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  Estampas de Mi Colegio (Revista Hablada Colegio Santiago Apóstol ONCE Pontevedra)
 

 

 

Estampas de Mi Colegio

Revista Hablada del Colegio Santiago Apóstol de la ONCE de Pontevedra

Nota Previa

Estampas de mi colegio era el título de una de las páginas en que estaba dividida la emblemática revista hablada trimestral que, a partir del curso 1960-61, comenzó a elaborarse en el colegio Santiago Apóstol de la ONCE de Pontevedra y en la que colaboraban Dirección, profesorado, comunidad de religiosas, "auxiliares/celadores" y, por supuesto, los alumnos.

Al final de cada trimestre, se realizaba la adución conjunta de la grabación de la misma y que, salvo mínimas variaciones se componía de las siguientes páginas:

1. El Director os habla.

2. Página religiosa.

3. Página literaria.

4. Estampas de mi colegio.

5. Curiosidades.

6. Página deportiva.

7. Página musical.

Los textos (seleccionados por profesores y comunidad de religiosas, y transcritos al Sistema Braille por los auxiliares) eran leídos por un escogido grupo de alumnos sin que se citara su nombre, con lo cual resulta complicado, incluso para los propios compañeros, reconocerlos, por aquello del cambio de voz y el transcurso de tantos años.

Utilizando la digitalización de las grabaciones que se han podido rescatar,

He transcrito las doce primeras Estampas de mi colegio, correspondientes a los cursos entre 1960-61, 1963-64 en las cuales, dadas las deficientes condiciones sonoras de las mismas, probablemente haya algún error, no sólo en cuanto a términos mal entendidos, sino también, como es lógico, en cuanto a la puntuación, pues no se conservan los textos escritos originales que, dicho sea de paso y por lo que se refiere al autor, nunca he sabido a ciencia cierta quién o quiénes eran, aunque alguien apuntaba a la superiora de la pequeña comunidad de religiosas mencionada anteriormente. Aquí están:

 

Primer Trimestre, Curso 1960-61

Queridos amigos: Hoy tengo el gusto de presentarme a vosotros y saludaros: me llamo Sabelotodo. Me gusta mucho viajar y poseo una capa mágica que me hace invisible, lo que me permite entrar y salir donde quiero y como quiero sin ser visto de nadie. Pues bien, un día del mes de septiembre, emprendí un viaje hacia cierta ciudad del noroeste de España para visitar cierto colegio. ¿Lo adivináis? Después de un viaje feliz y largas horas de tren, puse los pies en tierra de... Pontevedra.

Anda que te andarás, pasé por debajo de un puentecillo pequeño, luego por encima de uno más grande y desemboqué en una calle ancha, nueva, con faroles recién pintados. Torcí a la izquierda y divisé una casa medio cubierta por grandes árboles y las entrelazadas ramas de algunas palmeras. ¿Será esto lo que busco, o será una casa encantada como la de Blanca Nieves y los siete enanitos?

Me voy acercando, acercando, y veo un letrero. Me pongo las gafas y leo: Colegio de... No lo digo; ya lo sabéis. Avanzo un poco más, penetro por una gran puerta de hierro, que se halla entreabierta, y me encuentro en unos jardines: son las 11 de una encantadora mañana de fin de verano en Galicia. Un airecillo agradable acaricia mi rostro y juguetea con mis cabellos. Respiro con fruición el perfume que se desprende de las flores que abren sus corolas para recibir los benéficos rayos del sol. Disfruto unos momentos de todo esto, subo rápidamente unos escalones de piedra, me pongo la capa mágica y me cuelo dentro de la casa. El portero, que oye el ruido de la puerta, sale y pregunta:

-¿Quién hay?

Yo me río en silencio. Y como no ve a nadie, dice muy convencido:

-Era el viento.

Valiéndome del privilegio de ser invisible, empiezo mi visita de inspección: hay olor a pintura, a barniz, a aguarrás... a limpio, en una palabra.

Me encuentro ante una amplia escalera con hule, barniz, jarrones, dos hermosos focos al final como faros que alumbran el camino a los visitantes. Arriba, dormitorios pintados, colchas impecables, sin manchas ni arrugas: todo ordenado. Pero todo no; al fondo de un pasillo me encuentro con un dormitorio pequeño, que de momento, pensé era una sucursal del Rastro de Madrid. Allí había zapatos nuevos, otros menos nuevos, viejos y más viejos, un pantalón negro con una rayita blanca y pintado de rojo, verde, anaranjado, amarillo; otro de fondo verde con lunares blancos, azules, rosa... ¡Ah¡, ya, aquí debe vivir algún payaso de circo.

Bueno; sigo revisando todo. Bajo. Voy al comedor (comedor de hotel) y al pasar por la cocina, ¡salía un tufillo más bueno!, que estuve a punto de entrar, destapar una olla, meter la mano y... Pero tuve miedo de que la cocinera me diera con el mango de la sartén. Bien; la jaula está preparada para recibir a los pajaritos; pero no, jaula no, porque jaula es un poco prisión, cárcel porque quita libertad a los que están encerrados en ella. Es un nido muy grande, preparado con mucho cariño para recibir en él a una bandada de pajaritos. Me marcho; volveré otro día cuando esté el nido ocupado.

15 de septiembre

Hago una nueva visita usando el mismo procedimiento.: hacerme invisible, y... ¡oh, sorpresa! Lo primero que encuentro: maletas y más maletas, paquetes y más paquetes... ¿Será que el dueño del colegio ha cambiado de idea y ahora pone una agencia de transportes?

Me puse un poco triste pensando estas cosas, cuando, de repente, rompe el silencio el sonido argentino de una campanita, y entonces empezaron a aparecer niños: niños por la escalera, niños por el patio, niños por los salones... ¡Ya están los pájaros en el nido!

Me acurruco sonriente en el hueco de una puerta y me dedico a mirar las caras. ¡Qué caras! Algunas con churretes y todo, claro está. Pero no es eso. Es que algunos se acordaban de su mamá, otros de su papá y otros del profeta Jeremías y querían ensayar para imitarle. Había uno que se llamaba... ¡ah¡, sí,, ya me acuerdo: algo parecido a Cuervo, esos pájaros grandes. Pues bien, éste abría una boca tan grande como un buzón de correos, y yo me reía de verle. Otro que se llamaba... ¡no lo digo¡. Estaba haciendo pucheros. Otro... bueno, lo dejo en el tintero porque tocó otra vez la campanita y entraron en el comedor.

Yo también entré. Comencé a pasar revista y... ¡lo que descubrí! Nada menos que aquí, en el colegio, hay contrabandistas. Sí, sí, como lo oyen ustedes; hay contrabandistas. Y preguntarán ustedes: ¿A qué clase de contrabando se dedican? Pues a lo que se presenta. Unas veces es de judías, otras de garbanzos, otras de macarrones... En fin, a lo que sea. ¿Que dónde lo guardan Pues..., nada entre los platos. Pero, atención, señores contrabandistas, sepan ustedes que el colegio tiene muy buenas relaciones con la Policía Armada, y aquí tenemos una representación del Parque Móvil de Madrid con domicilio en Bravo Murillo 41, escalera 24, 2º derecha. Para más informes, dirigirse al sr. Presidente don Alejandro Zurita o a su Secretario don Manuel Almedina.

Sigo mirando, observando y... ¡nuevo descubrimiento! Vuelve otra vez a funcionar la cofradía de los "esques", aumentada por algunos nuevos miembros. Parece ser, según informes, que algunos se han dado de baja, entre ellos don Lino Tejo, don Adalberto Martín. Mi más cordial enhorabuena.

Unos minutos después, aquellos pájaros revoloteaban por todos los lados. Unos buscan la cama que les ha tocado en suerte este año. Los muy estudiosos van a ver su sitio en clase; otros al campo de deportes por si lo han cambiado de sitio, etc.

Y nada más por hoy, amigos; pero sabed, que cuando menos lo penséis, estaré aquí con mi capa mágica para visitaros de nuevo.

Os deseo mucha suerte y grandes éxitos en los exámenes. Para eso, ya sabéis, "a Dios rogando y con el mazo dando", o sea, buena conducta, piedad y trabajo.

Vuestro amigo

Sabelotodo

 

Segundo Trimestre, Curso 1960-61

Queridos amigos: De nuevo vengo a visitaros y charlar un ratito con vosotros. Ya me conocéis, ¿no? Pero por si acaso, o recuerdo mi nombre: Sabelotodo.

Veo que ahora no hay caras lánguidas ni ojos llorosos, ni pucheros como cuando vine aquel 15 de septiembre. Hoy observo caras sonrientes, algunas un poco más regordetas, otros con algunos centímetros más de estatura y otros que han subido de categoría (han celebrado su puesta de largo) tales como Almedina y Diéguez, que van muy anchos luciendo sus pantalones largos. Enhorabuena y para muchos años.

Como os dije entonces, he venido varias veces por aquí; unas veces con mi capa mágica, que ya sabéis que me hace invisible, y otras, sin ella. Y haciendo honor a mi nombre de Sabelotodo, os voy a contar algunas cosas. ¡Ya veréis cuántas sé! Sé mucho, mucho.

El día 27 de noviembre me envolví en mi capa y me dije: "Voy a ver qué tal andan aquellos chicos del colegio Santiago Apóstol". Eran las ocho y cuarto de la mañana cuando llegué. Me disponía a entrar por la puerta falsa en el crítico momento en que un hombre alto, delgado, con el pelo un poco gris, vestido de azul marino con galones dorados en las mangas y con unas letras en la solapa que decían: ONCE. Agarraba la cuerda pendiente de un badajo de una campana. Calculé mal la distancia y al entrar tropecé con él. El hombre miró, no vio nada y dijo:

-Estos gatos que siempre tienen que estar en el medio estorbando...

Yo me puse a reír y dije:

-¿Qué? Se equivoca. No soy gato, no soy madrileño; vengo del país de los sueños.

Escuché el repiqueteo de la campana, era un repiqueteo especial; parecía que tocaba a fiesta y comunicaba un no sé qué de alegría, que yo me sentí con ganas de correr, de saltar. ¿Qué será hoy? Y en cuatro saltos subí la escalera para ver lo que pasaba.: crujir de colchones, chapoteo de agua en los lavabos, pompas de jabón, caras radiantes, sonrisa, alegría, animación. ¿Qué será hoy? Los mayores se esmeraban en hacer muy bien el nudo de la corbata, estirarse bien los calcetines, y así, correctos e impecables, bajaron en fila a la capilla.

