cobraba una peseta si su cliente era pobre; pero claro, ahora el caso era ya muy diferente habiendo tanta guita de por medio. La mujer lo entendió perfectamente con su natura al aire y ya en sazón de entregarse al amor, segundo viaje, ahora que el compañón tenía el cetro erguido como verga de navío.

Y la indemnización salió adelante, sin que cupiese menos de esperar de un letrado tan hábil y perspicuo. Mas si la ardilla actuó con buena mano, no le fue en zaga el bueno del curroy al pronunciar sentencia generosa en favor del gachó damnificado y, subsidiariamente, de la madre, cuya maternidad costó lo suyo demostrar de manera ineluctable. Pero no había escollo en lo jurídico que se le resistiese al abogado. ¡Treinta kilos, rediós, se dice pronto! ¿Cuánto necesitaba ella currar para allegar cuantía semejante? ¡En su vida soñara tal fortuna! Era el dedo de Alá, que con su gracia y su misericordia inagotable la señalaba, santo y bondadoso. Cierto que el leguleyo se embolsaba los dieciocho mil euros de honorarios; pero los veintisiete kilos netos no eran moco de pavo. ¡Qué curioso: por aquel hijo suyo, estando vivo, nadie daría un duro; en cambio, muerto valía un huevo y la mitad del otro! Tal que así elucubraba la ex morilla en compañía de su leal amigo, celebrando una noche mano a mano el chollo colosal con una cena en la que no faltó delicadeza que hiciera las delicias gustativas en el comercio como en el bebercio.

Fue en aquella ocasión, según parece, cuando se le propuso a la agraciada invertir el pastón de tal manera que produjera buenos beneficios, o en cualquier caso, más que en la cartilla, pues los bancos no daban casi nada: eso y el calcetín, por ahí, por ahí. Si acaso que gastara un par de kilos para costearse todos los caprichos comprándose las cosas que hasta entonces le apetecían, pero no podía; por ejemplo, un abrigo de visón -que había sido toda su ilusión-, unas piedras preciosas, unas joyas, y para de contar con dos quilates, que tampoco le daban para más. Pero fundió también lo necesario para arreglar la casa y equiparla con todos los modernos adelantos. Ya puestos, ¿por qué no cambiar de coche, que el suyo estaba un tanto achacosillo, y hasta le daban algo por el viejo? Total, que allá se fueron siete kilos como los siete círculos celestes; pero grande era Alá, y él proveería. Mas aún quedaban veinte mil talegos, y ése sería el fondo de inversión, que debería mantenerse intacto, gestándose en preñez indefinida en que el paso del tiempo marcaría la cuantía del fruto acumulado, como el grano que va depositándose, cosecha tras cosecha, en una troje. No tenía parientes; menos mal; si los llega a tener, y encima pobres, como era de esperar, menuda rémora, pues tirarían de ella cosa mala, como no fuera que ella se plantase y dijera que nones; pero en fin, así y todo, mejor vivir sin ellos. El hijo fallecido, una de dos: o estaba en los infiernos y, por tanto, mejor no preocuparse de su suerte, o estaba en el paraíso, en cuyo caso celebraría que su buena madre disfrutara del fruto de su ocaso, lo mismo que su madre le deseaba hallarse entre los bienaventurados.

El amigo abogado del amante -u séase, la hipóstasis del mismo- le aconsejó invertir en Gescartera, que era un sólido fondo de inversiones y producía más que ningún otro dada la hábil gestión de sus agentes; se lo veía subir de día en día, lo mismo que un suflé, cuyo fenómeno era el reclamo de otras inversiones. Más de una vez estuvo el abogado, fiel y leal asesor de la inversora, tentado de incitarla a que sacara parte de aquella espuma suculenta, pájaro en mano, para disfrutarla. Pero un extraño escrúpulo, al final, le disuadía de tocar aquello, como un claustro materno, cuyo líquido amniótico conviene preservar de cualquier extracción perjudicial. Por su parte, el galán de la inversora, los tres quilates de su comisión, en vez de predicar con el ejemplo haciendo la inversión aconsejada, los dilapidó enteros en el juego después de un par de meses transcurridos en un entretenido gana-pierde. Pero al cabo de aquel fatal percance, decidió someterse a la terapia que le curase su ludopatía.

