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  El Braille, un Sistema de Escritura en Peligro de Extinción (Eutiquio Cabrerizo)
 

 

 

El Braille, un Sistema de Escritura en Peligro de Extinción

Eutiquio Cabrerizo Cabrerizo

Yo aprendí la historia de Luis Braille, siendo niño, como si fuera la de un santo. Creo, incluso, que me dijeron que leyera el libro de su vida al mismo tiempo que el de Santa Teresa de Jesús o el de la vida de San Pedro apóstol.

En esa confusión y mezcla de ideas que se nos amontonan antes de superar la infancia, recuerdo alguno de los episodios de la vida del inventor del sistema de escritura para ciegos, entre otros muchos que ocurrieron a otros tantos héroes históricos que la iglesia católica subió a los altares y otros muchos que, por no ser históricos ni católicos, fui yo mismo quien en mi interior un día decidí considerarlos como santificados.

Así, en la fantasía de la infancia, creí inducido directamente por intervención divina el accidente en que un estilete de zapatero le deja ciego a los tres años, y no menos inspirada como un milagro de Dios la revelación divina que hizo posible que a los trece años inventara el sistema de escritura que lleva su santo nombre.

Después, corriendo el tiempo, superé la etapa de la credulidad, la de las ansias, la de la racionalidad y la del escepticismo. Seguramente habré sido elemento pasivo en muchas otras etapas sin saberlo.

A medida que fui avanzando en mis estudios y necesité acceder a información más especializada, o simplemente quise ampliar el abanico de mis libros de lectura, descubrí que cada vez eran menos los libros escritos en braille que me interesaban y cada vez más los que estaban grabados en cinta casete.

Aparentemente tenían ventajas las obras grabadas en cinta: la lectura era más cómoda y más rápida; los libros ocupaban menos espacio y era más fácil transportarlos en caso de un viaje por motivos laborales o de descanso. Al mismo tiempo que se leía podía hacerse alguna otra cosa con las manos, como preparar la comida de mi familia, hacer las camas o practicar pequeñas habilidades manuales. Por otro lado, el proceso de grabación era más sencillo que el de transcripción, y podía disponerse del libro deseado en un plazo más corto.

Así empezó mi proceso de "desbraillización" sin saberlo. Era tan lento, tan sin darme cuenta, que nunca llegué a ser consciente de que lo iba perdiendo. Notaba que cada vez me daba más pereza pasar los dedos por los renglones, y que cada vez iba leyendo más despacio con las manos, pero no era consciente del perjuicio que la pérdida me ocasionaba.

Después, me fui convenciendo a mí mismo de que apenas había cosas escritas en braille que mereciesen la pena el esfuerzo, y caí en el mayor engaño que de niño nunca hubiese cometido teniendo en cuenta mi amor infantil al braille.

Con el tiempo sustituí casi por completo la lectura usando el tacto por la otra, la auditiva, que era más práctica y, después de todo, no era más que cambiar el uso de un sentido por el uso de otro. Gran fallo por mi parte.

Y empezó el declive.

Un día dudé si una palabra difícil se pondría con be o con uve; otro día, la palabra era más fácil y la duda muy evidente. Fui perdiendo seguridad en la ortografía de las palabras más sencillas. Los signos de acentuación empezaron a vacilar entre las sílabas.

Las palabras que me salían por primera vez al encuentro, empezaban a presentarse sin imagen gráfica, algo parecido a un sonido que tenía un significado semántico, pero que en mi cabeza carecía de representación escrita.

Pero no por eso dejé de ser una persona culta. Mi afición a la lectura siguió aumentando sin descanso, aunque fuese exclusivamente lectura de libros en audio. Además, escuchaba la radio y la televisión, y estaba al día en cuestiones de política nacional e internacional, en deportes, en música y en los últimos avances de la ciencia.

Un día quise deletrear el título del libro que Marguerite Duras dedicó a la ciudad japonesa que sufrió el cataclismo de la primera bomba atómica y las haches se me escaparon entre los dedos. Fue cuando empecé a leer estadísticas sobre la alfabetización de los ciegos en los países desarrollados y descubrí que sólo el veinticinco por ciento conocía y usaba el braille. El resto no empleaba ningún sistema de lectoescritura. Entre ellos me encontraba yo, sin duda alguna.

Entonces empecé a plantearme si puede hablarse de personas cultas al referirnos a quienes saben tratar de un tema por lo que han oído. Si podemos hablar de personas instruidas cuando nos referimos a quienes conocen todos los libros por haberlos escuchado grabados sin haber leído ninguno directamente. Si puede existir una cultura exclusivamente verbalizada, sin el uso de ningún sistema de escritura o si, al contrario, la falta de éste no condicionará de forma grave la existencia de aquélla.

En ningún momento de la historia los ciegos han avanzado tanto en su normalización social como se ha logrado gracias a la cultura adquirida a partir del sistema braille. Bibliotecas, libros de formación, incluso han surgido profesionales cualificados y escritores ciegos en número insospechado antes del siglo XIX.

Doscientos años después del nacimiento de Luis Braille, ciego que inventó un alfabeto para los ciegos, su sistema de escritura en lugar de ganar terreno está cada día más desprestigiado.

Cada vez somos menos los que lo usamos y, aunque las nuevas tecnologías permitirían imprimir con mayor facilidad y menos costes, poco a poco se imprime en el mundo menos libros en braille asumiendo que los ciegos preferimos leer en audio, bien por los procedimientos tradicionales o bien con el uso de sistemas informáticos.

El problema no sería demasiado importante si se hubiese desplazado el sistema braille para sustituirlo por otro método igualmente válido en sus posibilidades de lectura real y su precisión analítica. Lo peor es que no se ha sustituido por ningún otro, y que los ciegos estamos regresando poco a poco a la cultura verbalista que existía antes de Valentin Haüy y Luis Braille.

En Coupvray (Francia), el 4 de enero de 1809 nació un santo.

Es una pena que la devaluación religiosa de la vida moderna esté consiguiendo que los ciegos dejemos de creer en sus milagros.

 

 

 
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