Allí me enteré de la fiesta, doble fiesta. Con razón repicaba la campana: piedad y fervor en la misa, buen apetito en la mesa, mucha gracia en las comedias y el punto culminante: ¡la tómbola! ¡Qué tómbola! Allí se habían dado cita tres almacenes: El Monfortino, Garza y el Bazar Pazos Gondar. De todo había, pero sobre todo había mucha lata, mucha lata.

Y aquí viene lo más importante de mi historia: Historia de la Lata.

Pues señor; me quedé cerca de la puerta del salón de la tómbola, y aquello era un sin parar de entrar y salir niños: entraban con caras alegres y manos llenas de papeletas que dentro se convertían, como por arte de magia, en galletas, calcetines, chocolate, corbatas..., y una buena parte, en latas.

Así pasó la mañana. Por la tarde quise estirar las piernas y tomar el aire. Estaba disfrutando de mi paseo, cuando me sorprendió un grupito de tres niños que estaban con el punzón en la mano, muy atareados haciendo puntos. "¡Qué chicos más aplicados!" -me dije--; hoy fiesta y escribiendo. éstos lo menos tienen un 10 en escritura. Me acerco y, en efecto, escribiendo, pero... ¿saben ustedes cuál era la pauta? Pues una lata de leche condensada.

No lejos de allí, había otra pareja con otros punzones y otras "pautas", que después de hacerlos consabidos agujeritos (vamos, puntos en Braille) chupaban y lamían las... "pautas". Eran madrileños, claro, y hacían de gatos.

Estaba mirando este segundo grupo, cuando veo tres gatos grandes que iban a la despensa del segundo piso, el mejor sitio para los gatos: la despensa. Pero sepan ustedes, que ese día, además de las despensas corrientes, había otras suplementarias; sin duda por si a causa de las lluvias se producía una inundación que afectase a la de la planta baja. ¡Qué chicos más prevenidos! Pues bien, subí despacito y sorprendí a los tres gatitos en el colmo de la felicidad lamiendo y relamiéndose de tanto chupar latas, digo,... "pautas".

Son las siete de la tarde. Veo un chico paliducho, tristón, con ganas de llorar. ¿Qué le pasaría? Alguien pasa y le pregunta:

-¿Qué tienes?

-No sé; no me encuentro bien. Me duele la cabeza, me duele el estómago, me duele...

Bueno; vamos a ver. Le someten a un interrogatorio, le hacen la historia clínica y se forma el diagnóstico: "Chico, estás muy malito; estás atacado de la enfermedad de "lata". Te pondremos un tratamiento y veremos lo que resulta".

Terminaba de pronunciar estas palabras, cuando llegaron otros dos chicos sosteniendo a un tercero medio desmayado.

-Mire uste -dicen-, éste está muy malo, no se puede tener, se cae.

¡Ay, ay! Si supiera mi "aita" lo malito que estoy -dice nuestro paciente-. (Pues han de saber ustedes que el enfermito es bilbaíno). Pero su aitacho está muy lejos y no sabe lo que le pasa al "suo fillo".

-Vamos a ver, cálmate, hombre, cálmate. ¿Qué te pasa?

-Mire usted, todo me da vueltas; me parece que anda...: andan las carreras, el patio, las escaleras...

-¡Hombre, un nuevo sistema de locomoción! ¡Tú estás quieto, y como todo anda, vas donde quieres! ¡Nada, ni la escalera rulante de Galerías Preciados de Madrid!

-También algunas veces me parece que estoy en el techo y otras que me caigo a un pozo.

-Bien; padeces un caso muy agudo de la terrible enfermedad de "lata". Pero con un buen tratamiento y una prudente dietética creo se te pasará. Tengo un excelente específico para esto: la camomila.. Lo tomas durante ocho días (sin tomar otra clase de alimento, si no no hace efecto) y creo que quedarás curado y nunca más en tu vida volverás a padecer de tan terrible enfermedad.

Yo ya me marché al país de los sueños. Pero tuve noticias de que gran parte de los colegiales fueron afectados por esa epidemia de mal de "lata". Hasta que las autoridades del centro tomaron las medidas de profilaxis y desinfección, mientras otras personas competentes en estas materias, estudian seriamente para descubrir los gérmenes patógenos productores de tal enfermedad.

Otro día vine a veros de noche, y vine sin capa. ¡Nunca tal hiciera! ¡Qué sustos! ¡Qué sobresaltos! Con deciros que he estado 15 días tomando tónicos cardíacos, y aún padezco de palpitaciones.

Llegué a la puerta de la verja a las once y diez de la noche, en el momento en que, jadeante y sin respiración, llegaba el último celador, temiendo en que si tardaba un poco más, lo apuntase el sereno y al día siguiente tuviese que ir a la portería y sentarse en el banquillo de los acusados y esperar la sentencia. Mientras el sereno, que por cierto era un chico joven con tipo de guardia civil, hablaba con el celador, me escurrí sin ser visto, subí las escaleras y me coloqué en lugar estratégico esperando los acontecimientos.

Cuando se me pasó el susto, salí y empecé a mirar los dormitorios. Estaba yo a mis anchas, mirando y remirando, cuando sentí ruido de pasos que se acercaban. Apresuradamente me metí debajo de una cama: era el guardia civil; digo, el sereno que, con una linterna en la mano, pasaba revista a la tropa. Se paró unos minutos delante de cada cama, de sus mejores amigos, como Fradua, mario, Agudín, Marquitos, etc. Pero se le olvidaron algunos del gremio, entre ellos el emperador César y su escudero, un Perfecto caballero.

Cuando se marchó, salí de mi escondite. Pero duró poco mi satisfacción: tuve que esconderme de nuevo. Ahora es un chico que se levanta y empieza a tocar las mesillas. "Es un sonámbulo" -me dije. Y observo lo que hace. Abre la mesilla, toca; abre el cajón, toca, y así, una por una, todas las mesillas del pasillo. De vez en cuando también echa mano al bolsillo. Y sin más novedad se vuelve a acostar.

Me quedo pensando en el sonámbulo del Navala, y mientras miro por la ventana, la luna asoma su redonda carota por entre las cortinas de dubes y se sitúa frente a la ventana. "¿Ahora es la luna la que me quiere molestar¿" Pues no, me vas a alumbrar. En esto, toco una cama y veo que entre las sábanas aparece una cosa de piel: un niño que duerme con guantes de cabritilla. ¡Pobrecillo, tendrá sabañones! De todas maneras, no será madrileño porque "gato con guantes..."

La luna, que seguía empeñada en ver lo que yo hacía, dirigió hacia allí sus rayos. Y entonces veo que lo que asomaba entre las mantas era... ¡unas botas! Un chico metido en la cama con botas. ¿Quién será, quién no será? Tiene que ser un sabio porque los sabios son tan distraídos que lo mismo se meten en cama con botas que andan por la calle descalzos. Claro, como están siempre en la luna; bueno, o inventando un cohete para ir a la luna. Es igual. Bueno, identifico al vivo (no os asustéis, que no estaba muerto) y veo que aquellos pies cubiertos por aquellas botas, en efecto pertenecen a un sabio. ¿Un sabio en el colegio? Sí, sí, un niño sabio en el colegio. Bueno, sabio, sabio, no; pero no por falta, sino por sobra. Le sobra un poquito para ser sabio, un poquito, casi nada, una letra, una n; porque en vez de ser un sabio es un Sabino.

Amiguitos: por hoy no os cuento más. Me marcho. Hablaré con San Roque para que os libre de la peste, de las enfermedades infecciosas y sobre todo que no se repitan nuevos casos de mal de "lata". Y deseo que haya en el colegio muchos sabios, pero no muchos sabinos que duerman con botas. Hasta otro día, vuestro amigo

Sabelotodo

 

Tercer Trimestre, Curso 1960-61

Queridos amiguitos: Hoy vengo de nuevo para hceros una visita, pero muy rápida porque estoy convaleciente de una grave enfermedad. He tenido la viruela, pero no os asustéis, no ostraigo el contagio. Por si acaso, he dejado en casa la capa que me ha servido de vehículo transmisor de gérmenes virulentos. Os voy a contar cómo ha sido.

Yo soy gallego y tengo en Madrid unos parientes, un primo de la sobrina de la cuñada de una tía hermana de mi padre. Pues bien, este pariente tiene un hotel. Y allí se enteraron de que en América había viruela, y entonces dijo:

-Como estamos tan cerquita a lo mejor nos contagiamos.

Y mandó que se vacunaran todos los de la casa. Y se vacunaron, pero la cocinera, que era aragonesa, dijo que ella no quería saber nada, que tenía bastante con el carbón y el butano y que si aquellos bichos, microbios o como se llamasen iban por allí, que ya se guardarían de meterse con ella, que con ella nadie se metía que por algo era aragonesa.

Entretanto, en una ciudad de América se reunieron en junta un montón de microbios, y un grupo de ellos dijeron que tenían ganas de viajar, de ver mundo y de correr aventuras. Y como sabían hablar español, decidieron venir a España.

Se dirigieron al aeropuerto, y se dispusieron a tomar un avión que estaba a punto de emprender el vuelo. Entonces surgió una dificultad. Uno, que era muy leído y escribido, dijo que él tenía oído que para ir a otro país hacía falta pasaporte y visado del cónsul; pero como ya no tenían tiempo ni para tomar el billete, optaron por hacer el viaje de contrabando, y para que no les viera la azafata se metieron debajo de los asientos. Al aterrizar se pusieron de acuerdo y se metieron en el bolsillo del gabán de uno de los viajeros y... mire por dónde, aquel señor va a parar al hotel del primo de la sobrina de la cuñada de la tía hermana de mi padre. En el momento en que el señor se quitó el gabán salieron del bolsillo y se dedicaron a inspeccionar toda la casa, ver a todos sus habitantes y a hacer amistades con algunos de ellos. No les iba gustando nadie, hasta que uno en sus correrías acertó a dar con la cocina. Comunicó a sus compañeros el descubrimiento y le dijeron:

-¡Hombre, qué listo eres! Eso es lo mejor de la casa y además la cocinera nos cuidará más bien...; nos dará muy bien de comer.

¡Pobre cocinera! ¡Qué mal le salieron aquellas amistades! Por poco se la llevan con ellos y no a América, sino a aquel país donde se va y no se vuelve. Pues bien, yo sin saber nada de esto fui a Madrid para hacer una visita a mi pariente y... ¡amiguitos¡, en cuanto ellos se enteraron, como ya estaban cansados de estar en Madrid, se dijeron:

-¡Qué ocasión más buena para ir a Galicia, con las ganas que teníamos de visitar las rías gallegas!

Y sin contar con nadie, se me pegaron como lapas a la capa.