Y consiguió sanar de su adicción con gran esfuerzo de su voluntad. La inversora, entretanto, se ofrecía a ayudarle a salir del agujero prestándole el dinero necesario, si acaso no tenía suficiente; pero él jamás hubiese consentido aprovecharse de ella en ese aspecto; más que por honradez, por el orgullo de quien había sido protector no verse reducido a protegido. Aparte que tenía lo bastante, y mucho más si fuese necesario, gracias a su boyante profesión. Y la cura también la celebraron con un viaje a Cancún de dos semanas, tostándose en la playa mexicana y haciendo vida de reciencasados, pues les reverdecía el estro erótico por esas latitudes tropicales. Y cada vez que hacían el amor, él: Murita bunita, le decía, como había tomado por costumbre, a guisa de excitante cantilena con la que concitaba el paroxismo, rítmica y dulcemente repetida con el vaivén fetén de charipén.

Pero al volver a Iberia se encontraron con que había quebrado Gescartera, lo que tan imposible parecía, cuya ruidosa quiebra se imputaba a los gescarteristas más conspicuos. Sic transit gloria mundi, Taramundi. Pues si torres más altas han caído, otras mucho más altas caerían al poco tiempo, como las gemelas, emblema del orgullo americano. Si en un comienzo no captó el alcance de lo que tal desastre suponía, una vez comprendida la catástrofe, la inversora lloraba desolada su volatilizado capital. ¡Lástima haber confiado en la inversión, en lugar de fundirlo y disfrutarlo, o de haberse comprado otra vivienda, una posesión tanto o más rentable, y hasta un bien de uso propio si era el caso! Su galán intentaba consolarla: que se fijara en él, que tanta pasta se le había escurrido con el juego. Pero lo que al final la consolaba era que Alá lo había así dispuesto; acaso supusiera el sacrificio para que su hijo, fuente del pecunio, morase entre los bienaventurados. Después de todo, aquellos siete kilos que había liquidado tan a gusto, nadie se los quitaba, ¿no era así? Se miraba en la luna del espejo, puesto el flamante abrigo de visón, y recordando cómo cruzó el charco que las columnas de Hércules separa, con el rorro a sus pechos y a su espalda, explotada en precario tanto tiempo hasta que conoció al primer amante, daba gracias a Alá por su ventura. Estando en su beatífico ritual, llamaron al teléfono; ¿quién era? El abogado, que la convocaba a acercarse ya mismo a su despacho si no tenía nada más urgente. ¿Qué iba a tener!; estaba allí en seguida. Se fue envuelta en su prenda de visón.

En el despacho, a solas, mano a mano, ya en la calle el restante personal, recibióla el letrado, como siempre, tan serio, tan cordial y tan galante, tan distinto a su amante en el aspecto con que su gravedad le revestía: ese traje cruzado, esa corbata, los lentes y la calva respetable. Era para decirle que su guita no se había perdido por completo, pues había esperanzas de que al menos fuese recuperable alguna parte, si los gescarteristas honorables lograban rellenar el socavón. Y como la esperanza era lo último que debía perderse, la mujer agradeció infinito al abogado, cuyas palabras la reconfortaban con sólo penetrar en sus oídos, ya fuese cierto o no cuanto anunciaban. Y el reconfortamiento se colmó cuando el hombre le dijo que su amigo -es decir, el amigo de una y otro, a quien ella al final consideraba sinceramente el hombre de su vida- la aguardaba en su piso de soltero, el nido donde otrora tantas veces se habían solazado a su sabor. Pero que no aportase por allí hasta pasada una hora, pues el chico debía aún resolver una gestión (gestión que consistía, como es obvio, en ponerse el disfraz de su otro yo: su peluca y demás aditamentos).

