SIÉNTATE CONMIGO
  Sólo el Amor (Antonio Vicente Mosquete y Angelines Sánchez)
 

 

 

Sólo el Amor

Antonio Vicente Mosquete

No sé Silvio cómo te estallaría esta canción en el pecho. Sé, eso sí, que al inyectármela, se me amontonan en la garganta borbotones de una esperanza nueva y desconocida, se me sube por las venas una fe insólita en el hombre, en la vida y me dan ganas de tocarme las manos, reconocerme las manos, reconocerme la arcilla que hay en mis manos, afirmarme humilde e inverosímilmente en la desnuda esencia de lo humano: sin adjetivos, sin contornos, con el vértigo fuera. Por sobre las ruinas de una existencia rutinaria y estomagante, sin ética ni estética, sin norte y sin latido, se abre paso un ansia de atrapar cada golpe de ternura, cada beso posible, cada caricia prohibida; la inquebrantable decisión de no dejar pasar de largo sin subrayarlo en el cuaderno de la vida, ni un solo gesto amistoso, ni un solo instante de camaradería elemental, ni una sola sonrisa, ni la más mínima palabra inteligente y bonita, ni una mujer, ni un niño, ni un chiste siquiera. Asoma por sobre la desesperanza la más inconmovible resolución de reivindicar como propia toda mirada limpia, toda confabulación contra los convencionalismos.

No sé Silvio si este vitalismo angustiado, pero al fin esperanzado, tiene algo que ver con lo que sentiste al hacer esta canción. Es, al menos, una visión heterodoxa y contradictoria de un náufrago escéptico que se aferra desesperadamente a la vida y que, a veces, sólo algunas veces, recobra un soplo de vitalismo apasionado, de fe, en el hombre, pasajero, pero creíble.

A Destiempo

Angelines Sánchez (Picolisto)

Toco tus manos invisibles que conozco, hoy forman parte de todas las lluvias, de todas las caricias imposibles, de los horizontes con forma de adiós.

Acudo a la convocatoria de ese espacio inconcebible donde juegas a hacer arcilla de las estrellas. Aporto mis manos de barro rescatadas del lodo, dispuestas a modelar poesía: con las palmas las almas, con los dedos los miedos...

Leo tu carta y, a destiempo, envío mi respuesta a ese trocito del diseño superior, en el que tus latidos componen mensajes, sin preguntas, con el único riesgo de provocar una alarma de soledad..

Recibe mi acuerdo y anótalo, con tu código indeleble, en la nube blanca que todavía no esté escrita para que conste, por los siglos de los siglos.

 

 

 
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