Llegué a mi casa, y mientras estuvieron por la capa, bien, pero luego me empezaron a dar pellizquitos, luego arañazos, luego mordiscos... Total, que me pusieron colorado como un cangrejo, y además lleno de granitos, ampollas..., ¡qué sé yo! Después de mucho luchar con ellos he logrado vencerlos, apresarlos y finalmente embarcarlos en el Santa María.

Ahora, como ya os he contado bastante de mí, os voy a contar lo que vi y oí un día que pasé por aquí.

Bueno; pues un día pensando en mi enfermedad me acordé de vosotros y dije: "¿Qué les pasará a mis amigos del colegio Santiago Apóstol? ¿Tendrán ellos también la viruela? ¿Habrá allí enfermería? Yo no la he visto". Para salir de dudas, en cuanto pude me vine por aquí.

Llego, abro la verja y entro. En aquel momento el guardagujas estaba abriendo el pasonivel. Perdonen, estaba abriendo el pasoacamiones. Entré antes que me cerrase el paso, y recorrí la casa buscando la enfermería. La encuentro, la examino. Cuatro camas y cuatro factores esenciales en una enfermería:: aire, luz, sol y limpieza. Ocupando dos de estas camas se encontraban dos (supongo enfermos) y otro de pie (parece sano) que debe estar de visita. Veamos y oigamos.

Uno de los pacientes, de unos 9 años, delgadito, morenete, voz chillona, cara de travieso (de esos que no pueden estar dos minutos quietos) catalogados en los llamados rabos de lagartija, estaba incorporado totalmente absorto contemplando un interesante partido de fútbol entre el Real Madrid y el Barcelona. El partido, muy reñido, porque los componentes de los equipos son de lo mejor que existe en este género, se hace por demás interesante. Uno de los mejores partidos de la temporada. Hasta que al final la victoria se decide para el Real Madrid. Quizá tenga algo que ver en que el árbitro es madrileño. ¿Televisión¿, dirán ustedes. Pues sí, el enfermo lo ve maravillosamente ¿Quieren ustedes conocer a los jugadores? Se los voy a presentar. La caja de aritmética es el campo de fútbol,los números los jugadores y el rabo de lagartija..., digo... el enfermo es el árbitro. ¿Qué les parece?

Estaba yo también contemplando el partido, cuando me distrajo la conversación que sostenían los otros dos personajillos que habitaban en la estancia. Oigamos su conversación:

-Oye, ¿qué cara tengo?

-Chico, yo creo que la misma de todos los días. ¿O es que tienes una para cada día de la semana?

-No me comprendes. ¿Cuántas orejas tengo?

-Pues mira, te las voy a contar, porque a lo mejor te ha nacido una esta noche. Yo he leído que en tiempos de Ulises había hombres que tenían un solo ojo en la frente y otros que tenían tres orejas (dos a cada lado, igual que nosotros, y otra encima de la nariz. A lo mejor tú...

-No es broma. Mira lo que te digo: tengo miedo de que un día al despertar me encuentre con una oreja comida o me falte un pedazo de cara.

-¡Caracoles! ¿Pero es que aquí hay ratas tan grandes como para eso? ¿Sabes que ahora también me está entrando el miedo a mí?

-No, hombre, no; escucha lo que te digo: es que estoy muy enfermo, tengo la lepra. He visto la película de Molokai, he visto al padre Damián y tengo los mismos síntomas que él; sólo me falta probar a meter la cabeza en agua hirviendo para ver si la siento, después, ya ves, me tendré que ir a la isla y...

Amiguitos: al oír esto, a mí también me entró un poco de eso que se llama... Bueno, ya lo sabéis, es que después de lo de la viruela cualquiera se fía de esos bichos, se llamen como se llamen, porque el contagio...

Mientras pensaba todo esto, se oyó la bocina de un coche que paró debajo de la ventana. Me asomo, veo una cosa grande, cerrada. "Ya está" -me dije-, esto es la ambulancia para llevarse a este chico. ¡Pobrecillo!

Bajo rápidamente las escaleras y resulta que era... ¿a que no lo adivináis? Pues la camioneta del panadero. Nada; que con vosotros no gano para sustos.

Unos días después, dando un paseíto, me acerco hasta aquí y... ¡oh, sorpresa! Me encuentro dentro del portalón con un soberbio Pegaso y amontonados a sus alrededores un montón de objetos heterogéneos: armarios, bancos, sillas, cajones, ¡un armónium¡...Qué sé yo cuántas cosas más. ¿Qué pasará? Ya sé; que se cambian de casa, claro; o que o van a hacer obra. Entonces uno dice:

¡Las espadas, que no se olviden las espadas!, porque si no ¿qué vamos a hacer?

Allí, por el otro lado, se oye una voz diciendo:

-¡Las municiones, ante todo las municiones, Eso es lo principal! Vengan las cestas y los sacos que ahí van!

Nuevas conjeturas por mi parte. ¿Con quién se irán a pelear estos chicos? Van en plan de guerra, ellos que siempre han sido tan pacíficos. Un tercero dice:

-¿Han subido ya los instrumentos?

Armónicas, bombo, platillos, bandurrias... todo aparece por allí. Yo me hago un lío. Ahora parecen trobadores que van a dar alguna serenata. En un momento, todos los asientos del Pegaso son ocupados por chicos con caras alegres y contentas. Yo también subo envuelto en mi capa para no ser visto, claro está, y se emprende la marcha. En el camino alguien dice:

-Una compañía de comediantes.

Con un montón de ideas en mi cabeza, pensando en qué irá a parar todo aquello, llegamos a... ¿lo adivináis? Allí me doy cuenta de todo. En efecto; aparecen guerreros pacíficos, excelentes trobadores y graciosos comediantes. Y como resultado, una cosecha de aplausos, entre los que se destacaban los míos, aunque nadie los veía. Enhorabuena, amiguitos, y también doy la enhorabuena al de Molokai, que lo veo vivito y coleando sin faltarle una oreja ni tampoco tener tres.

Hasta otro día. Me voy a descansar. vuestro amigo

Sabelotodo

 

Primer Trimestre, Curso 1961-62

Queridos amiguitos: Con cuánto placer vengo a veros de nuevo después de la larga ausencia de las vacaciones. ¿Qué tal os ha ido? Vuestras caras me dicen que bien. Me alegro mucho.

Dispensad que vuelva la cara, pero, ¿de dónde sale esa voz de hombre viejo? ¡Ah!, ya comprendo. Es debido a que nuestro amigo... ha ingerido este verano grandes dosis de productos Lerma, y como consecuencia le ha sobrevenido un desafinamiento de las cuerdas vocales. Pero eso no tiene nada de particular; entre el doctor Lorente y el señor Estévez pondrán el oportuno remedio.

Bueno, amiguitos; volvamos a lo nuestro. Tenía muchas ganas de encontrarme de nuevo entre vosotros para charlar un ratito y contaros algunas cosas y descubrir algunos secretos. Ya sabéis que me llamo Sabelotodo porque sé muchas cosas. También os quiero felicitar porque este año se ha aumentado el número de los artistas y matemáticos, como ahora os diré, y que he descubierto en las visitas secretas que he realizado sin que vosotros me hayáis visto.

Hace algún tiempo vine por aquí con algunos encargos, y por cierto que por poco salgo descalabrado. Vine con la capa enrollada bajo el brazo para usarla en momentos oportunos. En la portería me encuentro con un hombre de mediana estatura, con algunos dientes de metal y el uniforme ya conocido de empleado de la casa. Yo le digo:

-Vengo a ver a Portero.

él me contesta:

-Soy yo.

Yo le digo:

-No, señor; no es usted.

Responde:

-Hoy soy yo. El que usted busca no está aquí.

-¡Que no está aquí! -digo-. ¿Pues dónde está?

-¿Dónde quiere usted que esté? -me dice-. En su casa.

-¿En su casa? ¿Quién le ha llevado?

-Novás no necesita que lo lleve nadie; sabe ir él solo -me dice.

-Pero, ¿cómo¿, ¿Novás ha dicho usted? ¡Si no es Novás, es Tomás! -le dije.

No, señor -replica-, es Novás, Tomás es carpintero.

-Usted perdone, pero Tomás es Portero.

-Pues será en otra casa, porque en ésta Novás es portero y Tomás es carpintero.

Hubiéramos seguido discutiendo sin llegar a entendernos, si no hubiera acudido una tercera persona que preguntó:

-¿Qué pasa, señor Varela?

-Pues mire usted, que este señor viene preguntando por un tal Tomás, que dice que es portero, y yo le he dicho que está equivocado, que el portero es Novás y que quien se llama Tomás, es el carpintero. Y él que sí y yo que no... Eso es todo.

-¿Qué dice usted de eso? -me pregunta.

Pues mire, que yo no vengo buscando a ningún carpintero, sino a un niño que ha llegado nuevo al colegio y se llama Tomás Portero.

-¡Acabáramos, hombre, acabáramos!

Terminado este largo incidente, me dirijo al piso de las clases para ver qué hay de nuevo por allí. Todo está en silencio, sólo percibo un ligero murmullo como de niños que estudian. Voy observando, escuchando, y oigo que alguien dice:

-¡Vamos a tener elecciones, vamos a votar! ¡Está vacante el cargo de presidente y hay que proceder al nombramiento de uno que reúna las cualidades al caso.

-¿Qué será eso! Votaciones, presidente... ¿Será Presidente de la Diputación? ¿Qué otros presidentes hay en Pontevedra? Voy pensando, repasando..., y en esto oigo a uno que dice a media voz:

-Yo qui... que... qui. quiero... yo quieru ser presidente.

Miré hacia donde venía la voz y veo a nuestro candidato a presidente vestido con traje de etiqueta como lo requerían las circunstancias: pantalón largo y... etc., etc. Lo único que le faltaba era el cuello de pajarita, que seguramente hubiera realzado aún más su elegante figura.

Mientras se hace el escrutinio para ver el resultado de las elecciones, me paseo a lo largo del pasillo y al final, en lo que llaman "cuarto de celadores", veo a un chico del curso... me lo callo, no lo quiero descubrir, solitario, silencioso. Alguien pasa por allí y le dice:

-¿Qué haces aquí?

El aludido responde:

-Estoy estudiando, porque en la clase me distraen, no me puedo concentrar.

Le ordenan que se vaya a la clase, y el chico, un poco mohíno, obedece.

-¡Qué lástima¡, ¡qué mala jugada me hicieron! Estaba en íntimo coloquio con las musas, componiendo un poema en rima asonantada con la métrica de Gonzalo de Berceo sobre cierta persona mellada o Mellado (para el caso es igual) que vi en una ocasión.

Con el contratiempo se le fue la inspiración. En esto, me acuerdo de un encargo que me hicieron, y antes de que se me olvide me dispongo a cumplirlo.