La mujer recordaba conservar la llave del antiguo picadero, sito en un caserón rehabilitado del castizo Madrid chamberilero. Pero no era cuestión de utilizarla, no fuese a dar un susto a su ocupante yendo de sopetón, y aguar la fiesta; además, la guardaba únicamente como un objeto más de sus recuerdos. Llegó sin prisa al cabo de hora y media, y él la aguardaba allí efectivamente. Había preparado una bebida cargada de eficaz afrodisiaco, pues el hombre quería agasajarla, como en los buenos tiempos, en la cama; y como era consciente de que hogaño no conservaba el ímpetu de antaño lidiando en los torneos de Cipriana -había traspasado los cuarenta-, pidió a una clienta experta en la materia, boticaria de título y oficio, que le proporcionara un par de dosis del producto deseado, a condición de que, además de inocuo, fuera insípido, porque no se notase al ingerirlo.

El sacrificio a Venus fue exitoso y les sirvió de plácido consuelo. ¿Qué valía el dinero sin amor? ¿Por qué acumular pasta a todo pasto si el sable no hermanaba con la funda, si el tolete y la crica no casaban, o el carcaj y la flecha no encajaban? La panoja ganada por las buenas se la llevaba el diablo por las bravas. Él, Murita bunita, repetía, acoplándose al rítmico vaivén, chipén, de la chingona charipén. Hacían el amor a caño franco, a cuño, cuña y caña sin quebranto, puesto que la simiente masculina, lejos de amenazar peligro alguno de una fecundación nada deseada, era la expectativa, aunque lejana, de que el vacío vientre de la coima pudiese concebir nuevo retoño, pues todo era posible para Alá -tanto acá como alá, vualà, ojalá-, que en su misericordia ilimitada le concediese, cual la vez primera, el fructífero ser que, con el tiempo, tuviese a bien largarse al otro barrio, al seno de los bienaventurados, dejando en premio de su vita brevis, a quien no secundase su escapada, otra indemnización no menos pingüe; con otros diecisiete calendarios que esperasen, podría repetirse el milagro, y el tiempo pasaría con su celeridad acostumbrada: Vassene il tempo e l'uom non se n'avvede -decía el macho en medio del jadeo que preludiaba el inminente orgasmo-. Y Murita bunita, repetía; y ella se iba poniendo más ardiente a medida que oía aquel piropo, que era como la mágica expresión, las divinas palabras que sellasen un vínculo indeleble entre los dos, un secreto con nadie compartido. Y en el dúo de orgásticos acentos, el loro, que enjaulado contemplaba el lúbrico festín de la pareja, contrapunteaba hasta formar un trío: Murita bunita. Murita bunita. Murita bunita...

* * *

--¿Qué os parece, muchachos, esta vaina que acabo de leeros. A ver, tú, que has levantáu la mano, qué nos dices.

--Pues eso, lo que acabas de decir, profe, que es una vaina garambaina.

--Eso para empezar. A ver, más cosas.

Al cabo de un silencio valorable en un doble compás de compasillo, porque nadie se lanza a intervenir, un mozo mazacote y fortachón, voz de carnero altivo y merendado, alza la mano y dice reciamente:

--Sabíamos que el tío era un fascista, por el cuento anterior; pero ahora vemos que encima es un racista de la leche.

--Lo de racista no lo veo claro -dice tímidamente un coleguilla, a manera de ruego aclaratorio; pero el interpelado se sulfura, porque aunque tiene claro lo que ha dicho, para explicarlo se las ve canutas. Así que le contesta desairado:

--Ciego tienes que estar para no verlo; o ser completamente gilipollas.

--Bayarri, tío, calma, no te atufes; no vamos a pelearnos, cuando aquí la pared del frontón es el autor que estamos criticando, y por lo tanto, contra él hay que tirar todos a una.