Pasa por allí un celador y le pregunto:

-¿Dónde está el canario?

-Mire usted, yo soy nuevo y no sé dónde estará.

Hago la misma pregunta a otro, un poco bajo, regordete, un poco chato, y me dice:

-Está en la clase de los pequeños.

-Bien, ¿y qué tal se porta? Les da mucho que hacer? ¿Está triste?

-Pues mire usted, quehacer, no mucho, un poco por la mañana, pero con esto está despachado para todo el día. En cuanto a eso de triste, no sé qué decirle, pero el caso es que no canta nada.

-Pues sí que es raro, porque según me han dicho, antes de venir aquí cantaba mucho y era la alegría de la casa. Pero bueno, lléveme a verlo.

Me acompaña hasta la clase de pequeños. Abro la puerta: allí no había nadie. Salgo y le digo:

-Aquí no está.

-Sí, señor, sí que está.

-¿Dónde?

-En la jaula.

-¡Cómo¡, ¿en una jaula? Y ¿por qué?

-porque si no, se escapa.

Y diciendo esto, me señala una jaula.

-Pero, ¡hombre¡, ¡si esto es un pájaro!

-Sí, señor, un canario. ¿No pregunta usted por un canario? Pues aquí está.

-Yo pregunto por un niño que es de Canarias y por eso le llamaba canario. Y, además, sepa usted que el pájaro que me ha enseñado es un gorrión.

-¡aaah¡... -dijo.

Y se quedó abriendo la boca.

Unas horas después me encamino a los dormitorios con la capa mágica puesta para no asustar a los nenes. En uno de los dormitorios de mayores, había uno acostado, asomando la cabeza por entre las sábanas y haciendo unos gestos muy raros, al mismo tiempo que masticaba algo. Su vecino le preguntaba:

-¿Qué te pasa?

-Mira, es que..., entre las mantas nuevas que nos han puesto había unas bolitas como peladillas.. Me he puesto muy contento cuando las he visto porque me gustan mucho.; pero yo no sé qué es, porque saben muy mal.

El vecino se ríe a todo reír, y yo también me río. Cuando se calma un poco, dice:

-¡So tonto!, si eso no se come, si son bolitas para la polilla.

-Y, entonces, ¿qué pasará?

Pues nada, que si tienes polillas en las tripas, se te mueren.

-Oye, ¿y yo no me moriré?

-Pues yo creo que no. Pero por si acaso, díselo mañana a don Celso.

En esto, se oye una voz clara y fuerte que dice:

-¡Pitágoras, Pitágoras, Pitágoras!

-Hombre, ¿quién será ése que invoca al célebre matemático? ¿Será algún distinguido discípulo suyo, o un buen estudiante que trata de repasar en la cama el teorema que lleva su nombre?

Indago y... ¿quién era? ¿Lo digo? Que lo adivinen los listos. Era uno, cuyo nombre forma parte de la fauna del colegio.

Ya hacía rato que había sentido los acompasados golpecitos y trataba de localizar el lugar de donde partían y el motivo que los producían. Al fin me doy cuenta de que partían del dormitorio de pequeños. Me acerco y veo al pintor en plena faena, diseñando unos paisajes en las paredes que... era una maravilla. Y claro, el ruido lo producían los pinceles que utilizaba.

Como os decía al principio, os felicito; tenéis poetas, matemáticos, pintores.

Bueno, amiguitos, a trabajar mucho para tener muchos sobresalientes en todas las asignaturas, y os aconsejo como amigo, toméis como lema: piedad, cultura y alegría. Vuestro amigo

Sabelotodo

 

Segundo Trimestre, Curso 1961-62

Queridos amigos: Como siempre acudo a la cita, y aquí me tenéis de nuevo dispuesto a descubrir vuestros secretitos. Pero no quiero empezar sin desearos a todos un feliz y próspero año 1962, sobre todo para los artistas, matemáticos e inventores. Porque habéis de saber que entre vosotros hay inventores, sí, inventores.

Llegué con mi capa mágica enrollada para hacerme invisible a los que me rodean. Ya habréis adivinado que soy Sabelotodo. Son las diez de la mañana de un día frío, lluvioso y desapacible del mes de enero. Vagaba por Campo Longo, pero era tal el frío que sentía que hube de pensar en buscar un poco de abrigo. Torcí hacia la izquierda instintivamente y divisé un caserón medio cubierto por grandes árboles y entrelazadas ramas de dos grandes palmeras. Sin saber por qué me resultó familiar aquel paisaje, hasta que acercándome un poco más vi con gran júbilo que era el colegio Santiago Apóstol. Mi alegría no tuvo límites al encontrarme de nuevo con mis buenos amigos. Recordé con satisfacción el calorcito agradable y acogedor que se esparcía por todos los rincones en mi última visita, debido a la alta temperatura a que estaba sometida la caldera de la calefación. Me froté las manos con gusto y penetré por la gran puerta de hierro, pensando que era el sitio ideal para templar mis ateridos miembros. Entro y... ¡oh, sorpresa!, hacía más frío dentro del recinto que fuera. Me dirijo a gran velocidad a la caldera de la calefacción con temor de ver mi gozo en un pozo, y veo a un señor alto y delgado afanado en abrir las compuertas para que entre el aire y cerrar el tiro para que se apague el carbón. Yo me acurruco junto a la caldera para calentarme, al mismo tiempo que observaba lo que allí ocurría.

No tardó en llegar una segunda persona de características similares a la anterior, dispuesta a hacer todo lo contrario, motivando con ello gran contrariedad como es natural por la parte interesada que, a su vez, con gesto mohíno, aseguraba que la caldera no podía pasar bajo ningún pretexto de los 80 grados so pena de terminar todos convertidos en satélites artificiales expedidos por la explosión de la caldera calorífica.

La lucha entablada entre el defensor del paralelo 80 y el de más allá se resolvió al fin satisfactoriamente.

Conseguí reanimarme, y ya repuesto me decidí a dar una vuelta por el interior para ver a mis amiguitos.

Al salir del cuarto de la calefacción oigo una voz que repite incansable:

-Yo quiero un grillo, yo quiero un grillo, yo quiero un grillo.

Pensando que era un descuido del encargado de la emisora, que había dejado un disco puesto no en muy buenas condiciones, me dirigí allí, y pude observar con gran sorpresa que no se trataba de un disco, sino de un niño que reclamaba su juguete. En esto, a mis oídos llega el repiqueteo de una campana que transmite algo de alegría a juzgar por el bullicio que se deja sentir en el primer piso.

Mis amigos se dirigen a la desbandada a toda velocidad a la finca provistos de pelotas, patines y demás útiles de juego. Yo los sigo y veo entre los juegos uno que no esperaba, algo sorprendente e insólito: un canario toreando una vaca; pero no os asombréis, que no tenía ni capa, ni muleta. Y al final de la corrida fue que el canario, con el susto, no probó el alpiste en varios días, ya que sufrió una cogida que le hizo estar con un ala escayolada durante 40 días con sus 40 noches. Este incidente hizo a la vaca más temible que el mismo león africano.

Un poco más allá, y unos minutos después, se dejaron oír unos gemidos lastimeros que insistentemente daba al aire otro desventurado por la causa de la misma vaca. Acercósele un león (este domesticado) y le preguntó la causa de su profundo dolor. Respondióle el cuitado:

-Es que se me ha caído la pelota cerca de la vaca. ¡Cualquiera la coge!

El león, de un soberbio rugido, solicitó ayuda competente y un dirigente muy serio acudió solícito a remediar el mal. Pero cuál no sería el asombro al comprobar que la vaca eran dos bidones llenos de agua, uno negro y otro blanco.

Minutos antes de volver a repiquetear la campana para anunciar la hora del regreso a clase, me encuentro con otro caso más sorprendente y misterioso aún que los anteriores. "¡Atención, niños, cuidado con las brujas! ¡Avisad que recojan las escobas como medida de prevención! A todo un mosquetero le desapareció por arte de magia un calcetín llevando los zapatos puestos".

Ya todos los niños en sus aulas dando clase, me dirigí a la enfermería, pero en el pasillo me encuentro a un perfecto caballero que con un lío en la mano se disponía, todo decidido, a tomarse otras vacaciones por su cuenta y riesgo. Al parecer era un hermoso sueño; pero como decía Calderón "los sueños, sueños son".

Ya en la enfermería, veo un enfermo que no sé por qué causa o por qué Couso, tiene en su mesilla una botella de agua de Carabaña ya mediada. Deduzco que no se trata, precisamente, de un ayuno prolongado. Y, en efecto, pude comprobar que la culpa no fue de aquel maldito tango, sino de la negra mandanga causada por unas cuantas morenas libras de chocolate.

Sigo vagando por el caserón y me entero de los nuevos inventos de 1962. Un señor pretende que esto sea La Arcadia, cortando la sopa con el cuchillo, y otro muy agudín transplanta la carne y el pescado del plato a los bolsillos. Si quieren informarse detalladamente del método que sigue, dirigir vuestras consultas al señor León, caseta número 2.

En fin, amiguitos, he pasado como siempre un rato muy agradable entre vosotros con mi capa mágica y... ¡muy calentito, por cierto¡, lo cual me da a entender que la temperatura está sobrepasando los 98 grados. Me despido de vosotros hasta mi próxima visita. Mientras tanto, trabajar, estudiar y ser obedientes como siempre. Vuestro amigo

Sabelotodo

 

Tercer Trimestre, Curso 1961-62

Hoy, siguiendo mi costumbre de visitar trimestralmente a mis amigos del colegio Santiago Apóstol, me he levantado todo optimista y alegre, y con mi capa mágica bajo el brazo, me he dirigido al caserón de Campo Longo tan familiar ya para mí.

Al llegar al cuartel y dar la vuelta hacia la izquierda y después de llevar unos metros andados, me sobresalté al darme cuenta de que me había metido en un campo arado. Pero al divisar la entornada cancela comprobé que estaba en la calle deseada, y que el campo arado no era, ni más ni menos, que la arena removida de la limpieza y arreglo de las cunetas de tan familiar corredoira.

Me puse la capa sobre los hombros para hacerme invisible, y crucé la cancela. Subí la escalinata y abrí la puerta, que chirrió característicamente. Me quedé asombrado al notar que el señor alto de pelo gris no saliera a ver quién entraba como de costumbre. Según me dirigía hacia el interior, sentí un murmullo en el salón que hay a la derecha y que se utiliza para las grandes solemnidades. Como nadie me veía, me introduje libremente y me pregunté: "¿Qué ocurre aquí? ¿Habrá claustro? ¡Ah!, no, es que están dando una paga extraordinaria a los profesores. Pero no, no se ve al cajero por ninguna parte. ¿Estarán firmando autógrafos?"

Me fui colocando en primer lugar para observar más cerca, y pude comprobar que tampoco eran autógrafos, sino que los profesores, antes de empezar las clases, hacen prácticas caligráficas, haciendo su firma en unas grandes hojas confeccionadas para tal fin. Allí los dejé mientras el señor de pelo gris les aconsejaba que no salieran de sus casillas porque siempre da mal resultado. Yo, la verdad, no entendía una palabra de esto. Y pensando en ello me fui a mezclarme con mis amigos.

Subiendo las escaleras me encontré con un grupo de chicos que decían:

-Vamos a Vigo, vamos a Vigo. Daos prisa que si no llegará el avión antes que nosotros.

¿Quién vendrá? ¿A qué personaje irán a recibir? Bueno, ya me enteraré más tarde.

Sigo ascendiendo y me introduzco en una sala de piso distinto a las demás, limpia, aseada, ventilada y con unas butacas que invitaban a echar un sueñecito. Veo cuatro camas, las cuatro ocupadas. ¡Pero qué dormilones son estos chicos! ¡Aún en la cama!

Me acerco a observar y... ¡horror!, mi vista me falla. ¿Es que están dando sobrealimentación en el colegio? ¡Qué gordos están! Tienen la cara esferoidal tres de ellos. ¡Tate!, debe ser la enfermería, y la deformación que se les nota, al parecer no debe ser por la sobrealimentación sino porque les han dado "paperas". El cuarto es un obrero metalúrgico, lo que se dice en galicia un ferreiro que en su herrería las sardinas que le daban en su caja metía; como nunca las comía, las sardinas quedaban y el pobre se consumía.

Cierro la puerta tras de mí y veo una cara muy conocida ya en un cuerpo muy largo. Y me dije: "O este chico lleva zancos, o ha crecido 100 centímetros desde el pasado trimestre. Como siga así van a tener que hacerle la cama a la medida. Claro, el ejercicio que hace al estirarse delante del toro".

Dejo a este herrero castellano, alias Victoriano Valencia, y en el pasillo oigo hablar un idioma extraño. ¿Admitirán aquí niños extranjeros? No lo sabía; pero fijándome bien en sus vocablos, observo que son derivados castellanos con sufijos paletos, con los cuales José Antonio pretende hacer un nuevo diccionario con muchas hojas. Que tenga suerte y se lo apruebe la Real Academia.

Comienzo a descender por las escaleras con dirección al comedor, y me encuentro a un niño que con gran avidez chupaba un caramelo.

-Mira -le decía a un compañero-, qué grande y que blando, parece chicle. ¡Estupendo!

-Pero chico, ¿Qué estás chupando? Te vas a morir, si es un trozo de plastilina.

Ya en el comedor, me encuentro con un señor de guardapolvos azul gesticulando y hablando en voz alta. Pero mi asombro llega al colmo cuando advierto que estaba solo. Sin duda alguna estará ensayando algún monólogo para los próximos festivales, o quizá que los tornillos no están bien ajustados.

Me salgo por las carreras, y de pronto me veo que el perro león ha sido destituido y en su caseta está un real Antonio. Más allá, en un banco, sentado, un hambriento pretende comerse un cepillo con el mismo entusiasmo que si hubiese ingerido un trozo de pan, a no ser que su estómago necesitase que le pasasen el cepillo. Me parece a mí que el cerrajero va a tener que dedicarse unos cuantos días a ajustar tornillos con la llave inglesa. De pronto oigo una gran algarabía procedente del campo de fútbol, y es que el primer alumno de la escuela de parachutismo estaba haciendo prácticas queriendo emular hazañas de su ilustre frofesor. Pero no lo consiguió por un fallo del tren de aterrizaje. Otra vez será.

Bueno; como ya se va haciendo tarde, me dispongo a marcharme; y al cruzar el edificio me encuentro con los excursionistas que regresan de Vigo cariacontecidos. No vino Chesa; no pudo venir el avión por exceso de peso. Han pedido un avión superfortaleza volante y no estará dispuesto el vuelo hasta mañana.

Al cruzar la puerta de cristales advierto nuevamente el murmullo. Y picado por la curiosidad entro de nuevo en el salón y observo que esta vez no son sólo los profesores, sino los empleados también, que hacen caligrafía y siempre de su nombre. ¡Ah!, ya caigo, es que tienen que firmar a la entrada y a la salida.

Bueno, queridos amigos, como es la última visita que os hago en el presente curso, no quiero despedirme sin desearos mucha suerte en los exámenes y felices vacaciones en compañía de vuestros familiares, y hasta el mes de octubre que os haré una nueva visita. Uestro amigo

Sabelotodo

 

Primer Trimestre, Curso 1962-63

Queridos niños: Nuevamente me tenéis con vosotros, aunque por puro milagro. Estaba yo tranquilamente en casa el día 16 de septiembre cuando al echar un vistazo al calendario, me acordé de que el día 19 empezaba el curso en el colegio tan familiar para mí de Santiago Apóstol. Rápidamente cogí mi capa, que gracias a Dios no se había apolillado durante el verano, y me dirigí a la estación a sacar el billete para el "Correo de Pontevedra". El tren llegó humeante y haciendo mucho ruido, como de costumbre. En el vagón que subí no encontré asiento alguno, y al buscar dónde acoplarme en otra unidad, oigo un barullo y una voz femenina que dice:

-Son peregrinos cegos.

Avanzo un poco y cuál sería mi sorpresa al saber que los peregrinos eran mis amigos del colegio Santiago Apóstol. Pero ¿irán a montar un televisor en el colegio? ¡Si traen las antenas de Madrid!

Para no ser visto me envolví en mi capa que me hizo invisible en el acto. Al llegar el tren a Pontevedra, de nuevo cogí el acostumbrado camino, que si bien el curso pasado era nuevo, este no le queda nada.

Al llegar al portalón, observo que falta una de las columnas de piedra que jalonan la entrada y que permanece en el suelo dividida en varios pedazos. ¿Habrá algún Sansón del siglo XX por estos melancólicos contornos?

Continúo mi camino sin darle demasiada importancia. Subo la escalinata, abro la puerta de cristales y veo al señor alto, de pelo gris, que está todo enfadado contándole al director que el camión de higos había derribado la columna anteriormente citada, y me pregunté para mis entretelas: "¿Es que sería de pan de higo¿"

Me dispuse a hacer mi recorrido habitual, y observé que todo estaba recién pintado y limpio: parecía nuevo. Al llegar a los dormitorios, noté olor a cemento. Quise investigar la causa, y era que habían puesto en un dormitorio techo nuevo. En esto, oigo algarabía. "Ya llegan mis amigos", me dije. Y enseguida, la tranquilidad del colegio desapareció.

Bueno; será preferible irme unos días a visitar Galicia y de paso al "Canarias" que está atracado en el puerto de Marín, y luego volveré para ver a mis amigos en su propia salsa.

Como lo pensé, lo hice. Cuando estaba visitando tranquilamente el "Canarias" y al dar la vuelta a un enorme cañón me doy de cara con una representación de mis amigos, acompañados de su padre, según me enteré más tarde. La verdad es que debe cuidarlos muy bien, pues en vez de padres e hijos, parecen hermanos. En fin, cosas de la vida.

Al día siguiente me fui a la Corredeira para pasar un ratito distraído. Al llegar, me entero de que el buque "Uraga, que desplaza 101 mil toneladas, custodiado por una escuadra de destructores, entre los que figuran el Couto y el Lérez, el Petrus y el Lentejo, zarparán de Pontevedra haciendo escala en Ribadavia, donde se les unirá el Delfín, cargado de un millón de cubas de sabroso vino do Ribeiro.

Voy a dar un paseo por la huerta, y veo a un alumno haciendo prácticas de aterrizaje de vuelo sin motor en una pista que se inauguraba en ese momento. Fue maravillosa la exhibición por la que se concedió el honroso nombramiento de director de la Escuela Superior del Aire, para donde partió a los pocos días para tomar posesión de su nuevo cargo. Le deseo muchos éxitos en su nuevo destino.

Continúo mi observación, y me entero de que el aula número 1, sucursal de Cabo Cañaveral, que se encuentra al mando de míster Molino, eminente físico y experto en el lanzamiento de naves espaciales, y que en aquel preciso momento iba a enviar un satélite a Venus. Me quedé para ver el resultado de sus pruebas. Pero al mirar por el telescopio, pude observar que el cohete se salió de su órbita y fue a hacer blanco a la testa de un angelito ciego, el cual recuperó la vista en el acto viendo todas las estrellas que le rodeaban. Le deseo mayores éxitos para el próximo lanzamiento para que vea culminados sus deseos de llegar a ser presidente.

Continúo mis andanzas por los pasillos, y oigo a un alumno que pide que engrasen el colegio: claro, si es Herrero.

Bueno; mi estancia en el colegio es muy grata, pero tengo que reincorporarme a mis quehaceres. Así pues, os dejaré, amiguitos, hasta el próximo trimestre que volveré a haceros una visita como de costumbre. Pero antes, os deseo aciertos para subsanar los errores aeronáuticos en el próximo año 63. Que paséis felices Navidades. Pero, ojo con las indigestiones del mal de "lata" y turrones. Vuestro amigo

Sabelotodo.

 

Segundo Trimestre, Curso 1962-63

Mis queridos amigos: Después de una larga ausencia de casi tres meses, otra vez me tenéis entre vosotros dispuesto a contaros todas las cosas interesantes ocurridas en el colegio y de las que he podido enterarme gracias a esa capa prodigiosa que poseo, por la cual me hago invisible y puedo entrar y salir en todas partes sin ser visto por nadie. Ya habréis adivinado quién es el que os habla, a no ser de que me hayáis olvidado. Efectivamente, yo soy vuestro amigo Sabelotodo: el mismo que viste y calza, que no puede faltar nunca a la cita que, una vez por trimestre, tiene lugar desde hace unos cursos. Sin embargo, esta vez ha faltado muy poco para que por primera vez no me tuvierais entre vosotros. Ya sabéis por qué: las carreteras interceptadas, los puertos cerrados al tráfico y nieve por todas partes, haciendo impracticables todos los caminos. Ponerse en camino era una temeridad, pero ¿iban a quedarse mis amigos sin mi visita? Imposible. Así es que me armé de valor, me puse mi capa y aquí me tenéis. Claro que, cuando tuve mi heroica decisión de venir a Pontevedra, pasara lo que pasara, en el fondo estaba pensando para mis adentros: "En Pontevedra debe hacer un tiempo ideal, pues aunque llueva, cosa normal por estas fechas, al menos no hará este espantoso frío ni habrá nevado y nevado. ¡Imposible!"