Joserra Madariaga, alias Chapurdi, remoquete heredado del aitá, le echa un cable al mancebo mazacote, pues por algo es más leído y escribido, y son compinches de kale borroka:

--Es un racista, sí-señor, ¿qué pasa? Porque, en primer lugar, habla de "mora", en vez de "marroquí", "norteafricana", "árabe occidental", o cosa así.

--Es que dice mi padre que ese nombre de moros se lo daban los romanos a las gentes indígenas del Atlas, sin ninguna intención peyorativa -dice Sarita Ozores, una piba quinceañera, de padre catedrático, carita de sabihonda y aplicada.

(--¡Cagüen tu puto padre!) -rumia el profe en silente violencia contenida, reprimiendo su exteriorización, porque nunca se sabe: no es como antes, cuando existía libertad de cátedra, y todo cuanto el profe profería iba a misa, o al menos no al carajo, donde un chisgarabís de baja ley puede tergiversar cualquier mensaje, y a ver quién es el guapo que lo enmienda. Luego, calmado, añade en alta voz-: Le dices a tu padre, de mi parte, que esas erudiciiones no nos sirven; porque de los romanos a esta parte las cosas han cambiáu de medio a medio. Y le dices también a ese señor que, antes de introducirte en la mollera patrañas que conducen al error, se pase a hablar conmigo, ¡no te digo!

--¡Y luego vaya forma irreverente de referirse a Alá y al islamismo! -dice el rapaz que ha hablado en primer término.

--Hombre, ya eso sería lo de menos, pues nosotros hacemos otro tanto con nuestra religión tranquilamente, sin que ello sea ya piedra de escándalo; sólo que si se enteran los muslines, los fundamentalistas sobre todo, condenan al autor al pim-pan-fuego; aunque pueden ahorrarse el trabajito, pues otros se les han adelantado en dar mulé al gachó por sus ideas. Pero a ver qué más cosas se os ocurren.

--Pues que otro claro signo de racismo está en atribuir a esa señora una actitud desnaturalizada al no echar nunca de menos a su hijo, y luego al no sentir pena ninguna cuando se entera de que el chico ha muerto, y se alegra con la indemnización como a quien le ha tocado el premio gordo -dice un mozo que habla por vez primera, pero que participa activamente cada vez que hay que hacerlo por escrito.

--Tiene razón Armando -dice otro-. Si esa forma de actuar se le atribuye a una francesa, inglesa o alemana, y sobre todo a una americana, entonces lo veríamos normal; pero hacerlo a una pobre magrebí, o de otra procedencia marginada, eso es, sin discusión, puro racismo.

--¿Y no será que vemos muy normal -interviene de nuevo Sara Ozores- que las conductas menos ejemplares las tengan las personas procedentes de países más ricos y avanzados que el nuestro, porque así satisfacemos cierto complejo de inferioridad, mientras que lo tachamos de racismo tratándose de países atrasados, porque así nos sentimos protectores, y eso, a mi ver, nos sirve de consuelo?

El profe, por demás descerrajado ante una intervención tan insolente, no se caga en el padre de la chica a voz en grito porque se comprime en un supremo esfuerzo de self-control. Pero algo más calmado, la interpela:

--Oye, niña, ¿esa... música también te la canta tu padre en la cunita?

--Eso, más bien mi madre, que es socióloga -dice la alumna sin incomodarse, con naturalidad, sin petulancia, aunque quizá por eso mismo al profe llegue a sacarle más de sus casillas:

--Pues dile a esa señora "burgalesa" que esos países serán más avanzados que el suyo, que es España, y no que el nuestro, que se halla en el pináculo de Europa, tanto por su ejemplar economía como por su intachable democracia; lo que ha de verse más palpablemente cuando tengamos nuestra independencia.

El mozo mazacote y fortachón, que está a su vera, dícele a la oreja:

--Oyes, si no serías una chica que no tienes ni media bofetada, te metía tal hostia a la salida que ibas a aterrizar en Atapuerca.

¿Replica algo la moza amonestada? Alza la frente, enfila la mirada; mueve los labios; no se oye palabra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
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