Ya podéis imaginaros cual no sería mi sorpresa cuando al llegar al final del viaje y al apearme del tren, me encuentro que Pontevedra está tan nevada como la mismísima Siberia. ¡Qué desilusión¡, ¡qué desencanto! Pero no me desanimé al pensar lo bien que se tendría que estar en el colegio con su calefacción siempre tan apunto. Y sin pensarlo más, uniendo pensamiento y acción, me dirigí rápidamente a Campo Longo.

Pasé por delante del cuartel, doblé a la izquierda, y metiéndome por la famosa y conocida Corredoira que estaba preciosa tan blanquita. Pronto me vi frente al portalón de entrada. Ya iba a subir por la escalinata que conduce a la puerta principal, cuando algo me llamó la atención. En efecto, un señor vestido de blanco de pies a cabeza estaba al pie de la escalera en posición de firmes como quien está haciendo guardia. Al principio pensé si sería alguna nueva adquisición del colegio, algún nuevo empleado, o ¿no será el señor alto de pelo gris que se habrá cambiado de uniforme? Pero pronto salí de dudas, pues al acercarme a él me di cuenta de que no era si no un inofensivo muñeco de nieve.

Ya iba a marcharme, cuando algo en él me llamó la atención nuevamente. Me fijé detenidamente en su cara conocida. Pero, ¿dónde la había visto yo? Sin duda en los periódicos. De repente, la reconocí: ¡Naturalmente; si éste es el mismísimo Kruschov! Vaya, hombre, ¿por qué no se le habrá ocurrido al Fidias ponerle otra cara más simpática al pobre muñeco?

Le volví la espalda, y subiendo la escalera, empujé la puerta y me introduje a la portería. Nada más entrar,, un calorcillo grato y suave me acarició el rostro. ¡Qué gusto, qué placer! Por fin, todas las calamidades del viaje tuvieron su merecida recompensa. Me acerqué al radiador de la calefacción para entonar mis ateridos miembros, y allí estuve un buen rato, hasta que me sentí restablecido. Ya con nuevas fuerzas, me dirigí hacia el interior del edificio después de cruzar la puerta del fondo con ganas de saber lo que harían mis amigos después de tan larga ausencia.

Sin saber por qué, mis pasos me llevaron hacia la finca. Nada más salir, contemplé de nuevo el panorama de la nieve cubriendo plantas y árboles: ¡era maravilloso aquello! Mis amigos se divertían lo indecible echándose bolas en una verdadera batalla. Pero algo me sacó de mi actitud contemplativa: un señor, que conducía una carreta, decía a grandes voces:

-¡Vintimil, vintimil pesetas!

Al momento comprendí. "¡Ah¡, es que le habrá tocado la lotería de Navidad y todavía le dura la alegría. ¡Vaya!

Dejé al señor de la carreta con su natural regocijo y me dirigía al interior con ánimo de dar una vuelta por las aulas. Ya tenía un pie en el primer escalón, cuando oí en el primer piso un alboroto estruendoso. Subí rápidamente la escalera, realmente intrigado, y guiándome por el ruido, llegué por fin a un aula. Allí contemplé la cosa más peregrina que imaginarse puede: nada más y nada menos que la segunda edición de la lucha entre el rey David y el gigante Goliat, corregida y disminuida, porque el rey David nada tenía de rey, aunque sí de David, y el gigante Goliat había sido sustituido por un humildísimo pastor. Pero, claro, como nunca segundas partes fueron buenas, en esta ocasión, el humilde pastor, el sustituto de Goliat, venció a David, después de una lucha a brazo partido, pues no había ni la famosa honda, ni la espada terrible, sino los puños de los dos contendientes. Y al final, David cayó por los suelos, vencido y derrotado.

Me marché enseguida, dejando en paz a los dos alborotadores. Y buscando también una paz para mí, se me ocurrió, como cosa mejor, meterme en un aula en la que estaba el señor profesor rodeado de sus alumnos, y uno de ellos, seguramente un genio, intentaba convencer a la concurrencia cómo era posible tomar la temperatura humana valiéndose de un sencillo voltímettro. ¡El caso es maravilloso! ¿Se tratará de un nuevo invento de la Física? "A lo mejor, me dije, este muchacho es un doctor de física termonuclear y ha descubierto algo verdaderamente sensacional que va producir una revolución en el mundo de las ciencias".

Dejé al famoso doctor que, aunque se llama µngel, tiene unos inventos diabólicos, inventos que le habrán de poner negro de tanto pensar. Claro, que estar negro, no debe de ser para él cosa rara, pues debe de estar habituado ya que, según he podido enterarme, vive siempre en las más espeluznantes cuevas.

Al salir de la susodicha aula, en donde me había metido para descansar, iba tan absorto pensando en lo que allí había visto, que si me descuido me doy de narices con el señor Penalti,que no es italiano, aunque su nombre parezca indicarlo,sino un amigo de todos bien conocido que, al parecer, confundió el estampido de un espantoso trueno con un penalti. ¿Habráse visto cosa parecida? ¡Vamos, hombre!, ?en qué estarías pensando? En el fútbol, por supuesto, hasta durmiendo, señores, hasta durmiendo.

Y con estas cosas y otras que me callo para no hacer demasiado larga mi narración, voy a dejaros por esta vez, no sin antes recordaros que estamos ya en el año 63, lo cual es lo mismo que decir que los exámenes están ya cerca y que si Dios no lo remedia y vosotros estudiando como es debido, me parece que va a haber una gran cosecha de calabazas. Así es, queridos amigos, que a estudiar, y yo a casa otra vez a esperar que de nuevo pueda venir a haceros la última visita del curso. Hasta entonces, y deseándoos buena suerte a todos en los exámenes, se despide de vosotros vuestro amigo

Sabelotodo

 

Tercer Trimestre, Curso 1962-63

Queridos amigos: Nuevamente me encontráis entre vosotros dispuesto a contaros las cosas curiosas ocurridas en el colegio desde mi última visita.

Una vez más, y gracias a mi capa prodigiosa, he podido ser testigo presencial de vuestras aventuras y hazañas de uestros inventos y de vuestra maravillosa experiencia. De todas estas cosas voy a hablaros; pero, claro, antes tengo que presentarme, aunque la presentación me parece que está demás, ¿verdad? ¿Verdad que ya todos habéis adivinado quién soy? Efectivamente, el que os habla no es otro que vuestro amigo don Sabelotodo. Don Sabelotodo que en esta ocasión está algo triste; sí, amigos, hoy estoy un poquillo triste porque siento que la próxima vez que venga al colegio, muchos de mis queridos amigos de hace ya tanto tiempo no estarán aquí: unos habrán cumplido, otros habrán ido a bachillerato; y a todos os voy a echar mucho de menos. Yo quiero pediros que, aunque os marchéis,no me olvidéis nunca y que siempre os acordéis de los buenos ratos que hemos pasado juntos. ¿Verdad que no me vais a olvidar? Gracias, amigos. Y vamos ya con nuestro relato, que no es cosa de ponerse

melancólicos precisamente ahora.

No voy a contaros mi viaje, porque de todos es bien sabido las artes y mañas que generalmente pongo en práctica para viajar siempre gratis en toda clase de vehículos. Artes y mañas muy sencillas, claro, pues se trata únicamente de ponerme mi capa maravillosa que me hace invisible a todo el mundo; y bueno, lo que importa es que estoy aquí y lo menos es el saber cómo lo he conseguido.

Debo deciros que tan pronto llegué a Pontevedra, me dirigí al colegio por el camino habitual, es decir, subí por delante del cuartel, enfilé la Corredoira y... ¡zas¡, llegué al portalón del colegio, subí las escaleras de acceso a la puerta principal y como el tiempo era estupendo, sin reparar en nada ni en nadie pasé por delante de portería,, abrí la puerta que conduce al internado y salí a la finca. Había tocado a recreo y estaba llena de chicos por todas las partes. Yo comencé a pasear por la carrera central, y de pronto me llamó la atención una pareja que hablaba de una manera misteriosa y sospechosa a juzgar por sus gestos y ademanes. Me acerqué a ellos, realmente intrigado y con ánimo decidido de enterarme del contenido de su conversación, y... ¿qué creéis que escuché? Pues algo insólito, algo increíble y asombroso. Sí, nada más y nada menos me enteré de que entre nosotros hay un profeta o poco menos. Sí, habéis oído bien, un profeta, un hombre portentoso, un taumaturgo.

Él se llama a sí mismo "el milagrero" y dice que está en posesión de las "tablas de la ley". Es capaz de hacer parar el sol en su camino y todas las fuerzas de la naturaleza le obedecen al menor mandato de su voluntad. Pero, al parecer, ha obrado ya un milagro. Cierto día que llovía copiosamente, dijo a su inseparable compañero:

-No te preocupes, dentro de un instante las nubes se abrirán y el sol brillará de nuevo.

Y efectivamente; no había transcurrido media hora, cuando las nubes se deshicieron y el astro rey mostró de nuevo su rubia cabellera. ¡Ho, maravilla! Desde aquel día se llama "el milagreiro" y está convencido de ser predestinado. Yo no sé lo que habrá de cierto en todo esto, pero si de verdad es lo que dice el agudísimo profeta, ¿por qué no obrará el milagro de que nos salga una quiniela aunque no sea por más que una sola vez?

Dejé a esta pareja de enajenados y me acerqué a otro grupo donde, al parecer, debía ocurrir algo muy gracioso a juzgar por las risas de algunos de ellos. Al aproximarme vi a uno de ellos, muy serio (un real mozo) y muy ducho, por lo visto, en las labores del campo que decía muy enfático:

-Sí, señor, hemos plantado ensalada. ¿Qué pasa?

Otro, con cara de guasa, le contestaba:

-Pero hombre, serán lechugas.

Y el real mozo, muy experto, insistía:

-No, hemos plantado ensalada.

Yo me marché de allí para no soltar también la risa, y me dije para mis adentros:

-¡Ay¡, si pudieran plantarse jamones..., ¿no sería mejor que la ensalada?

Seguí paseando, sin rumbo, y mis pasos me llevaron a las escalerillas que hay frente a la carrera central y que conducen al campo de fútbol. Una vez allí, decidí subir por ver si había alguna novedad y, en efecto, encontré una novedad, pues al volver la cabeza hacia la izquierda, vi un muro, sí, un muro construido sobre las piedras antiguas que forman el pequeño pretil. ¿Para qué habrán hecho este muro? Pero pronto salí de dudas, porque unos que allí había tocando el ya citado muro, estaban comentando:

-Desde luego, ahora es imposible que por aquí caiga nadie. Puede que se rompa la cabeza contra él, pero caer..., no se caen.

"¿Quién se habrá caído¿, me pregunté. Quise enterarme de lo ocurrido, y desplegando todos mis poderes mágicos, al fin me enteré del asunto, que es el siguiente:

Hace varios días, un astronauta decidido, quiso realizar un vuelo por su cuenta,, esto es, sin permiso de la autoridad competente de la Escuela Superior del Aire, y sin encomendarse ni a Dios ni al diablo, se metió en su nave espacial y despegó clandestinamente. Pero como lo mal hecho, mal acaba, después de llevadas a cabo algunas pasadas perfectísimas por encima del campo, le fallaron los motores y se precipitó en picado contra la pista de aterrizaje. Al oír el estruendo, producido por el violento choque, acudieron rápidamente todos los del servicio de urgencia y el piloto fue conducido en camilla a la clínica, donde le fueron apreciadas por el doctor varias lesiones y magulladuras de pronóstico menos grave. Afortunadamente, pues, lo que pudo ser fatal, no tuvo consecuencias graves para el piloto, se entiende, porque la nave quedó casi totalmente destruida. Debido a esto, la Dirección de la Escuela Superior del Aire decidió clausurar la pista de despegue, haciendo construir

un muro que impida nuevos aterrizajes infortunos. Y así, lo que comenzó brillantemente, con el maravilloso vuelo de su director, ha terminado desastrosamente por la experiencia de un mal piloto. Todo sea por el bien de la escuela, que Dios guarde muchos años.

Dejando el lugar del infortunado accidente aéreo, me puse en camino hacia el edificio para ver qué pudiera haber de nuevo por las aulas, y un grito escalofriante, que me heló la sangre, me dejó inmóvil: el golpe y el grito procedían, sin duda, del sitio donde estaban situados los columpios, y hacia allí me dirigí con la seguridad de encontrarme con una nueva y desagradable sorpresa. Tan pronto como logré comprobar que mis temores no eran infundados, allí estaba uno a quien llaman el Ratón, que entre suspiros y gemidos desgarradores, se lamentaba diciendo:

-¡Ay, mis dientes¡¡, ¡ay, mis dientes! Me he roto los dientes.

En unos instantes se llenó el lugar de curiosos que todos a la vez preguntaban:

-¿Qué ha pasado¿, ¿qué ha pasado?

Pronto pudimos enterarnos, gracias a la explicación que nos dio un personaje con aires de gran señor y aspecto doctoral:

-Pues nada, muy sencillo; estábamos haciendo prácticas de paracaidismo, cuando al Ratón se le rompió el paracaídas y descendió vertiginosamente desde las nubes y se ha estrellado de boca contra el suelo. Pero ha sido una cosa sin importancia, tan sólo que se ha roto tres dientes; peor hubiera sido si se cae de cabeza.

Vaya, esto tiene gracia¡: tan pronto se clausura la pista de aterrizaje de las naves espaciales y ya se ha inaugurado una nueva pista de parachutismo. ¡Hay que ver la afición que hay en este centro a los vuelos y cosas del aire! De aquí tienen que salir unos nuevos Gagarin o Titov, estoy seguro.

Este nuevo hecho me hizo tal impresión que decidí marcharme sin ver nada más. Y así lo hice; me metí en el edificio y hasta que no me vi en la puerta de la calle, no me encontré seguro. Tal era mi excitación. PERO de pronto, me acordé de que no me había despedido. Como no me gusta marcharme a la francesa, volví sobre mis pasos y aquí me tenéis, queridos amigos. Mi próxima visita será esta vez para dentro de casi medio año, y por eso quiero desearos que tengáis, durante el verano, unas buenas vacaciones; claro que para esto tenéis que aprobar el curso, porque vacaciones teniendo que estudiar, no son buenas vacaciones. Mucha suerte en los exámenes a todos. A los que se presentan a la prueba de bachiller, en especial, y hasta siempre. Se despide de todos, vuestro amigo

Sabelotodo.

 

Primer Trimestre, Curso 1963-64

Bueno, queridos muchachos, otra vez tenéis aquí a vuestro amigo Sabelotodo, dispuesto a contaros cuantas cosas ha ido oyendo en sus correrías.

Hace ya mucho tiempo que no nos vemos, pero yo no me había olvidado de vosotros. Tan pronto como empezó el curso fui rápidamente a revolver mis baúles para buscar mi capa maravillosa, y una vez que la encontré, no cesé de andar por aquí y por allí ni de escuchar vuestras conversaciones. ¡Ay, amiguitos, qué bien lo pasa Sabelotodo algunas veces y cómo ríe con vuestras ocurrencias!

Tengo muchas cosas que contaros, pero antes, para que no mellaméis mal educado, debo preguntaros por vuestras vacaciones. ¿Qué tal lo habéis pasado, amigos? Yo, sinceramente, muy aburrido. Me lo paso mucho mejor cuando estáis aquí todos vosotros. Eso de espiar escondido bajo mi capa mágica, es una verdadera delicia. ¡Y lo que me río cuando llega el momento de contaros a todos las cosas que he oído! Hoy hemos de empezar el relato con una nueva noticia importante, puesto que se trata de un invento químico que puede ser de gran porvenir para el futuro. ¿Sabéis que existe un material de primera calidad útil para infinidad de cosas y que se llama cartón metálico? Yo no había oído hablar de tal material hasta que un día tuve ocasión de entrevistarme con Eusiquio, y él me puso al corriente. Eusiquio es un muchacho que promete; con este invento y otros, pronto le veremos convertido en un famoso ingeniero. También tengo una vaga idea de otro invento, aunque éste no sé del todo cómo

será porque todavía no me lo han contado bien: creo que se trata de unas zapatillas medicinales, adecuadas para curar las enfermedades de los pies y también para correr mucho. Cuando sepa bien cómo son esas zapatillas ya os lo contaré. Hoy sólo puedo deciros que hace pocos días encontré a Sara en una farmacia, muy solícita ante el mostrador; y cuando le preguntaron:

-¿Qué desea?

Respondió:

-Yo quiero unas zapatillas.

¿Sabe alguno de vosotros cómo son las zapatillas que se venden en las farmacias? Y vamos a dejar los inventos que eso se queda para la gente muy lista, y vamos a reírnos un rato de otras cosas.

Todos habréis notado que faltan algunos de los muchachos que estaban aquí el año pasado, lo que tal vez no sepáis es que muchos se han ido para dedicarse a tareas de lo más difícil como vuestro buen amigo Figueroa, que está en Madrid haciendo, nada más y nada menos, que cachillero. Pienso yo si eso será algo así como el bachiller, pero mucho más gordo. Y hablando de gorduras, ¿sabéis que se han ampliado las aplicaciones del sistema métrico decimal y ahora sirve el metro para medir toda clase de objetos? Ya veis que Sabelotodo os cuenta a veces cosas muy provechosas e instructivas, ¿eh? En fin, vamos a acabar lo del metro. Hace días tenía yo un hambre canina y decidí meterme en el comedor por ver si me tocaba algo de comer. ¡Y lo que pude reírme gracias a mi hambre! Resulta que salía yo del comedor detrás de César Bona, que hablaba con Juan Ramón, de un tema que me pareció interesante. Y allí me fui a escuchar. Y César Bona le decía a Juan Ramón: que Angelín había querido tirar el pan del desayuno, lo cual es una cosa muy fea; y por eso Bona le regañó y le dijo que no lo hiciera, que ése es un pecado muy grande, de lo menos de tres o cuatro metros.

Y ahora, queridos muchachos, después de daros esa gran lección de aritmética, me voy a ir a seguir mi tarea de escuchar, correr de sitio en sitio y aprender cosas. Pero antes de deciros adiós, quiero preguntaros quién es ese Murgueta o Muleta que está en el Consejo. Me hablaron de él hace días. Me dio mucha pena ver que ese muchacho yo no lo conozco.

Y ya, hasta otro día, mis queridos amigos. Vuestro amigo

Sabelotodo

 

Segundo Trimestre, Curso 1963-64

Bueno, queridos muchachos; ya me tenéis de nuevo entre vosotros. Estoy seguro de que casi, casi me habéis olvidado ya. ¿No es eso? Pero ya veis que yo no me he olvidado de vosotros. Desde la última vez que vine a descubrir vuestros secretillos, no me he apartado de aquí ni un instante. A todas las horas, envuelto en mi capa maravillosa, estuve yo entre vosotros escuchando y averiguando. Y, por fin, hoy me tenéis aquí dispuesto a contaros cuantas cosas dignas de oírse he recogido en mis correrías. Qué suerte tener una capa como la mía, ¿verdad amigos? En fin, vamos a empezar nuestro cotilleo. Y que se prepare El Vasco, que vamos a por él.

Por lo visto, nuestro querido amigo, confunde lo grande con lo pequeño y las estrellas con los palillos, microbios y otros bichos del mismo género. De no ser así, no se comprende que dijera lo que hace días le oí decir. ¿Sabéis lo que dijo? Ddijo, nada más ni nada menos, que las estrellas se ven con un microscopio. Y parece ser que nuestro amigo, tampoco está bien informado acerca de esos simpáticos animales que son los caballos: un caballo tiene cabeza, cola, patas, crines..., infinidad de cosas, pero lo que indudablemente no tiene es nicotina. ¡Pues no faltaba más, hombre! ¿Tú crees que si la tuviera habría a estas horas caballos en el mundo con la cantidad de fumadores empedernidos que hay? Yo creo que se habría acabado la especie porque nuestros abuelos se los habrían fumado todos. En fin, muchachos, no todo van a ser noticias, confusiones y faltas de conocimientos.

Mi capa maravillosa sirve también para descubrir grandes noticias de esas que pueden causar alegría al mundo entero. Veréis. Andaba yo haciendo indagaciones algo preocupado porque no descubría nada nuevo, cuando vi, algo apartado, con gesto serio y digno, el gran doctor chino (especialista en agricultura) Li-zua-in. Nada más vel la expresión de su cara y sus modales de hombre de ciencia, me acerqué a escuchar bien oculto bajo mi capa, y no tardé en comprender que el insigne científico estaba haciendo una declaración portentosa: había descubierto una nueva ave, a la que él creyó conveniente llamarle golondriz. Parece muy acertada la elección del vocablo porque yo conozco muchos animales de la misma especie, es decir, procedentes de la mano del hombre: hechos a mano con unos cuantos ingredientes caseros. Y todos estos animales de que os hablo, tienen nombres muy parecidos a los que el respetado y distinguido sabio chino ha dado a su ave. Yo conozco la bisectriz, la institutriz, etc. Espero que el ave golondriz viva dichosa sobre la tierra y que supere pronto a la bisectriz y la institutriz; por lo cual su dueño recibirá, en breve, la gran condecoración de "calabaza de oro" coronada por aguilucho de bronce.

Y para terminar, queridos amigos, voy a contaros un chiste que tiene cierta relación con algo que he escuchado entre vosotros. Una mujer muy bonita fue a la lechería y dijo:

-Deme un metro de leche.

El lechero, con toda su calma, mojó el dedo en una lechera, lo pasó por el mostrador y dijo a la mujer:

-Ahí tiene usted el metro de leche.

A lo mejor alguno de vosotros ya sabe por qué lo he contado esto. Pero si alguno no lo sabe, yo se lo diré; porque Arruti dijo que el agua se medía por kilómetros. ¿Qué os parece? La noticia, desde luego, es en extremo revolucionaria y va a crear grandes conflictos en la organización del sistema métrico decimal. Algunos sabios opinan que se trata de una idea genial, sobre todo para medir el agua de los ríos, lagos, etc.

Pero no puedo marcharme sin contaros un hecho maravilloso que ya se me había olvidado. En esta mi última visita al colegio, y cuando ya me disponía a marchar, acerté a pasar, casualmente, por delante de la cocina, y algo me llamó la atención. Me colé discretamente para que no fuera advertida mi presencia, y observé cómo Manuela, algunas muchachas y también algunas hermanas se hallaban reunidas en torno a un artefacto ciertamente sospechoso. El ambiente era de franca espectación. Manuela manipulaba con diligencia en el citado artefacto y echaba en él ingredientes misteriosos. Yo me preguntaba intrigado, qué podría ser aquel aparato, motivo de tanta espectación. Pero en ese instante alguien dijo:

-Ya vale. A ver cómo ha salido esto.

Manuela dio vueltas a una especie de manubrio y... ¡Pum¡, se oyó una explosión seguida de otras varias. La aterrada cocinera decía a grandes voces:

-¡Válgame Dios, válgame Dios!

Y salió disparada de la cocina.

La confusión fue enorme. Todas corrían de un lado para otro sin saber qué hacer, mientras que los proyectiles de desconocida naturaleza continuaban estrellándose en paredes y techo. Y también yo escapé prudentemente por si alguno me alcanzaba. Ya en el pasillo oí a alguien que decía:

-No debe estar bien esta máquina de hacer churros.

Y me dije para mis entretelas: "¡Caramba, con los churros! Esto más bien parece una máquina de fabricar cohetes de propulsión a churro y esta maldita cocina más bien parece Cabo Cañaveral".

No quise, sin embargo, marcharme sin averiguar el fin y la utilidad del aparato causante de tal zipizape, y mis pesquisas dieron su fruto. Pude, entonces, enterarme de que se trataba de, en efecto, una máquina de hacer churros que el colegio tenía a prueba y que, al parecer, no estaba en condiciones.

Y ya, mis queridos amigos, me despido de vosotros esperando volveros a ver muy pronto y tener muchas cosas que contaros, muchos secretos que descubriros. Y ya sabéis, no lo olvidéis: en todas vuestras conversaciones está presente y os escucha vuestro amigo

Sabelotodo

 

Tercer Trimestre, Curso 1963-64

Bueno, muchachos; hace ya mucho tiempo que nos vimos por última vez, y aquí me tenéis de nuevo dispuesto a contaros las cosas que pude oír en mis correrías desde el último día que estuvimos juntos. Ahora estamos en una mala época, ¿verdad?; porque vosotros estáis amenazados con ese producto de la familia de las cucurbitáceas llamado calabaza, el fruto más abundante en esta temporada, y yo me muero de calor debajo de mi capa mágica. No obstante, aquí me tenéis otra vez, pues vuestro amigo Sabelotodo no puede faltar a la cita con sus amigos.

Me da pena que acabe el curso porque durante el verano me aburro soberanamente sin vosotros y os echo de menos muchísimo. Pero, bueno, vamos al grano, como se suele decir, y vayamos contando las cosas ocurridas en el colegio desde mi última cita y que, gracias a mi maravillosa capa, he podido ver y escuchar.

Comencemos contando algunas cosas ocurridas durante esa estupenda excursión a Portugal a la que tuve ocasión de ir gracias al don que poseo de hacerme invisible. No sé si os acordaréis que después de comer en Viana hubo dos horas de libertad para que cada uno hiciese lo que mejor le pareciese. Pues bien, yo me dediqué a deambular por las calles con la sana intención de ver escaparates y por si alguna cosilla me pudiera interesar. Pero lo que vi fue algo que no me esperaba ver ni remotamente, y sobre todo más divertida que contemplar escaparates. Al volver una esquina me encontré con dos personajes conocidos para mí. ¿Quiénes eran? Pues nada más ni nada menos que el ilustre señor González, con sus gafas y todo, con aires de financiero, pues iba gesticulando con gran prosopopeya y poniendo al corriente, al parecer, a su compañero del cambio de moneda. El compañero no era otro que el señor don Fernando, el sublime Feás, que se gastaba una tal afonía que su voz más bien se parecía al graznido de un grajo que a otra cosa. Les seguí intrigado hasta que les vi entrar decididamente en una tienda. Allí comenzaron a hablar con el dependiente medio en español y medio en portugués. Seguramente el lusitano y los dos amigos se entendieron bien pues acabaron comprando varias postales y banderines. Se disponían a marchar, cuando el portugués -y dirigiéndose al señor González- le espetó:

-Oiga, señor, ¿este rapaz é o seu fillo?

El financiero se le quedó mirando un instante y cuál no sería mi asombro cuando, con la mayor naturalidad, le respondió:

-Sí, sí, señor, es mi hijo.

Yo me quedé pálido ante respuesta tan inesperada; pero el portugués añadió:

-PUES le felicito, excelenza, porque té un fillo moito grande e moito desarrollado.

Como podéis suponer escapé del lugar porque me era imposible aguantar la risa y no quería delatar mi presencia. Pero durante todo el día no hice más que pensar en el descubrimiento que había hecho casualmente. ¡Quién lo hubiera imaginado! Feás hijo del señor González. Pero lo que yo no sabía era que todavía la jornada me reservaba nuevas sorpresas. En efecto, al llegar a la frontera, ya de regreso, el coche paró durante un cuarto de hora y algo más. Algunos profesores y el director bajaron del vehículo con intención de hacer algunas compras de última hora. Yo les seguí. Entonces entraron juntos en un bar, y el director preguntó:

-¿Tienen café?

El barman respondió:

-Sí, señor. Tenemos café Divino y Sical.

Entonces don Benito volvió a preguntar:

-Y el café musical, ¿a qué precio?

Yo quedé algo sorprendido por la pregunta, pues no conozco ningún café musical. Pero al parecer el café debía de tener música a juzgar por el precio. Desde luego se marcharon sin comprarlo. Bueno, y nada más de la excursión, pues se haría interminable el relato.

Pero antes de marchar, quiero contaros algo que presencié días antes de la excursión en la finca del colegio. Era en el recreo de las 11. Salí a la finca con intención de captar el ambiente y encontré a mis buenos amigos Pérez al cuadrado y a su inseparable compañero el ilustre Miguel ángel el Santo. Estaban sentados bajo la parra cantando a dúo, cuando sonó el estridente pitido de un tren. Al oírlo, el entusiasta cantante señor Pérez cayó súbitamente y exclamó todo lleno de razón:

-¡Qué barbaridad!; esa armónica tiene desafinado el fa sostenido.

Ante tal hecho -y sostengo y afirmo- que nuestro amigo va a llegar muy pronto a ser figura del bel canto.; sus cualidades así lo hacen prever.

Después de este incidente, seguí caminando por la finca. Pero me detuve, sin embargo: allí estaba rodeado de admiradores el doctor García, el que se quedó calvo de tanto pensar. Con aire de suficiencia explica a sus contertulios: "Habéis de saber que el funcionamiento de toda buena digestión se basa en una buena alimentación. Hay que masticar bien los alimentos (la carne, las lentejas, el pan y el agua y el aire)". Todos corroboraron su tesis sin pestañear, tal es el prestigio del doctor señor García el Calvo. Pero yo quisiera que el insigne fisiólogo nos explicara cómo se puede masticar el aire y el agua. Esperemos que pronto se invente el aeromasticador y el hidromasticador.

Y nada más, mis queridos amigos. Con esto me despido de vosotros, deseándoos buena suerte en los exámenes, en especial a los de la prueba del bachillerato, y que tengáis unas felices vacaciones. Hasta el próximo curso se despide vuestro amigo

Sabelotodo

 

Reconoce tu nombre o apellido

Primer Trimestre, Curso 1961-62

Señores: Si les gusta viajar, si tienen aficiones turísticas no dejen de visitar la bella capital de las Rías Bajas: Pontevedra. Y no se vayan de Pontevedra sin ver la poética quinta de recreo que la ONCE tiene en Campo Longo.

Rodeado de extensos "Campos", el edificio aparece a la vista como los "Palacios" o como las "Casas" solariegas. Una artística verja de hierro, labrada con sumo gusto por el afamado "Herrero" don José Rodríguez, nos permite el acceso al mismo. Dentro, nos encontramos con varias "Fuentes", cuyas frescas y cristalinas aguas, convidan al visitante a refrescarse, y que al caer cantarinas y juguetonas forman un "Arroyo", y en murmullos quedos se van alejando hasta perderse en los lejanos "Ríos". Un poco más allá, una "Palma" se cimbrea hasta alcanzar a mirarse en las tersas aguas de un tranquilo "Lago".

Dando una vuelta, nos encontramos ante un "Pozo", en el que un brocal nos ofrece un cómodo asiento para descansar y recrearse a la vista del espléndido panorama. Abundan los árboles de todas clases, destacándose entre ellos, el "Peral" (también hay algún que otro alcornoque). Una "Vaca" pace tranquilamente saboreando la hierba fresca. Más allá, el jardinero don Manuel García que, para más señas, es "Calvo", recoge cuidadosamente las "Hojas" que han caído por el camino para que todo esté en "Perfecto" Orden. Después, va cortando florecillas con las que forma graciosos "Ramos", que coloca en las mesitas esparcidas por la finca. Un poco más lejos, un "Pastor" cuida su rebaño mientras entona unas dulces melodías con su gaita gallega.

Al final de la finca está lo que antes era una "selva" y que ahora ha quedado reducido a pequeño "Bosque". Como señal, quedan algunas "Cuevas" que, dicen haber sido guarida de algún "León".

Todo este armonioso conjunto es lo que mejor pueden encontrar los veraneantes que deseen disfrutar de la paz de los "Campos" y de unas felices vacaciones.

¡Veraneos felices en ONCE, siempre en ONCE. Pruébenlo y no se arrepentirán!

 

 

 

 
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